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Siglo XV. La bruma que cubre Europa
tiene halo de presagio. Se han cernido sobre el mundo un sinfín de
males que tiñen la historia con el velo del infierno. La peste negra
y la sífilis se expanden como el viento. La Santa Inquisición ha
instaurado su cortejo sangriento, torturando y matando a todo aquel
que, a su divino juicio, estuviera alejado de la gloria de Dios.
En medio del drama, del hambre y la desolación existe, sin embargo,
un grupo selecto de fieles que, protegidos por los Santos
Sacramentos, desafían la cólera divina celebrando todo tipo de
inmoralidades y excesos sexuales. El concilio de amor, de Oscar
Panizza es una cruel puesta en escena de la corte de Alejandro VI
Borgia, uno de los Papas más corruptos y libertinos de la historia
de la iglesia...
... Los estertores del Vaticano han llegado a los salones celestes
del cielo, donde Dios Padre, los ángeles y querubines escuchan,
aterrados, de labios de María, los detalles del desenfreno papal.
Todo límite ha sido sobrepasado. Urge castigar a la humanidad
mediante el acto mismo del pecado... Imponer un castigo que lacere
los cuerpos, enviar una enfermedad terrible que se transmita
mediante el mismo acto carnal... Pero ¿cuál?...
En la sala del trono, entre la angustia de la sensual y
excesivamente ornada madre de Cristo, Panizza abre el telón de un
drama que responde a la creencia popular de que la "epidemia
venérea" que azota a toda Europa, tiene origen divino, pues como
suele pasar siempre que no se conoce la causa terrena de algo, se
construye una causa extraterrestre.
Hombres simples, clérigos y poetas están convencidos de ello. "Plugo
a Dios mandarnos en nuestros días enfermedades que no conocieron
nuestros antepasados". Diciendo a este respecto los que tienen a su
cargo las Sagradas Escrituras que la sífilis ha nacido de la cólera
divina, castigando y penando Dios, con ella, nuestras malvadas
vidas, afirmaba Ulrich Von Hutten.
Ni el Padre, ni María, ni Cristo, ni Magdalena pueden encontrar la
solución... ¿Exterminar a los hombres? No es posible. ¿Quitarles el
placer del coito? Implicaría un suicidio masivo. "Despedazarlos,
aniquilarlos como a perros, machacarlos, hacerlos picadillo..." Dios
Padre profiere gritos. Su cólera se hace rugido. Pero está tan
viejo, tan débil... María rechaza una a una sus propuestas. Jesús,
tísico y sin fuerzas asiente apoyando a unos y a otros...
Muy delgado, con los ojos brillando de ingenio, vestido de negro, el
diablo comparece ante la corte celestial, pues la divinidad no ha
encontrado la respuesta acertada que escarmiente a los hombres, sin
perder completamente su alma... "¡Tú eres de los nuestros! ¡Nada de
incordios!, dice María.
Necesitamos demasiado tu ayuda; no toleraremos (voceando en
dirección al viejo) una ofensa a nuestro querido primo..., nuestro
aliado, nuestro entrañablemente querido hermano. ¡De ningún modo lo
toleraremos!" El diablo se inclina muy agradecido. "En suma, en
cuatro palabras, asegura María, la cuestión es la siguiente:
Prescindiendo, por razones de orden superior, del aniquilamiento
total del género humano, previsto por una instancia suprema
(señalando con un golpe de cabeza hacia el viejo), hemos decidido
una venganza que se deje sentir, estilo diluvio; para ello
necesitamos a alguien, necesitamos algo, una influencia, un poder,
una persona, un veneno, algo que pueda por fin poner un dique a la
grosería de los hombres, sobre todo de los napolitanos y los
romanos, desde un punto de vista sexual. Ah fi donc! (Echa un poco
de agua de colonia sobre un pañuelo de encaje aplicándoselo a
continuación a la nariz; parece aspirar suavemente, y mirando de
reojo hacia el demonio) ¡Ah, ya estoy mejor! (Cogiendo de nuevo el
hilo)... Que levante un dique a la bestialidad de los machos y de
las hembras del género humano en estas relaciones y tocamientos y
copulaciones necesarias y tolerables solamente dentro de los
estrictos límites demarcados por el fin de la reproducción. Ah,
c'est terrible! (aspirando de nuevo agua de colonia) ¡En fin, ya me
entiendes!"
Es obvio que el diablo entiende. Se retira a su agujero, mientras
elucubra el siniestro plan... Engendrar una mujer hermosa. Una niña
inocente, "¡Seductora!, ¡Sensual!, ¡Venenosa! ¡Que queme cerebro y
venas! ¡Torpe! ¡Cruel! ¡Alocada! ¡Alma sucia! ¡Naïve!"... La idea es
perfecta. Queda únicamente elegir una madre para engendrar a la
gloriosa criatura... El diablo se acerca a un campo sembrado de
muertos, al parecer todas mujeres, cubiertas de descoloridas
indumentarias. Parecen dormir... Lucifer ha de hacer un buen
trabajo. Despierta una a una a las miserables... ¡Helena de
Esparta!... ¡No! Phryné de Atenas, la hetaria de las hetarias!...
