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El nuevo “Cachito”

10 Junio 2018Richard Mamani ECOS
El nuevo “Cachito”

El nuevo “Cachito”

Está parado en medio de un grupo de trabajadores de la Empresa Municipal de Aseo Sucre (EMAS). Viste un overol naranja y una chamarra de cuero negra. Su apariencia no es la de un indigente. Sonríe y se queja al mismo tiempo. Parece que le duele uno de sus brazos.

—Hola, ¿qué tal? Aquí está “Cachito”.

Es el responsable de Relaciones Públicas de EMAS, Mamerto Betanzos, que supervisaba la dotación de unas vacunas a los trabajadores de la empresa en el segundo piso de la base que tiene EMAS en el Mercado Central.

—¿Es él?

—Sí.

A Cachito, de 33 años, se lo ve cambiado. Acababa de recibir dos vacunas en unos de sus brazos, una de ellas contra la influenza. Por eso le duele. Saluda con la mano. No aprieta fuerte. Sonríe como un niño tímido, con amabilidad.

Él sabía de la entrevista de ECOS porque Betanzos se lo había adelantado. Solo esperaba este momento para irse a almorzar. Como era mediodía, estaba algo impaciente.

—¿Cuál es su verdadero nombre?

—Edmundo…

—¿Edmundo?

—Sí.

En realidad, quiso decir Raimundo. Según su carnet de identidad se llama Raimundo Cabrera. No pronuncia con claridad las palabras, en parte, por su aparente timidez. Igual, intenta responder a todas las preguntas.

Acaba de decir que nació en Sucre, que tiene familia en otro lugar y que vive solo en esta ciudad.

—¿Se acuerda de que halló dinero en una bolsa negra en medio de la basura?

—Sí (se ríe).

—¿Cuándo fue?

— (Hace) tiempo, años…

—¿Qué estaba buscando?

—Comida.

Corría el año 2012 y Cachito tenía el comportamiento típico de un indigente. Vagaba por las calles, era alcohólico, frecuentaba el Mercado Central y hurgaba en los contenedores de basura. Un día, en su rutina habitual, halló una bolsa negra de plástico entre los desperdicios; no sabía qué contenía, no podía saberlo porque estaba cerrada. Decidió abrirla y cuando lo hizo, descubrió que había un montón de billetes. Su caso fue una noticia que trascendió fronteras.

—¿Qué halló, Cachito?

—Plata. Pensaba que (el dinero) era falso (se ríe).

Pero no era falso. En total, había 50.000 bolivianos contantes y sonantes. Pudo irse con la bolsa y no revelarle a nadie la anécdota de su hallazgo, pudo comprar mucho alcohol o lo que le plazca, pero no lo hizo. Él tomó la bolsa y se la enseñó a algunas vendedoras del mercado. Nadie creía que fuese dinero real, todas pensaban que se trataba de billetes de alasitas.

Ese mismo día se supo que el dinero le pertenecía a una óptica cercana, de donde la habían arrojado en los contenedores de basura por error. Los dueños del negocio reclamaron el dinero y, llegado el momento, quisieron darle a Cachito 100 bolivianos de recompensa.

A la entonces administradora del Mercado Central, Willma Chavarría, y a algunas vendedoras, sin embargo, no les pareció justo. Creían que debía recibir mucho más por su gesto. Tras varios reclamos, la suma de la gratificación subió hasta 15.000 bolivianos.

Él no se quedó con el dinero, no materialmente. Las vendedoras temían que lo malgastara, así que lo depositaron en una cuenta de banco registrada con su nombre. Antes, le compraron ropa, entre otras cosas. Le quedó un saldo de Bs 13.000.

—¿Le dieron el dinero de la recompensa?

—Sí, en el banco está, en (una) caja.

—¿Qué hizo con él?

—No he comprado (todavía) nada.

El dinero continúa en el banco. La administradora Chavarría dice que es una especie de seguro: lo depositaron a plazo fijo y cobran los intereses cada año para lo que Cachito necesite.

Él, pese a todo, siguió en la calle la mayor parte del tiempo. Chavarría y las vendedoras del mercado querían que trabaje en algo. Le compraron un carrito con una porción de la recompensa para que transportara mercadería u objetos y pudiese ganarse unos pesos, pero, aparentemente no era lo suyo. Hasta que un día…

Su nuevo trabajo

Resulta que le gustaba frecuentar los puntos de reunión de los trabajadores de EMAS, antes de que ellos comenzaran su jornada laboral.

—Se daba modos para aparecer en el inicio de todos los turnos, y nosotros nos preguntábamos por qué. Después supimos por qué…

Betanzos, el responsable de Relaciones Públicas de EMAS, explica que la razón era la coca. Antes de empezar su trabajo, los empleados de la empresa se reunían para “pijchar”.

—Iba para “manguear” la coca. Eso es lo que hacía: iba y le invitaban.

Casi nunca faltaba, aparecía hasta en las grandes campañas de limpieza. Con el tiempo, hizo muchos amigos.

En una de sus charlas, el gerente de EMAS, Juan Manuel Bolaños; el director operativo, Juan Carlos Mérida, y el propio Betanzos se preguntaron si contratar a Cachito podría servirle de ayuda. No querían seguir viéndolo en la calle, procuraban que dejase sus vicios.

