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COMPAÑEROS HASTA LA MUERTE, UNA HISTORIA DE VIDA CONSAGRADA A OTRA VIDA

Vicente, las “piernas” de Jorge

07 Junio 2015Evelyn Campos López ECOS
Los amigos del alma, en uno de sus tantos viajes.

Los amigos del alma, en uno de sus tantos viajes.

Cuando llegó a la casa de Jorge, el pequeño Vicente apenas tenía seis años y solo hablaba quechua. Pero, al cruzarse las miradas de aquel niño de piel blanca con este chiquillo de tez morena, algo grande ocurrió entre ellos dos, una conexión inusual que en definitiva se traduciría en una conmovedora historia de vida.

La fidelidad y la lealtad, explica la psicóloga Denisse Hinojosa, son claves para una amistad verdadera. Esta involucra un sentimiento compartido de preocupación, de deseo de ver al otro crecer y desarrollarse con la esperanza mutua de tener éxito en todos los aspectos de la vida. Implica también acción: hacer algo diferente para alguien más, sin esperar nada a cambio.

A continuación, ECOS recrea la increíble historia de Jorge y Vicente, dos personas que compartieron una auténtica amistad desde niños —solo separada por la muerte—, después de que uno de ellos consagrara su vida al cuidado del otro…

Jorge y la polio
Jorge Ponce nació el 27 de diciembre de 1926, fue nieto del historiador y jurisconsulto Luis Paz Arce y de Mercedes Vásquez Trigo. Sus padres, José Ponce Ponce y Carmen Paz Vásquez, procrearon a tres hijos varones, de los que Jorge era el hermano del medio.

Por esos caprichos del destino, cuando Jorge tenía cinco años, se enfermó con la temida poliomelitis, para la que no había vacuna. Pese a que lo llevaron hasta Chile en busca de un tratamiento médico, no tuvo mejora y quedó discapacitado de las dos piernas.

Sin embargo, esa grave lesión permanente no fue óbice para que el niño llevara una vida normal gracias al esfuerzo y la formación que recibió de su madre. Creció sin ningún tipo de complejos porque la familia Ponce Paz educó a sus hijos de manera esmerada y por igual, según cuentan amistades de Jorge a ECOS.

Su viuda, Ruth Pabón, lo recuerda así: “Jorge aprendió sus primeras letras con miss Taylor, una institutriz que hizo traer la familia del expresidente de la República de Bolivia Mamerto Urriolagoitia. La maestra extranjera (que llegó y murió en el país) le enseñó a leer y escribir en español e inglés; se quedó unos tres años con él, hasta que empezó a asistir al colegio Sagrado Corazón”.

Vicente y la orfandad
Mientras esto acontecía en la vida del niño que nació en una familia pudiente, en Vila Vila, Chaunaca, otro niño, un indígena llamado Vicente, hijo legítimo del matrimonio Amaya Flores, quedaba huérfano de padre y madre. Había nacido el 20 de junio de 1930 y era tres años menor que Jorge.

Parientes de la familia Ponce dicen que el niño solitario fue llevado al hogar de la abuela de Jorge, quien a su vez vio por conveniente enviarlo a la casa de la familia Ponce Arce para que pudiera acompañar a su nieto con discapacidad. El encanto, la vivacidad y la dedicación que el pequeño huérfano le ponía al cuidado de su par —un niño cuidando a otro— provocó que se ganara la confianza de todos, convirtiéndose pronto en un miembro más de la familia Ponce Arce.

De esta forma, Vicente se tornó prácticamente en las piernas de Jorge: ellos compartían juegos y aventuras. Mientras Jorge iba a la escuela, Vicente era aprendiz de sastre; al cumplir 11 años, asumió la tarea de llevar a Jorge al colegio y recogerlo de allí. Luego pasó eso mismo con la Universidad. Él lo llamaba, cariñosamente, “Gaucho”.

Vicente fue parte de la vida familiar de los Ponce y Calvo, durante la vida estudiantil, universitaria, profesional y familiar, compartiendo los amigos y afectos de Jorge. Con su dedicación, se ganó el reconocimiento de la gente que por diferentes circunstancias llegó a conocerlo. De esta forma se estableció una sólida relación de afecto, simpatía y confianza entre dos personas que pertenecían a familias y culturas distintas…

“Vicente era un hombre extraordinario, de esos pocos que pareciera solo existen en la ficción de las novelas. Sin embargo fue real, y la familia Ponce tuvo la oportunidad de tenerlo a su lado y de disfrutar por muchos años de su amistad y lealtad”, dice emocionado el médico Jorge Ponce, sobrino de “Gaucho”.

