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Esperando a “Bicho Canasto”

23 Julio 2017Oscar Díaz Arnau ECOS
Esperando a “Bicho Canasto”

Esperando a “Bicho Canasto”

Salieron de su pequeña ciudad con 'Bicho Canasto' y anduvieron felices hasta que este formidable amigo no aguantó más. Ahora, no piensan irse sin él. Así es como funcionan las cosas cuando se entreveran personas de bien con objetos leales.

Macarena Sanandrés Rivas y Federico Landerreche nacieron en Cinco Saltos, Río Negro, al sur de Argentina. Una ciudad de la Patagonia que ellos abrazan como un “pueblo chico de 30.000 habitantes, rodeado de ríos”.

El suyo es el lugar de las peras y las manzanas de exportación; estas, rojas y verdes, impecables a la vista, son las mismas que probamos en los mercados bolivianos y cuya producción no ha podido escapar de la crisis económica del vecino país.

‘Maca’ y ‘Fede’ —como ya los identifican sus nuevos amigos por aquí— también han escapado de Cinco Saltos, aunque por motivos nada tristes; todo lo contrario. Desde que son novios, hace ocho años, procuraban que las vacaciones en sus respectivos trabajos coincidieran para viajar juntos durante 15 días de enero. Hasta que, “cansados de tener dos semanas nada más y después estar trabajando todo el año”, se prometieron cambiar la rutina: cuando terminasen los estudios, recorrerían América.

Ella (27) cumplió y se recibió de Técnica en Hotelería y Turismo. A él (32) le falta una materia para ser Profesor de Educación Física.

Bicho Canasto

Los preparativos empezaron en 2013. Como muchos argentinos, tenían la ilusión de ir al Mundial de Brasil pero, tal cual dicen jocosamente por allá, “no les dio la nafta”: les faltó dinero. No obstante su sueño mayor, el de hacer “un viaje largo”, se mantuvo en pie.

Lo primero fue la búsqueda de un vehículo, y ellos lo cuentan a dos voces, un poquito cada uno, igual que como se manejan en la vida, distribuyéndose responsabilidades laborales.

—Remataban bienes del Ejército en todo el país y el remate fue en Buenos Aires. Ahí lo compramos— me explica Fede refiriéndose al Mercedes Benz 1114, un antiguo modelo de ómnibus, robusto, con delantera redondeada, no apto para nostálgicos de más de 40 años.

Lo compraron ahí, pero el colectivo estaba en otro lugar, en Zapala, Neuquén.

La ilusión comenzaba a rodar en la cabeza de estos jóvenes simpáticos, amables, que se la pasan saludando a quien se le cruza en el camino.

—Venía con asientos, porque era de transporte de pasajeros, de los militares. Lo desarmamos y lo construimos adentro, todo nosotros. Mueble, cama, bañito…

—Claro, la casita —complementa Maca, la rubia de la sonrisa permanente. Hicieron del rústico bus militar un motorhome adaptado para cuatro personas, porque saldrían de Cuatro Saltos junto a otra pareja, algo que finalmente no ocurrió.

El bicho, quién diría, se convirtió en un hogar: cocina de cuatro hornallas a gas y con horno, mesada, alacena, heladera, cama de dos plazas, baño, ropero... Y todo multifuncional gracias a buenas ideas que sacaron de Internet. Por ejemplo, la mesa se vuelve cama y la pata de la mesa es como un baúl para guardar cosas...

Parte de la aventura, por supuesto, implicaba no hacer demasiados planes.

—Dijimos: Destino Alaska, sin ruta. Que el camino se vaya haciendo solo.

Ese día se concretó el 26 de julio de 2015. Habían pasado dos largos años, tiempo en el que se ocuparon de la mecánica del vehículo. Lo pusieron a punto, con un motor nuevo; eso además del acondicionamiento como una auténtica casa rodante.

Juntaron 2.000 pesos (unos 800 bolivianos) y se lanzaron a la aventura. Parecía una locura. Maca y Fede ahora no pueden creer que hayan pasado ya otros dos años y se les viene el recuerdo de aquel momento, el de la despedida de los amigos, que les auguraron, entre bromas y poca fe: “en dos semanas los tenemos de vuelta”.

