| CRÓNICA      

 
 

"El concilio de amor", de Oscar Panizza

 
     
 

:: Elena Ferrufino-Coqueugniot.

 
 


fotografía de oscar panizza

 
     
 

Siglo XV. La bruma que cubre Europa tiene halo de presagio. Se han cernido sobre el mundo un sinfín de males que tiñen la historia con el velo del infierno. La peste negra y la sífilis se expanden como el viento. La Santa Inquisición ha instaurado su cortejo sangriento, torturando y matando a todo aquel que, a su divino juicio, estuviera alejado de la gloria de Dios.
En medio del drama, del hambre y la desolación existe, sin embargo, un grupo selecto de fieles que, protegidos por los Santos Sacramentos, desafían la cólera divina celebrando todo tipo de inmoralidades y excesos sexuales. El concilio de amor, de Oscar Panizza es una cruel puesta en escena de la corte de Alejandro VI Borgia, uno de los Papas más corruptos y libertinos de la historia de la iglesia...
... Los estertores del Vaticano han llegado a los salones celestes del cielo, donde Dios Padre, los ángeles y querubines escuchan, aterrados, de labios de María, los detalles del desenfreno papal. Todo límite ha sido sobrepasado. Urge castigar a la humanidad mediante el acto mismo del pecado... Imponer un castigo que lacere los cuerpos, enviar una enfermedad terrible que se transmita mediante el mismo acto carnal... Pero ¿cuál?...
En la sala del trono, entre la angustia de la sensual y excesivamente ornada madre de Cristo, Panizza abre el telón de un drama que responde a la creencia popular de que la "epidemia venérea" que azota a toda Europa, tiene origen divino, pues como suele pasar siempre que no se conoce la causa terrena de algo, se construye una causa extraterrestre.
Hombres simples, clérigos y poetas están convencidos de ello. "Plugo a Dios mandarnos en nuestros días enfermedades que no conocieron nuestros antepasados". Diciendo a este respecto los que tienen a su cargo las Sagradas Escrituras que la sífilis ha nacido de la cólera divina, castigando y penando Dios, con ella, nuestras malvadas vidas, afirmaba Ulrich Von Hutten.
Ni el Padre, ni María, ni Cristo, ni Magdalena pueden encontrar la solución... ¿Exterminar a los hombres? No es posible. ¿Quitarles el placer del coito? Implicaría un suicidio masivo. "Despedazarlos, aniquilarlos como a perros, machacarlos, hacerlos picadillo..." Dios Padre profiere gritos. Su cólera se hace rugido. Pero está tan viejo, tan débil... María rechaza una a una sus propuestas. Jesús, tísico y sin fuerzas asiente apoyando a unos y a otros...
Muy delgado, con los ojos brillando de ingenio, vestido de negro, el diablo comparece ante la corte celestial, pues la divinidad no ha encontrado la respuesta acertada que escarmiente a los hombres, sin perder completamente su alma... "¡Tú eres de los nuestros! ¡Nada de incordios!, dice María.
Necesitamos demasiado tu ayuda; no toleraremos (voceando en dirección al viejo) una ofensa a nuestro querido primo..., nuestro aliado, nuestro entrañablemente querido hermano. ¡De ningún modo lo toleraremos!" El diablo se inclina muy agradecido. "En suma, en cuatro palabras, asegura María, la cuestión es la siguiente: Prescindiendo, por razones de orden superior, del aniquilamiento total del género humano, previsto por una instancia suprema (señalando con un golpe de cabeza hacia el viejo), hemos decidido una venganza que se deje sentir, estilo diluvio; para ello necesitamos a alguien, necesitamos algo, una influencia, un poder, una persona, un veneno, algo que pueda por fin poner un dique a la grosería de los hombres, sobre todo de los napolitanos y los romanos, desde un punto de vista sexual. Ah fi donc! (Echa un poco de agua de colonia sobre un pañuelo de encaje aplicándoselo a continuación a la nariz; parece aspirar suavemente, y mirando de reojo hacia el demonio) ¡Ah, ya estoy mejor! (Cogiendo de nuevo el hilo)... Que levante un dique a la bestialidad de los machos y de las hembras del género humano en estas relaciones y tocamientos y copulaciones necesarias y tolerables solamente dentro de los estrictos límites demarcados por el fin de la reproducción. Ah, c'est terrible! (aspirando de nuevo agua de colonia) ¡En fin, ya me entiendes!"
Es obvio que el diablo entiende. Se retira a su agujero, mientras elucubra el siniestro plan... Engendrar una mujer hermosa. Una niña inocente, "¡Seductora!, ¡Sensual!, ¡Venenosa! ¡Que queme cerebro y venas! ¡Torpe! ¡Cruel! ¡Alocada! ¡Alma sucia! ¡Naïve!"... La idea es perfecta. Queda únicamente elegir una madre para engendrar a la gloriosa criatura... El diablo se acerca a un campo sembrado de muertos, al parecer todas mujeres, cubiertas de descoloridas indumentarias. Parecen dormir... Lucifer ha de hacer un buen trabajo. Despierta una a una a las miserables... ¡Helena de Esparta!... ¡No! Phryné de Atenas, la hetaria de las hetarias!... Tampoco.
