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Ch’utillos: Lo que no se ha contado

19 Agosto 2018Juan José Toro M. y Marco Antonio Flores P. para ECOS
Ch’utillos: Lo que no se ha contado

Ch’utillos: Lo que no se ha contado

La festividad de los Ch’utillos, cuyo poderío tomó nuevamente la ciudad de Potosí, tiene su origen en un culto prehispánico que se practicaba en Mullu Punqu, hoy conocido como La Puerta.

La actividad central de la festividad son las entradas folclóricas pero todo lo que no gira en torno a ellas tiene una importancia vital incluso para asumir acciones de protección del patrimonio como, por ejemplo, el sitio arqueológico de Mullu Punqu.

En este nueva entrega presentamos parte de los trabajos de Juan José Toro y Marco Antonio Flores sobre Ch’utillos y algunos de sus elementos culturales. Los textos centrales son de Toro y las notas de apoyo corresponden a Flores.

La Wak’a Mullo Punqu

La Villa Imperial de Potosí tiene una puerta natural, una quebrada que constituye también un acceso directo al Cerro Rico. Esa entrada se llamaba Mullu Punqu, pero ahora recibe otro nombre.

“Habían pasado cinco años desde la instauración de la mita minera cuando la Compañía de Jesús se instaló en Potosí en 1577 —escriben Pascale Absi, Pablo Cruz y Sergio Fidel—. Para los mitayos que venían del norte, la travesía de la quebrada marcaba concretamente la llegada a la mina de Potosí. Es precisamente en este lugar que el Cerro Rico, hasta entonces ocultado por las montañas vecinas, se revela a los viajeros en su imponente majestuosidad.

A los ojos de los mitayos, esta aparición marcaba el comienzo de una odisea aún más terrorífica que aquella que les había arrancado de sus tierras y de sus familias para conducirlos a Potosí después de varias semanas de caminatas. Marcaba el ingreso a un mundo desconocido, oscuro y peligroso, en el corazón de un cerro desde entonces dueño de sus destinos.

Puerta ecológica, la falla que separa las montañas y se abre sobre el Cerro Rico es la primera puerta de la mina. Por su importancia y su perennidad, la quebrada de San Bartolomé es el lugar de culto prehispánico más importante registrado en los alrededores de Potosí. Se inscribe no obstante en una red de sitios de culto que dibujan una verdadera geografía sagrada prehispánica en los alrededores del Cerro Rico”.

Bartolomé Arzáns reportó que en 1589 Potosí fue el escenario de una serie de crímenes. La primera referencia a esos sucesos está en sus “Anales…”:

“1589. Este año, pasando por la quebrada de San Bartolomé —que así se llama hoy, y está a una legua de Potosí, que es la entrada y camino de los que vienen de las provincias de abajo—, unos hombres, que habían hecho grandes maldades en Potosí, y se iban al Cuzco, se juntaron las dos peñas, en donde hace más angostura, y matándolos a todos se tornó a abrir; y como afirman los autores, que citaré en mi historia, antes y después de este suceso, sucedieron allí otros espantables; porque si pasaban en mulas, se alborotaban éstas, y no paraban hasta hacerlos pedazos a corcovos a los hombres; otros se habían muerto pasando por esta quebrada, ocasionando estos daños el demonio, que allí habitaba en una cueva, hasta que los P.P. de la Compañía de Jesús llevaron en efigie al apóstol San Bartolomé, y colocándolo en una cueva, salió el demonio bramando de otra cueva vecina , donde habitaba, y se estrelló en la peña, dejándola señalada de un color verdinegro. Hasta hoy se ven los rastros. Con la estada del santo, nunca más hubo otro suceso”.

El primer detalle de este texto es el de los “hombres que habían hecho grandes maldades en Potosí”. Según se puede leer en la “Historia…”, se trataba de toda una banda integrada por 15 fugitivos ya que habían sido rechazados “en otras partes del mundo por sus abominaciones”. Una vez en Potosí, de donde no fueron echados porque quizás nadie conocía sus antecedentes, cometieron una serie de delitos entre los que destacaba el asesinato de un indio a cuya mujer e hijas violaron después.

Los sucesos son narrados con más o menos detalles en el capítulo XIX del libro quinto de la primera parte de la “Historia…”.

