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Desde niño estuve poseído por la
extraña certeza de que cada animal es un cuento que se mueve. Creía
que los humanos tienen mascotas sobre todo para contárselas
mutuamente, para hablar de ellas. Aunque muchas veces también para
hablar con ellas.
Yo veía que los niños y los ancianos hablaban muchísimo con los
animales. Creía que crecer consistía en olvidar totalmente cómo se
habla con ellos, para recuperar muy al final de la vida ese lenguaje
de historias que se mueven.
En vez de preguntar el nombre de un animal, nuevo para mí, pedía que
me contaran su cuento. Y a nadie le parecía extraño. Las lenguas más
tímidas se desataban con gusto hablando de sus pericos o de sus
gatos. Para mí, un animal sin cuento era tan triste como las
personas llenas de prisa que veía pasar por la calle, que parecían
venir de ninguna parte y correr hacia ningún lado, todos los días,
puntualmente. Un animal sin cuento se reducía en mi estima al nivel
de un humano desconocido. Era como uno de esos extraños con los
cuales los niños no deberíamos hablar. Aún no sabía descifrar en
ellos el misterio, el cuento oculto que cada quien es.
Mis primeros vecinos, que me parecían terriblemente ostentosos, no
paraban de hablar de sus dos perros bravucones y de las hazañas que
cada uno había realizado. Pero sus mascotas eran tan antipáticas,
ruidosas y llenas de gases como ellos. Me mostraban que cada animal
tiene dos historias por lo menos, una simpática y otra menos, como
dos lados de la misma moneda. Y que contando con insistencia una
cara se desvela poco a poco la otra, muchas veces sin darse cuenta.
Cada perro, pensaba, es un acopio de historias múltiples y
simultáneas que se mueven esperando ser descubiertas, reconocidas.
Una historia tal vez por cada pata. Y así comencé a interesarme en
los cienpiés y otros interminables misterios vivos del agua, la
tierra y el aire. Animales sorprendentes que nadan o vuelan o
caminan.
Hasta que me llegó el momento de preguntar si había animales del
fuego. Y ahí comenzó para mí la otra literatura de animales, la que
ya estaba en los libros. Mis padres me contaron y leyeron
descripciones de un deslumbrante trío de fuego: la Salamandra, el
Dragón y el Ave Fénix. Después de eso, los primeros animales de la
escuela, los de la jaula llamada entonces en la escuela Biología, me
parecieron necesariamente planos, algo tediosos.
Nunca me interesaron especialmente los animales de las fábulas que
me leían en clase, por cierto con un dedo levantado: un índice
agitado como una regla al aire señalándonos. Había siempre en esos
cuentos la necesidad de dar lección. Un animal con moraleja era para
mí una profesora severa, una monja adusta disfrazada de animal pero
siempre dejando ver abajo del disfraz la larga cola de reptil que
arrastran los humanos aburridos y poco sutiles. Un animal didáctico
es muy poco animal, es un ser degradado.
Y los animales protagonistas y héroes de las películas infantiles y
de la televisión eran casi siempre arruinados al final por un afán
de volverlos demostración: animales ejemplo de valores humanos.
Pobres animales buenos y trabajadores, valientes y fieles a
ultranza, estúpidamente admirables. Muchísimas veces también cursis:
extrañamente repletos de un sentimentalismo que, según recuerdo,
conmovía más a los adultos que a los niños. Tal vez por eso después,
e incluso ahora, tampoco los grandes héroes de la Historia me han
parecido nunca de verdad interesantes, del signo ideológico que
sean. Los héroes carismáticos, los "grandes luchadores o mártires",
los líderes acicalados o su contrario: bajo la corbata recién
comprada y brillante o bajo la barba agreste o bajo el pasamontañas
remendado llevan la peligrosa monja didáctica dentro. Son otra
triste manifestación unidimensional del conocido y tan escolar
animal con moraleja.
Me gustaba de El Quijote su poder para mirar los dos animales que
hay en ese uno que ven los otros. Y tal vez por eso, en el afelpado
Platero yo me obstinaba en descubrir el esqueleto de un asno más o
menos rocinante, abultado por la magia del poeta quijotesco que nos
lo contaba. Me interesaban los tres animales: el asno carismático,
su esqueleto oculto huérfano de Sancho (es decir, el mismo asno sin
carisma) y el poeta medio asno y medio brujo enamorado del asno.
Pero ninguna historia de amor pasional por los animales me parecía
más interesante que aquella que descubrí en un libro ilustrado por
mi padre. Lo vi dibujar durante días a un hombre que se podía
convertir todo él en lluvia para mojar el cuerpo de una mujer que le
gustaba. También se podía convertir en rayo, en ave, en viento. Y vi
con sorpresa a una mujer que se enamoraba de un ganso.
