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Aiquile, diez minutos de terror

22 Mayo 2018Dayana Martínez Carrasco
Aiquile, a 20 años del terremoto

Aiquile, a 20 años del terremoto

EN MEMORIA

Al menos una vez al año y casi siempre en mayo, se realizan simulacros en unidades educativas y a veces con la población en general con el fin de preparar a las personas para reaccionar ante este tipo de situaciones de emergencia.

Años anteriores, además se realizaban homenajes a las 41 personas que murieron durante el temblor. Hoy, se tendrá una misa.

Texto: Dayana Martínez Carrasco

Fotos: Dayana Martínez Carrasco y CORREO DEL SUR

Diseño: Juan Carlos Tococari Aguilar

La tierra rugió y por segundos se hizo mar para levantar con su oleaje todo lo que encontraba a su paso. Vidas y casas se extinguieron en agudos gritos de auxilio que se acallaban con los bloques de adobe que les caían encima. Era un 22 de mayo de 1998, y Aiquile abría la jornada con el temblor más mortífero de la historia de Bolivia; hoy, 20 años después, el lugar y su gente han cambiado: el miedo no.

El temblor de 6,6 grados de magnitud de momento, sacudió Aiquile a las 0:48, según el Observatorio San Calixto, que identificó el epicentro a 35 kilómetros de distancia y a tan solo ocho de profundidad, lo suficientemente superficial como para desgajar un poblado que entonces acogía a unas 3.700 familias.

Antes del destructor temblor, todavía durante la noche del 21 de mayo, algunos pobladores dicen haber percibido un leve movimiento.

“Me acuerdo que estaba viendo una película y estaba junto con mi esposa, de pronto sentí un sacudón, me asusté y la hice despertar a mi esposa, mis hijas estaban en el segundo piso, subí a despertarlas, pero tampoco lo habían sentido porque al abrir la puerta no me escucharon, me dije ‘para qué molestarles’, me fui al balcón y vi a un profesor en la calle que me dijo ‘¿qué fuerte el temblor no?’. Y bajé”, recuerda Edgar Veizaga, un maestro que perdió su casa esa noche.

Bastaron unos minutos más y las casas comenzaron a bailar como veleros que se agitan en el agua, pero a un ritmo estruendoso, mortífero.

“‘Al medio, al medio’, gritaba la gente. Fuimos al medio, nos agarramos y nos abrazamos queriendo sostenernos, ahí se apagó la luz y cayeron las primeras casas. Uno piensa que se abrirá la tierra como en las películas”, relata el docente. Y de hecho así fue.

El Observatorio San Calixto identificó fisuras en el suelo de Aiquile donde el 75% de las construcciones resultaron afectadas, el 46% se cayeron y 41 personas fallecieron.

En otras ocho localidades cercanas, entre ellas Mizque y Totora, también se registraron afectaciones, en esta última el 70% de las casas terminaron con daños severos y emanó agua de las fisuras en el suelo; sin embargo, el municipio más afectado fue Aiquile.

Veizaga intentó volver a su casa, a unos metros, pero se caía a cada paso al igual que las moradas de decenas de lugareños. Llegó hasta el lugar, pero sólo vio un promontorio de tierra. Llamó a sus hijas y la menor le contestó. Ella y su hermana estaban en su cuarto. Pero ya no había gradas por dónde bajar.

“Yo te veo papi, voy a bajar como una mona que soy papi, voy a bajar”, le dijo la niña de unos ocho años de edad antes de deslizarse por las ramas del árbol de maracuyá que tenían en la casa y que le sirvió para descender a lo que fue la planta baja.

Su esposa estaba bien, pese a que su dormitorio se había desmoronado, y toda la familia salió hasta la calle Sucre, una de las principales vías de Aiquile que, junto con la avenida Bolívar, escenificaron la magnitud del temblor y hoy parecen recordar cada detalle, como si el tiempo no hubiera pasado.

Casi todas las casas del centro de la población se cayeron, en muchos casos hasta enterrar a sus dueños y habitantes.

INTERMINABLE

El susto y el peligro de que las casas siguieran colapsando obligó a la gente a salir a las calles. Algunas se fueron hacia la plaza Zenón Delgadillo, en ese entonces aún en construcción, pero que hoy atesora una plaqueta conmemorativa de las 41 víctimas mortales y testimonia el recuerdo imperecedero de quienes sucumbieron ante la bravura de la naturaleza.

