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CINCO PREGUNTAS PARA URQUIOLA

Escribir: contra todo y a pesar de todo

30 Mayo 2016Puño y Letra
Urquiola se lleva el  Montemayor de México

Urquiola se lleva el Montemayor de México

Rodrigo Urquiola es el autor de la gran novela El sonido de la muralla, con la cual se alzó con el Premio de Literatura Carlos Montemayor de México de este año. Puño y Letra conversa con él y publica el primer capítulo de su novela.

Con El sonido de la muralla (2014), el joven escritor paceño Rodrigo Urquiola, acaba de ganar el Premio de Lieratura Carlos Montemayo 2016 de México a la mejor novela publicada. El trabajo de Urquiola, que ya ha sido reconocido en Bolivia como una de las mejores producciones literarias, habiendo obtenido el Premio de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz otorgado por el Municipio de Cochabamba, se impuso sobre otras 70 obras enviadas de varios países del Continente. En el acta que anuncia al ganador de esta convocatoria los jurados señalan que El sonido de la muralla “de manera sutil y paulatina, presenta personajes aparentemente inofensivos y dentro del sistema; pero con una fuente carga de violencia. El personaje femenino, aun cuando ya está en su etapa adulta en el momento de narrar los sucesos, está muy bien trabajada y se hace todos los cuestionamientos de la “desmemoria”. Además, la prosa es impecable sintácticamente hablando”, explican.

A continuación les ofrecemos la conversación que tuvo Puño y Letra con uno de los escritores más talentosos de la Bolivia actual, sobre los premios, la literatura, los caminos que recorren las novelas y el ser colombiano por algunos minutos.

PyL. Rodrigo, acabas de ganar un premio importante. Todos los premios lo son de alguna manera. Hace tiempo has apostado a presentarte a varias convocatorias y has ganado o has sido reconocido en muchas de ellas. Dinos, ¿en qué dimensión valoras estos reconocimientos? ¿Son necesarios para la vida de un escritor? ¿En Bolivia hacen falta más concursos de este tipo para los creadores?

R.U. Es una alegría recibir un premio, cómo decir que no. En mi caso, cada premio significa un espaldarazo de aliento. La literatura es un camino que se va descubriendo mientras se avanza y, aunque en el fondo sabes que un premio no significa necesariamente que estés en el rumbo correcto, por lo menos es luz en ese camino, luz que alimenta esa fuerza que a veces se necesita para continuar, contra todo y a pesar de todo. Eso sí. No sé si un premio será necesario en la vida de un escritor, pero, para mí, por el ingreso económico que significan, también, varios de ellos, lo es, sí. A mí me gustaría que se volviera a convocar el Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz de la Sierra, quizás con otros aires, y que una ciudad tan importante para Bolivia como lo es Sucre, la capital, convoque a concursos.

PyL. En Bolivia cada vez le perdemos más temor y respeto a las arenas internacionales. Esto es algo que viene de la mano de escritores que de alguna manera están abriendo camino en las esferas editoriales globales, pero también a escritores que han venido ganando premios importantes a nivel internacional como Magela Baudoin, por tomar solo un ejemplo. Ahora tú también sumas con este premio más prestigio a la literatura boliviana. ¿Estamos los bolivianos en un momento diferente? O es que siempre lo estuvimos y simplemente fuimos parte de esa geografía negada culturalmente por el mundo.

R.U. Siempre he pensado en Bolivia, y no sólo hablando de su literatura, como una isla alejada del mundo, una isla rodeada de tierra, encerrada por sus montañas, y que, a pesar de esta quietud, suele ir como a la deriva. Ahora, quizás, al mundo ha empezado a llamarle la atención esta isla. Pienso que nuestra literatura, y no sólo la contemporánea, tiene mucho que decirle al mundo.

PyL. Al respecto, algunas cadenas internacionales al anunciar tu premio dijeron que eras un escritor colombiano. Dinos ¿qué se siente ser colombiano? Aunque sólo sea por algunos minutos.

R.U. Ja ja, fue un periódico mexicano el que me dijo "colombiano", pero más abajo ponían "originario de La Paz, Bolivia". No los culpo, quizás no están acostumbrados a que bolivianos ganen premios afuera. Igual, quiero que Atlético Nacional, o Independiente del Valle, sea campeón de la Libertadores.