Mi padre me explicó luego, ante mis preguntas insistentes, que no
era ganso sino cisne, y que adentro del cisne no había un hombre
sino un dios. Me fascinó el poder de ese dios antiguo para
convertirse en animal y así seducir a la mujer que lo volvía loco y
que obstinadamente lo rechazaba en su cuerpo perfecto, divino. Que
un animal fuera mucho más atractivo que Dios me parecía un buen
principio.
La historia de Zeus transformado en cisne para seducir a Leda fue
creciendo en mí con los años hasta adquirir cualidades cada vez más
sensoriales que anecdóticas. Y la historia estalló en una bestial
noche húmeda de mi adolescencia: fui cisne y al despertar mi boca
olía a ella. Mis piernas estaban muy húmedas, mojadas por la Leda
adolescente que me hacía soñar así. Me gustaba imaginar también que
ella, muy feliz en secreto, amanecía con un par de mis plumas
blancas secándose en su mano y entre sus piernas.
Mucho antes, entre mis tres y cinco años de edad, fuimos a vivir al
desierto del Norte de México, donde lo menos que esperaba era
descubrir tantos animales que contaban cuentos simplemente con las
huellas de su existencia y su relación peculiar con los humanos.
Mi asombro no tuvo medida cuando vi cómo jugaban ahí los niños:
atrapaban unos escorpiones o alacranes grandes y casi transparentes
atándolos por la cola con cuerdas delgadas. Los colgaban en el aire
lejos de su cuerpo para evitar los temibles piquetes de la cola.
Luego trazaban un círculo en la tierra y, sin desatarlos pero
dejándolos moverse, los ponían a pelear unos contra otros hasta que
se mataban. La mezcla de miedo y fascinación que sentía me llenaba
de un escalofrío que todavía recuerdo con detalle. Mi madre
enfureció asustada al descubrir aquel juego y me contó la historia
de una tía abuela que, siendo niña, murió picada por los escorpiones
que durante semanas cuidó y alimentó a escondidas de sus padres
abajo de su cama, en el pueblo oásis de Álamos, Sonora. Hace poco
llegó a mis manos un cuaderno donde mi bisabuelo anotaba
acontecimientos importantes de su vida. Ahí figura la muerte de esa
niña, dice él, "devorada por su jardín de alacranes".
A mi padre le gustaba la caza. Y un indio yaqui, Pedro, era su
compañero de caminatas y su guía. Había simplemente que cruzar la
calle frente a nuestra casa para que la vista se perdiera 180 grados
en un universo de cactus y arena hasta el lejanísimo horizonte.
Muchas veces me llevaron con ellos y, con infinita paciencia, me
mostraron cómo leían las huellas, el alfabeto de los habitantes del
desierto.
Aprendí a distinguir los restos fecales de cada animal por su forma
y tamaño. Por su olor y consistencia podíamos saber qué había comido
y hacía cuánto tiempo. Por lo tanto deducíamos por dónde había
pasado y, tal vez, a dónde se dirigía. Era posible saber si tenía la
costumbre de beber en un ojo de agua o si había chupado el rocío
depositado al amanecer sobre las espinas más largas de algún cacto.
Pedro identificaba por sus costumbres y recorridos a los animales
que ya había perseguido otras veces. Y podía esperarlos durante
horas en algún sitio; parecía tener cita con ellos. Sabía en qué
cañada cruzada de vientos las liebres, para enfriar su sangre, iban
a extender sus largas y delgadísimas orejas, casi transparentes pero
visiblemente cruzadas de venas.
Podíamos darnos cuenta algunas veces de que otro animal de presa,
más grande, iba detrás del que nosotros seguíamos. Él también lo
observaba buscando el momento de atacarlo. Pero más de una vez, al
regresar a un lugar recién visitado, por las huellas nuevas
comprendíamos de golpe que el animal que creíamos seguír nos
observaba muy sigilosamente sin que pudiéramos verle: nos estaba
cazando.
Y si un animal perseguido demostraba una inteligencia especial había
que dejarlo en paz. Porque para Pedro, con mucha certeza, algo
sobrehumano habría en esa bestia aparente. Me decía que algunos
animales también son dioses o espíritus poderosos que era necesario
respetar. En una buena parte de la literatura de los antiguos
mexicanos, en diferentes pueblos y culturas prehispánicas, pero
incluso en leyendas actualmente vivas, los animales son seres de
transición entre el mundo que vivimos y el inframundo o el
supramundo: seres duales, puntos de contacto entre nosotros sobre la
tierra y los dioses o los muertos. Los animales son también guías de
excepción hacia los mundos invisibles y son almas gemelas. Son
también, para algunas culturas, la medida del tiempo. El Año Conejo,
se dice, por ejemplo, en el mundo náhuatl.
