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Oscar Niemeyer cumple cien años. El
arquitecto de Brasilia, la gran epopeya urbana de la modernidad,
sólo comparable a la corbuseriana de Chandigarh, es testigo de ese
siglo apasionante donde se ha desenvuelto la gran aventura de la
arquitectura moderna. En 1907, año de su nacimiento, Hermann
Muthesius funda la Deutsche Werkbund, una organización destinada a
activar la relación entre la élite industrial alemana y los
artistas, con la confianza de que el objeto industrial bien diseñado
fuera el vehículo para educar a la sociedad en una nueva cultura
técnica.
La tradición art and crafts inglesa había cristalizado en una
asociación que, sin abandonar su ideología moralista de origen,
tenía unos objetivos más pragmáticos, como el de conseguir la
primacía internacional de la industria alemana. Fruto de aquellos
postulados fue la fructífera relación entre el arquitecto Peter
Behrens y la empresa eléctrica AEG, que permitió la construcción de
algunos de los iconos de la incipiente arquitectura representativa
de la nueva sensibilidad, tales como la fábrica de turbinas AEG en
Berlín (1908) o, algo más tarde, en 1911, la fábrica de hormas de
zapatos Fagus, en este caso, proyectada por Walter Gropius y Adolf
Meyer.
Antecedentes. Si el edificio de Behrens constituía un intento de
sacralizar la producción industrial, en una sorprendente adaptación
de la gramática clásica a la lógica de los perfiles de acero, el
diseño de la Faguswerk introducía temas determinantes como la
ingravidez, la transparencia espacial o el cuidadoso diseño de la
envolvente acristalada que anticipaba la disociación entre la piel
del edificio y su esqueleto. A pesar de sus diferencias, ambos
edificios han permanecido en la memoria histórica del colectivo
arquitectónico como antecedentes canónicos de la multiplicidad de
experiencias (mucho menos homogéneas de lo que se suele creer), que
se desarrollarán a lo largo del siglo XX.
Por aquellos años, el estudio de Behrens se convirtió en un espacio
de experiencia laboral y formativa de jóvenes colaboradores que años
más tarde marcarían los episodios mas significativos de la
arquitectura moderna. Ludwig Mies van der Rohe trabajó allí entre
1908 y 1911, y Le Corbusier (entonces conocido como Charles-Édouard
Jeanneret), había estado en 1909, en el momento en que Behrens
proyectaba las fábricas para AEG. Ambos futuros maestros de la
arquitectura deben algo de su formación a aquella experiencia.
Cuando Oscar Niemeyer inicia su carrera profesional en 1935 en el
estudio de Lucio Costa, la arquitectura moderna ha creado ya su
propia tradición, y su componente utópica ha sufrido el primer
desengaño con la trágica primera Gran Guerra. No obstante, la
bibliografía sobre los orígenes, teñidos de una aureola de
heroicidad, ha configurado un relato mítico que difumina los matices
y acentúa los episodios más convenientes para conseguir una
coherencia interna.
Un nuevo río. En 1936, el Ministerio de Educación del nuevo gobierno
progresista surgido de la revolución de 1930 encarga a un equipo de
arquitectos, encabezados por Lucio Costa y Oscar Niemeyer, el
proyecto de una nueva sede en Río de Janeiro. Éstos solicitan la
colaboración de Le Corbusier como asesor, y del encuentro surge una
primera propuesta de edificio que utiliza la solución del brise-soleil
(una fachada reticulada de hormigón que permite la ventilación
cruzada y la sombra tan necesaria en un clima tropical), y los
pilotis, que elevan el volumen del edificio unos diez metros sobre
el terreno.
A partir de este momento, Niemeyer emprende un camino más personal,
en el que la influencia corbuseriana no está ausente, pero que es
reinterpretada en clave más orgánica. La curva desplaza a la recta,
aunque determinados principios, como el de la planta libre -la
independencia entre la retícula estructural de los soportes y los
elementos de distribución y cierre-, juegan un papel determinante en
la composición. El casino de Pampulha (más tarde Museo de Arte) lo
proyectó en los años 40, y es expresivo de esta síntesis entre lo
racional y lo orgánico que, en cierto modo, participa de los
intereses del Le Corbusier maduro.
La diáspora de los maestros y la internalización de los postulados
de aquellas vanguardias históricas de los años 20 hacen que los
modelos abstractos se localicen, produciéndose una renovación del
proyecto moderno en su confrontación y adaptación a las tradiciones
regionales. Incluso la aventura más solitaria de Wright le lleva en
estas décadas a la realización de algunas de sus obras maestras
dentro de una trayectoria irregular. Al museo Guggenheim en Nueva
York (1943-1957) le dedica gran parte de sus últimos esfuerzos, con
el convencimiento de que puede conseguir en él la culminación de
aquel ideal orgánico que había sido el hilo conductor de todas sus
intuiciones. También Le Corbusier construía su Capilla de Ronchamp
(1950-1954), sorprendiendo el cambio radical del maestro respecto a
lo que los críticos consideraban una traición al canon de los años
puristas, pero que anticipaba su experiencia en La India, en la
nueva ciudad de Chandigarh, a la que dedicó los últimos años de su
vida.