PyL. El sonido de la muralla es una novela que al parecer todavía tiene un buen camino por recorrer y lo hará en otros países. ¿Cómo le ha ido recorriendo Bolivia?

R.U. El sonido de la muralla ha recibido muy poca atención aquí, apenas leí un par de reseñas y tampoco puedo decir que sea un éxito en ventas. Recuerdo que la mandé al Premio Nacional y perdió, o, como me contaron un par de jurados, llegó a la final pero no convenció a los jurados. Luego, ganó el Premio Plurinacional Marcelo Quiroga Santa Cruz y recuerdo que uno de los jurados, un señor Quintero, decía, en el acta, que no merecía ganar el premio. Quizás este premio internacional cayó para rescatarla un tanto del olvido y darle otra oportunidad en manos de los lectores nacionales.

PyL. Eres parte de una de las generaciones más jóvenes de narradores bolivianos. Qué crees que es lo que caracteriza a esa generación, o particularmente a los que crees son más cercanos a lo que haces. O es que no existe tal generación. En qué términos lees tú la literatura y sus movimientos.

R.U. Sí, creo que hay una generación de escritores jóvenes bolivianos, claro, si entendemos generación como un grupo de autores que comparten ciertas similitudes. Encuentro ciertos parecidos en buenos autores como Sebastián Antezana o Rodrigo Hasbún o Maximiliano Barrientos o Liliana Colanzi, por poner un ejemplo quizás algo apresurado, pero no me atrevería a considerarme parte de esta generación porque no hallo las mismas similitudes en lo que yo he venido escribiendo. A veces pienso que soy de otra época, probablemente una época anterior. ¿O será cuestión de geografía?, no lo sé, no me he puesto a pensar mucho en esto porque, tal vez, en el fondo no valga la pena.

1. El grito de la hormiga

Cuarentaicuatro, cuarentaicinco, cuarentaiséis, cuarentaisiete, cuarentaiocho. Eran unas hormigas extrañas las que había en Santa Cruz de la Sierra; unas hormigas de espaldas anchas y grandes, parecían pequeñas piedrecillas cuadradas con patas; se movían veloces, desesperadas casi, la importantísima misión que debían llevar a cabo no podía esperar más. Cuarentainueve, cincuenta, cincuentaiuno, cincuentaidós.

La última de las hormigas, la número cincuentaidós, no continuaba la fila que hacían sus predecesoras, se detuvo poco antes de llegar a ese nido hecho de tierra colorada, dio un par de pasos dubitativos y pareció querer retroceder, ¿qué es lo que hace una hormiga cuando se detiene y parece que husmeara en el suelo?, ¿observa nuestras sombras moviéndose?, ¿huele algo que para nosotros pasa desapercibido?, ¿escucha lo que el suelo dice?, ¿presiente algún peligro cercano?, ¿escarba con sus minúsculas patas para esconder su cabeza y así salvarse de una posible muerte que se cierne, como una tormenta, sobre sí misma?

–No– dijo Papá– no.

El tío Claudio movía sus manos nervioso, de rato en rato las metía en los bolsillos de su pantalón y luego las sacaba. Respiraba agitado, pero disimulaba que no lo hacía. Su frente transpiraba y el sudor que descendía de sus sienes humedecía su camisa de color celeste con delgadas rayas blancas. El viento que arrastra un fino polvillo que no se puede ver, pero sí sentir, sacudía nuestros cabellos, nuestra ropa, nos refrescaba un poco del calor sofocante.

–No– volvió a decir Papá– no.

A veces, como esa vez, cuando estaba muy preocupado o no creía lo que uno le decía, se ponía a repetir muchas veces la misma palabra.
–No puedo creerlo, Claudio, no puedo creerlo.

Mamá me miraba sin mirarme, lo sé, varias veces antes vi sus ojos extraviados, en realidad escuchando lo que ambos hermanos estaban diciéndose, pero fingiendo vigilarme. Yo, mientras de reojo presenciaba todo lo que sucedía, ponía un cerco de piedras redondas alrededor de la hormiga cincuentaidós.

–No lo supe en su momento– dijo el tío Claudio–, no lo vi venir. Fue un accidente, me engañó, ese sucio Morales me estafó.

–Te precipitaste, te dije que esperaras a que yo llegara, te dije que no lo hicieras solo, te lo repetí tantas veces– dijo Papá y, aunque el tono de su voz parecía decir que él estaba tranquilo, nosotros, Mamá y yo, que lo conocíamos mejor que nadie, sabíamos que esto no podía quedar así.