Una juventud compartida
A los felices y despreocupados años de la infancia le siguió el complicado, pero alegre, periodo de la juventud, viviendo ambos una mezcla de afán, optimismo y esperanza. Los dos fueron testigos y guardianes de las emociones de uno y de otro.

Vicente no solo fue la prolongación física de Jorge, sino también su hermano, su confidente, su compañero de farándula. Juntos, experimentaron una serie de aventuras y viajes por el mundo, de los que, cuando llegaban, Vicente contaba lleno de júbilo por haber conocido lugares inimaginables. “Jorge era un hombre brillante, educado, creativo, de una gran sensibilidad. Siempre fue buen alumno. En la Universidad, todos los años recibió el tradicional anillo de oro como mejor alumno de la carrera. Asimismo ganó otros reconocimientos”, recuerda Ruth.

Fue abogado, catedrático, decano, vicerrector y rector de la Universidad San Francisco Xavier, ministro de la Corte Suprema de Justicia, presidente de la Corte Electoral de Bolivia y, además, trabajó casi toda su vida en su bufete particular.

Por su parte, Vicente era un hombre sensible e inteligente, autodidacta; nunca asistió a la escuela y su único maestro fue Jorge, quien le transmitió todos sus conocimientos.

La pasión de ambos era el ajedrez: desde muy corta edad se pusieron frente a frente, uno del lado de las piezas blancas y el otro de las negras, y Vicente llegó a ser campeón nacional de esta disciplina. Tal era su afición que reproducían todas las jugadas de los campeones cuando se publicaban en el periódico…

Con el tiempo se hizo inevitable que tuvieran que enfrentar algunos avatares de la vida, como la violencia, la persecución política y el consecuente destierro (Jorge era falangista y durante el gobierno de Víctor Paz Estenssoro fue desterrado, permaneciendo en la Argentina durante más de tres años). Además, la oscura sombra de la pobreza.

Acostumbrados a llevar una vida económica holgada, en el exilio sufrieron momentos de privación. Pese a esto, Jorge solía recordar que jamás escuchó una sola queja en los labios de Vicente; al contrario, solo palabras de aliento y ayuda material, ya que Vicente fue el primero en encontrar trabajo en el atelier de Gino (un famoso diseñador italiano) y mantuvo durante algún tiempo a Jorge y a dos de sus amigos, que también estaban exiliados.

Encuentro con el amor
Poco tiempo después de retornar a Bolivia, Jorge (33 años) conoció en Tarija a Ruth Pabón Tenier, una hermosa joven (17), hija de Arturo Pabón y Luisa Tenier y hermana de Hernán, Óscar y Guillermo.

Incluso en ese momento, cuando el amor tocaba el corazón de Jorge despertando una nueva ilusión de vida, Vicente, consciente de que su amigo del alma había encontrado a la compañera de su vida, no quiso abandonarlo porque sabía que era parte indivisible y complemento inseparable de su Gaucho.

Después de enamorar unos meses, la pareja decidió casarse. “Jorge era brillante, interesante y con grandes valores: eso era lo que yo buscaba para mi compañero. No buscaba a un Tarzán, buscaba un hombre con las cualidades de Jorge, y eso me llenó la vida, es lo que enamora el espíritu. Pienso que siempre fui feliz en la vida: tuve unos padres maravillosos, una madre cariñosa, una niñez muy bonita y un esposo extraordinario”, recapitula Ruth.

“Lógicamente también conocí a Vicente, pero lo veía un tanto retraído. Cuando me iba a casar me acerqué y le dije: ‘Mira, Vicente, yo sé que tú has vivido toda la vida con Jorge, que son como hermanos; yo no pretendo eso para mí, pero quiero que seamos amigos”.

Cuando la pareja se casó y armó su casa, Ruth admite que al principio sentía una “cosita rara” por tener que compartir el cotidiano vivir con Vicente, al que veía muy reservado, porque el matrimonio es de dos.

Un día, le dijo: “Vicente, yo me casé sabiendo cuál era la situación de Jorge, esta es tu casa, quiero que te sientas tranquilo, que nos ayudes y no te sientas postergado”. Entonces él le respondió: “Sí, señora”. Con el tiempo, Vicente también llegó a ser como un hermano y un amigo fiel para Ruth…

Ella define a Jorge como un hombre de gran personalidad y sin complejos. “Yo, como esposa, pude darme cuenta de que tenía algún problema, pero no tenía. Jorge era un hombre interesante y encantador, con un espíritu aventurero, que vivía la vida loca. Una de sus grandes pasiones eran los viajes: a ellos solo les faltaba conocer Rusia. A veces yo los acompañaba y otras iban solos”.