Tampoco.
¡Heloísa, abadesa de Paraclet, amante de Abelardo a quien amó a
pesar del castigo y del tiempo... ¡No! Demasiado enamorada...
Satanás necesita un monstruo. ¡Agripina, madre, esposa y asesina de
emperadores! Sí, tiene mucho encanto, pero le falta algo de
ingenuidad... ¡Salomé! Hermosa, joven, danzarina, que deleitó con su
baile en el banquete de Herodes y que se solazaba con el placer de
la sangre brotando de las cabezas que mandaba cortar... Finalmente
es la elegida. Es sencillamente adorable. Con ella, el diablo tiene
certeza de su éxito...
Al otro día aparece de improviso, en los salones del cielo, la
"mujer": Es un ser joven, exuberante, cabellos negros, negros ojos
de una profundidad abismal, en los cuales se oculta una devoradora
voluptuosidad, todavía no abierta; lleva un vestido completamente
blanco. Todo dios anda aturdido y sobresaltado con esta aparición,
como deslumbrado por el resplandor de la recién llegada; los ángeles
boquiabiertos, no sabiendo con
qué carta quedarse, con sus ojos clavados en la hembra.
María al mirarla, se estremece. Es demasiado perfecta. Accediendo a
un impulso salvaje se abalanza sobre ella y la besa..."¡La plena
delicia!" En sus venas lleva la fuerza del veneno encerrado. El
hombre que la toque,
luego de 14 días, comenzará a sentir en su cuerpo, sus entrañas, su
piel, el más mortífero y cruel castigo que haya imaginado jamás. Y,
más aún, los habitantes celestes no perderán al ingenuo, pues en su
desesperación se hará católico y, al morir, su alma quedará a cargo
de los "dioses".
Cambio de escenario: Roma... Una sala del palacio pontificio.
Alejandro Borgia, su familia y todos sus allegados siguen los Santos
Oficios con atención. De pronto, la "mujer" hace acto de presencia.
Provoca una poderosa conmoción entre los presentes. Los caballeros
parecen embrujados y las damas imprecan a la bella niña. "El Papa, a
su vez, se ha levantado también, y queda como pasmado mirando hacia
el portal, donde la 'mujer' sigue inconmovible, impertérrita". El
maestro de ceremonias concluye el acto litúrgico. Alejandro VI toma
a la "mujer" por la cintura y se retira con ella, seguido por un
grupo de hombres desaforados y mujeres histéricas.
Amanece... El alba fría y húmeda ve salir del palacio pontificio a
la diabólica criatura, semidesnuda, trasnochada, rota. Silencio de
muerte. El diablo aparece y le muestra el camino a seguir, sin
pérdida de tiempo: arzobispados, conventos, iglesias... y, en fin,
"el resto de la canalla humana..." [...] Publicada en los últimos
años del siglo XIX, una pieza como El concilio de amor no podía sino
exaltar el puritanismo hipócrita de una sociedad convencida de su
prédica inmunda. No podía sino constituir un lirio execrable, una
"asquerosidad" y una herejía sin límites, que le valdrían a su autor
ser recluido en la prisión y morir demente en un asilo. Y es que, en
aras de una "religiosidad" mal comprendida y peor practicada, se
trata al artista como a un criminal y se pretende mantener sin tacha
una idea de la divinidad que no concuerda con la realidad ni con la
historia... Pero, de vez en cuando, el mundo pare a un genio, a un
descastado. Y en la pluma de este paria se deposita toda la fuerza
del arte, pero también del Mal...
Ya lo decía Breton, que en el Mal están anudados, a manera de
torbellinos de fuego y materia ardiente todos los Grandes, todos
aquéllos que se han visto precipitados en él ... De manera muy
particular, Oscar Panizza parece haber sido, comenzando con su
historia familiar, hijo de padre católico y madre hugonota,
predestinado al abismo. Su caída comenzó con la publicación de El
concilio de amor, por tratarse de un "delito contra la religión".
Los ejemplares existentes del texto, así como también los clichés y
tipos empleados en su confección, debieron ser inutilizados. La
condena desencadenó en él todo tipo de martirios que comenzaron con
su reclusión en la prisión y que lo abatieron hasta el fin de sus
días.
Abandonó Alemania, por las marcadas hostilidades que se ejercían
contra su persona. Huyó a Suiza, de donde también fue expulsado. Una
vez en París fue acosado por intensos silbidos que lo martirizaron
durante meses obligándolo, nuevamente, al destierro... Deambulando
su soledad por las calles de Munich, sifilítico y alejado del resto
de los hombres, era rechazado inclusive en los manicomios a donde se
dirigía en busca de un poco de paz... Tras un frustrado intento de
suicidio, salió a dar su paseo acostumbrado por Oberforing y
alrededores, semi desnudo, logrando de este modo ser transportado a
los locales de la policía, con un nombre falso.
Luego de un rápido examen médico, Panizza fue transferido a la
sección de enfermos mentales del hospital municipal donde murió,
finalmente, en 1921. |
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