Diario Digital Correo del Sur
CORREO DEL SUR SE ANIMÓ A EJECUTAR UN CAMBIO ROTUNDO EN SU EDICIÓN Y CON ESO, LOGRÓ CONSOLIDARSE COMO EL DIARIO DE LA CAPITAL

Del blanco y negro al color, el cambio

29 Noviembre 2017CORREO DEL SUR
La bendición del nuevo equipamiento que tradujo el salto tecnológico a finales de la década de los ‘90.

La bendición del nuevo equipamiento que tradujo el salto tecnológico a finales de la década de los ‘90.

En 1998 CORREO DEL SUR dio uno de los saltos más arriesgados de su historia, dejó el tamaño estándar (de 56,5 centímetros de alto por 31,5 de ancho) y optó por darle color a sus páginas para siempre. La decisión permitió que el diario se afiance entre los lectores y las empresas publicitarias.

No era el mejor de los momentos, si bien el diario ya tenía 11 años de trayectoria, su continuidad y estabilidad no dejaban de ser una duda entre los trabajadores y directivos que requerían de un mayor flujo financiero y que veían en el gasto de papel una factura pendiente.

Empero, la incorporación del color y la producción de más suplementos era algo necesario en el crecimiento del periódico capitalino que solicitó una compra de maquinaria con los propietarios de la empresa, el Grupo Canelas.

Fue así que aprovechando otros cambios en el diario cochabambino Los Tiempos, también parte de la familia Canelas, se optó mudar al formato de 28 centímetros de ancho por 38 de alto, e incorporar la impresión a color.

TODO INCLUIDO

El domingo 20 de diciembre de 1998, CORREO DEL SUR salió a las calles, transformado y no sólo de forma, sino también en el enfoque de sus notas y la concepción de novedosos suplementos. Le ofreció a sus lectores un producto de calidad redoblada.

Ese año se implementó el suplemento deportivo El Rayo, vigente hasta hoy; Panorama, también en vigencia, aunque antes se publicaba a diario. Tendencias, un espacio dedicado a la investigación; Planeta que salía los domingos junto con Puño y Letra.

Salió también el Arca de Noé con los clasificados; Capitales, dedicado a la economía e industria de Chuquisaca; La Gran Siete, con humor político imperecedero; Lobito Bueno, el suplemento infantil, La Revista, editada en Cochabamba y distribuida los domingos, además de Habitar, los sábados.

El jueves 28 de enero de 1999, surgió Correo Judicial, posteriormente publicado cada lunes, mientras que el 14 de marzo de ese año salió la revista OH, editada en Los Tiempos.

El 28 de diciembre de ese año CORREO DEL SUR además implementó la separata “Un siglo en Chuquisaca” que tuvo cinco ediciones especiales y desde ese año, se determinó publicar un suplemento especial cada 25 de Mayo dedicado a evaluar el avance de la región.

Para cerrar ese milenio, el diario capitalino también comenzó con la realización de su suplemento Festicultural, con la cobertura del Festival Internacional de la Cultura, todo como parte del impulso al cambio generado en 1998.

TRANSICIÓN INTERNA GRADUAL

Más allá de los productos logrados, los cambios se vivieron de manera completamente distinta en los trabajadores que en primer lugar vieron el cambio de la producción prácticamente manual del diario a una digitalizada con la intervención de algunas computadoras.

Fue en realidad cuando las computadoras intervinieron en todo el proceso y en las salas de redacción dejaron de retumbar los teclados de las máquinas de escribir y la llegada de las noticias por teletipo, que los trabajadores vivieron un verdadero cambio en el proceso de elaboración del diario, eso ya antes de 1998, por lo que el salto al nuevo tamaño y la inclusión del color fueron menos impactantes para ellos en comparación con los lectores.

En sus comienzos, CORREO DEL SUR tenía una sala de redacción con máquinas de escribir y las notas se transcribían a una máquina especial que estaba vinculada a dos robots que parecían una especie de armarios que imprimían una cinta parecida a la de las grabadoras antiguas, aunque más gruesa, marcada con pequeños huecos que al ser leídos en otra máquina imprimían las letras en hojas grandes.

Esas hojas se armaban en unas mesas grandes y bien iluminadas en las que todo se pegaba como una especie de collage que luego de ser tratado era llevado a la máquina que finalmente imprimiría el diario.

