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POCO A POCO SE VAN REVELANDO LOS HORRENDOS CRÍMENES YIHADISTAS

Las fosas comunes de Sinyar, testigos de la atrocidad del EI

08 Enero 2017Benno Schwinghammer/dpa
LIBERACIÓN. Fotografía tomada en diciembre pasado a la ciudad de Sinyar (Irak), una de las muchas que fue liberada...

LIBERACIÓN. Fotografía tomada en diciembre pasado a la ciudad de Sinyar (Irak), una de las muchas que fue liberada...

TRIBUNALES

Pero incluso si la lucha contra el EI terminara, sería difícil llevar ante el Tribunal de La Haya a los líderes de los extremistas. Todos son sirios e iraquíes, y ninguno de estos países es miembro del Tribunal.

El cordero sonríe de oreja a oreja y el ratón a su lado tiene los brazos abiertos, como si éste fuera un lugar en el que alguien pudiera sentirse bienvenido.

Los peluches se balancean con el viento invernal colgados de una valla, empapados por la lluvia de los montes iraquíes de Sinyar. Detrás de esa valla probablemente se encuentren los niños a los que esos peluches pertenecían.

Este es uno de los más de 30 lugares sin nombre en el noroeste de Irak en los que se encontraron fosas comunes. La milicia terrorista Estado Islámico (EI) asesinó aquí a innumerables yazidíes, y cuanto más se hace retroceder a los yihadistas estos días en la ofensiva por Mosul, más fosas se encuentran y más patente se hace el horror de las atrocidades de los extremistas.

Las fosas comunes de Sinyar son testigos mudos de cara a un posible juicio por genocidio contra el EI ante el Tribunal Penal Internacional de La Haya.

El 3 de agosto de 2014, en las primeras horas de la mañana, cientos de combatientes del EI partieron en sus vehículos acorazados desde sus bases al este y al oeste de la cordillera de Sinyar, arrasando con cientos de pueblos que rodeaban estos montes.

Apenas hubo resistencia, pues las fuerzas Peshmerga kurdas se habían retirado de la región. La mayoría de los yazidíes, de los cuales cientos de miles viven en el norte del país, fueron sorprendidos por los extremistas, que consideran a esta minoría "adoradores del diablo".

Aido Kidshan Jussef, un combatiente peshmerga, se quedó para luchar. En su mejilla izquierda tiene una cicatriz desde que un mortero explotó a su lado lanzándole a la cara lascas de piedra. Huyó con decenas de miles de yazidíes a las montañas, donde cayeron en una emboscada cuando el EI los asedió. Jussef y sus hombres defendieron los accesos a los montes con sus vidas.

Pero allí, en el calor sofocante de las montañas, con temperaturas en torno a los 50 grados, la emergencia humanitaria se agudizó. Cuando aviones de una alianza militar dirigida por Estados Unidos lanzaron desde el aire productos de primera necesidad, la situación mejoró algo, pero para algunos ya era demasiado tarde. "La gente murió por falta de agua y alimentos", lamenta Jussef. "Yo los enterré", agrega.

Los refugiados que sobrevivieron pudieron ser rescatados más tarde, cuando se hizo retroceder al EI. Pero muchos otros yazidíes perdieron su vida en alguno de los campos que ahora están vallados y señalizados con un cartel que dice: "Atención. Aquí se encuentra una fosa común".

A unos centenares de metros de la carretera que discurre por detrás de las montañas, cerca de la capital de la provincia de Sinyar, que fue casi completamente destruida, comienza el territorio actualmente controlado por el EI. Hace apenas unas semanas, algunas partes de esta zona fueron liberadas. Sobre la hierba marchita hay casquillos de bala, cargadores y objetos personales.

En algunos de los montones de arena se ven agujeros del tamaño de un puño que han escarbado las ratas. En otra fosa se ven huesos, entre ellos un cráneo humano y una mandíbula en la que solo quedan las muelas.

Hussein Hassun aún está indignado. Se podría haber evitado el genocidio de su pueblo, dice. "Los aviones de los estadounidenses volaron sobre la zona y vieron cómo la gente era masacrada", afirma.

Ahora, agrega, Occidente hizo famosa a Nadia Murad, una mujer yazidí que fue esclavizada y violada por el EI y que ahora es embajadora de la ONU. "¿Se supone que ahora tengo que estar feliz?", pregunta Hassun. "No", responde y asegura que la comunidad internacional es cómplice de los monstruosos crímenes cometidos por el EI.

Hassun está sentado en su casa, en la ciudad kurda de Dohuk. En la mesa frente a él hay una pistola. La televisión está encendida y el móvil suena continuamente, como la noche en la que el presidente kurdo, Massud Barsani, lo despertó y le preguntó si un abogado de La Haya, en calidad de asesor especial, podía preparar una denuncia ante el TPI.

Hassun, que es yazidí, quiere ahora demostrar que los crímenes del Estado Islámico fueron un genocidio.

Finalmente, también deben comparar el ADN de los restos en las fosas con las muestras de los familiares de los fallecidos. "La exhumación comenzará en uno o dos meses", dice Hassun.

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