Los sobrevivientes aseguran que fue la noche más larga de sus vidas. “Nunca amanecía”, repiten en sintonía, pese a sus diferencias de edad o vivencias, y es que esa noche los encadenó la tragedia, como si fueran eslabones.

En la calle y con nada más que sus propias ropas, los pobladores se convertían en testigos de la desesperación ante la imposibilidad del rescate de las víctimas.

Apenas se veía algo, pero eran los gritos los que graficaban las escenas. Nombres que se repetían incansablemente, pedidos de auxilio que acababan silenciados por el paso del tiempo o por los efectos de réplicas que esa misma noche sacudían hasta sus últimas lágrimas.

De entre aquellos que lograron salir se armaron equipos y fueron los hombres de cada hogar los que fueron a buscar a quienes estaban atrapados.

Aquel famoso mote con el que denominan a los aiquileños, “licorbuchis” (estómago de alcohol), se puso en evidencia esa y las siguientes noches. Y días. Los rescatistas interrumpían su faena para llevarse algo a la boca y, sobre todo, tomar singani, alcohol, y soportar lo que sus ojos veían y sus mentes se negaban a comprender.

Esa noche intentaron salvar a varias de las víctimas fatales, entre ellas, Emily y Vanesa Fernández que se encontraban en su balcón tras el primer terremoto (sismo). Las niñas gritaban por ayuda y los rescatistas, dispuestos a bajarlas, fueron sorprendidos por una réplica que hizo que el lugar se cayera frente a ellos y las enterrara.

Cada una de las 41 muertes tiene un final ingrato. Freddy Flores, el primero que figura en la plaqueta en honor a los fallecidos, perdió la vida en el hospital, luego de haber sido rescatado de las ruinas de su casa tras recuperar con vida a sus tres hijas, pero no a su esposa embarazada, Consuelo Callao.

Su casa, donde ahora hay una vistosa construcción verde, se encontraba a pocos pasos de la Catedral Santuario de la Virgen de la Candelaria, cuyas dos torres se desmoronaron. Una de ellas cayó sobre la vivienda contigua y mató a una madre de familia.

Ese templo ahora luce muy distinto a las imágenes de fines del siglo pasado, en las que no sólo se ven las dos torres originales, sino también el diseño completo del lugar que es testigo de la cualidad de Aiquile como prelatura independiente de la diócesis de Cochabamba, por lo tanto, con obispado propio.

La desesperación continuó por horas, aquellas interminables para los rescatistas y las últimas para los 41 fallecidos del terremoto más mortífero del que se tiene registro en el país.

Los aiquileños aún recuerdan de manera vívida lo ocurrido con sus coterráneos, así como con aquellos que desde otras regiones se habían establecido en Aiquile.

Esa jornada, Román Escalier, nacido en una comunidad cercana, murió esperando una flota que lo llevara a Cochabamba. Su casa no fue alcanzada por el fuerte impacto, estaba intacta.

Flora Ordoñez, de unos 40 años de edad, era de Ravelo (Potosí), y falleció luego de haber quedado gravemente herida.

Entre los foráneos afectados también estaba Miguel Verwell, un holandés que se había establecido en Aiquile con su esposa, una cochabambina, y si bien ambos fueron rescatados con vida luego de horas bajo los escombros, sus dos hijas Nataly y Camila, de unos cuatro y seis años de edad, fallecieron en brazos de sus cuidadoras Amalia y Eulalia Vallejos, quienes también perdieron la vida esa fatídica jornada.

Esos momentos no se borrarán jamás de la memoria colectiva de Aiquile, de Sucre –desde donde llegaron las primeras ayudas de residentes–, y de un país entero que hoy todavía cierra los ojos ante la fatalidad de minutos de terror.

Apenas comenzó a alumbrar el sol sobre el cielo aiquileño teñido por el polvo y la tierra que emanaba de los escombros llegó el apoyo en manos de hijos y familiares que se habían informado del hecho y que viajaron de forma inmediata.

La profesora Marina Camacho Taborga, viuda de Echalar, llegó a las 10:00, desde Cochabamba, en ese entonces separada de Aiquile por unas seis horas de viaje. Recuerda que mientras se intentaba rescatar sobrevivientes y algunos bienes, los sobrevivientes no tenían agua ni luz.