Uno de esos amigos, precisamente, cuando vio al colectivo terminado por dentro, lanzó una frase como cualquier otra: “¡Mirá, parece un bicho!”. Y —más o menos— así quedó. “Bicho Canasto” es el viejo amigo que esta pareja de aventureros eligieron para recorrer el continente. Cumplió, los llevó hasta donde “le dio el cuero”. Un día, Bicho Canasto se cansó de viajar.

Bolivia

Maca y Fede, en sus vacaciones anuales, no habían salido nunca de su país. Cuando iniciaron su travesía —grande como un continente, sin presiones de tiempos ni de lugares ni de nada— lo único que determinaron es recorrer primero la Argentina; y así lo hicieron, sin parar. Nunca más volvieron a Cinco Saltos.

Después de un año y cuatro meses de viaje, apenas les quedaron unos pocos lugares por conocer.

—Teníamos ganas de ir a todas las provincias, pero, si te ponés a recorrer todo, necesitás toda la vida —reflexiona él, con el acento típico del sur argentino.

El primer país al que salieron fue Bolivia. Eso pasó en noviembre del año pasado.

—Entramos por Villazón. Hicimos Tupiza, Potosí y Sucre.

Pero algo pasó entre Potosí y Sucre. A la altura de Betanzos, Bicho Canasto sufrió una falla cardiaca: se partió el block y sigüeñal del motor.

—Nos socorrió una familia uruguaya, Nicolás y Laura —recuerda Maca—. Estaban de paseo, no conocían Sucre, venían para acá y trajeron a Fede; buscaron una grúa. Yo me quedé en el “cole” con los niños de cuatro patas.

Esa historia, la de sus niños cuadrúpedos, me la contarán más tarde. Desde que Bicho Canasto, como dice Fede, llegó a Sucre “en camilla”, pasaron ocho meses. Nunca antes en estos años de periplo infatigable habían pasado tanto tiempo en un lugar. Si hasta están pensando en tramitar la “ciudadanía chuquisaqueña”…

No podían hacer menos por el incombustible clásico de los años 70; para eso están los amigos, y Maca y Fede se quedaron a esperar la lenta recuperación de Bicho Canasto.

La sobrevivencia

En Reta, una playa a orillas del Atlántico, pintaron tres cabañas y un restaurante.

—Pintura externa e interna —aclara Maca, como remarcando la seriedad de su trabajo—. Los dos pintamos.

Era “su” rubro, debían asirse de él para sobrevivir.

—Como la gente se va solidarizando… —dice Fede.

—…con la causa… —llega su inefable complemento.

Después, al hacer revisar los frenos de Bicho Canasto, el mecánico, que estaba construyendo un departamento, les ofreció pintarlo a cambio del arreglo.

—Hicimos trueque e incluso nos dio un dinero más —sonríe Maca.

Así es como se sostiene la vida en bus.

La mejor experiencia que se llevaron de la localidad balnearia de Tres Arroyos (donde una corvina de 48,100 kilogramos hizo entrar a ese pueblo en el libro Guinness en el año 1971) no es ningún lugar ni tampoco ninguna persona. Es un animal. Otra compañera de viaje. Se la regalaron cuando tenía 45 días de vida. Le pusieron el nombre de la playa, de arena suave y cálida como ella: “Reta”.

En Sucre, no es difícil identificar a Reta porque siempre está acompañando a Macarena, la encargada de ventas de los budines especiales que prepara Federico.

Cambio de rubro

En Jujuy, al norte de Argentina, conocieron una familia cuyos hijos iban a una escuela experimental que se autosustentaba con la venta de budines. Estuvieron cuatro meses ayudando a la causa y con tal motivo aprendieron la receta mejor guardada de todas.

Esa receta es, ahora, la más buscada en Sucre.

No tiene precio, pero es de suponer que habrá que pagarles un buen dinero a Fede y Maca para que la suelten.

—Nos alquilamos un departamento. Fede prepara los budines y yo los vendo.

El cambio de rubro, de todos modos, no fue tan rotundo. En Sucre, él hizo algún trabajo de pintura mientras que ella, de moza en un café.

—Pero después nos dimos cuenta de que nos iba mejor con los budines. Trabajás independiente y ganamos mucho más por día...

Hay que ganar porque los viajeros no son tres, sino cuatro. Tienen un gato de nombre “Pantera”; otro regalo, que esta vez les hicieron en Termas de Río Hondo, Santiago del Estero.

—Con Reta se llevan muy bien, como hermanos. La perra lo defiende de otros perros —aclara con orgullo la perseverante vendedora de budines.

