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Cincuenta años del movido 68

18 Febrero 2018 Lupe Cajías para ECOS
Cincuenta años del movido 68

Cincuenta años del movido 68

¿Será el 2018 un largo eco de 1968? Está tan cargado de conflictos sociales y políticos en todo el mundo, también en Bolivia, que parecería que los estampidos de hace cincuenta años podrían replicarse este año.

El famoso y muy mediático 1968 es más que una fecha para recordar, como sucede con otras cifras de tantas otras revueltas, batallas, coronaciones, guerras, revoluciones. El “68” encierra demasiados acontecimientos que significaron el final de una era —la post Segunda Guerra Mundial— y el inicio de otra que afectó no solo a la esfera estatal del poder político y económico, sino al social, desde qué comer —o no comer— hasta cómo escuchar la radio o cómo escribir una novela.

Desde el paso de los cincuenta a los “locos años 60” ya asomaba tibio el embrión de los posteriores sucesos. Pero fue el 68 el que le dio el tono y el sello.

La juventud

El mundo contempló el cambio radical de lo que antes era una simple categoría etaria, entre los adolescentes desde los 14 años a los 20/25, convertida en esa época en un símbolo impecable: la juventud, los jóvenes. Tener 18 años no fue nunca más igual que era cumplirlos al inicio del siglo o en las pasadas centurias. Ser joven, urbano, estudiante, melenudo o de minifalda era, ya, la imagen de la rebeldía y del no-miedo.

Las protestas contra la guerra de Vietnam no tenían antecedentes históricos; se vivían los peores años de la represión estadounidense contra los vietnamitas y el largo conflicto en Indochina —inicialmente contra Francia y luego contra Estados Unidos— canalizó el descontento de los jóvenes hastiados del imperialismo, del consumismo y de las prohibiciones. Sobre todo, en el norte del planeta, los hijos nacidos después de la Segunda Guerra Mundial no tenían el temor acumulado por sus progenitores. Ni siquiera temían hablar de “paz y amor” y de optar por las flores en camisetas en vez de corbatas azules.

Era el abono para la lucha por los derechos de las personas con opciones sexuales diferentes y a la vez una profunda crisis de los valores tradicionales. La revolución sexual era otra de las chispas que provocaría incendios.

La rebeldía

Era la Teología de la Liberación, la conferencia de Puebla, los curas “tercer mundistas”, los curas guerrilleros, las monjas con cabello suelto y mocasín, las comunidades eclesiásticas de base en los suburbios latinoamericanos. Era la pedagogía del oprimido de Paulo Freire, desde las favelas, y también era las gigantescas movilizaciones universitarias en Berkeley, en el centro de las elites del conocimiento.

Era el año del eurocomunismo y también de Carlos Fonseca y del naciente Frente Sandinista en Nicaragua, de las guerrillas urbanas en Caracas y de la resistencia a la dictadura en Brasil, de los militares nacionalistas en Perú y en Panamá y de los ejércitos clandestinos en la Cordillera de Los Andes, de Farabundo Martí en El Salvador y del ejército guerrillero maya quiché en Guatemala.

Asesinatos políticos, luchas libertarias, el impacto de la Revolución cubana y la imagen del Che Guevara, las guerrillas latinoamericanas, las novísimas repúblicas en Asia y en África surgidas por las luchas anticoloniales, el estreno de los movimientos feministas como actores políticos, son solo algunos capítulos del año que marcó a nuestros hermanos mayores, nuestros padres, nuestros abuelos.

La cultura

El impacto de los medios de comunicación y el análisis de sus alcances y poderes fueron parte de la revolución cultural que también se concentró el 68. El nombre de Herbert Marcuse repercutió en el mundo occidental, también en América Latina y entre los periodistas. La película de Stanley Kubrick “2001, Odisea del Espacio” abrió la cortina al futuro temido y ansiado y una nueva forma de filmar. Mientras, “El Graduado” de Michel Nichols, aunque estrenada al finalizar el 67, y su famosa escena de la seductora Mrs. Robinson, estremecía a toda una generación, así como la música de Simon & Garfunkel.

En países mestizos como México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia comenzó el lento pero sólido y sin pausa movimiento por la identidad de los pueblos precolombinos. En La Paz se puso de moda la ya famosa “Peña Naira”, Los Jairas y el uso de poncho de lana entre hombres y mujeres, las ojotas, la chuspa en vez de la cartera.

La Primavera de Praga

Entre los muchos hechos que podríamos recordar, seguramente el que abrió el año fue el más estremecedor, la ilusión y la caída, como pasó todo ese intenso 1968, la corta “Primavera de Praga”.

A inicios de 1968, llegó al poder de la República de Checoslovaquia, incluida entonces en el llamado Pacto de Varsovia y bajo la órbita soviética, el reformista comunista Alexander Dubcek, quien se había comprometido a mejorar las condiciones de la libertad de expresión y de creación artística y reformas políticas.

Cumplió sus planes y la población, sobre todo los jóvenes, aprovecharon esa grieta para avanzar en sus propias inquietudes y deseos de más y más libertad. Los intelectuales aceptaron un rol fundamental, tanto escritores como artistas, inolvidables medio siglo después, pues en los años noventa volvieron a ser la vanguardia de la rebelión contra el Gobierno.