Monumentalidad moderna. Si el anteproyecto de Chandigarh es de 1951,
el Plan General de Brasilia se presenta en 1957 por Lucio Costa, en
una casi coincidencia cronológica, en la que ambos países, Brasil y
La India, reclamaban una monumentalidad moderna que reflejara sus
respectivas voluntades de simbolizar sus vías de identidad nacional.
Brasilia fue la gran oportunidad para que Niemeyer realizara el
conjunto principal de los monumentos de la plaza de los Tres
Poderes. El proceso de asimilación de la nueva arquitectura permitió
la aparición de nuevos maestros que, como en el caso de Brasil,
fecundaban su creación en un contexto local. En el norte europeo
este nuevo regionalismo, según bautizara Giedion al fenómeno
emergente, tuvo en el finlandés Alvar Aalto el mejor ejemplo de
cómo, tras un inicio en los años treinta deudor directo del Estilo
Internacional, se podía alcanzar el reconocimiento mundial desde
esas premisas vernáculas, ahora reinterpretadas con la abstracción
moderna.
Su capacidad para crear un estilo propio a partir de una extremada
sensibilidad hacia el lugar y a la utilización de las posibilidades
técnicas de la construcción local le convirtió en una referencia
para la revisión de los postulados modernos. En la cercana
Dinamarca, Utzon, que había trabajado con Aalto, ganaría en 1957 el
concurso para la construcción de la Ópera de Sydney, uno de los más
importantes iconos del siglo XX, aunque sólo se finalizaría en 1973.
La nueva arquitectura ya no resultaba una cosa dependiente de unos
pocos focos culturales centroeuropeos o norteamericanos, sino que se
fragmentaba en una pluralidad de distintas periferias, a pesar de
que su difusión sí resultaba controlada por los mismos núcleos de
centralidad. Niemeyer, cuya ideología izquierdista no resultaba
grata para la dictadura militar que se estableció en Brasil en 1964,
se vio forzado a establecerse en París, sin regresar a su país hasta
los años 80. Desde esta plataforma internacional su obra, tan
enraizada en un sensualismo orgánico tan monumental como lo es la
escala iberoamericana, tuvo un creciente reconocimiento.
Mientras tanto, las nuevas referencias podían provenir de un
mexicano como Barragán, que proponía una limitada obra de gran
intensidad poética integradora de referencias plásticas de la
vanguardia europea, de elementos extraídos de la herencia cultural
española y la arquitectura tradicional mexicana. En Japón, Kenzo
Tange anticipaba con formas expresionistas y estructurales el
interés posterior por arquitectos como Tadao Ando o Toyo Ito. Desde
Inglaterra llegaban los vientos de un nuevo realismo social cuyos
referentes eran tan dispares como el arte de Dubuffet, el descarnado
uso del hormigón del Le Corbusier maduro o la tensión por la llegada
de un futuro maquinista. Aunque sería James Stirling, con su
edificio de Ingeniería para la Universidad de Leicester, quien
conseguiría una de las imágenes más influyentes de la nueva
iconografía.
Revisión crítica. A partir de los sesenta, el panorama
arquitectónico se vuelve especialmente plural, con el enunciado
común de una revisión crítica de la modernidad. El Team X agrupaba a
una serie de arquitectos de diferentes países europeos que buscaban
respuestas para la creciente complejidad urbana. De EE.UU. llegaba
el debate sobre la nueva monumentalidad que tuvo en Louis Kahn una
de las figuras más representativas; de Italia, un renovado interés
por reencontrar en la Historia una fuente de renovación, y una
figura singular como la de Carlo Scarpa. Incluso en culturas tan
periféricas como la aislada España del régimen franquista,
arquitectos como Alejandro de la Sota o Coderch mantenían la
posibilidad de reintegrarse en el panorama internacional. Y en
Portugal, un joven Alvaro Siza conseguía realizar obras que
recibirían más tarde un reconocimiento internacional.
La pretendida muerte de la arquitectura moderna publicitada por la
confusa ideología postmoderna en los setenta no tuvo más
consecuencia que la efímera gloria de alguno de sus representantes,
mientras que la tradición moderna seguía manteniéndose en el núcleo
central del debate contemporáneo. Y en el largo adiós del pasado
siglo, la obra de Niemeyer permanece como testigo, a veces inmune o
indiferente a tantas tendencias contradictorias, subjetivo hasta
declarar poéticamente «no es el ángulo recto el que me atrae, ni la
recta, dura, inflexible. Me gusta la curva libre y sensual, la que
descubro en las montañas de mi país en el curso sinuoso de los ríos,
en las olas del mar, en las nubes del cielo, en el cuerpo de la
mujer preferida».
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