En toda Mesoamérica, el extenso territorio que cubrió el imperio
azteca, desde el Norte de México hasta el Sur de Centroamérica, se
conserva la creencia en el nagual: ese animal casi siempre invisible
y algunas veces aparecido que acompaña inseparablemente a cada
persona desde que nace; y que la cuida o la pierde. Hasta los dioses
aztecas lo tenían. El colibrí o huitzilín, por ejemplo, era el
nagual de Huitzilopochtli. Aparece en su tocado alimentándose de una
flor que es también el corazón del dios.
Cada quien tiene su nagual, aunque no lo vea. Pedro decía que el
suyo era un cierto gato montés que siempre merodeaba sus pasos en el
desierto pero que nunca había logrado siquiera ver. Una vez lo oyó
pisar ramas secas. Fue lo más cerca que estuvo de percibirlo.
Una noche muy fría que pasó a la intemperie dentro de un saco de
dormir, una serpiente de cascabel se metió a su lado. Son temibles y
muy venenosas. Despertó cuando la sintió enrollada en una pierna y
sobre su estómago. Pero no podía moverse. Si estornudaba o suspiraba
profundamente lo mordería. Contaba que fue la fuerza de su nagual,
el gato montés, lo que le permitió estar tanto tiempo quieto como
felino al acecho. Pasaron varias horas, hasta que el sol calentó lo
suficiente como para incomodar a la serpiente y motivarla a
deslizarse fuera del saco. Pedro, que entonces tenía veinte años,
salió luego del mismo saco con el pelo completamente blanco. Como si
cada hora se hubiera convertido en décadas al cruzar lentamente por
su cuerpo.
Y como mi padre, por herencia familiar también tenía el pelo
extrañamente blanco desde muy joven, Pedro lo veía con cierta
hermandad que en su mente pasaba por lo animal. Como si hubiera
querido confirmarlo, al día siguiente mi padre se cruzó con la
serpiente a la entrada de la letrina de casa y la mató. Pedro decía
que era la misma, con sus nueve cascabeles inconfundibles en la
cola. "Nunca podré olvidarla, todavía recuerdo en la piel de la
pierna cada una de sus escamas". Esa breve torre de cascabeles fue
mi regalo y durante muchos años la tuve conmigo. Señalaba que la
serpiente había cambiado de piel nueve veces. Y yo pensaba que me
protegería de nueve peligros, de nueve accidentes o enemigos. La
llevé por años en mi bolsillo, envuelta en un pañuelo.
Pedro nos llevó a unas cuevas en la montaña de San Francisco, en
Baja California, donde hace miles de años unos habitantes, de los
que no se sabe casi nada, grabaron en las piedras escenas
aparentemente rituales donde hombres y mujeres rodean a una
serpiente roja con cabeza de venado. Ser mixto, sobrenatural por
excelencia, antecedente muy lejano de la Serpiente Emplumada que
muchos siglos después obsesionaría a los aztecas, a los misioneros
cristianos, a los arqueólogos, a los antropólogos y hasta a los
escritores que como D. H. Lawrence le han dedicado libros telúricos.
Terremotos de la imaginación.
No menos misteriosos y apasionantes me parecían en el desierto los
extraños animales fósiles que abundaban en esa zona, con su
testimonio obsesivo de que toda aquella sequía fue alguna vez fondo
del mar. No podía dejar de sentir que los ojos petrificados de esos
seres excepcionales llamados Trilobites me miraban desde una
antigüedad sin medida, como queriendo decirme algo, como pidiendo
una respuesta que yo no alcanzaba a descifrar, contándome una
historia que algún día tal vez escribiré para aprender así a
escucharla. Desde entonces me obsesiona leer sobre esos animales de
piedra que con un antropocentrismo inocente y pedante llamamos
prehistóricos. Como si la vida, que es tan anterior a los humanos,
no tuviera una historia que mereciera ser contada. Y hasta los
animales convertidos lentamente en roca tienen un cuento qué contar.
Ya para que llegue hasta nosotros cada uno de esos fósiles se
requiere una peculiar cadena de acontecimientos y de azares: una
historia que es para nosotros un tremendo misterio, tal vez no menos
importante que batallas, golpes de estado, anexiones de territorios,
etc. Algunos animales de épocas tan remotas sobrevivieron
transformándose, otros lo hicieron por no haber cambiado nada. Los
espectaculares Límulus o Cangrejos Herradura que una vez al año se
reproducen masivamente en las playas de Nueva Inglaterra (y mucho
menos pero también en las de Yucatán), son fósiles vivientes. Son
bellos y horribles al mismo tiempo. Pero no son cangrejos, aunque su
nombre común insista en ello. Son arácnidos de mar aislados de
cualquier cadena evolutiva. Tienen diez ojos y una larga, muy dura
cola inofensiva que parece una lanza. Y su extraña sangre azul,
resistente a los enemigos como ninguna otra, es muy útil en la
fabricación de vacunas y en las investigaciones sobre inmunidad.