Los perros ladraban y las personas todavía gritaban esas primeras 24 horas, en las que el presidente Hugo Bánzer llegó hasta la devastada población para anunciar que el Gobierno se encargaría de atender a los damnificados.

Muchos de los residentes que llegaron hasta Aiquile recuerdan que al ingresar al poblado parecía que no había pasado nada, porque las casas alejadas del centro no tenían daños y a momentos hasta pensaron que los informes que escucharon habían sido una exageración.

“Todo lo que estaba cerca de la plaza fue lo más afectado, mis abuelos se salvaron de milagro, se cayó la casa y se fueron a un lado, el problema fue sacarlos porque no se podía abrir las puertas ni nada”, comenta el encargado de cultura, turismo y comunicación de la Alcaldía de Aiquile, Iván Molina, quien también arribó a su tierra natal a horas del hecho.

Cerca de su oficina, en el Museo del Charango, se exhiben algunas fotografías de esos días. Enmarcadas en varios cuadros registran la caída de las casas, el templo y una de las visitas de Bánzer junto con su entonces ministro de Defensa, Fernando Kieffer, y el ex presidente peruano Alberto Fujimori.

En la otra cara de la moneda, mientras unos despedían a los suyos, algunos recibían a nuevos miembros de su familia. Carmen Rosa Jaldín, directora de la unidad educativa María Jiménez, recuerda que cuando ocurrió el temblor estaba embarazada de ocho meses.

Esa noche, ella salió de su casa, pero el frío la hizo volver y se cayó cuando una réplica sacudió la tierra de nuevo. Al día siguiente comenzó a sentir dolores y la tuvieron que trasladar al nosocomio de Punata, donde le practicaron una cesárea. Su hijo nació ese 23 de mayo.

EL DÍA EN QUE MURIÓ EL SILENCIO

El día en que murió el silencio, aquella madrugada del 22 de mayo de 1998, Radio Esperanza también calló, se apagaron las melodías que acompañaban a los aiquileños cada jornada.

Los postes de servicio eléctrico caídos en el pueblo habían dejado a los lugareños sin energía y con ello sin medios de comunicación por casi un día entero.

Recién cerca de las 17:00, el entonces director del medio, el sacerdote Floriano Weis, intentó establecer la comunicación con los pobladores y con los residentes que llamaban en busca de saber qué había pasado con sus familiares a través de la única línea telefónica que tenían.

Roberto Ayala, un ex trabajador de la emisora y jefe de Departamento de Promoción de Campo, recuerda que recibieron llamadas desde Estados Unidos, España, Brasil y Argentina, entre otros países, para preguntar si sus conocidos estaban bien o no.

Los khaluyos y los kjochisitos, ritmos tradicionales de Aiquile, quedaron atrás las primeras jornadas después del temblor. Radio Esperanza se dedicó únicamente a informar sobre el terremoto, las réplicas, sus víctimas y las promesas de ayuda del Gobierno que después se convertirían en rastros de supuesta corrupción.

EN BUSCA DE LEVANTARSE

Sin casas en las que vivir, los aiquileños fueron trasladados a campamentos establecidos en áreas descampadas. Fueron cinco los lugares establecidos para agrupar a las familias según la zona donde vivían.

Durante los siguientes dos meses del terremoto que también se sintió en el eje central del país, Aiquile y las zonas circundantes fueron sacudidos por más de 2.600 réplicas, según un reporte oficial del Observatorio San Calixto, es decir un promedio de dos sismos cada hora.

Las personas vivían bajo las carpas instaladas en los campamentos, con víveres y donativos que generalmente se entregaban al Ejército.

Pese al apoyo que desde distintas regiones y países se enviaba, los insumos no llegaban a todos.

Algunos lugareños recuerdan que incluso se veía a jovencitas salir de los puntos de distribución militar por la noche con algunas bolsas grandes de víveres. ¿Se prostituían por comida? Era la pregunta que poco a poco se hacía afirmación.

La situación se hacía cada vez más amarga. Durante la estadía en los campamentos, varios damnificados se daban cuenta de que algunos bienes que habían quedado en sus casas eran robados al no tener a nadie con su custodia. De a poco, varias familias decidieron irse a otras ciudades para recuperarse o enviar a sus hijos mientras los padres intentaban retomar el control de sus vidas.