El proceso fue cambiando con la incorporación de computadoras, pero aun así era bastante tedioso.

Así que para 1998, la nueva máquina rotativa era como un sueño hecho realidad, al ofrecer una mayor rapidez. El gestor de los cambios fue el segundo director de CORREO DEL SUR, Jorge Suárez, quien falleció antes del lanzamiento así que si bien no pudo ver el resultado de lo que deseaba, su proyecto continuó hasta concretarse con el trabajo de Marco Dipp, quien asumió la Dirección.

Uno de los trabajadores fundadores del diario, Javier Cosulich, recuerda que el impulso que logró estabilizar al diario capitalino fue el de los anuncios de las empresas telefónicas que precisamente durante los años del cambio al color, comenzaron a buscar mercados.

Fue así que aunque se temía que la gente no hubiese aceptado el nuevo CORREO DEL SUR, la mutación terminó de mostrar que se había tomado la decisión adecuada.

Para los trabajadores resultó un alivio dejar las noticias de agencias internacionales por teletipo, que si no tenían su bovina cargada de papel para imprimir toda la madrugada, simplemente se perdían.

Además, el diario retomó el servicio fotográfico internacional que había decidido dejar un tiempo debido a su costo. Así que contaba con textos e imágenes de todo lo que acontecía en el mundo.

Todo lo confirmaba, era una nueva era.

EL MÁS RECIENTE CAMBIO

El 2 de diciembre de 2012, celebrando sus Bodas de Plata, CORREO DEL SUR encaró un cambio de diseño en su edición impresa de la mano de una nueva rotativa.

Esta tercera etapa de modernización comenzó en 2011, cuando se compró la Goss Community 4 High, gracias a gestiones realizadas en Estados Unidos, por Gonzalo Canelas.

El equipo que pesa más de 30 toneladas está instalado en la zona de Aranjuez, en inmediaciones de la planta ENDE, en un galpón construido para albergarlo de manera independiente a la salas de redacción y armado que desde 1998 se encuentran en la calle Kilómetro 7, esquina Luis Paz (ex Pilinco), luego ser trasladadas de la calle Arenales esquina Loa.

La nueva rotativa tiene la capacidad de imprimir 30.000 ejemplares por hora a todo color y cuenta con una nueva CTP (Computer To Plate) que permitió que se deje el sistema de revelado de película que se empleaba antes y que implicaba el uso de productos químicos; además, el papel que se usa es reutilizable por lo que desde 2012 el diario de la Capital tiene un proceso de impresión amigable con el medio ambiente y con sus operadores.

NUEVO ROSTRO, NUEVO ESPÍRITU

Ya en cuanto al contenido, los cambios implicaron una nueva distribución de secciones: Local, Seguridad, Política, Obertura (cultura) y Mundo, con la reprogramación, reedición y creación de varios suplementos.

Los enfoques también cambiaron de horizonte y se buscó un periódico más cercano con la gente, pero a la vez con mayor profesionalismo. Así que el diseño de 2012, vigente en la actualidad, ofreció a los lectores un diario más ordenado y espaciado, acorde a las exigencias de los lectores y el desarrollo informativo de una era que sin duda exigirá más cambios, que tocará gestar a futuro.

Esta etapa iniciada hace cinco años todavía afronta nuevos desafíos, pero presentó una nueva manera de concebir el diario que hoy celebra tres décadas de vida al servicio de Sucre, Bolivia y el mundo.

De la Arenales a la Kilómetro 7

Transformar un diario es tanto, o más dificultoso, que fundarlo.

Lo supimos, en carne propia, quienes formábamos parte de Correo del Sur, en aquel ya lejano 1998.

Hasta entonces, el Diario de la Capital funcionaba en ambientes alquilados en la calle Arenales, uno en el que estaban la dirección, los talleres, redacción y publicidad y otro más abajo, donde se encontraba la filmadora.

La redacción estaba arriba, en el entrepiso que se debió poner en algún momento para aprovechar la distancia entre suelo y techo. Era, como todos los de su tipo, un balcón interior desde donde podía verse quién entraba y salía de las oficinas. Por eso, era un privilegio tener el escritorio en el borde: los pocos afortunados tenían paisaje y distracción suficiente para tiempos previos a la internet.