El segundo detalle de la narración es la muerte que habrían tenido estos malhechores. Por lo que se puede leer, las autoridades ni siquiera hicieron el intento de seguirles ya que fueron ellos quienes decidieron marcharse al Cuzco y, para ello, tenían que pasar por la quebrada de La Puerta. Según Arzáns, fue Dios quien los castigó haciendo que se juntaran las peñas cuando estaban pasando por el lugar. De esa manera, murieron todos aplastados y despedazados.

Es difícil confirmar si efectivamente existió aquella banda de delincuentes que habría cometido una ola de crímenes en 1589 ya que el único que habla de ellas es Arzáns. Capoche, que vivió en Potosí precisamente por aquellos años, no menciona estos incidentes en su “Relación General de la Villa Imperial de Potosí” y tampoco aparecen en el anónimo de 1603. La carta que el padre Arriaga dirigió el 29 de abril de 1599 al general de su orden, Claudio Aquaviva, no hace referencia a los malhechores pero sí al culto que tenía lugar en La Puerta; es decir, en Mullu Punqu.

Entonces, la principal preocupación de las autoridades era que, más de 40 años después de la posesión del Cerro Rico, los indios de Cantumarca seguían acudiendo a Mullu Punqu, con frecuencia semanal, para proseguir con su culto.

Arzáns, y solo él, es quien narra que en la quebrada ocurrían otras tragedias: “No era esta la primera vez que en esta quebrada se había visto el suceso de abrirse y cerrarse, pues otras muchas antes de ésta se experimentó lo mismo, que pasando la gente por ella se cerraba , y matándolos se tornaba a abrir (…)”.

Los documentos de la época no hacen referencia a estos sucesos supuestamente sobrenaturales pero es claro que los relatos se extendieron tanto que, para el tiempo en el que Arzáns escribió su “Historia…”, en el siglo XVIII, ya formaban parte de la cultura popular.

Ya en el siglo XXI, Absi y Cruz todavía encontraron versiones sobrenaturales que les refirieron sus entrevistados para su investigación sobre Mullu Punqu que ahora se conoce más como “la cueva del diablo”. Por todo lo que pudieron colectar, los habitantes de La Puerta y sus alrededores, e incluso los de Potosí, ven a aquel lugar como algo misterioso, incluso maligno, donde ocurren desgracias o hechos fuera de toda explicación. Es más… todavía persiste la creencia de que la cueva es el acceso hacia otros lugares: “un pasadizo hacia otros espacios: las minas del Cerro Rico, el santuario de Manquiri, el mismo infierno, o la cumbre del cerro Condoriri situado a una decena de kilómetros”.

Incluso encontraron vestigios de la versión de Arzáns sobre las peñas que se cierran aplastando a los que pasan por ellas: “Antes de la llegada del santo, y por más que constituye un acceso natural a la ciudad de Potosí, la quebrada de San Bartolomé era un camino poco frecuentado, donde se corría riesgo de desaparecer atrapado por las rocas que se cerraban (wisk’ay), se juntaban (tinkuy) y se hundían (tapay)”.

Y los potosinos sabemos sobradamente cuál era ese santo: el apóstol Bartolomé. Pero revisemos lo que Arzáns escribió al respecto:

“Y después que los españoles destruyeron con civiles guerras aquella población (Cantumarca) perseveró el común enemigo en dicha cueva; y como tal, en pasando por allí los hombres, por permisión divina hacía en ellos horribles estragos. Éstos padeció esta Villa hasta que los venerabilísimos padres de la sagrada Compañía de Jesús, después de haber fundado su colegio en ella y sucedido el caso que queda referido este año, movidos de su acostumbrada caridad, fueron un día llevando en procesión la imagen del apóstol San Bartolomé, y colocándola en otra pequeña y natural cueva cercana a la grande, al punto salió de esta el demonio dando bramidos y haciendo un espantoso ruido se estrelló en la misma peña, quedando hasta hoy las señales de un color verdinegro. Colocado el santo, nunca más se vio otra desgracia, y desde entonces le tiene esta Imperial Villa mucho afecto y devoción al sagrado apóstol, cuya fiesta van los vecinos a celebrar todos los años a aquella quebrada”.

