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Carnaval nativo tarabuqueño

11 Febrero 2018Mamerto Torres para ECOS
Una cuestión social: las “mesticitas”, el genuino salaki…

Una cuestión social: las “mesticitas”, el genuino salaki…

Muchas veces se ha escrito sobre el carnaval nativo, el genuino, el mítico, el ritual Puqllay de los yamparas. Pero casi nada de lo que en verdad constituye en nuestra cultura: nada se ha dicho aún, hasta ahora, de la festividad en los pueblos, entre ellos en la población de Tarabuco, capital de la provincia Yamparáez del departamento de Chuquisaca.

Esta fiesta tenía características muy peculiares que se expresaban por medio de las danzas organizadas de acuerdo a los estratos sociales. Estos se representaban en el carnaval más que en ninguna otra festividad a partir del Puqllay nativo, el de las comunidades circunvecinas a las poblaciones; esporádicamente se tenía la presencia de los tata puqllay o danzarines, muy bien ataviados, se presentaban jinetes en sus caballos y al grito de “Wipha pukara” danzaban blandiendo enormes pañolones al ingresar al pueblo.

Más tarde llegarían a las pucaras, para bailar aldededor de ellas al ritmo de sus enormes toqurus, pinkillus y flautas.

Una cuestión social

En el orden más alto de esta pirámide social festejaban los jóvenes del pueblo. Esto ocurría los domingos, lunes y martes, en comparsas de carnavalitos de la ciudad y amenizados en su mayoría por sikuris nativos y una que otra banda de músicos con sones del runtu ch’aqinaku.

Arrojaban cascarones, en su mayoría, al son de la música vallegrandina, tal cual lo hacen en ciudades como Sucre y Padilla, dando saltos desenfrenados y mojándose con abundate agua.

Si el Carnaval se prepara durante todo el año con la producción de artículos comestibles propios de la época y de cada región, a partir del Miércoles de Ceniza comienza en el campo.

“Las mesticitas”

De los pueblos vecinos salían las pandillas de cholitas tarabuqueñas bien ataviadas y con la  música propia de esos grupos. Pero entre estas mujeres tan bien caracterizadas y el nativo Puqllay estaban las no menos alegres ruedas de otras cholitas llamadas “las mesticitas”.

Las mesticitas, con sus polleras de k’uyu (tejidas de  q’aytu de lana teñida) y tapadas con elegantes rebosos de fino paño, bailaban en zigzag por las calles encabezadas por un solo charanguero.

Este músico —incansable— acompañaba a las cholitas solistas, coreadas ellas por todo el grupo mixto que llegando a cada esquina se reunía en una rueda grande a zapatear de la forma más acompasada posible, al son de tonadas muy alegres y de las melodías de ruedas típicas también.

El genuino salaki

Mas, entre este grupo y las pandillas había otro grupo de carnavaleros festivos que bailaban el genuino salaki, tan contagioso por su alegría, tan peculiar por su zapateo…

Este salaki tomaba la melodía de aquel característico de los valles, y de algo del altiplano, ante todo de la puna, ese que bajaba por todo el occidente, no al centro del país sino solo por este flanco, nunca por Cochabamba u otros valles.

Encontramos salakis que vienen desde la legendaria Uncía, pasando por Macha, San Pedro de Buena Vista, Pocoata, Wancarani, la no menos valerosa Aullagas, Ocurí, Antura, Muru Muru o la actual Ravelo, y al otro lado el salaki tan propio de Betanzos, hasta llegar a todo el territorio del departamento de Chuquisaca.

Sin dudas, el salaki es el canto oficial de nuestros carnavales, con melodías, versos y coreografía propios de cada lugar. No importa que sea un hombre o una mujer los que lleven la voz cantante y todo el grupo acompañante el que coree en estribillos la misma melodía.

El protocolo es el siguiente: el solista o la solista mujer terminan en salaki su último verso y el coro repite el estribillo, en el más alegre final de salay, en un verdadero diálogo musical que sale a flote con un zapateadito acompasado; se trata de la música más digna de los espíritus festivos.

Se le canta al amor

Si la melodía es la misma durante toda la jornada, el estribillo salaki responde siempre en salay  y se le canta al amor, a los corazones enamorados, a la vida con todos sus goces y sus desventuras.

Y se lo hace de la forma más delicada posible, pese a lo que se dice del Carnaval: que todo lo soporta. En los salakis y las pandillas no se agravia a nadie, no se trata de humillar, ni al hombre ni a la mujer. A diferencia del carnaval qhuchala, cuya manifestación en cuanto a música típica son las carnestolendas o takipayanakus, verdaderos contrapuntos en los que el hombre trata de demostrar su acendrado machismo y la dama de pollera —la qhuchalita—, pícara y dicharachera no se queda para nada a la zaga, configurando diálogos musicales cada vez más subidos de tono.

Estos últimos apuntan al trabajo, a la disponibilidad de cada quien para los retos de la vida, y generalmente culminan en alusiones a la virilidad y los encantos que rodean a las mujeres, no sin antes aludir igualmente a uno que otro defectillo que se magnifica en las carnestolendas.

Si el takipayanaku es un enfrentamiento verbal a través de la melodía, el salaki es un coro a la vida de la forma más dulce posible. Las carnestolendas, con sus carnestolendones, tienen lo suficiente y lo tienen más para todos sus carnavales. El salaki de estos lugares le canta, de la forma más sutil, más delicada, a la misma vida. Y lo hace bailando de lo lindo.

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  • carnaval, carnaval tarabuqueño

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