El tío Claudio se rió incomprensiblemente, nadie pareció entender por qué lo hizo, pero lo hizo, ¿se trataba de una afrenta velada o era una risa imposible de controlar? Los ojos de Papá se abrieron, vi cómo su antebrazo se tensaba, la furia estaba a punto de rebalsar.

–Sólo es dinero– dijo el tío Claudio, sonriendo–, el dinero se recupera.

No lo vio venir. Papá le dio un puñetazo en la nariz y un par de gotas de la sangre del tío Claudio me mancharon la polera blanca que llevaba. El tío Claudio dejó de sonreír, sacó un pañuelo de alguno de sus bolsillos, se limpió la sangre de mala manera, nervioso, su rostro aún tenía una estela roja clara ensuciándolo, y arremetió contra Papá. Cuando dio el salto para llegar hasta él, me golpeó con su pie en el aire y estuve a punto de caer. Mamá me sostuvo.

–Cálmate, Claudio– decía tía Lucila– déjalo, no comprenderá –mientras intentaba sostener sus brazos que se movían torpemente, mientras intentaba agarrar alguna punta de sus prendas, mientras daba pequeños brincos alrededor de los que peleaban, mientras ella misma daba unos leves gritos.

Mamá me abrazaba y yo no podía dejar de observar a la hormiga cincuentaidós, que se había detenido sin la intención de moverse hacia ningún lugar en el centro del improvisado encierro que le había fabricado. Parecía estar excavando un pozo invisible –¿o era una trinchera?, ¿dónde y cuándo se desataría la guerra minúscula?– un pozo que quizás sólo otras hormigas como ella podrían observar.

Papá golpeó tres veces el rostro del tío Claudio y después supimos que ya no quería hacerlo más. La tía Lucila logró sofocar la rabia mal dirigida de su esposo, sin hacer mucho. Era la primera vez que veía pelear a Papá. Antes de eso había visto pelear a muchos otros adultos varones. A los padres de Antonio Melgar y de Margarita Blanco, por ejemplo, en la cancha de tierra de Cota Cota, después de un partido de fútbol. A los padres de Rubén Peña y Mariano Mamani, detrás de la iglesia de San Miguel, un día de carnaval. A muchos otros más, pero era la primera vez que veía pelear a Papá. Alguna vez antes, cuando el tío Claudio vivía con nosotros, lo vi pelear con el padre de Margarita Blanco y, como en esta ocasión, perdió, la sangre oscura salía de su nariz a borbotones y dejaba círculos irregulares sobre el asfalto. El tío Claudio siempre perdía, “nació con esa mala estrella”, decía Papá. Mala estrella.

Varias personas, al ver que un par de hombres estaba peleándose, fueron acercándose formando un círculo alrededor nuestro. Estábamos en la plaza 24 de Septiembre, uno de los lugares más concurridos de la ciudad; no estaba bien pelear allí, frente a la catedral, frente a los edificios, frente a los automóviles que pasaban, frente a tantas personas, colegiales y ancianos descansando a la sombra de los árboles. Es probable que haya lugares que sirvan solamente para pelear, a los que uno vaya cuando quiere que la rabia se escabulla de sus venas y se marche a través de su sudor, lugares cuyos límites no los haya definido nadie, pero que todos quienes tengan ganas de pelear los conozcan. La plaza 24 de Septiembre, sin lugar a dudas, no es uno de esos lugares donde uno pueda sacarse el enojo sin que se te acerque alguien, después otro y otros más y luego un policía que sostiene, amenazante, una macana.

Vi la cabeza gacha del tío Claudio, su nariz sangraba profusamente y un brillo escarlata desparramado entre las piedrecillas reflejaba la luz desde el suelo. El policía se aproximó a Papá y le espetó:

–¿Qué está pasando aquí?

Papá lo observó como hace unos momentos estaba observando al tío Claudio y pensé que iba a golpear al policía, pero no.

–Somos hermanos– dijo Papá con la voz calma pero todavía respirando agitado, sus puños iban distendiéndose lentamente.

El policía pareció quedar muy confundido. No contestó de inmediato. Tal vez se quedó pensando que un par de hermanos que pelean a golpes y que sangran no es algo que se vea todos los días. Cuando estuvo a punto de decir algo, oímos la voz del tío Claudio que decía:

–Es mi hermano, señor, estamos solucionando un problema familiar.

