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Los tesoros de Tanga - Tanga(primera parte)

25 Mayo 2018Alfredo Jáuregui Rosquellas

ALFREDO JÁUREGUI ROSQUELLAS

En el año de 1200 el Soberano del Cuzco, Inca Roca redujo a obediencia a los indios charcas incorporando el extenso territorio de su dominio a la jurisdicción del gobierno central, y que concedió por privilegio especial acordado el momento mismo de la rendición, que fuera un miembro de la real familia quien gobernara el pueblo charca y organizara el distrito en condiciones de superior jerarquía, componiendo su Corte de amautas, ñustas y jampiris presididos por el Gran Sacerdote, a fin de que Choke-chaca fuese siempre una capital importante, a cuyo embellecimiento y riqueza contribuiría los tesoros argentíferos de Porco y los inagotables lavaderos de oro del oriente, más tarde denominados El Dorado Chico y Mandinga.

Y Choke-chaca fue esa ciudad indígena de privilegio para el Inca, ciudad cuyo caserío tendido en las faldas del Churukjella y rodeado de jardines y campos de eterno verdor, concentró en sí todo lo más granado de la aristocracia de Charcas y supo dar frecuentes e indudables muestras de valor, cultura, y lealtad a la causa del poderoso imperio incaico.

Era la agricultura la dedicación constante de la población, todos trabajaban, todos contribuían al bienestar común empujando el arado sin distinción de edad ni sexo y abriendo el surco donde había de levantarse el gallardo maíz de apretadas mazorcas.

Pero cierto día la actividad agrícola fue brusca y dolorosamente interrumpida por las noticias en todo el imperio por las cachas, ágiles y resistentes corredores que hacían el servicio de comunicaciones de la Corte, quienes habían transmitido que hombres blancos y barbudos que despedían rayos y que cabalgaban en bestias feroces aprisionaron al emperador en Cakca-marca, lo que para darle libertad exigían enormes cantidades de plata y oro en rescate.

Veinte días pasaron ya desde que fueran conocidas las noticias de Cakca-marca, y de todos los puntos de la provincia transmitíanse al Gran Cacique gobernador en Choke-chaca los sentimientos pesarosos de los súbditos de Atahuallpa, cuya conducta traidora para con Huáscar, el legítimo soberano del Cuzco, no era bien conocida en las provincias interiores del sur. Junto con los cachas mensajeros empezaron a llegar las contribuciones de metal precioso de todas partes, destinadas al rescate, las que debían acumularse en los sótanos de la residencia imperial para luego ser remitidas hasta más allá del lago grande y presentadas a los extranjeros que hostilizaban al representante de Inti en la tierra. Eran grandes cuevas por muy poco conocidas, donde ya existía oro y plata en gran abundancia, y sólo se esperaban al Cacique de los taraphucus para organizar la expedición que había de marchar veinticinco leguas al norte y traspasar allí el tesoro a otra expedición que, después de recorrida igual distancia, haría idéntico traspaso a una tercera y así sucesivamente hasta llegar a la ciudad donde estaba preso el monarca.

Llamábase Tanga-tanga al Cacique de los taraphucus y era él quien a punto de medianoche de un día caluroso y reseco, presagiador de tempestades, avanzaba con paso cierto y andar seguro hacia el Abra del Sol, guiando una ringlera de hombres cargados de pequeños fardos de metal precioso destinado al rescate del Inca. Una legua escasa faltaríale para llegar al abra de donde se dominaba el panorama de Choke-chaca, cuando cruzóse en su camino y detúvose ante el mensajero enviado por el Gran Cacique para comunicarle que volviese para atrás con los tesoros, ya innecesarios, puesto que el Inca había sido muerto por los extranjeros que invadieran el Imperio.

Tanga-tanga escuchó sin interrumpir la relación del mensajero; hosco el semblante y torva la mirada quedóse abstraído largo rato, cual si meditara sobre la orden que acababa de recibir. La columna de cargueros no dio un paso y más parecían todos estatuas de sombra que hombres en trabajo: tenían la vista fija en el suelo y ni respirar se les sentía.

Pasados algunos minutos volvióse a los que guiara y alzando al cielo las manos crispadas exclamó con voz que en vano procuraba hacer tranquila:

— El Inca ha sido asesinado; nosotros no podemos vivir cuando él ha muerto. Oidme bien, junto a aquella roca saliente que está al pie del adoratorio, a la altura de media montaña, existe una cueva inmensa, que será mi tumba y la vuestra. Vamos allí.

La caravana sombría siguió el camino de ascensión que emprendió el Cacique. Cuando llegaron al punto señalado empezaba a clarear el alba.

Por orden de Tanga-tanga los indios dejaron en el suelo sus fardos y empezaron un trabajo violento y desesperado por mover una gran piedra empotrada en posición casi vertical. Una hora después la piedra cedió ligeramente y quedó descubierta una sima horrorosa y profunda. Tanga-tanga penetró con paso firme y ordenó a sus hombres seguirle conduciendo sus fardos. Una vez todos adentro mandó:

— Ahora, horadad abajo, donde reposa la piedra, para que vuelva a su antigua posición.

Los indios obedecieron silenciosos, con trabajo mecánico y febril, y la piedra cayó estrepitosamente sobre la boca obscura de la caverna cerrándola para siempre... para siempre.

Pasaron algunos años. La invasión conquistadora había sembrado el terror por dondequiera que pasó, y la población indígena huía a las montañas y se internaba en lo más profundo de los bosques, allí donde creyó que no llegaría el temerario español en busca de nuevos tesoros y nuevas aventuras.

La capital del distrito de los charcas vino a menos, fue abandonada por la mayoría de su escogida población y presentaba aspecto desolado, cuando llegaron "por las alturas del norte" los españoles del grupo de Gonzalo Pizarro y fundaron La Plata sobre las construcciones ruinosas de Choke-chaca.

Un final resumido

En la segunda parte de su relato, Jáuregui Rosquellas, refiere que Diego de Castillejo, hijo de uno de los fundadores de La Plata, conoció a la nieta del Cacique Titu y se enamoraron.

Pero el joven presumido decidió irse a Potosí, ella para retenerlo le ofreció los tesoros ocultos por Tanga Tanga, tomó la precaución de conducirlo al lugar con los ojos vendados que solo ella y los suyos conocían, pero Diego tomó en sus bolsillos todo el oro que pudo, fortuna que posteriormente dilapidó, es así que quiso obtener más y ella, al darse cuenta de su engaño, volvió a llevarlo al lugar y lo dejó encerrado allí para siempre diciéndole: “Tú serás el eterno guardián de los tesoros de Tanga Tanga”.

Alfredo Jauregui Rosquellas nació en Sucre (1879 - 1952). Fue historiador, geógrafo, maestro y dramaturgo.

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