Algunos trabajadores de la empresa, sin embargo, creían que no era una buena idea, que no respondería con responsabilidad, que perdería las herramientas, que llegaría borracho, que se quedaría dormido en la calle con el uniforme o que haría quedar mal a la empresa. Otros, votaron por darle una oportunidad. Al final, ganó la segunda opción. Hablaron con él, le explicaron la seriedad de su trabajo y lo contrataron. Después, le buscaron un lugar dónde vivir. Buscaron una casa, pero ahí surgió otro problema.

—Nadie nos quiso dar un cuarto. Una vez nos aceptaron pero, cuando lo vieron a él, nos rechazaron. No una, varias casas.

Cuenta Betanzos que no les quedó otra alternativa que hacerle un lugar en la base central de EMAS, que está camino al exaeropuerto Juana Azurduy de Padilla. Le compraron una cama y sus nuevos compañeros le donaron ropa, una gran cantidad de ropa.

Hasta ahora, nunca faltó al trabajo: únicamente dos veces y por enfermedad. Nunca perdió las herramientas, es el primero en reportarse, cumple con sus tareas... Al principio era una especie de asistente, pero ahora tiene una zona asignada: desde la avenida Jaime Mendoza hasta la avenida Juana Azurduy de Padilla.

Con un contrato temporal, recibe un poco de algo más de Bs 80 por jornada. Por ahora ese dinero es administrado por la gente de EMAS, que registra en un libro todos sus gastos. Le pagan la pensión, el corte de cabello, la barbería, las meriendas de media mañana –dicen que casi siempre come doble–, su ropa, la coca… Todo lo que pida menos alcohol. Ahora es él quien invita la coca…

“Estoy feliz”

—¿Cómo se siente, Cachito? ¿Está feliz?

—Feliz, estoy feliz.

—¿Le gusta el trabajo?

—Sí.

—¿Se va a quedar?

—Sí, sí…

—Antes paraba en las calle…

—(En la) calle, botado, no tenía casa, nada.

—Sufría mucho, me imagino…

—Frío pasaba, todo.

Cachito dice que se emborrachaba, que no comía nada.

—¡Auch! (se queja y sonríe).

—Le acaban de poner unas vacunas, ¿no?

—Sí, dos (sonríe)

—¿Sigue bebiendo?

—No (se pone serio).

Cachito tiene familia: su madre y dos hermanos. Ella vive en el Chaco, de sus hermanos no sabe nada, perdió contacto con ellos durante su niñez.

Hace poco fue a visitar a su mamá. Le llevó víveres. Fue justo antes del Día de la Madre.

—Me dicen que le llevó arroz…

—Ah, arroz, todo… aceite, azúcar, leche, soda, todo…

—¿Qué dijo su mamá?

—¡Uhh! (se ríe)

—¿Está feliz?

—Feliz está.

—¿Qué le contó?

—Que estoy trabajando.

—¿La extraña?

—Sí… a veces.

Cachito dice que su madre no quiere venir a Sucre, y que vive sola. La visita a veces porque ahora el trabajo no se lo permite.

A él le preguntamos si sabe cuándo cumple años.

—No, nada.

—¿No festeja su cumpleaños?

—No, nada (se ríe).

—¿Cuántos años tiene?

Vuelve a reírse como un niño. Cachito es obediente. En la empresa, colabora con todos. Pero si ya no está en su hora de trabajo y le cambió el humor, les recuerda a sus compañeros que está en sus horas de descanso.

También es solidario. Una vez, uno de sus compañeros no tenía para la merienda. “Anótenme dos”, dijo Cachito, sin dudarlo, para compartir una con él.

—¿Por qué era indigente?

—No sé, no sé nada (trata de evadir la pregunta).

—Me imagino que tuvo algún problema…

— (Tuve un) padrino malo. Feo pegaba.

—¿Un padrino?

—Ah, malo es. Sabía pegar(me)… (con) palo, (con) todo… cuchillo, todo, grave.

Cachito dice que le pegaba con un palo, estando él desnudo, cuando era niño. Que por eso dejó el campo y se vino a Sucre. Sus ojos parecen llenarse de lágrimas.

—Pero, ¿ahora está contento?

—Contento estoy.

—¿Le gusta su uniforme?

—Sí (sonríe).

Recuerda que ahora tiene muchos amigos en EMAS. Y agradece al Gerente, a todos los que le ayudaron y se preocupan por él.

Quienes llevan sus cuentas planean contratarle un seguro médico. Tiene algunas dolencias que necesitan tratamiento. Hace poco también pidió un televisor, probablemente para ver el Mundial de fútbol o algún programa que le guste; dicen que lo tendrá pronto.

Está aprendiendo a vivir con dignidad. Poco a poco. A veces no se baña o no lava su ropa, y sus compañeros tienen que recordárselo. Va adquiriendo esos hábitos con el paso de los meses. Apenas empezó a trabajar en EMAS a fines de enero de este año y todavía está adaptándose a su nueva vida. Y por ahora le va bien.

Parece que Cachito ya se quiere ir.

—Bueno, Cachito, gracias por la entrevista.

—Ya.

—¡Suerte!

—Ya.

Se despide amablemente. Esa sonrisa, ahora, no la borra nadie… •

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  • Ecos
  • Cachito, EMAS

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