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Cuando, en 1896 se puso en escena Ubu
Rey, de Alfred Jarry, se produjo uno de los mayores escándalos de la
historia del teatro. Se levantó el telón y en escena, Fermìn Gèmier,
el actor que representaba el papel principal, avanzó para decir una
palabra que nunca se había pronunciado antes sobre las tablas: "merdre".
El público quedó estupefacto; se desencadenó una tormenta; pasaron
quince minutos antes de que el silencio pudiera restablecerse... El
teatro del siglo XX había comenzado; Ubu Roi sería su piedra de
arranque.
En actitud de desafío universal, brillante y turbulento, Jarry,
alumno de Bergson en la Sorbona, propone una suerte de teoría
"imaginaria" para acabar con la lógica de los escenarios, para
eliminar la acción dramática de sus antecedentes shakespereanos.
Mediante un léxico infantil donde abundan términos como "pipi",
"caca", "mamá" y "papá" Jarry juega con las posibilidades de un
lenguaje irracional, primitivo y desordenado, que sufre una serie de
procesos de deformación, en un escenario de completa libertad
textual y lingüística que podría explicarse, en términos más
violentos, como anarquía. La primera versión de Ubu Rey data de 1888
y se titula "Los poloneses". Se trata de una comedia satírica que
cuenta la historia de un imaginario soberano de Polonia, grotesco,
demagogo y cruel. La obra se estructura en base a una serie de
referencias a "Macbeth" y su personaje principal sirve de vehículo
para una encendida sátira contra los convencionalismos y para
presentar una también revolucionaria propuesta sobre la literatura,
la política, las clases dominantes y los hechos cotidianos. La
fuerza de la palabra inaugural de la obra no reside únicamente en el
hecho de decir "mierda" en un escenario, a finales del siglo XIX,
sino que implica una profunda modificación de nuestro horizonte de
expectativas, como diría Jauss. Por una parte, se establece una
nueva forma de relación con la audiencia y, por otra, al deformar la
palabra misma (mierda, en francés, se escribe "merde" y no "merdre"),
Jarry problematiza el lenguaje y juega con las posibilidades del
clinamen, uno de los elementos fundamentales que rigen la patafísica.
El clinamen, que es sinónimo de disturbio y de excepción en el
sistema, garantiza la libre voluntad (free will) destacada ya en la
filosofía epicúrea, en oposición al determinismo de Demócrito. Esta
teoría atribuida a Epicuro y retomada, luego, por Lucrecio, Cicerón
y Plutarco, se refiere a
la desviación que experimentan algunos átomos al caer en línea
recta. El clinamen, uno de los dogmas del grupo OULIPO, y
considerado siglos antes por Rabelais, ha seducido a los patafísicos
que estudian, entre otras cosas, las leyes que rigen esas
excepciones. Se trata, justamente, de ese tipo de deriva menor, de
aberración infinitesimal, pero decisiva, que se encuentra al centro
de un sistema por el que los también llamados "patacesores" intentan
explicar el Mundo.
Algunos autores, interesados en rastrear los orígenes del término,
lo encuentran en "L'Echo de Paris Littéraire Illustré", donde
aparece la primera obra publicada de Jarry, "Guignol", un fragmento
de "Ubu Cornudo". Otros aseguran que aparece, por primera vez, en
"Gestos y opiniones del doctor Faustroll, Patafísico" también de
Jarry, donde se formula la "definición" de la ciencia tal y como
aparece en el libro titulado "Elementos de patafísica". Todavía
algunos encuentran rastros en otra novela de Jarry, "Los días y las
noches de un desertor" o, finalmente, entre los estudiantes del
colegio de Rennes donde estudió Alfred. En todo caso, el proyecto
mismo de reconstruir su historia parece carente de fundamentos, ya
que no creada, la patafísica no tuvo comienzo y no tendrá
fin. En consecuencia, conviene no enredarse entre las espirales de
los datos y afirmar, de inicio, como Michel Arrivè, que "la
patafísica no tiene historia" (Magazine littéraire No.388, junio
2000). Y, si sus orígenes se desvían de las líneas de la historia,
sus diferentes definiciones también eluden la noción de linealidad y
se descubren en reacción contra lo determinado acercándose, más
bien, hacia lo aleatorio.
