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Bajó 35 kilos en tres meses

04 Septiembre 2016Evelyn Campos López
Wálter Rodríguez junto a unos amigos, en una fiesta. Ahora él prefiere evitarlas, por la tentación de los tragos

Wálter Rodríguez junto a unos amigos, en una fiesta. Ahora él prefiere evitarlas, por la tentación de los tragos

La fuerza de voluntad es la clave, seguida del esfuerzo, la dedicación, el entrenamiento físico, una buena dieta y paciencia infinita. Esta es la “receta” de Wálter Rodríguez para bajar de peso. Él, en solo tres meses, logró bajar 35 de los 120 kilos que tenía. Ahora, su premisa de vida es: “sí se puede”.

Wálter Edmundo Rodríguez Guzmán nació en Tarija pero vive en Sucre desde la niñez. Hoy, con 19 años, estudia Comercio Internacional en la Universidad del Valle (Univalle).

Cuenta a ECOS que desde que tiene memoria siempre se vio con sobrepeso, al parecer por una cuestión hereditaria porque sus padres también son de contextura gruesa; el único que tiene peso normal es su hermano mayor.

“Me sentía mal, no me gustaba verme así. Cuando uno es gordito, en el colegio siempre le hacen bullyng. A mí me decían ‘gordo’, ‘obeso’ y otras cosas… pero yo no les daba importancia. Además, mis papás en mi casa siempre me decían ‘mi gordito’ y yo lo tomaba de buena manera. Me tocó vivir eso, pero hay otra gente a la que le molesta que le digan ese tipo de cosas y viven con frustración”, relata Wálter.

El pasado
Desde sus primeros años de edad, a Wálter le gustaba tomar gaseosas y comer fuera de los horarios establecidos, especialmente la comida chatarra y golosinas, como muchos niños bolivianos y de cualquier otra parte del mundo.

Dice que en su casa comían con preferencia frituras, salteñas, hamburguesas… ni más ni menos que en muchos otros hogares de nuestro país.

Durante la hora del almuerzo, se colocaban los alimentos en la mesa y cada quien se servía lo que deseaba. “Y yo le aplicaba”, comenta riendo.
No obstante, desde pequeño hizo deporte. Entre los cinco y los nueve años jugó al fútbol y desde esa edad, hasta que ingresó a la universidad, practicó tenis, llegando incluso a ganar varios premios a nivel departamental y nacional. Esto a pesar de su sobrepeso. “Si no hubiese practicado deporte, yo creo que hubiese tenido más sobrepeso”, supone.

Wálter cree que a cierta edad se llega a un límite y uno se plantea cambiar, que ya no puede seguir así. “Porque las chicas crecen y se ponen tan lindas, entonces uno piensa en cuidar el aspecto físico” (ríe a carcajadas).

Recuerda que su padre le decía todo el tiempo: “tienes que bajar de peso, practica deportes, ya vas a ir a la universidad. Incluso mi tío me pidió que ingrese al gimnasio”.

De esa forma, cuando terminó el colegio, ante la exigencia en los horarios de estudio más los trabajos, se vio obligado a dejar el deporte. Ese fue uno de los momentos clave en su vida porque, como todo buen deportista, extrañaba esa actividad. Así fue que decidió ir al gimnasio, haciéndole caso al tío.

Fuerza de voluntad
Su último control, de febrero de este año, antes de ingresar al gimnasio, le daba un peso de 120 kilos. De acuerdo con su estatura (1.78), afirma que debía pesar 83 kilos.

La nutricionista le dijo que tenía que bajar 35 kilos y que lo lograría en siete meses. Pero, “rompiéndome en el gimnasio, haciendo aparatos de cardio, trabajando con las máquinas de pesas y siguiendo una dieta adecuada”, detalla él.

Cuando llegó al gimnasio, el entrenador Félix Andrade se hizo cargo de él para hacerle seguimiento y controles periódicos. Para sorpresa de todos, bajó los 35 kilos en tan solo tres meses. Entonces, la pregunta típica era: “¿cómo lo hiciste?”.

Wálter reconoce que no ha sido fácil, que le costó acostumbrarse a su nueva rutina. Pero recordó que en el pasado muchas veces se preguntó por qué no bajaba de peso si practicaba deporte y que, en ese mismo momento, se respondía: “tiene que ser la alimentación”.

Como una gran fuerza de voluntad (“ese es mi secreto de vida”, dice) aceptó el reto con mucha paciencia. “Hay gente que se frustra con el tiempo, piensan en conseguir resultados de inmediato cuando en realidad es paso a paso. La cosa es no romper la dieta e ir todos los días al gimnasio. Es un compromiso que se hace con uno mismo”.

Rutina alimenticia
Wálter, cuando despierta, bebe tres vasos de agua tibia. Su desayuno consiste en dos tajadas de papaya del tamaño de un CD y una rueda de piña, porque son frutas diuréticas.

Mientras mucha gente come a media mañana una salteña o una tucumana (así como antes lo hacía Wálter), él solo toma agua si siente hambre.
A mediodía su almuerzo consiste en una abundante ensalada cruda mixta, que ocupa las tres cuartas partes del plato; puede ser de espinaca, lechuga, pepino o zanahoria, acompañada con carne de res o de pollo cocida a la plancha o al horno, nunca frita.

No consume azúcar ni stevia; dice que es mejor evitarla. “Nuestro organismo siempre pide grasa que se puede suplir comiendo una variedad de frutas”, aconseja.

Según Wálter, la nutricionista le dijo que alguna vez puede “hacer un desmando”, por ejemplo un domingo darse el gusto de comer un pollo a la broaster, pero él prefiere no hacerlo arguyendo que le costó mucho alcanzar el peso que tiene, “rompiéndome en el gimnasio todos los días y siguiendo una rigurosa dieta”. Luego, remarca: “lo único que a mí me ha costado es acostumbrarme a la dieta. La clave es la fuerza de voluntad, comer sano, beber mucha agua y perder la vergüenza de sudar en el gimnasio”.

Un giro de 180 grados
El tema de las prendas de vestir era un verdadero problema para Wálter: le incomodaban los pantalones, las poleras, las camisas. Cuando iba de compras, sentía que nada le quedaba y eso lo ponía mal.

Además, como a cualquier joven, le gustaba ir a fiestas, en las que compartía unos tragos con sus amigos. También disfrutaba de los cumpleaños, donde por tradición se come bastante: “que la torta, que el chocolate, que el pollo o la parrillada. Una vez llegué al extremo de llorar al ver cómo me veía”.

Sin embargo, en el último mes la vida de Wálter dio un giro de 180 grados.

Ahora lleva un estilo de vida saludable, aunque no faltan las tentaciones porque sus amigos lo invitan a fiestas y lo tientan: “¿qué te va hacer tomar un vasito?”. Pero, agrega él, “si lo haría, estaría incumpliendo conmigo mismo y no vale la pena”.

Cada día pasa tres horas haciendo ejercicio en el gimnasio y trotando. “Yo siempre digo que para bajar de peso, un 80% es la comida y un 20% el gimnasio. La fuerza de voluntad es la clave”, reitera. “Ahora que tengo el peso ideal, gracias a mi entrenador Félix Andrade, de Vista Training Center, estoy contento porque me doy cuenta de que cada cosa que sacrifiqué valió la pena, porque ahora soy diferente...”.

Asegura que cuando va por la calle, hay gente que no lo reconoce. “No saben si saludarme o no y, cuando me reconocen, se quedan sorprendidos y admirados. En fin, solo quiero decirles que el que quiere, realmente puede. Lo logra. Lo consigue”.

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