Tras los robos constantes y unos ocho meses de retiro de escombros en todo el poblado, los lugareños comenzaron a instalar sus carpas en lo que había quedado de sus casas, así cuidaban lo que aún tenían mientras esperaban la ejecución de lo que el Gobierno les había anunciado “casa caída, casa construida”, algo que nunca pasó o al menos no como esperaban.

En ese entonces, Juan Ferrufino era el alcalde de Aiquile, él recuerda que cuando comenzó el proceso de reconstrucción a través del Fondo de Inversión Social (FIS), muchos aiquileños, esperanzados, “terminaron de hacer caer sus casas” para que en el lugar se reconstruyera otra, una segura.

Pero cuando vieron cómo se realizaban las obras quedaron desilusionados. El subsidio con el que debían elevar las casas era de $us 3.500, pero contemplaban una construcción sobre 42 metros cuadrados.

“Nos dimos cuenta de que hacían un campamento de Aiquile. Mucha gente hizo caer su casa por recibir el subsidio, porque decían que el Gobierno respondería con una casa digna, pero no era así y muchos se han salido porque esa no era una casa para vivir”, detalla.

Las casas además eran de altura muy pequeña y si bien ayudó a que las familias dejen el barro y el polvo de los campamentos, los pequeños cuartos que tenía no eran adecuados para retomar su vida.

Para coordinar ese trabajo se creó un Comité de Reconstrucción formado por representantes del Concejo Municipal de Aiquile, juntas vecinales, Comité Cívico y otros. El Gobierno central se encargó de la reconstrucción de escuelas, establecimientos de salud y de servicio público.

En cuanto a la Alcaldía, Ferrufino recuerda que lo primero que tuvo que “arreglar” fue el Cementerio, donde fueron enterrados de manera gratuita los cuerpos de los fallecidos durante el temblor, varios en ataúdes donados y en velorios realizados incluso de forma común en una de las escuelas.

Uno de los lugares que quedó prácticamente intacto, pese a su antigüedad fue una casa que hoy se considera como la última con de estilo colonial. Los muebles y cada detalle que tiene se muestran perennes al paso del tiempo, gracias a los arreglos de sus propietarios que exhiben cuadros artísticos y figuras religiosas de colección en lo que más que una casa parece ser un museo privado.

Hoy, Aiquile luce casi por completo como un municipio nuevo. En realidad, es como si tuviese 20 años, pues desde el terremoto sus pobladores comenzaron de cero.

HISTORIAL DE SISMOS

“Para que sacuda suena y ahí hay que abrazarse con todos. Había que agacharse y escuchar el piso y sonaba bububububum”, recuerda de ese 22 de mayo, Amelia viuda de Uriona, con 88 años de edad y varios de ellos vividos en Aiquile, a donde llegó desde la Villa Imperial.

El temblor de 1998 fue el segundo fuerte que recuerda, aunque claro, no el más letal. No sabe precisar el año del primero, pero relata que esa vez los pobladores salieron de sus casas a dormir en el estadio.

Según el Observatorio San Calixto, Aiquile tiene una historia sísmica de varios años antes al del terremoto del 98, entre los más importantes están el del 25 de octubre de 1925, el del 1 de septiembre de 1958 que dejó construcciones antiguas colapsadas y varias agrietadas y el del 22 de febrero de 1976 cuyo rastro fueron las fisuras en las construcciones de ladrillo.

Ahora, conocedores de estos antecedentes, pobladores se esmeran en construir sus viviendas con recomendaciones antisísmicas y de incluso organizar sus muebles de manera adecuada.

Los pobladores practican simulacros y si bien sienten que están mejor preparados que hace dos décadas, el trauma por el que pasaron los marcó de por vida. Aiquile está de pie, se ha levantado y reconstruyó el desastre, pero lo que nadie podrá –ni el tiempo ante el que todos nos rendimos– es reconstruir, reparar, cerrar y sanar las vidas perdidas.

10 MINUTOS QUE CALARON

Un dato no menos esclarecedor y desconocido hasta hoy es el de los registros de los sismógrafos. Diez minutos, según los registros del Observatorio San Calixto, duró el más mortífero movimiento telúrico de la historia del país.

Lo soportó Aiquile, despavorido aquella madrugada por la fuerza de la naturaleza.

La información del Observatorio señala que los equipos empezaron a registrar actividad sismológica a las 0:48 y no pararon sino hasta casi las 0:58.