Hay que ganar hasta que Bicho Canasto se recupere...

En el taller

Bicho Canasto lleva ocho meses en el taller. Espera la llegada de su corazón, desde Argentina.

Ilusionados de nuevo, Maca y Fede me cuentan que los padres de él, ambos jubilados, traerán el motor para la cura definitiva del bus; de paso vuelven a ver a la extrañada pareja.

—¿Los futuros abuelos de sus hijos? —pregunto yo, como pinchando.

—Sí, aunque —coinciden los novios— “no meten presión”.

—Hay planes de ampliar la familia pero no es el momento justo —explica Fede—, se nos cortaría el viaje. Conocimos chicos que viajan con niños y se puede, pero no es nuestra idea. Nosotros queremos llegar a nuestro pueblo y ahí formar una familia.

—Por ahora —añade Maca— tenemos a nuestros hijos de cuatro patas.

Con el motor a punto, todo volverá a la normalidad. Eso, para ellos, es perseguir sus sueños. Y hasta ahora, de no ser la fatiga de Bicho Canasto, nada los detuvo. Ni siquiera el robo que sufrieron en Misiones (noreste argentino), donde por una de las ventanas de su casa - insecto les sacaron una computadora (donde tenían fotos, música y documentos), además de una armónica y un par de lentes.

—Nos partieron —recuerda con dolor, Fede— Después pusimos reja, mosquiteros y trabas en las ventanas.

Les anima la solidaridad que se encontraron en todas partes. Por ejemplo, conocieron a una pareja que amablemente los invitó a pasar un fin de semana en su casaquinta.

—¡Nos trataron como a reyes!— dice Maca, que no olvidará esa estadía porque después de la noche de casaquinta, asado, cerdo y hasta salmón rosado, amaneció el día de su cumpleaños.

No lo olvidará por eso y porque la filantrópica pareja tiene una maderera. Sí, para su sorpresa, les ofrecieron las maderas que quisieran para continuar mejorando su casita, a Bicho Canasto.

Los jóvenes idearon sobre la marcha un diseño y luego calcularon las medidas solicitadas. Al día siguiente tenían las maderas cortadas, rotuladas y listas para ensamblar. Todo gratis.

El aprendizaje

—Nos dimos cuenta de la cantidad de gente que anda viajando a todos lados —menciona Fede, casi como haciendo catarsis de la experiencia.

Y se colaboran. Hay un grupo de WhatsApp (“Viajeros por América”) que está colapsado: tiene 256 viajeros y sus administradores piden a los inactivos que se salgan del grupo para poder ayudar a otros que realmente lo necesitan.

—Todos ayudan —agrega Maca—. Dónde poder quedarse en tal lugar, dónde hacer noche, algún lugar tranquilo...

—La vez pasada había uno de Estados Unidos que le estaba pasando un dato a otro que estaba en Tierra del Fuego —pone de ejemplo su compañero.

—El viaje nos ha enseñado mucho en experiencias, en valorar un montón de cosas que a veces, cuando uno tiene un sueldo fijo, no las valora porque no les cuesta tanto. Desde la electricidad, el agua, todo —cavila Macarena.

—Conocer gente de todos lados… —apunta el repostero Federico.

—…sin conocerte, te brindan todo —completa la idea la vendedora—. Nos ha pasado con gente que, sin conocernos, nos dijeron: “Quedate en casa, yo ahora vengo. Servite, tenés la heladera, el baño, lo que quieras”. Cosas así, que uno dice: tu casa, un bien tan preciado que uno consigue con tanto esfuerzo y te la dejen así, a desconocidos…

Este par de desconocidos —desconocidos por anónimos que andan por el sur boliviano, el norte argentino— se complementan desde hace ocho años. Y parece que nada puede con ellos.

Maca y Fede, así como supieron esperar hasta 2015 para inflar llantas y partir de su pueblo, así como soportaron el robo en Misiones y más tarde perdieron a Pantera, la gata, y la recuperaron tras un gran susto, parece que volverán al ruedo.

Volverán rodando, claro, en Bicho Canasto.

De Sucre quieren continuar viaje a Cochabamba. Luego, pasar a La Paz y desde ahí cruzar a la Isla del Sol, recorrer el Perú, Ecuador, Colombia… “Si podemos pasar a Panamá, cruzamos el canal. Trataremos de cumplir nuestro sueño: llegar a Alaska”. •

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