Arriaga no hace referencia a peñas que se cierran ni vientos huracanados que espantan cabalgaduras. En 1598, detalla lo que se hizo para extirpar el culto que persistía en Mullu Punqu:

“Tomó la mano el Padre que predica a los indios y un día, después de averles predicado lo que pareció convenía al propósito y movido los indios a destruir estos diabólicos oratorios, se partió desde la plaça donde avía predicado a los indios, sin entrar en casa, con grande muchedumbre de hombres y mugeres, y por aver llegado un poco tarde no se hizo más que juntar mucha piedra. Otro día se començó a levantar una pared para estorvar la subida del cerro principal, y aviendo trabajado día y medio en ella, estando más de doze indios encima de ella, se vino abajo y rebentando por en medio y se fue sentando poco a poco, y si [f.v.] como sucedió desta manera, cayera por el cimiento, lo pasaran todos muy mal, que paresce que el demonio procurava con todas sus fuerças estorvar esta obra. La causa de averse caído la pared fue que con la priessa no se levantó tan de propósito como era menester y como después se hizo. Levantaron allí un altar y capilla muy adereçada y díjose Missa en aquel lugar, desterrando el príncipe del cielo al príncipe de las tinieblas, que tantos años avía estado apoderado de aquel lugar con daño de tantas almas (…)”.

El denominador común en ambos relatos es la supuesta presencia del diablo pero, tomando en cuenta que Arriaga es más próximo al tiempo en que habrían ocurrido aquellos hechos, es preferible tomarlo como fuente original, por lo menos para los fines de este estudio. La carta del extirpador de cultos era correspondencia privada así que no fue de lectura general para esa época. Lo que sí es coherente es que, hasta 1589, La Puerta era, por una parte, un adoratorio y, por otra, el escenario de sucesos extraños.

Recordemos que La Puerta o Mullu Punqu era una wak’a y, por lo tanto, debía ser objeto de extirpación. En gran parte de su libro, Arriaga se refiere a las wak’as como peligrosos objetos de idolatría y, cuando habla de la devoción que los naturales sienten por ellas, la atribuye al diablo. Así, señala que “me parece les reprefenta el demonio, el amor ternifsimo, que an tenido a fus Huacas, el cuidado con que les an guardado, y el dolor grande, fi fe les quitan” y asegura que “los Demonios por hazer mal a los hombres y vengarfe de Dios, inventaron las Huacas, y las demas fuperfticiones”.

“Hija mayor de la Inquisición española, la extirpación, que suponía la destrucción de los wak’a, llevaba a los indios a esconder y ocultar los lugares de culto, que éstos se encuentren en campos, en minas o en casas. El II Concilio (limense) estipulaba la destrucción de los lugares de culto; como base para la evangelización tuvo a su disposición la guía de doctrinarios de Polo de Ondegardo, titulada Errores y supersticiones de los indios (1559). Según este tratado, al amonestar a los indios los doctrinarios debían darles un plazo de tres días para que denuncien a sus wak’a y las destruyesen”, señalan Tristan Platt, Thérèse Bouysse-Cassagne y Olivia Harris. Según se ha visto, lo que se hizo para espantar al supuesto diablo que estaba en la cueva de Mullu Punqu fue levantar una pared que impidiese que los indios llegaran hasta el lugar pero esta se vino abajo. Lo siguiente fue levantar un altar y una capilla.

¿Por qué San Bartolomé?

Pese a que el jesuita lo pone por escrito, es difícil aceptar que San Bartolomé haya sido elegido para ser colocado en la capilla mediante un sorteo. Tomando en cuenta sus características, es más lógico suponer que fue elegido adrede. “Para impedir esta idolatría Arriaga levantó una pared frente al cerro principal —apunta Gisbert—. La pared cayó. Este hecho, que seguramente los indígenas atribuyeron a la fuerza de sus dioses, Arriaga lo explica racionalmente indicando que la pared cayó porque se había levantado muy de prisa y en consecuencia no estaba bien construida. El episodio terminó con la erección de una capilla ‘desterrando el príncipe del cielo al príncipe de las tinieblas’. La capilla se puso bajo la advocación del apóstol San Bartolomé, apóstol que luchó contra el demonio”. Al santo se le atribuye, entonces, la cualidad de “defensor contra el demonio”. En “Qaraqara Charka” se dice que es un “santo que en la cristiandad mediterránea tenía el papel de exorcista”. Otra de las razones por las que fue elegido es su parecido con Thunupa, la divinidad andina a la que se quiere asimilar a San Bartolomé o Santo Tomás. De ser así, es probable que ese haya sido el culto que se practicaba en Mullu Punqu.