La viuda de Jorge dice que tenían una política especial en su matrimonio: “Yo no era la típica esposa que tenía que estar al lado del marido, a veces Jorge quería descansar solo. En una ocasión se fue a vivir a un pueblo de pescadores en Brasil, durante un mes, y yo me fui a Buenos Aires con mi madre. Nuestra relación era muy oxigenada, nadie nos decía: ‘No hagas’ o ‘no vayas’, éramos libres. Jorge me abrió las puertas al mundo y yo a él. Y bueno… así pasó la vida. Yo tengo la conciencia tranquila, lo atendí hasta el último instante con mucho amor”. Ruth quedó viuda después de 46 años de matrimonio. Asegura que en todo ese tiempo, nunca vio un disgusto entre Jorge y Vicente. “Yo pocas veces he visto en la vida una relación con tanto respeto y consideración el uno con el otro”.

Está claro que, siendo parte de la familia, Vicente no era un empleado. Disponía de la economía para los gastos del hogar, administraba la casa y era prudente en todo, según lo recuerdan ahora como se hace con los seres entrañables.

Acostumbraba jugar ajedrez todas las tardes en el coliseo, donde era apreciado y respetado. “Era un hombre sencillo y simple, pero muy culto gracias a la educación y formación que le brindó Jorge. Le gustaba la música clásica y la ópera, la comida francesa y española. Tenía varios juegos de ajedrez, de diferente calidad; su favorito era el juego de Mamushkas rusas”.

Ruth recuerda también, a manera de anécdota, el día que Jorge se compró su primer auto. Vicente tendría unos 60 años y le dijo: “Mire, señora, yo no voy a aprender a manejar, ya estoy viejo”. Pero Jorge contrató un profesor y a la semana, Vicente estaba conduciendo.

El final
Cuando Jorge tenía 75 años sufrió una embolia y se quedó sin habla, “el único don que tenía”, dice Ruth con lágrimas en los ojos. Estuvo así dos años.
Ruth contrató los servicios de una fonoaudióloga, a la que constantemente preguntaba si Jorge recuperaría el habla. Y la profesional le respondía: “Tengo pacientes que volvieron a hacerlo”.

Después de mucha práctica y dedicación, su esposo logró hablar otra vez, aunque no fluidamente. Ruth y Vicente repetían por turnos, junto con Jorge, sus poemas favoritos. “Yo le recordaba lo que siempre decía él, que hasta el último instante de la vida hay que aprender algo… Y lo hizo: aprendió a hablar nuevamente. Era un valiente”.

Un día, Jorge sucumbió a la muerte y Vicente, como durante toda su vida, lo atendió con dedicación hasta el último momento. Eso ocurrió hace 15 años, por un paro cardíaco, y su amigo del alma se descontroló: gritó y lloró como nunca porque Jorge amaba la vida. “Pienso que para Vicente, Jorge ha sido su padre y su madre; era un hombre sereno, tranquilo, que nunca demostraba sus emociones. Pero, al ver a Jorge muerto, se quebró…”.

Tres meses después de su partida, Vicente le dijo a la viuda: “Señora Ruth, usted tomará otro camino, hará su vida y yo tengo que irme”. Entonces ella le respondió: “No tienes por qué irte, esta es tu casa, este es tu hogar, yo soy tu familia, no te vayas”. Se quedó y nunca más hablaron del tema. Por su gran corazón y humildad, Vicente ofrendó su vida prestando servicio y dedicación a la familia de Gaucho.

El humilde niño del campo sobrevivió a su amigo de la ciudad 15 años más, brindando lealtad, cuidado y compañía a Ruth, hasta que se enfermó y luego él también pereció. En justo reconocimiento al apoyo que recibió de este hombre, la viuda de Jorge le prodigó cuidados hasta el final. “Yo le decía al oído: ‘Ve de prisa camino al cielo, Vicente, porque sus puertas están abiertas para ti’. Yo diría que Vicente llevó una buena vida y tuvo una buena muerte. Fue un hombre feliz…”.

Vicente falleció el 19 de abril de 2015, acompañado y visitado por los amigos, a los 85 años de edad, en el lecho de un hospital. Dejó un gran vacío para todos los suyos.

La familia y los amigos recuerdan a Vicente como un hombre extraordinario que dedicó su vida a Jorge, en las buenas y en las malas. Ante todo, destacan su espíritu solidario, noble y sencillo. “Pensamos que debió pasar eximido al Cielo, por todo el bien que hizo en vida”.

Este par de compañeros de la vida siguen juntos, en el primer patio del Cementerio General de Sucre, al lado izquierdo, muy cerca el uno del otro…

Jorge y su esposa Ruth en El Prado de Cochabamba.Vicente, las “piernas” de Jorge
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  • Vicente, Jorge, amistad

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