No fui la única sorprendida con esta respuesta. El policía volvió a quedarse en silencio, no había crimen que resolver ni delito que castigar, era una simple pelea de hermanos. La sangre familiar les daba el derecho de golpearse hasta derramar en el suelo ese mismo líquido espeso que los unía.
–No peleen más– dijo el policía con la voz grave– si quieren matarse, háganlo, pero no aquí.
El policía nos dio la espalda y se fue a sentar a una de las banquetas de la plaza. Lo vi tomarse lentamente un somó helado cuando escuché la voz de mamá:

–Vámonos.

Papá sostenía el sobre manila que le había dado el tío Claudio, y que fuera el motivo de la pelea, con fuerza sobre su pecho, lo apretaba, su rabia no se había disipado del todo, quizás necesitaba dar un golpe más, sólo uno más.

La hormiga que había encerrado entre las piedras continuaba inmóvil. Acerqué mi mirada a ella, pensé que estaba muerta, tal vez achicharrada por el calor del mediodía. Agité un poco la tierra y volvió a moverse. Caminó, tambaleándose, buscando una salida, cualquier salida. Mamá se estaba despidiendo de tía Lucila cuando Papá ya estaba pasando la calle para tomar el bus que nos llevaría al alojamiento cercano a la terminal bimodal.

Mamá y tía Lucila se dieron un cándido abrazo de despedida. Aplasté a la hormiga cincuentaidós con la punta de mi zapato, deshice su cadáver sobre la tierra rojiza y vi cómo sus congéneres, las antenas batiéndose presurosas, que hace rato la habían dejado olvidada en el encierro que le procuré, se aproximaban al lugar donde estaba su compañera descuartizada. ¿Escucharon el último grito de Cincuentaidós antes de morir bajo mi zapato?, ¿una hormiga puede gritar?, ¿gritan los animales antes de morir?

¿Cómo es el sonido del grito de una hormiga?

RODRIGO URQUIOLA EN SUS OBRAS
Rodrigo Urquiola Flores nació el 1 de noviembre de 1986 en La Paz, Bolivia. Es autor del libro de cuentos Eva y los espejos (Gente Común, 2008), de las obras de teatro El bloqueo (Premio Adolfo Costa du Rels, 2010; Ecdótica Biblioteca Digital, 2011) y El retorno (Premio Municipal de Dramaturgia Cochabamba, 2015), y de las novelas Lluvia de piedra (Mención de Honor Premio Nacional de Novela, 2010; Alfaguara, 2011) y El sonido de la muralla (Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz, 2014; Kipus, 2015; Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor, 2016; México). Es también autor de los cuentos La caída (Finalista Premio Copé Internacional, 2010; Perú), Mariposa nocturna (Premio Adela Zamudio, 2013; Bolivia), El pelícano (Premio Binacional ArBol –Argentina Bolivia–, 2014; traducido al quechua), El amante (2do Premio Internacional Antonio di Benedetto, 2014; Argentina), El espantapájaros (Mención Premio Iberoamericano Julio Cortázar, 2015; Cuba), Mientras el viento (2do Prêmio Catâratas de Foz do Iguaçú, 2015; Brasil) y El cazador (2do Premio Franz Tamayo, 2015; Bolivia).

 

ROSARIO BARAHONA LEE EL SONIDO DE LA MURALLA
Novela de una solidez narrativa extraordinaria. Destreza literaria en todo aspecto. Trabaja intensamente el realismo psicológico a través del relato de una niña vieja-vieja niña frente a una extraña crisis familiar: la invasión de su casa y la locura de sus padres ante la nueva situación.

Los personajes son intensos, fuertes, precisos y la narración en sí es de contornos muy establecidos porque casi no se detiene en intrascendencias. Por tanto, la trama resultante es profunda y contundente.

El contexto de esta novela obedece a la imagen actual de la ciudad de La Paz, juega con los claroscuros del paisaje de la laguna de Cota-Cota donde la pequeña familia de la niña ha improvisado un campamento.

La voz de la mujer adulta bucea en los recuerdos de su infancia y lejos de explicarse los eventos ocurridos, sólo logra hallar la voz de la niña que fue, sentada frente a la puerta de su casa invadida, rodeada de desamparo, narrando lo que fue, o lo que ella creyó que fue.

Novela de misterio, profundidad psicológica y escalofrío.
Puntuación: 10/10

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