Pero, además, Bartolomé es el apóstol de Cristo que murió desollado en Armenia por órdenes del rey Astiages y, según Jiménez de la Espada, los conquistadores de Quito “desollaban en honor a San Bartolomé”. Ese dato recuerda otro elemento de los sucesos extraños que ocurrían en la quebrada: la aparición de cadáveres de personas a quienes se habría desollado o extraído la grasa corporal. “Los poderes del diablo habrían sido parcialmente transferidos a otros personajes nos menos inquietantes: ‘los lik´ichiris (saca grasa) también después que los diablos se han tapado, han aparecido’. Estos, desde una cueva ubicada más arriba que aquella del diablo, aterrorizan a los viajeros a quienes secuestran con el fin de quitarles la grasa”, teorizan Absi y Cruz.

Desde la lógica más elemental, no se puede aceptar que el causante de los sucesos haya sido el diablo. Es más coherente suponer que, por su estratégica ubicación, la quebrada de Mullu Punqu o La Puerta pudo ser elegida por algunas personas o grupos de personas para parapetarse allí con diferentes fines. El lugar sirve tanto para cometer crímenes —lo que nos trae a la mente a los delincuentes que menciona Arzáns— como para tender emboscadas. Si fue para esto último, creemos que quienes se apostaron en el lugar fueron hijos de los exiliados de Cantumarca, aquellos que debieron dejar su pueblo luego de la batalla de Jesús Valle en la que cayó su caudillo, Chaki Katari. Tiene más lógica suponer que los vencidos se ubicaron en Mullu Punqu y desde allí acecharon a los potosinos. Proscritos, sus hijos prosiguieron con esa tarea incluso hasta 1589.

Para las autoridades españolas, y los jesuitas, entonces dedicados a extirpar cultos, no les resultaba nada conveniente admitir que ahí, en la quebrada donde se practicaba un culto ancestral, y que era la puerta natural de Potosí, estaban indios rebeldes. Era mejor decir que estaba el diablo y, tras la solemne entronización, proclamar que este fue derrotado por el santo católico. Entonces, la elección de San Bartolomé no fue al azar sino cuidadosamente planificada: un santo que es defensor contra el demonio, y además se parece a Thunupa, se entroniza en el lugar y pone fin tanto al culto andino como a la presencia de los indios proscritos ya que, por lo menos por los siguientes años, se coloca vigilancia al lugar.

Hasta la fecha dedicada a San Bartolomé es pertinente, porque el 24 de agosto les recuerda a los conservadores católicos uno de sus más sangrientos triunfos: la matanza de los hugonotes ocurrida en 1572. Pero existe otro hecho histórico menos conocido y es que Vlad Draculea, príncipe de Valaquia, eligió también a la fecha, pero de 1459, para llevar adelante su más famoso acto de crueldad, el empalamiento masivo de miles de sajones de Brasov, en la antigua Transilvania. Como se sabe, este personaje histórico, también conocido como Vlad Tepes, inspiró la novela de terror “Drácula” de Bram Stoker. Por alguna razón que habría que determinar, las masacres estaban asociadas al día de San Bartolomé.

Absi y Cruz agregan que “en el período colonial, la concentración de salida de los indios del Norte Potosí en su viaje hacia la mita minera estaba fijada precisamente el día de San Bartolomé. Todavía en los años 1980, los ayllus de Pocoata conmemoraban, cada 24 de agosto, la partida de sus ancestros hacia el Cerro Rico. Platt relata cómo en esta ocasión, el segundo mayor del ayllu Aransaya, montado en mula, encarnaba el mitayo. El nombre de ch’utillo dado a su poncho ceremonial confirma la relación con sus homónimos, los famosos ch’utillos que, hasta hace algunos años, eran los personajes emblemáticos de la fiesta de San Bartolomé; algunos de ellos se vestían de mitayo”.

Es más, los invasores habían fijado al 24 de agosto no solo para el envío de indios a la mita desde las poblaciones del norte potosino sino, también, para la recaudación de tributos. El dato coincide no solo con los de Platt sino también con los de otros historiadores como Silvia Arze, Magdalena Cajías, Ximena Medinacelli, Ricardo Asebey, Claudio Mamani y María Luisa Soux.