La experiencia era inaceptable para Moscú, que analizó que aceptar ese nivel de librepensamiento afectaba el alcance de su dominio y organizó la invasión a Praga, capital checa, igual que había obrado en 1956 contra las revueltas en Hungría.

El 20 de agosto decenas de tanques del Pacto de Varsovia y miles de soldados ingresaron a la histórica plaza de Wenceslao y arremetieron contra los jóvenes indefensos, que solo se defendieron con sus banderas rojas y nacionales, intentando frenar a las tropas con sus pechos descubiertos.

Las fotos de aquel asalto son un testimonio de la crueldad rusa y de la postura comunista contra cualquier ampliación de la libertad de pensamiento.

Las reformas fueron leves, darle un “rostro más humano al socialismo” según quería Dubcek, pero eran suficientes para provocar al sistema de lo que se conocía como la “cortina de hierro” en plena etapa de la Guerra Fría. Los ortodoxos marxistas no soportaron que los escritores narren novelas fuera de la línea del partido o que los periodistas cuenten noticias sin pasar por la censura oficial.

La Primavera de Praga duró oficialmente ocho meses; sin embargo, el germen estaba ahí y continuó a pesar de la represión de los duros del Partido Comunista contra novelistas, periodistas, académicos.

Existen muchos libros y películas sobre esos hechos de 1968. Debieron pasar casi 20 años para volver a tener más libertad, cuando en 1989 estalló la “Revolución de terciopelo”.

No se conocen las cifras reales de los muertos, heridos, apresados y desaparecidos.

Masacre de Tratelolco

En el último trimestre del año, el 2 de octubre, en la otra punta del globo terrestre, como una réplica de lo sucedido en Checoslovaquia, los tanques del ejército mexicano y miles de soldados masacraron a al menos medio centenar de jóvenes que protestaban contra la política del Partido Revolucionario Institucional, PRI y el uso de los Juegos Olímpicos para ocultar la realidad económica de millones de campesinos y marginados.

A diferencia de la República Socialista Checa, México era un país capitalista, con muy buenas relaciones con EEUU y la inteligencia de sus Fuerzas Armadas tenía asesoramiento de la CIA.

El movimiento estudiantil comenzó a mediados del año con manifestaciones en contra de los artículos 145 y 145b del Código Penal que sancionaba con prisión a los que asistan a reuniones públicas no autorizadas por el Gobierno. Se creó una coordinadora, el célebre Comité de Huelga, que convocó las primeras concentraciones y focos de resistencia. Pronto se sumaron otros sectores, catedráticos, maestros, periodistas, intelectuales.

El movimiento creció e incluyó en su demanda la libertad de los presos políticos. Los estudiantes pidieron diálogo de forma permanente, como muestran los carteles que pegaban a lo largo de las calles. No querían enfrentamiento, eran pacifistas y habían marchado con pañuelos blancos, en silencio.

Desde junio, la Policía había reprimido pequeñas protestas de institutos técnicos y en agosto una marcha pacífica de 50.000 personas vinculadas a la Universidad Autónoma de México, UNAM, llegó al centro del distrito federal. El rectorado pedía el respeto a la autonomía universitaria. En septiembre, las tropas ingresaron al campus universitario, aunque este gozaba de ser un sitio impugnable, como sucedía en las universidades latinoamericanas desde las luchas de los años 20.

La reacción fue la gran concentración en la Plaza de las Tres Culturas, o Plaza de Tlatelolco, en las antiguas ruinas aztecas, pero ahí los esperaba la represión más cruenta desde la Revolución Mexicana. Para los historiadores, esa orden presidencial es el asunto más vergonzoso en toda la etapa republicana. Un helicóptero rondando a la concentración fue la señal del ingreso de tanques, militares y policías para asesinar a los jóvenes, algunos con sus pequeños hijos.

El Gobierno controlaba los medios de comunicación y por semanas se ocultó el alcance de la masacre, el número de muertos y de heridos. Después circularon fotos y películas que desmintieron el discurso oficial. Cincuenta años después, pese a las muchas investigaciones, no se conoce realmente cuál fue la orden militar, quiénes prepararon la trampa, quiénes eran los agentes identificados con un guante blanco, los jóvenes reclutas de un batallón especial para la seguridad de los Juegos Olímpicos.

El PRI y el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y su secretario de gobernación, Luis Echevarría, intentaron mostrar las acciones como combates contra grupos insurrectos o contra delincuentes comunes. La prensa oficial tituló la masacre como un enfrentamiento de los militares contra focos terroristas y hasta su muerte Díaz Ordaz aseguró que fueron los propios universitarios los que dispararon contra sus amigos desde los edificios cercanos. Así lo informó ante el Congreso mexicano controlado por el PRI, y cuando terminó de contar cómo los estudiantes eran en realidad unos subversivos, los parlamentarios oficialistas lo aplaudieron de pie.

Pero las denuncias en todo el mundo no se callaron.

Una vez más fueron los periodistas, los fotógrafos, los camarógrafos, los corresponsales los que lograron las imágenes que quedaron para la triste historia de la Masacre de Tlatelolco.

Como había sucedido en el siglo XVI, el olor de la sangre manchaba el aire; así lo resumió un poeta náhuatl. •

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  • movido, 1968, Bolivia, políticos

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