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“Los Hermanos Astrales”, en el circo

07 Enero 2018Oscar Díaz Arnau ECOS
Fernando y Carlos Manuel Casanova, en un programa de la televisión chilena.

Fernando y Carlos Manuel Casanova, en un programa de la televisión chilena.

No quiero aguarles la fiesta (“spoiler”, dicen hoy los cinéfilos para describir eso que antes era sencillamente revelar el final de la película), en el circo pasa más o menos lo acostumbrado: malabaristas, payasos, bailarinas, intrépidos motociclistas, la prodigiosa contorsionista, un equilibrista, arriesgados trapecistas en piruetas a varios metros de altura y sin red ni arneses...

Pero a veces el circo (del que afortunadamente se han erradicado los animales, un penoso ícono de la arena bajo la enorme carpa de lona) te depara sorpresas. Y de la caja de Pandora pueden salir personajes extraordinarios.

Los Hermanos Astrales

Carlos Manuel y Fernando Casanova tienen entre 40 y 45 años. Son colombianos. Son hermanos. Son —redoble de tambores— “Los Hermanos Astrales”, su nombre artístico.

Son dos verdaderas estrellas que, por ejemplo, estuvieron en Sábado Gigante Internacional, de Don Francisco, o en El Show de Cristina.

A Sucre llegaron apenas unos días; luego partieron, dejando al resto del elenco del circo detrás de la ex Escuela Normal, porque tenían otros compromisos en el exterior.

Los que tuvieron la suerte de presenciar su espectáculo, pues, se llevaron una gran sorpresa. Yo fui uno de ellos y aquí estoy para contarles mi experiencia arriba del escenario. Sí, como lo leen.

La sorpresa

Para el que fue al circo desde niño y ya cumplió algunas décadas, seguir impresionándose ya cubre el costo de la entrada (40, 50 y 60 bolivianos, con gancho de lunes a viernes, en el Abuhadba, cinco generaciones de artistas circenses bolivianos).

En el espectáculo, todo marcha por los carriles habituales hasta que, de pronto, la característica voz del circo anuncia a “Los Hermanos Astrales” (también conocidos como “Los radares humanos”), recién llegados desde Las Vegas (EEUU).

Impecables, con idéntico traje gris, corbata y zapatos negros; simpáticos, Carlos Manuel más que el hermético Fernando, se presentan ante un público reducido pero entusiasta. El del contacto directo con la gente es el primero de ellos que, efusivo, pide “aplausos bonitos” para su asombroso hermano: Carlos Manuel se pasea por las graderías y se para frente a distintas personas, selecciona algunas e inicia un vertiginoso ping pong de palabras con Fernando (que está lejos, en medio de la pista, mano izquierda sobre la sien y de espaldas a todos nosotros).

Carlos Manuel hace una pregunta y Fernando le responde de inmediato, sin dudar un poco, en un contrapunteo frenético. Sabe el sexo de las personas. Si son mayores, jóvenes o menores. Si llevan carteras, winchas o anteojos. Si están envueltos en chalinas. “Adivina” sus nombres completos. Ropas. Colores. Compañías. De pronto, para desconcierto de todos, Carlos Manuel pide carnets y su hermano revela identidades y números exactos de sus portadores.

Al principio uno desconfía, porque la pregunta se hace entre las primeras filas. Pero el público se entusiasma y sobrepasa la organización de Carlos Manuel, y salta de todos los costados, documentos en mano, para que le adivinen sus nombres, su fecha de nacimiento (día, mes y año).

Esto se repite con alrededor de 30 personas y cuesta creer que lo hagan sin fallar y con gente que se presenta espontáneamente. Los ansiosos por descubrir “dónde está el truco” no tenemos más alternativa que descartar de inicio que todo estuviera armado.

Mi experiencia

A medida que se van sumando las adivinaciones, mayores dudas asaltan: ¿cómo lo hacen?, ¿Carlos Manuel tiene una cámara y Fernando recibe las imágenes?, ¿alguien le dicta y él escucha por audífonos? ¡Imposible!, no hay aparato tecnológico a la vista. El más joven de los dos se mueve por las tribunas, los espectadores se ofrecen o directamente se aproximan a él: ninguna preselección. Pasan con su carnet y se les dice su número. Así de fácil, así de increíble.

Fernando se da el lujo de bromear dando consejos: “no sea renegón”, “a usted le irá bien en el amor”, “trabaje porque usted nunca ganará la lotería”.

Hasta que toca el turno de mi sector y Carlos Manuel me señala: está invitándome a ir al escenario. Con recelo, acepto.

En el camino, me abraza y con la misma cordialidad que usó para los demás, al oído me pregunta mi nombre. Espera a que llegue al centro y me pide que saque un billete. Lo hago. Entretanto, llama a dos testigos.

Fernando (que nunca me ve) primero sabe mi nombre, después el de mi padre (dice incluso que ha fallecido) y, por último, revela el monto (Bs 50) y el número de serie del billete, que sostiene uno de los testigos a mi lado (ver foto inferior de la página 12). Sin haber dejado de darnos la espalda, lo dice de corrido: “55.777.723 J”.

Telepatía

Cuando, ya fuera del espectáculo, se les pregunta qué hace que uno de los dos “adivine” lo que el otro tiene por delante, la respuesta es: telepatía. Adonde van les llaman de diferente manera: mentalistas, magos, ilusionistas, incluso brujos. Y ellos lo toman con humor, nada les borra la sonrisa de los labios.

Según su propio relato, “nosotros utilizamos la telepatía”. Descartan cualquier vínculo extraño aclarando que antes de salir al escenario rezan y se encomiendan a su padre, de quien heredaron el don porque él mismo comenzó con este espectáculo en el circo.

Es algo que arrastran desde niños; de hecho, Fernando cuenta que se peleaba con su hermano “mentalmente, sin decir una sola palabra”. Dice que la telepatía consiste en tener una misma “frecuencia de pensamiento”. Y, para rebatir cualquier otra sospecha, se muestra como un ser humano cualquiera: “si fuera adivino, ¡ya hubiera ganado la lotería!”.

La telepatía es un fenómeno definido como la transmisión o coincidencia de pensamientos entre personas, generalmente distantes entre sí, que se produce sin intervención de los sentidos o de agentes físicos conocidos.

Los Astrales son colombianos. Son hermanos. Son amables, cordiales pero, estando a su lado, dejan la sensación de que uno mantiene algo así como un encuentro cercano del tercer tipo. La sensación de lo misterioso, lo inexplicable. •

El momento en que el autor de esta crónica fue convocado al escenario. En la foto, acompañado de un testigo.En el intermedio del espectáculo, los hermanos Astrales, a cambio de 30 bolivianos, leían las líneas de la mano y...La fila para entrar al circo Abuhadba en Sucre.
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