Enviar a los suyos a una muerte segura y pagar impuestos. Los españoles entendieron que era mejor fijar todas las obligaciones para una fecha y aplacar sus obvios efectos negativos entre los indios con una conmemoración, de preferencia católica, porque, así, se cumplía otro de los propósitos de los invasores, la evangelización. Esa pudo ser una de las razones para elegir al 24 de agosto como el día de San Bartolomé. Todavía hoy la fiesta es una de las más importantes del norte potosino y se celebra particularmente en Colquechaca.

El 24 de agosto y Tomás Katari

El pago de tributos fue una de las razones que precipitó los alzamientos del siglo XVIII. “Después de la minería, el segundo ingreso en importancia cuantitativa fue el tributo indígena, establecido, como ya se vio, en el siglo XVI, como parte de las obligaciones de los indios”, recuerdan Cajías, Seoane y Soux.

Los conflictos comenzaron en 1777. “Para esa fecha, los indígenas de Macha se hallaban agobiados por la mita, el tributo, la escasez de tierras, las deudas por el reparto forzoso de mercancías y, para finalizar, la intromisión de un cacique impuesto por el corregidor”, agregan Asebey, Mamani y Soux.

El cacique era Blas Bernal, un mestizo que declaró menos indios de los que en realidad había en Macha así que se quedó con el excedente no declarado. “Esto fue conocido por los indios quienes, tomando una acción en contra de este personaje, entregaron el padrón de indios que ellos habían confeccionado directamente a las Cajas Reales, demostrando un 40% más de lo reportado y, de esta forma, más tributos para el Rey”.

Con el fin de evitar más abusos, los tributarios de Macha lograron que la Audiencia de Charcas nombre recaudador de tributos a uno de los suyos, Tomás Katari, a quien poco después de reconoció como cacique.

Pero el corregidor Alós no estaba dispuesto a acatar las determinaciones de la Audiencia. “Estas diligencias fueron presentadas al Corregidor Joaquín Alós quien, cumpliendo su amenaza, decomisó estas diligencias y castigó a sus gestores de forma por demás cruel, torturándolos en la plaza del pueblo y luego encarcelándolos”.

El resto es historia conocida: “Tomás Katari e Isidro Acho, a finales de 1778, tomaron la decisión de trasladarse a pie desde Macha hasta la capital del Virreinato, Buenos Aires, llegando a esta urbe a principios de 1779”. Las autoridades los escucharon y reconocieron el nombramiento de Katari pero, cuando este retornó a Macha, la Audiencia dio marcha atrás y optó por reconocer a Alós.

Tomás Katari comenzó a ejercer los cargos que le había confirmado el virreinato pero Alós y Bernal lo encarcelaron incluso dos veces. En la segunda fue trasladado a La Plata. Así llegó agosto de 1780 y, ante la proximidad de la feria de San Bartolomé, en la que se enviaría mitayos a Potosí y se cobraría tributos, Alós se reforzó con 300 hombres armados y así se presentó en Pocoata.

“Ante tal situación y después de una conversación entre el Corregidor y algunos líderes indígenas, las hostilidades estallaron con el ingreso de los indígenas al pueblo lanzando piedras con sus hondas. Las milicias de Alós no tardaron en responder con un disparo cerrado que mató a decenas de indígenas. Sin embargo, la superioridad numérica de estos prevaleció ante las armas de fuego, tomándose prisionero al mismo Corregidor y matándose a sus acompañantes”.

A partir de entonces, las sublevaciones surgieron como hondos después de la lluvia.

“Las injusticias que los indios soportaban día tras día hizo que en todas las comunidades indígenas del sur de Charcas se levantasen armas a nombre de Tomás Katari”. Hubo levantamientos en San Pedro de Buena Vista y Moscari donde las autoridades fueron ejecutadas. Aunque Katari fue nuevamente detenido y cobardemente asesinado, la sublevación prosiguió encabezada “por sus primos hermanos Dámaso y Nicolás, quienes optarían por acometer contra las fuerzas del Rey e incluso cercar la ciudad de La Plata”.

En noviembre de 1780, en Tungasuca, provincia de Tinta, cerca del Cuzco, se sublevó José Gabriel Condorcanqui quien, reivindicando su origen inca, adoptó el nombre de Tupaj Amaru II. En febrero de 1781, Julián Apaza se levanta en los valles de La Paz y, en alusión a sus inmediatos antecesores, toma el nombre de Tupaj Katari.

