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CIENCIA CUÉNTICA

A alguien le conviene el halago

16 Agosto 2017César Maldonado (Sinchi Saxa)

Los anglos se impactan cuando descubren que el caudillismo es toda una cultura en nuestros ambientes, tan latinos y abandonados, lugares donde se pide y despide a gritos un orden unipersonal y omnipresente y se instala a otro en su lugar: “¡El rey ha muerto, viva el rey”.

Este trayecto de garantizar a alguien en el poder para que el resto le rinda tributos que van desde el heroísmo, casi la santidad, el fact totismo –por fact totum–, el patriarcalismo (matriarcalismo para García Márquez en su Los funerales de Mama Grande) y el fundacionismo, es repetitivo y parece una marca de fábrica para nuestros terruños. Todas las virtudes, más bien rituales, se depositan en uno y todas las humanidades de reverencia, agradecimiento y culto son obligación de todo el resto.

Los vituperios les tocan a la mayoría, los halagos, a menos. Es de naturaleza humana recibir algún halago, mejor si fundado y basado en algún merecimiento. Los encomios repetidos, no pedidos, impulsados, pagados y exigidos, son los de naturaleza sospechosa, tienden a hacer creer que el ente o sujeto encomiado no puede vivir sin alabanzas ni primeras páginas. Esto daña el enser íntimo y las relaciones, pues hace que el halagado se crea en un cielo artificial, que una vez acabado siente el vacío y la nada; su cohorte ha desaparecido y ha decidido servir a otro señor, el de turno.

El destronado en el halago cree que todos son unos malagradecidos, pusilánimes que se han aproximado a otro caudillo de moda más reciente y más rentable, para la condición de corderos tirasacos, chupamedias, amarrawatos, phallpa vampirus, llunk’us; llámelos como su cultura política se lo inspire. Las famas de los halagos con virtudes y bienes ajenos son efímeros y tienden al olvido, incluso afectan a los inventores del encomio conveniente y eficaz, a los que lucran alrededor del caudillo que crearon o descubrieron.

Lo peculiar de esta lid es que hay muchos en lista de espera para ser halagados, sólo que el caudillo de turno no permite competencias. Estos de la espera están prestos a tener sus momentos de fama benéfica, haciendo que todo el resto se convierta en masa devota y esclava. Es que a menudo odiamos la esclavitud y la practicamos con total convencimiento: maldecimos el maná y añoramos los ajos y las cebollas de Egipto (la imagen es bíblica y refleja el reclamo de los israelitas que padecen hambre en su libertad y reclaman el pan de la esclavitud). ¿Gritamos la libertad y practicamos la esclavitud?

Las falacias de los halagos consisten en dar más poder y tono a quien quiere lucrar, real y simbólicamente, a costa de tantas conciencias calladas o timoratas. Estas falacias pueden parecerse a la de cultivar un ídolo, un cantante, un actor, un escritor o un político. Para el caso, y esta es parte de la falacia, es necesaria la presencia cercana, pero encumbrada del halagado, del ídolo. Este se convierte en decidor –el giro es Vargas Llosiano–, hacedor –el asunto es Borgiano– y macondiano, donde todo ocurre, hasta el ridículo y el exterminio –por supuesto que García Márquez no podía faltar–. Los halagos provocan la miseria y la grandilocuencia. Si las miserias están acompañadas de un buen pedazo de pan, los halagos son más duraderos; pero el pan no puede durar fresco todo el tiempo. Si a las miserias les faltara el pan, los halagados se van desgastando y ya no tienen argumentos reales para seguir arrancando aplausos ni reverencias, sus reemplazos, los que dispondrán del pan que pertenece a todos, pueden estar a la vuelta de la esquina.

La tristeza del halago es que demasiado pocos siguen gozando de la dignidad que roban a sus casi infinitos reverentes. Los guionistas del caudillo siempre buscan otros amos con los cuales lucrarán a cambio del rito de mantener al caudillo, al que dotarán de todas las virtudes para no permitir ninguna herejía contra el caudillo que dicen servir e idolatrar.

Estos fenómenos, lamentablemente, se repiten y se suceden bajo cualquier ideología, religión, instancia y tiempo. Los halagos son lo más parecidos a las hipocresías, se sienten por fuera y se pudren por dentro.

saqsapunisi@gmail.com

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