Cuando llegué a Correo del Sur, llevado a Sucre por su anterior director, Jorge Suárez, no tenía bien claro lo que debía hacer. “Tienes que aprender el ‘know-how’”, me dijo y no me dio más explicaciones. Todavía hoy intento resolver el enigma.

Lo primero que se me pidió fue que permaneciera hasta el cierre de edición con el fin de editar textos. De inicio, me pareció que aquella era ocioso e innecesario ya que el periódico tenía dos editores de textos, María Luján y Óscar Díaz, dos jóvenes argentinos cuya acuciosidad me parecía más que suficiente para evitar los errores. El mío era, entonces, un trabajo de post edición que no volví a ver en ningún otro diario.

Ahí fue cuando aprendí que no importa cuántos ojos revisen un texto porque los errores se deslizan sin importar las múltiples revisiones. Revisar la edición del día siguiente era para morderse el hígado porque, edición y post edición de por medio, siempre encontrábamos uno.

Cuando le expliqué a don Jorge que me parecía que mi trabajo estaba por demás, me volvió a repetir el consabido “tienes que aprender el ‘know-how’” así que me empeñé en averiguar qué significaba aquello. “Know-how” es un neologismo inglés que significa “saber cómo”. Al averiguarlo, me di cuenta que lo que Suárez pretendía era que aprendiera el funcionamiento del periódico así que empecé a entrar más temprano.

Así conocí el trabajo editorial de Marco Dipp, que era el jefe de redacción, y sus largas jornadas con los periodistas de entonces entre los que estaban Freddy Tufiño, Omar Michel y un Yuvert Donoso a quien consideraban privilegiado porque tenía el escritorio en el borde del entrepiso; es decir, con balcón incluido.

Ya existía una red informática pero el sistema operativo era el MS DOS. Para corregir textos, era preciso abrir uno y trabajar en él y nadie más podía tocarlo hasta que se cierre. Por ello, la hora dura significaba abrumar al jefe de redacción que debía checar los textos mientras los redactores esperaban. La frase que más se escuchaba entonces era “no me presiones” porque los periodistas debían esperar a que Marco les diera su conformidad para retirarse.

Fue cuando comencé a aprender cómo se hace un periódico y algunos de sus secretos.

Supe, por ejemplo, que Jorge Suárez, un poeta como pocos dio el país, tenía la mente mecanizada con la métrica castellana y, por eso, podía proyectar mentalmente un titular sin necesidad de tener el texto enfrente. Le dictaba el editorial a doña María, su secretaria particular, ponía el titular a la nota de apertura y se iba. Su cansancio era evidente.

A veces ya no llegaba a dictar el editorial y se limitaba a decirle a doña María que ponga una reimpresión. A veces no ponía el titular. En los tiempos en los que los celulares no habían invadido nuestras ciudades, la única forma de comunicarse con él era mediante una línea fija. Así, toda la carga de la edición recaía en las espaldas de Marco Dipp.

Para no retrasar la edición, Marco comenzó a titular incluso en la nota de apertura de la tapa. Así, la edición avanzaba pero don Jorge se quejaba al día siguiente de no haber sido consultado. En medio de toda esta mecánica había otro acto que, por lo repetitivo, se había hecho costumbre: don Jorge llamaba al periódico para pedir que Dipp le dicte el titular que había puesto. No le convencía… dictaba otro… no le gustaba… dictaba otro más… nada… finalmente, luego de varios intentos que parecían un tira y afloja, terminaba dictando el titular que sí le gustaba, el que Marco había puesto al principio. “Pero, don Jorge. Ese era el titular original”, se quejaba. Yo no escuchaba bien la respuesta pero, por los gestos de Marco me imaginaba que le decía “no, no era”.

Eran los tiempos en los que Correo del Sur era el periódico mejor titulado de Bolivia.

Conocí el funcionamiento de ese diario y me sentí capaz de desenvolverme en él pero solo cuando Jorge Suárez murió de un día para otro supe que se estaba preparando un cambio tecnológico.

Correo del Sur iba a cambiar de presentación. Más de diez años después de haber salido a las calles de Sucre, estaba listo para dejar el formato estándar y pasar al tabloide. El cambio incluía el salto al color.

La muerte de don Jorge era un golpe duro pero no modificó los planes que ya se habían puesto en marcha meses atrás, en coordinación con Marco Dipp quien fue nombrado director para cubrir el espacio que dejaba el poeta. Más difícil fue elegir al jefe de redacción.