Todo comenzó el 24 de agosto de 1780 en Pocoata, cuando el sentido oprobioso de la feria de San Bartolomé fue reemplazado con el inicio de los grandes levantamientos indígenas. •

MULLU PUNQU, UN LUGAR SAGRADO

El padre Josep de Arriaga, en su libro de extirpación de idolatrías en el reino de Perú, hace mención a los mecanismos de evangelización que los jesuitas emplearon con la finalidad de eliminar la idolatría y convertir a los naturales a la religión católica. Este autor refiere que en una oportunidad el jesuita Diego Ramírez, al interrogar a un indígena sobre la idolatría existente en las tierras del Perú, fue informado sobre una gran wak’a y adoratorio denominado “Mollo Ponco”, que se encontraba a la entrada de Potosí. Esta wak’a sería bien conocida entre los indígenas de esos lugares y considerada como uno de los principales adoratorios del Perú.

Respecto del mullu, John V. Murra señala que “es una piedra blanquecina o grisácea que se talla con facilidad, con el mullu se efectúan talismanes de usos diversos”. Buena parte de las illas confeccionadas para proteger e incrementar el ganado están fabricadas con este material. El mullu se encontraba en las mesas y preparados antiguos en forma de animalitos tallados o desmenuzado a manera de la sal del plato. El mullu era un elemento presente en las ofrendas a fuentes o ídolos, y aquellos rituales relacionados con el agua.

De esta manera, Mullu Punqu se constituía en un lugar sagrado, no simplemente por sus características de formación rocosa sino también por su ubicación estratégica. La palabra quechua punku (puerta) nos da a entender un medio por el cual se ingresa o sale de un lugar. En este caso, Mullu Punqu se constituiría en un punto estratégico por el cual se ingresaba a la wak’a mayor del cerro de Potosí.

En relación al mullu, es muy posible que al interior de la cueva existieran manantiales de agua donde se depositaban las ofrendas ceremoniales del mullu, entre otros elementos. Estas ofrendas serían otorgadas por las personas en tránsito, a manera de solicitar un permiso para ingresar a la wak’a Potosí, o solicitar protección en sus travesías.

CELEBRACIÓN DE SAN BARTOLOMÉ

La leyenda del triunfo de San Bartolomé sobre el demonio motivó la realización de diversas celebraciones que desde el siglo XVI han ido cambiando en su interpretación y características. La fiesta de San Bartolomé tenía lugar cada 24 de agosto por ser este día el consagrado en la Iglesia latina.

Este día, la población constituida en su mayoría por indígenas y mestizos se congregaba en La Puerta para reverenciar la imagen de San Bartolomé. Esta imagen, junto a las de San Ignacio de Loyola y Santa Lucía, se encontraban al interior de una cueva natural, a manera de capilla, a la que se ascendía por una escalinata de piedra, construida en medio de un puente de piedra, sobre el famoso río de la ribera.

En la actualidad, la capilla fue modificada y ya no se tiene la imagen del santo patrón, que se reverencia en una capilla construida en la época republicana, en la localidad de La Puerta, a pocos metros de la cueva.

Según Mario Chacón, las vísperas a la fiesta de San Bartolomé los barrios de la ciudad (San Benito, San Roque, San Juan), además de las comunidades de La Puerta y San Antonio, se organizaban en comparsas de Ch’utillos, cada una con sus respectivos pasantes o alférez, encargados de llevar a cabo la celebración.

El 24 de agosto, a partir de las 8:00, en la plazuela Mejillones tenía lugar la feria del flete de animales, en la que se podía alquilar una mula o un caballo para trasladarse hasta La Puerta. En esta comunidad, el cura oficiaba la misa que proseguía con una procesión para lo cual se armaban los tradicionales arcos de plata.

Ya por la tarde se realizaban las carreras de caballos, que empezaban en la capilla de La Puerta, pasaba por la Cueva del Diablo y llegaba a la comunidad de San Antonio, donde se tenía una Chisiraya, lugar de descanso para beber chicha. Luego los jinetes, o ch’utillos, subían a la ciudad y se dirigían a sus respectivos barrios para continuar la fiesta en casa de los pasantes.