¡Heloísa, abadesa de Paraclet, amante de Abelardo a quien amó a pesar del castigo y del tiempo... ¡No! Demasiado enamorada... Satanás necesita un monstruo. ¡Agripina, madre, esposa y asesina de emperadores! Sí, tiene mucho encanto, pero le falta algo de ingenuidad... ¡Salomé! Hermosa, joven, danzarina, que deleitó con su baile en el banquete de Herodes y que se solazaba con el placer de la sangre brotando de las cabezas que mandaba cortar... Finalmente es la elegida. Es sencillamente adorable. Con ella, el diablo tiene certeza de su éxito...
Al otro día aparece de improviso, en los salones del cielo, la "mujer": Es un ser joven, exuberante, cabellos negros, negros ojos de una profundidad abismal, en los cuales se oculta una devoradora voluptuosidad, todavía no abierta; lleva un vestido completamente blanco. Todo dios anda aturdido y sobresaltado con esta aparición, como deslumbrado por el resplandor de la recién llegada; los ángeles boquiabiertos, no sabiendo con
qué carta quedarse, con sus ojos clavados en la hembra.
María al mirarla, se estremece. Es demasiado perfecta. Accediendo a un impulso salvaje se abalanza sobre ella y la besa..."¡La plena delicia!" En sus venas lleva la fuerza del veneno encerrado. El hombre que la toque,
luego de 14 días, comenzará a sentir en su cuerpo, sus entrañas, su piel, el más mortífero y cruel castigo que haya imaginado jamás. Y, más aún, los habitantes celestes no perderán al ingenuo, pues en su desesperación se hará católico y, al morir, su alma quedará a cargo de los "dioses".
Cambio de escenario: Roma... Una sala del palacio pontificio. Alejandro Borgia, su familia y todos sus allegados siguen los Santos Oficios con atención. De pronto, la "mujer" hace acto de presencia. Provoca una poderosa conmoción entre los presentes. Los caballeros parecen embrujados y las damas imprecan a la bella niña. "El Papa, a su vez, se ha levantado también, y queda como pasmado mirando hacia el portal, donde la 'mujer' sigue inconmovible, impertérrita". El maestro de ceremonias concluye el acto litúrgico. Alejandro VI toma a la "mujer" por la cintura y se retira con ella, seguido por un grupo de hombres desaforados y mujeres histéricas.
Amanece... El alba fría y húmeda ve salir del palacio pontificio a la diabólica criatura, semidesnuda, trasnochada, rota. Silencio de muerte. El diablo aparece y le muestra el camino a seguir, sin pérdida de tiempo: arzobispados, conventos, iglesias... y, en fin, "el resto de la canalla humana..." [...] Publicada en los últimos años del siglo XIX, una pieza como El concilio de amor no podía sino exaltar el puritanismo hipócrita de una sociedad convencida de su prédica inmunda. No podía sino constituir un lirio execrable, una "asquerosidad" y una herejía sin límites, que le valdrían a su autor ser recluido en la prisión y morir demente en un asilo. Y es que, en aras de una "religiosidad" mal comprendida y peor practicada, se trata al artista como a un criminal y se pretende mantener sin tacha una idea de la divinidad que no concuerda con la realidad ni con la historia... Pero, de vez en cuando, el mundo pare a un genio, a un descastado. Y en la pluma de este paria se deposita toda la fuerza del arte, pero también del Mal...
Ya lo decía Breton, que en el Mal están anudados, a manera de torbellinos de fuego y materia ardiente todos los Grandes, todos aquéllos que se han visto precipitados en él ... De manera muy particular, Oscar Panizza parece haber sido, comenzando con su historia familiar, hijo de padre católico y madre hugonota, predestinado al abismo. Su caída comenzó con la publicación de El concilio de amor, por tratarse de un "delito contra la religión". Los ejemplares existentes del texto, así como también los clichés y tipos empleados en su confección, debieron ser inutilizados. La condena desencadenó en él todo tipo de martirios que comenzaron con su reclusión en la prisión y que lo abatieron hasta el fin de sus días.
Abandonó Alemania, por las marcadas hostilidades que se ejercían contra su persona. Huyó a Suiza, de donde también fue expulsado. Una vez en París fue acosado por intensos silbidos que lo martirizaron durante meses obligándolo, nuevamente, al destierro... Deambulando su soledad por las calles de Munich, sifilítico y alejado del resto de los hombres, era rechazado inclusive en los manicomios a donde se dirigía en busca de un poco de paz... Tras un frustrado intento de suicidio, salió a dar su paseo acostumbrado por Oberforing y alrededores, semi desnudo, logrando de este modo ser transportado a los locales de la policía, con un nombre falso.
Luego de un rápido examen médico, Panizza fue transferido a la sección de enfermos mentales del hospital municipal donde murió, finalmente, en 1921.