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Leonard Cohen, violín, sombras y sepulcro

14 Noviembre 2016JAVIER LÓPEZ REJAS
Desde el interior de la caverna Leonard Cohen comprendió que música y poesía eran una misma cosa.

Desde el interior de la caverna Leonard Cohen comprendió que música y poesía eran una misma cosa.

"Oh, el viento, el viento sopla./A través de las tumbas el viento está soplando./ La libertad pronto vendrá./ Entonces saldremos de las sombras". Si, son las últimas palabras de The Partisan. Leonard Cohen recogía en los versos de este himno el carácter premonitorio de su existencia, siempre con la intención de romper muros, de agrietar certezas interiores y, sobre todo, de sobrevivir a un mundo hostil. Cohen creó su propio personaje perforado por todo aquello que le llegaba a lo más hondo. Su lenguaje era profundo, abisal, oscuro y cavernoso porque él era así, un reflejo de su propia alma atormentada. En persona transmitía una verdad primitiva. Su mirada era capaz de atravesar un diamante y su media sonrisa desnudaba cualquier artificio. Junto a su 'Triste Figura', este Quijote de Montreal deshacía cualquier impostura. "Y quieres viajar con él / Y quieres viajar a ciegas / Y sabes que deberías confiar en él / Porque él ha tocado su cuerpo perfecto con su mente", cantó en Suzanne, primer éxito a finales de los sesenta que incluyó en Songs of Leonard Cohen.

El autor de So Long, Marianne buscó en el mundo interior esa belleza de las sombras de la que nunca se separó, sin barcas de Caronte ni pactos fáusticos. Desde el interior de la caverna comprendió que música y poesía (pregunten en Visor por su poemario Flores para Hitler) eran una misma cosa. Por eso quiso apartarse del ruido refugiándose en las míticas geografías griegas y quizá por eso escarbó en los laberintos espirituales del budismo. "No es un grito/ lo que de noche oyes./ No es nadie que haya visto la luz./ Es un frío y desgarrado aleluya". Rezaba en Hallelujah, ese taladrado lamento en el que nos refugiamos ahora para cantar la muerte de uno de los bardos más sensibles y vulnerables que ha dado el siglo XX (amenazó con irse de EEUU si ganaba Trump y vaya si lo ha hecho). Cohen se ha fugado acompañado de las sombras de la creación, herido, y seguramente asfixiado, por una coyuntura social y política que remató la insoportable levedad del poeta. En su testamento, su reciente You Want It Darkerdejó claro que iba en serio: "Si eres tú quien reparte las cartas, yo estoy fuera del juego./Si tú eres el que cura, eso significa que estoy maltrecho y cojo./ Si tuya es la gloria, entonces mía debe ser la deshonra./ Quieres más oscuridad, / apagamos la llama".

Con Lou Reed y Patti Smith reivindicó a Lorca. Lorca fue la chispa que encendió al poeta y, culebrones aparte, Lorca se llama su hija. Uno de sus más bellos homenajes a nuestro país, y uno de sus más bellos discursos, lo realizó en 2011 con motivo de la entrega del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, sí, de las Letras. "Solamente cuando leí las obras de García Lorca comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz. Yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia". En 1988 tocaría la cima de ese ego artístico que Cohen siempre consideró en permanente formación con su versión del Pequeño vals vienés del poeta de Fuente Vaqueros. Lo llamó TakeThis Waltz y lo incluyó en el álbum I'm Your Man. "Quiero, amor mío, amor mío, dejar, violín y sepulcro, las cintas del vals".

Sólo nos queda, pues, seguir con su música hasta que, como repetía en Dance Me To The End Of Love, el amor se acabe, hasta que el timbre de su voz deje de resonar en nuestro tiempo y le pongan a los pies del olvido. Ojalá no ocurra nunca. Ojalá el vals siga sonando en el desván de los niños, en la cama de la luna, en los tejados de los mendigos, en las ondas oscuras, en los melancólicos pasillos, en aquel salón vienés con mil ventanas y, por su puesto, en nuestras quebradas cinturas. Violín, sombras y sepulcro para Leonard Cohen. Muerte y coñac para su memoria.

Hallelujah, un himno

En una carrera musical que abarca casi cinco décadas, Cohen escribió canciones —con un lenguaje cotidiano que podía ser tanto indirecto como elocuente— sobre el amor y la fe, la soledad y la conexión, la guerra y la política. Se han hecho más de 2000 versiones con sus canciones, por artistas de folk-pop como Judy Collins y Tim Hardin, después por intérpretes como U2, Aretha Franklin, REM, Jeff Buckley, Trisha Yearwood y Elton John.

Puede ser que una de las canciones de Cohen más conocidas sea “Hallelujah”, una balada majestuosa y reflexiva, llena de religiosidad y un sentimiento terrenal. Fue escrita para un álbum de 1984 que su disquera rechazó por no ser lo suficientemente comercial y se dio a conocer una década más tarde por Jeff Buckley. Desde entonces, unos 200 cantantes, desde Bob Dylan hasta Justin Timberlake, la han interpretado y grabado. También se escribió un libro sobre ella y ha aparecido en las bandas sonoras de películas y series de televisión; también ha sido cantada en las olimpiadas y en otros eventos.

 

 

Hallelujah, un himno
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