En la actualidad, esta celebración pagano-cristiana dejó en el olvido las tradicionales carreras de caballos. Sin embargo, el 24 de agosto la población potosina aún se sigue congregando en el poblado de La Puerta para escuchar la misa en honor a San Bartolomé y participar de la procesión. Algunos degustan la tradicional Achacana (plato típico preparado a base de una especie de raíz de ese mismo nombre) que se vende en los puestos locales, mientras otros realizan una pequeña peregrinación siguiendo unas cruces blancas hasta la cima de una cumbre cercana y llevando consigo pequeñas piedras a manera de penitencia.

Ch’utillo, Majt’illo y Tapukillo

Tradicionalmente, la fiesta dedicada al patrono de San Bartolomé tiene una duración de tres días, que son popularmente conocidos bajo los nombres de Ch’utillo, Majt’illo y Tapukillo.

Chu’tillo: Hace referencia a hombres y mujeres solteras montadas a caballo, que usualmente llevan algún tipo de disfraz bien engalanado (los disfraces comunes eran de mineros mitayos, incas o con la ropa del Tinku). Estos jinetes le otorgaban un colorido especial a esta celebración paseando a raudo galope. La palabra “ch’utillo” se flexiona en la palabra “ch’utillarse”, que significa jugar o burlarse. Así es común escuchar que una persona le diga a otra “te están buscando”, y a la pregunta de “¿quién pues?”, el primero le responda: “el ch’utillo”.

Majt’illo: Vocablo quechua que etimológicamente proviene de las voces “majt’i o maytu”, que significa “joven, jovenzuelo o adolescente”; por consiguiente, este día en particular estaría dedicado a los juegos y burlas entre jóvenes. Es decir que, este día, los jóvenes tenían la venia para ch´utillarse.

Tapukillo: Esta palabra proviene del vocablo quechua “tapuy”, que significa “preguntar”, por lo cual este es el día del curioso, del preguntón, del thapuquillo. Era muy común la expresión ancha tapuquillo kanki (muy preguntón eres) a quienes realizaban muchas preguntas.

De esta manera, el ch’utillo tenía lugar el 24 de agosto, cuando se realizaba la misa a San Bartolomé y las corridas de caballos. El 25, el majt’illo se festejaba en la casa de los pasantes o alférez, quienes organizaban fiestas en sus casas ofreciendo a sus invitados alimentos y bebidas. El 26, el tapukillo era el último día de la celebración con el dejamen, que consistía en nombrar a los pasantes para el próximo año. Así se adornaba la cabeza de los futuros pasantes con guirnaldas hechas de flores de papel y en tiempos anteriores con flores de filigrana de plata.

La entrada y festividad de Ch’utillos

En la actualidad, Ch’utillo identifica a la entrada folclórica, cuyos orígenes se remontan a las fiestas en la quebrada de San Bartolomé.

Si bien la celebración anual de San Bartolomé tenía un carácter local y de participación de un reducido porcentaje de la población potosina, en 1985, cuando amenazaba por desaparecer, el entonces oficial Mayor de Cultura de la Alcaldía, Gonzalo Calderón Ríos, convocó a una entrada folclórica intercolegial en la que participaron seis colegios: Pichincha, Pichincha “B” (Mariscal Andrés de Santa Cruz), Juan Manuel Calero, Liceo de Señoritas Potosí, Colegio Particular Jhon F. Kennedy y el Colegio José David Berrios.

Estas fraternidades juveniles motivaron la participación de muchas más agrupaciones de bailarines que año tras año llegaron a engrandecer la fiesta hasta convertir a la entrada de Ch’utillos en una de las celebraciones más grandes y coloridas del país.

En razón a la importancia cultural de la festividad de Ch’utillos es que el 15 de agosto de 2005 se la declara como “Patrimonio Cultural de Bolivia”, además de que la Ordenanza Municipal 067/2012 la declara como “Patrimonio Cultural Intangible del Municipio de Potosí”.

La actual entrada folclórica y autóctona de Ch’utillos es un escenario cultural lleno de música y algarabía, que permite a propios y extraños deleitarse con las manifestaciones artísticas propias de las 16 provincias del departamento de Potosí y de otras del resto del país.

Imagen de San Bartolomé ingresando al templo de San Bernardo.Cuadro de la entronizacion de San Bartolomé junto a su autor.Ch’utillos: Lo que no se ha contado
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