Marco tenía la posibilidad de elegir a su segundo sobre la base del equipo con el que contaba e incluso la posibilidad de contratar a alguien de afuera pero no se trataba simplemente de la visión editorial, que él manejaba con solvencia, ni de la corrección preliminar de los textos. Si el periódico iba a cambiar, hacía falta un obrero, alguien que vigile el proceso de producción desde el inicio hasta el final. Los otros periodistas no lo podían hacer así que tomó una decisión que me dejó estupefacto: me nombró a mí.

Le pedí tiempo para pensar. Yo había llegado a Correo del Sur ese año así que era nuevo. ¿Cómo asumir el mando de un grupo que llevaba años trabajando ahí? “No estarás solo. Habrá editores. Crearemos suplementos, contrataremos a más gente”.

El proyecto era ambicioso porque no se trataba simplemente de cambiar la presentación del periódico y darle color. Editorial Canelas del Sur S.R.L. había decidido, además, comprar un edificio, la antigua casona de la calle Kilómetro 7 esquina Philinco que la mayoría conocía como “el castillo”.

Se iba a dejar los ambientes de la Arenales y se iba a instalar en el Parque Bolívar, casi frente a la Corte Suprema.

Era demasiada tentación.

Entonces, en un año en el que no había internet para teclear y buscar, encontré otro significado para “know-how”: “transferencia de tecnología, conocimientos preexistentes, no siempre académicos, que incluyen técnicas, información secreta, teorías e incluso datos privados. El ‘know-how’ tiene una directa relación con la experiencia, es decir la práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo.

¿Habrá querido Jorge Suárez que me prepare, también, para el cambio tecnológico? Esa es otra pregunta cuya respuesta se llevó con él. Después de todo, cuando el poeta fue a buscarme a Potosí para contratarme ya me habló de fundar un periódico en Potosí, uno del que me haría cargo y, para ello, tenía que aprender cómo se hace uno.

Tengo el defecto de asumir los desafíos que se me ponen en frente así que acepté y debo confesar que me arrepentí más de una vez.

Transformar un diario es tanto, o más dificultoso, que fundarlo.

Todo lo que había aprendido en el Correo del Sur de la Arenales no sirvió para nada porque los viejos equipos de MS DOS fueron reemplazados por computadoras personales con un sistema operativo por entonces nuevo en Bolivia, Windows. Todos tuvimos que aprender a trabajar de nuevo con ese sistema.

Fueron jornadas agotadoras y de pleno aprendizaje. La internet se estaba expandiendo como pólvora y también tuvimos que aprender a manejarla pero todavía no habían aparecido las redes sociales. Todo se reducía a los correos electrónicos.

Nos trasladamos al edificio de la calle Kilómetro 7 y tuvimos que sufrir todo lo que significaba el proceso de cableado para el funcionamiento de redes que, entonces, no tenían las facilidades de las de hoy.

La rotativo fue montada en un galpón y todavía recuerdo al responsable de la sección cultural, René Antezana, en aquella ch’alla que presidió como una ceremonia andina que solo pude entender años después.

Trabajamos a marchas forzadas y en jornadas de 12 y hasta 14 horas. Algunos ni se iban a dormir… lo hacían (lo hacíamos) en los sillones. Cada quién trabajaba con la “edición cero” de su suplemento y quería que salga lo mejor posible.

Marco era como el director de orquesta que controla el sonido de cada instrumento y no estaba de acuerdo con uno, el de la tipografía de los titulares que era cursiva. “Un titular tiene que ser lo más claro posible”, reclamaba pero los asesores colombianos que se había contratado expresamente para el cambio no estaban dispuestos a retroceder en eso, ni en la paleta de colores.

El número 1 de la nueva época, que seguía la numeración correlativa desde la fundación del periódico, salió el 20 de diciembre de 1998 y tardó más de lo previsto. Salió sobre el mediodía con la foto de tapa de un vagón del ferrocarril abandonado, en un anticipo de una nota que denunciaba el estado de ese sistema de transporte. No quedamos contentos.

La paleta de colores se fue afinando con el tiempo y Marco seguía protestando por la tipografía de los titulares. “La voy a cambiar un día”, prometió y, como a todos Sucre le consta, también cumplió esa promesa.

Juan José Toro Montoya*

Víctor Hugo Delgadillo, uno de los trabajadores fundadores de este diario.

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