Así, se entiende la patafísica como la ciencia de las soluciones
imaginarias que confiere, simbólicamente, a los lineamientos, las
propiedades de los objetos descritos por su virtualidad. Arrivè
intenta "dar plena coherencia" a esta definición en los siguientes
términos:
Las "soluciones imaginarias" no son en nada arbitrarias: los objetos
que la patafísica toma a su cargo son producidos "virtualmente" por
los "lineamientos" de lo real, pero las propiedades de esos objetos
son, más adelante, atribuidas a los lineamientos. (Ibid)
Si admitimos esta explicación, podemos entender cómo Gilles Deleuze
pudo ver en Jarry a un "precursor desconocido de Heidegger", puesto
que "al crear la patafísica, abrió la vía a la fenomenología" (Ibid).
Más todavía, Deleuze asegura que "se puede considerar la obra de
Heidegger como un desarrollo de la patafísica, conforme a los
principios de Sophrotatos el Armenio y de su primer discípulo,
Alfred Jarry (Critique et clinique, s.f. p.114).
Algunos teóricos patacesores aseguran, por su parte, que la
patafísica es un sistema meditado de desintegración total y de
reconstrucción de lo insólito. O que se trata de la ciencia de lo
particular, o de las excepciones, considerando que en el mundo no
hay más que excepciones y que la regla es, precisamente, una
excepción de la excepción. Esta Patafísica, que sería a la
metafísica lo que ésta, según Aristóteles, es la física, ha
fascinado y lo hace todavía a gran número de escritores y artistas,
desde Queneau y Boris Vian a Dubuffet y Jean-Christophe Averty;
según Deleuze, ha precedido al Ser de Heidegger y ha provocado la
creación de un Colegio, fundado el 11 de mayo de 1948. Después de 25
años de oscuridad, de "ocultamiento", el Colegio, representado por
la espiral patafísica, la "gidouille", que aparece dibujada en el
vientre de Ubu, ha decidido
reaparecer recientemente.
El 17 de diciembre de 1974, los responsables del Colegio decidieron
ocular sus actividades hasta el año 2000. El 20 de abril, en medio
de ceremonias públicas, tuvo lugar el "desocultamiento" del Colegio
de Patafísica y la nominación de un nuevo Vice Curador (que lleva el
título de Su Magnificencia), de un número de Sátrapas y de otros
miembros de la "Ordre de la Grande Gidouille".
Responsable de la edición de Cuadernos, Revistas y Subsidios de
patafísica, el Colegio ha albergado a numerosas personalidades del
mundo del arte: Raymond Queneau, François Le Lionnais, Max Ernst,
Juan Miró, Man Ray, Jacques Prévert, Michel Leiris, Raymond Roussel,
Boris Vian, Henri Jeanson, Eugène Ionesco, René Clair, Paul-Emile
Victor, y otros muchos.
