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El Estado del malestar

05 Febrero 2018Arturo Yáñez Cortes

Me moneo ese titular (leído en una columna de El País de España) y me fue imposible dejar de pensar si en el pluri los ciudadanos no estamos sintiendo lo mismo. Y es que sostengo que desde hace años atrás, pero con inocultable evidencia principalmente desde el año pasado, existe ese sentimiento en Bolivia generado fundamentalmente por la cada vez más torpe y desigual relación entre el Estado (administrado por el régimen) y el ciudadano (algunos dirían “de a pie”). Veamos:

Empiezo relievando que producto de sus desubicadas concepciones estatistas totalitarias, el régimen –que reitero, administra el Estado– intenta controlarlo todo y, por el momento, hay que reconocerlo, mantiene el control en la medida de lo posible, de una significativa porción de escenarios que marcan significativamente esa relación: tiene bajo su égida a su Asamblea Legislativa que levanta la mano cada que se lo ordena su jefazo (no importa si van de un extremo opuesto a otro); por supuesto que a su Judicial (que le declara “su derecho humano” a eternizarse en el poder, pasándose por el forro, entre otros, la voluntad del soberano expresada en el 21F); al Electoral (que se está pensando si hará o no respetar el resultado del 21F, pese a su naturaleza vinculante); a los militares que le atan los watos; a la Fiscalía que persigue a sus opuestos y les encubre a sus íntimos (salvo alguno que otro no muy pesado que cae en desgracia, para la fotito); a la Policía que reprime a los ciudadanos movilizados y protege a los hermanos del instrumento; a su Defensor que sólo ve lo que el régimen le permite y claro, a sus movimientos sociales, que le hacen el trabajo sucio (a costa de quienes –dicen– representar) y, así, sucesivamente, añada usted, MAS ejemplos a mi lista…

El hecho es que, y aquí identifico la ingenua complicidad de varios ciudadanos, existen –pese a todo– aún muchos que lo esperan todo, absolutamente todo, de parte del Estado –reitero administrado por el gobierno–, y de esa manera caen en una suerte de divinización del papá Estado, que supera sus reales posibilidades, más como cuando aquí ocurre, éste es manifiestamente ineficiente. Aquellos que piensan y esperan que el Estado les debiera solucionar absolutamente todas las necesidades ciudadanas, empezando de las más importantes –salud, seguridad, educación, etc–, en las que admito, tiene un rol importante, pero no de la magnitud que se espera, con mayor razón y decepción han empezado a cuestionar los resultados y la gestión estatal.

Así las cosas, ellos y quienes no esperamos tanto del mismo, estamos cada vez más decepcionados del actual rol que está cumpliendo el pluri, caracterizado fundamentalmente por la improvisación, corrupción y desidia hacia las reales necesidades ciudadanas, cuyo resultado principal es la ineficiencia. Ejemplo de ello, el último, es aquello de Evo cumple y Tupiza no, lo que además constituye un insulto, no sólo a la decencia que debiera caracterizar los actos de cualquier persona que ejerce el poder, sino una afrenta contra quienes sufren las calamidades de los desastres naturales. Los ciudadanos sufriendo y el poder sólo preocupado en reproducirse sine die.

Si a ello añadimos que tampoco el Estado, a través de sus “instituciones” cumple su rol fundamental que, a mi juicio, radica en servir al ciudadano, por ejemplo, otorgando –no como favores o concesiones extraordinarias, sino como principales obligaciones estatales– seguridad jurídica, respeta los derechos humanos, protegiéndolos aún del mismo Estado y sus operadores, cumplir el debido proceso para todos, aceptar y cumplir las decisiones del soberano sin estrategias envolventes urdidas por el TCP en complicidad con el régimen y otras perlitas que cotidianamente aquí ya parecen ser de otro planeta, el resultado que tenemos es lo que titula esta opinión: un Estado del malestar, del empute ciudadano. No aceptemos aquel: “Estado omnipotente (traducido en una casta de intocables) frente a una masa de miserables a la que tiran un mendrugo de vez en cuando". Pedro García Otero

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