Esos 6,6 grados de magnitud de momento (Mw), los diez minutos del sacudón y las réplicas parecieron nada frente a los daños causados, a las vidas que se perdieron, a los días convertidos en noches, a las familias heridas y sin hogar. Al Aiquile de hace 20 años le faltan 41 personas que nunca volverán.

Hospital con carencias

Aiquile cuenta con dos hospitales, uno público y otro privado. En el caso del público, el nosocomio Carmen López, su directora Lenny Chinahu, una sucrense, comenta que el personal fue capacitado en simulacros organizados a nivel municipal de manera conjunta con las autoridades educativas y de otros sectores.

Sin embargo, precisa que identificaron varias falencias en la infraestructura, una situación que esperan subsanar con el nuevo hospital que se encuentra en construcción, aunque con su entrega dilatada.

Carmen López es un hospital de segundo nivel, así que no cuenta con terapia intensiva. Actualmente tiene 28 camas distribuidas en distintos servicios, incluyendo emergencias.

IMPACTO EN LA CULTURA

La tristeza y la corrupción que involucró al terremoto de Aiquile provocó que varios de sus hijos escribieran canciones y poemas. Fue así que el arte sirvió para plasmar su rabia y dolor.

La profesora Marina Camacho publicó un poemario llamado “Terremoto de sentimientos”, en el que se pueden ver títulos como “Terremoto”, “Maldita corrupción” y “Mi pueblo Aiquile”.

“Particularmente en mí, el terremoto tuvo sus efectos de sentimientos diversos como la tristeza, la rabia, la esperanza y la fe y otros que se transmiten en las poesías que escribí”, describe.

“Propios y extraños nos apoyaron para lograr reconstruir, mas los malvados se aprovecharon y no nos dejaron vivir”, dice uno de sus versos.

Por su parte, el compositor Ángel Camacho, escribió una canción llamada “Terremoto traicionero”, en ritmo de chamamé, y una segunda que es un popurrí de kjochisito para protestar por el abuso de las autoridades.

“Las viguetas de mi pueblo el sismo las derrumbó y la moral de mi gente, el Gobierno robando”, dice en sus versos acompañados por el sonido melancólico de un tradicional charango.

Al igual que ellos, el destacado cantante Guery García compuso el poema “Mi pueblo no ha muerto todavía”, que a ritmo de quena hace un homenaje a esa terrible noche. “Amaneció, sí ya amaneció y nosotros despiertos temblando de frío ante aquel contraste de la vida y de la muerte, de la luz y las tinieblas, arrodillados nos abrazamos todos llorando sin cesar”.

Aiquileñas y aiquileños hablan hoy al son de los acordes del charango, aquel que esa madrugada seguramente rasgó las más tristes melodías de un poblado pujante.

Ángel Camacho

"No había que pensar mucho para escribir mi canción Terremoto traicionero, pues no había que pensar mucho,  sólo interpretar lo que veíamos y lo que sentía el corazón”.

Marina Camacho

"El trauma va a continuar de por vida, muchos no hemos podido todavía superar esto. Los que vivimos en carne propia vivimos exaltados”.

Amelia viuda de Uriona

"Uno tiene miedo de hasta que se abra la tierra, esos tiempos vivimos muy sufridos, todos estuvimos traumados con eso”.

Iván Molina

"Llegamos a la entrada todo normal, las estaban casas intactas, dijimos aquí no ha pasado nada, pero ya en la plaza vimos todo”.

Edgar Veizaga

"Me impactó la incapacidad de poder afrontar la situación, nuestra falta de preparación, no hablaban de terremotos o sismos”.

Juan Ferrufino

"No sé si simulacros o preparación va a surtir porque te puedes olvidar de todo en ese momento, lo único que haces es salir de tu casa a donde sea por el miedo”.

Carmen Jaldín

"El año pasado dijeron que iba a haber (otro terremoto) y tuve que sacar la ropa de mi mamá, la mía y de mi hijo a la puerta, cerca…”.

 

Aiquile, diez minutos de terror Aiquile se transformó desde el temblor de 1998. Sus construcciones antiguas se renovaron y son contadas las casas de...Una imagen del registro sismográfico del temblor del 22 de mayo, en Aiquile, del Observatorio San Calixto. La casa de Freddy Flores, una de las más afectadas durante el terremoto, fue reconstruida.
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  • Especial
  • Aiquile, terror, hospital, temblor, Bolivia

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