Así como el clinamen, la equivalencia de los contrastes es otra de
las nociones que rigen el quehacer de la "sociedad muy secreta" de
la patafísica. Siguiendo ese principio, Ubu es, al mismo tiempo,
Dios y Demonio, más o menos como en la propuesta de Blake que
pretende matrimoniar cielo e infierno, o como en Beckett, cuando
articula la velocidad máxima y el reposo. Se comprende, entonces,
que la disciplina "jarryca" es, al mismo
tiempo, profundamente seria y totalmente irrisoria; absolutamente
absurda y filosóficamente esencial, condensación de humor y de
onirismo. Cuando se establece el axioma de los contrarios idénticos,
el patafísico, "enano cimero del gigante, más allá de la metafísica,
es el Anticristo y también Dios, caballo del espíritu, Menos-en-Más,
Menos-que-es-Más, cinemática del cero que se queda en los ojos,
poliédrico infinito" (Arrivè, 2000). Y, así como existe un Colegio
de Patafísica, existe también un calendario patafísico, propuesta
reformulada del calendario gregoriano. La era
patafísica comienza el 8 de septiembre de 1973, día del nacimiento
de Alfred Jarry, fecha situada en el documento el primero de
Absoluto del año I, que es también el inicio del año patafísico,
dividido en 13 meses, de 28 o 29 días cada uno. Como en el
calendario tradicional de santos, cada día tiene un nombre, siempre
oscuro y generalmente indecente. Cada mes comienza con un domingo y
tiene un viernes 13. Aparentemente el calendario, que sirve para
marcar los acontecimientos relevantes de la Orden, es controlado por
el Colegio de Patafísica que se preocupa por su revisión ocasional,
reemplazando algunos de los santos asignados, por nombres que
conmemoran a los más recientes contribuyentes de la causa patafásica.
Así, por ejemplo, se recuerda a Isaac Asimov el 12 Pèdale (6 de
marzo) como "San Hari Seldon, psicohistoriador galáctico". El
Colegio de Patafísica, o anti colegio es, pues, un grupo de
experimentalistas vanguardistas que se rigen por la "gidouille" o
espiral úbica, figurativa del movimiento descentralizado, y locus de
la diferencia y la alteridad. Y, si bien la historia literaria
prefiere generalmente evitar caer en la fuerza de esos anillos, no
se puede ignorar una de las propuestas fundamentales de Jarry: la
literatura no es un asunto terminado, sino un movimiento
contrariado. Es así que encontramos, sea en su
biblioteca o deambulando entre sus rastros, a Breton, Duchase,
Schwob, Lautréamont, Nodier, Rabelais, Homero, Saint Luc, Rimbaud,
Borel, Darien, Baudelarie, Poe, Bloy, Maeterlinck, Kahn, Mallarmé,
Verlaine, Verhaeren... Absurdo, ironía y sátira son recursos que los
patafísicos utilizan como instrumentos de desviación del sistema, de
todos los sistemas y constituyen, además, el locus de la realidad.
La Patafísica es, entonces, un sistema meditado de desintegración
total y de reconstrucción en lo insólito y la literatura, en este
sentido, resulta un acto de negación liberadora, una manera de
compromiso del ser íntegro en todos los gestos que pueden,
inclusive, ir más allá de la literatura misma. Así se explica la
creación del grupo Oulipo: "Taller" de Literatura Potencial,
conformado por un número de matemáticos y escritores dedicados al
descubrimiento de nuevas formas literarias, y el redescubrimiento de
las viejas. Mediante el uso consciente de presiones formales y el
recurso del juego como acceso a la escritura, estos intelectuales se
dedican a la exploración de las conexiones posibles entre la
matemática y la literatura. Su objetivo principal consiste en la
sistemática innovación formal de esos obstáculos en la adaptación y
la producción literaria. La patafísica, doctrina que no puede
explicarse realmente, pero que describe el universo suplementario a
éste, o que constituye el reverso de la física, el conocimiento de
lo particular y lo irreductible no tiene, como creen algunos, la
intención de denunciar las actividades humanas y la realidad
cósmica. Tampoco pretende imprimir un pesimismo burlesco ni un
nihilismo corrosivo. Por el contrario, se trata de un intento por
descubrir la armonía perfecta de todas las cosas y, con ella, el
acuerdo profundo de los espíritus. En ese sentido, si podemos
encontrar, como sostienen algunos, la patafísica en las ciencias
exactas, así como en las inexactas; en las bellas artes tanto como
en las feas; en las actividades literarias de todo tipo, así como en
las inactividades, podemos afirmar, sin duda, que la patafísica es
el fin de los fines, el repertorio de las soluciones imaginarias, el
estado indefinido de las singularidades, la ciencia y la
a-ciencia... La patafísica constituye, en esencia, la sustancia
misma de este mundo. |
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