Estos Límulus han apasionado sin medida al reconocido artista
anglomexicano y catalán Brian Nissen marcando su obra y de paso
dejando su huella en la historia del arte. Pero la historia de esa
pasión tiene algo de enigma más profundo porque es como si estos
seres milenarios, que por cierto tienen sexualidad externa, hubieran
seducido estratégicamente al artista, quien con su obra ha llamado
la atención de muchas personas y organizaciones encendiendo así una
luz de alarma sobre el peligro de extinción de esta especie. La
lógica de sobrevivencia de estos animales es transhistórica y nos
rebasa. Si algunas flores tienen que seducir a otros animales para
ser fertilizadas y reproducirse, ¿por qué no considerar que los
fósiles vivientes ejercen una sexualidad externa pero profunda con
los humanos para seguir existiendo?
Me interesa siempre, como una historia de amor excéntrico, la pasión
de los artistas por ciertos animales que cruzan con frecuencia sus
obras y se convierten en parte de ellos, de su autorretrato: los
engolados minotauros de Picasso, las frágiles aves de Braque, para
mencionar dos extremos. El mexicano Francisco Toledo ha poblado sus
cerámicas, dibujos y cuadros con un universo fascinante de conejos
con erecciones gigantes, cangrejos y cocodrilos. Observa a los
animales desde dos perspectivas simultáneas, desde arriba y desde un
lado, mezclando arte Occidental con recursos de artes tradicionales
como la de los aborígenes australianos. De ahí que con frecuencia
sus animales parezcan volar, como las vacas alucinadas de Marc
Chagall sobre los techos de los poblados rusos. Toledo ilustró, con
extrema fidelidad a su propio universo animal, el ya clásico Manual
de zoología fantástica de Jorge Luis Borges. Avatar notable de ese
género, el de los bestiarios: esos recuentos de la otredad y del
asombro que cuando quisieron ser naturalistas al hablar de los
nuevos continentes recién descubiertos en otros siglos fueron
bestialmente fantasiosos. Porque la otredad de la naturaleza animal
siempre nos parecerá fascinante e ilimitada en sus posibilidades.
Cada animal es infinito, es emblema de lo posible.
Por eso no debe extrañarnos la afirmación del zoólogo mayor de lo
literario diminuto, Augusto Monterroso, cuando afirma en su sabio
tratado sobre el Movimiento perpetuo: "Hay tres temas: el amor, la
muerte y las moscas. Desde que el hombre existe ese sentimiento, ese
temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los
dos primeros. Yo me ocupo de las moscas que son mejores que los
hombres, pero no que las mujeres."
Imaginemos aquella escena fundadora (según el psicoanalista clásico
J. Lacan), en la cual el niño se ve por primera vez en el espejo y
con esa primera percepción de sí mismo comienza a construir su
identidad. Modifiquemos la escena y aceptemos que el niño, entre dos
parpadeos, se ve a sí mismo a ratos como un animal. Ese espejo
sincero nos habla todos los días, si nos damos cuenta. El animal en
nosotros aguarda siempre para ser contado.
El animal: lo que somos abajo de la piel, o lo que radicalmente
creemos que no somos cuando la mosca inquieta en el oído nos hace
girar de golpe y se rompe el espejo.
Cuando estamos en alguna biblioteca muy grande, e incluso en algunas
francamente pequeñas, si guardamos el debido silencio se escucha a
lo lejos el ruido de los animales corriendo por dentro de los libros
de un extremo a otro de los estantes que albergan cuanto se ha
impreso. Los animales habitan las bibliotecas porque habitan la
literatura y varios otros terrenos tipografiados y encuadernados.
Pero invocando el placer absoluto de contar cuentos por encima de la
erudición zooliteria, escuchemos también a los otros animales
literarios, a los que no han sido impresos y dan sus pasos al ritmo
de los nuestros, nos cuentan sus historias y dialogan, se perfilan
por contraste o similitud, con los animales ya impresos. Porque,
continuando con el giro bestial que nos guía, aceptemos que leer
cuentos de animales se convierte en un aprendizaje vital: es un
acceso a nuestro elemental y más profundo abecedario. Es aprender a
ver el rincón "obscuro" de nuestro espejo. Que tal vez sea nuestra
mejor cara.
Recordemos que todo animal es un cuento en movimiento que gira para
morderse la cola. Si sorpresivamente sentimos el mordisco somos ese
animal y debemos comenzar a contar, cantar, escribir o aullar
nuestra historia, como le sucedió a un tal Gregorio Samsa al
despertar aquella mañana...
Ruy Sánchez. Es mexicano, autor de La huella del grito. Escribe para
Confabulario |
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