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Juan Pedro Debreczeni para ECOS

06 Agosto 2017Juan Pedr Debreczeni para ECOS
Che, un muerto que no para de nacer

Che, un muerto que no para de nacer

Sin pensarlo, o al menos fuera del plan de ruta de este viaje, recalamos en Vallegrande. Somos un grupo de amigos que vamos de regreso a Sucre desde Samaipata. La parada en estas tierras trae consigo también la curiosidad histórica sobre el lugar y el personaje que dejó honda huella en la memoria de sus habitantes.

En efecto, recordamos que hace medio siglo el cuerpo del guerrillero Ernesto “Che” Guevara fue expuesto en la lavandería del hospital de Vallegrande, una imagen que dio la vuelta al mundo y que significó el fin de su epopeya insurgente en Bolivia.

Preguntando a la gente (mucho más de lo que uno podría esperar), finalmente damos con el lugar. Un cobertizo con la lavandería techada, todo bañado por un mar de escritos y mensajes de culto a Guevara. Por la cantidad de grafitis que abarrotan los muros uno puede darse cuenta de la cantidad de personas que llegan hasta ahí para dejar constancia de su presencia y homenaje al Che.

Es un lugar algo apartado del centro de salud y los afanes del personal y pacientes que acuden allí; todos seguramente muy acostumbrados a esa suerte de capilla, a donde peregrina la gente que no es de acá.

La visita nos motiva a llegar hasta La Higuera, donde ejecutaron la orden de eliminar al Che, varios kilómetros más allá de Vallegrande.

“Nos queda en el camino”, pensamos.

Nos mueve la curiosidad y el intento de saber cómo es ese poblado donde el guerrillero dio su último suspiro.

Camino a La Higuera

Ascendemos a las serranías vallegrandinas por un camino duro y serpenteante; tras los primeros kilómetros, letreros de madera confirman que transitamos por la Ruta del Che: desvíos se abren a la derecha y la izquierda del camino principal,→ →senderos por los que seguramente el grupo de guerrilleros a la cabeza del argentino-cubano transitó en sus correrías por la región.

Nosotros buscamos el principal, el que va a La Higuera. Cuando damos con él, empezamos el descenso pronunciado por un camino angosto que corta la espesura del monte. El camino parece no terminar nunca hasta que finalmente vemos algunas viviendas e ingresamos a La Higuera por la “avenida” 8 de Octubre.

Lado a lado, unas pocas casas yacen con murales y grafitis en sus fachadas; pero también, a modo de escaparate, camisetas con la icónica imagen del guerrillero, una pequeña muestra de esa gigantesca y global industria de suvenires en torno al ícono de la Revolución Cubana.

Al margen de esta pintoresca primera imagen, el pueblo está muerto; es mediodía y solo las aves y los sonidos del monte rompen el silencio.

Nos detenemos en la plaza y tras curiosear un poco, damos con el Museo Comunal La Higuera, la antigua escuela del pueblo, donde ejecutaron al Che. Preguntando a las pocas almas que se dejan ver, damos con el encargado, Mario Moscoso, justamente el hijo de la mujer que le ofreció el último alimento al guerrillero antes de su ejecución.

Abre las puertas y ante nuestros ojos se ofrece una imagen que podría ser barroca, si de arte se tratara: un mosaico colorido de imágenes y objetos. Será porque desde su apertura, hace 28 años, el lugar recibió miles de visitantes que dejaron recuerdos de los más disimiles: fotos, cédulas de identidad, cigarrillos, libros, prendas de vestir y manuscritos con apasionados versos, entre otros elementos que los mismos turistas se encargan de acomodar allí donde encuentran un espacio libre, configurando de ese modo el abigarrado→ →museo de la guerrilla del Che en Bolivia. Uno de los objetos más importantes es la silla donde lo tuvieron maniatado y donde, según afirman los que replican la historia, mataron al Che.

“Ella lo vio vivo, le trajo una sopita de maní. Ahí estaba, sentado en esa silla, dice... estaba enmanillado, le sacaron las manillas los militares, comió la sopa, le alcanzó el plato... gracias niña, le dijo... porque era jovencita mi mamá en ese entonces, tenía 18 años”, relata el encargado del museo.

Irma Rosado se llamaba aquella moza que en ese momento no habría podido imaginar la dimensión histórica que adquiriría con los años aquel personaje extraño a quien ofreció su último alimento. Irma era empleada de una de las vecinas del pueblo, que le ordenó llevar aquella comida al guerrillero preso.

La escuela fue modificada, no es aquella vetusta construcción de adobe de la década del 60, de la que solo queda de muestra su antigua puerta, también parte de la curiosa museografía del lugar.

¿Ustedes qué piensan del Che?, pregunto a Moscoso. “Según dicen, luchó por liberar a la gente humilde, liberar a la gente pobre, no por los ricos. Algunos lo consideran también un santo, le prenden velitas y dicen que hace milagros...”, contesta sin mucho convencimiento, tal vez por el tedio de atender por enésima vez a un grupo de forasteros que anda tras las huellas del comandante.

El museo recibe algunos visitantes y los exiguos ingresos que genera van para beneficio de los pobladores de La Higuera. Eso a diferencia de octubre, cuando se celebra el aniversario de la muerte del Che, acontecimiento que trae consigo al grueso de parroquianos desde diferentes latitudes.

El pequeño atractivo recibe visitantes de los más diversos países del mundo, pero principalmente argentinos. De eso da cuenta el descuajeringado libro de registro de visitas al lugar.

El regreso

Es tarde, tenemos hambre pero en el pueblo no hay ni fruta para comer. Aunque nos ofrecen prepararnos comida, no podemos esperar todo el tiempo que demandaría aquella labor.

Moscoso cuenta que antes había más gente, por ende también comida. Casi un centenar de familias habitaba el poblado y la misma unidad educativa de La Higuera era un núcleo escolar con más de 120 alumnos. Hoy, eso es cosa del pasado. Apenas nueve niños se educan en el lugar y 20 familias viven aquí; el resto migró a Santa Cruz, en pos de mejores días.

Con el estómago vacío tomamos el camino de regreso. Sentimientos encontrados nos embargan; viajamos mucho para llegar hasta ese recóndito lugar sin saber bien qué encontraríamos, o cómo influiría esa experiencia en nuestro imaginario y postura política; ninguno se animó a expresar abiertamente esas impresiones.

¿Dónde empieza?, ¿dónde termina la ruta del Che? ¿Acaso termina? Son interrogantes que quedan en el aire. Fe, pasión, ideología, son algunas palabras que ayudan a comprender esos lugares de la memoria, a donde peregrinan los discípulos del Che, donde se encuentran con lo que creen o al menos con el mito de lo que fue. •

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