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In memorian: Carrie Fisher

09 Enero 2017Bárbara Ayuso
In memorian: Carrie Fisher

In memorian: Carrie Fisher

Lo primero que vimos de ella fue un brazo desnudo. Empujaba un disco que iba a salvar a muchos y había costado la vida a todos. Ocho segundos después, al final del corredor de una nave consular, se dibujaba el resto de su silueta de túnica blanca. Flexionaba las rodillas, inclinada sobre una unidad azul y plata al que hizo depositario del destino de (al menos) dos galaxias.

En la más lejana aquello salió mejor que bien. La única esperanza obedeció al holograma, y lo demás es historia filmada hace dos décadas y disfrutada durante cuarenta años. La princesa galáctica, carismática y lenguaraz encendió la mecha, y (revísenlo) disparó al primer stormtrooper. La rebelde de los bollos trenzados a la que es imposible decir adiós.

En la galaxia vecina, aquello convirtió a una joven de diecinueve años en icono mundial. Aún no tenía claro si quería ser actriz cuando ya se había transformado en símbolo. Carrie, «la hija de Debbie», la chica lectora, menuda y audaz, decía que abominaba los cuentos de hadas. Porque nació en uno. Fue producto de la endogamia del Hollywood dorado, de una felicidad fotogénica de los llamados «American’s Sweetheart»: el músico Eddie Fisher y la actriz Debbie Reynolds. «Eran como los Brad Pitt y Angelina de finales de los cincuenta» diría Carrie, tiempo después. En realidad, cuando ella llegó, apenas quedaban migajas de aquella estampa idílica. Tenía tres años cuando su padre abandonó la mansión familiar para casarse con Elizabeth Taylor. Además del escándalo amarillo de la época, eso sembró en ella la tóxica duda que le asfixiaría toda su infancia: «¿Es esto la vida real?». Porque bien podría ser un pedazo de celuloide, con sus romances prohibidos, sus parejas perfectas y sus mentiras con redobles.

Carrie nunca distinguió la cinematografía de la realidad. Creció atascada entre esos dos planos, esperando a los títulos de crédito. Visitando sets de rodaje, abrumada por claquetas y focos, aceptando que su padre no tenía corporeidad más allá del televisor del salón. «Mi realidad se conformó por la versión de la realidad de Hollywood. No distinguía las películas de la vida», decía. Contemplaba a su madre esperando un beso de Dick Powell en la pantalla, y creía estar espiando una escena cotidiana a través de una puerta entreabierta. Estaba segura de que Cary Grant era un amigo de la familia y que Father knows best existía. «Es como si la vida real fuera otra cosa, y estuviera siempre tratando de determinar qué estaba ocurriendo en ese distante, inaccesible e incomprensible lugar». Podría pasar por la apariencia de niña imaginativa, pero empezaba a anidar en su interior germen de algo mucho más insidioso.

Cuando el magnate Harry Karl se mudó a su casa, parte de esas dudas se esfumaron. Eso sí era real. Y amargo. Los gritos, las peleas, las deudas y los robos. Carrie creyó que era su madre quien no acertaba a discernir lo que realmente ocurría: que aquel hombre viejo que ni siquiera podía correr, se limitaba a fumar, beber, leer el periódico, robarle todo su dinero y meter prostitutas bajo su techo. Sentada en el suelo de la cocina (el único lugar en el que podían jugar sin miedo a romper nada) le prometió a su hermano Todd que la haría entrar en razón. Encerrada en su habitación, escribió decenas de cartas para que lo abandonase. Misivas caústicas, dolorosas, empapadas en un retorcido sentido del humor.

La siguiente pareja de Debbie, Bob Fallon —al que los hermanos apodaron Bob Phallus— le procuró un recuerdo mejor. Gracias a él, su abuela y ella recibieron sendos vibradores la mañana de Navidad de sus quince años. Solo Carrie disfrutó del presente. Por entonces ya actuaba junto a su madre en varios nightclub, ambicionando ser económicamente independiente como bailarina o cantante. Sabemos que no fue así. Dos años después la enviaron a estudiar al Royal Central School of Speech and Drama de Londres, para dar «respetabilidad» a la familia. Detestó la idea, pero acabó siendo el mejor momento de su vida. «Lo real» estaba, por primera vez, convenientemente delimitado. La vida era lo que ocurría entre las paredes de aquel centro.

Y aproximadamente aquí las galaxias convergen. George Lucas entró en escena y empujó a Carrie Fisher a un salto mortal hasta 1952, cuando Debbie Reynolds rodó Cantando bajo la lluvia. Como su madre, la joven de inmensos ojos actúa también con diecinueve años en un taquillazo, igualmente escoltada por dos hombres. «Tal vez solo estaba buscando un sentido de la continuidad», se dice después. Ella, que se había lamentado siempre de su incapacidad de igualar la belleza de su predecesora, logró quintuplicar su éxito. Era como un blockbuster de hadas. Otra vez.

La mayoría de las biografías necesitan un punto de inflexión. Ese donde-se-jodió-el-Perú. Una marca visible, indeleble, para señalar el risco que da paso al precipicio. La de Carrie Fisher acostumbra a ubicarse aquí, al término de la trilogía de Star Wars, cuando su vida y su carrera se adentran en pasadizos oscuros. Se conviene que Leia Organa no solo fue su cumbre, sino también su jaula. Ella misma barrunta esa posibilidad en Whisful Driking, donde reconoce que la confusión entre lo real y lo imaginado de su infancia regresó con esas cuatro letras: Ele, e, i, a. Una jaula de cuatro barrotes. «¿Es esto la vida real?», volvió a cuestionarse. Pósteres con su cara. Camisetas. Muñecas articuladas de tamaño real. El maldito biquini de bailarina exótica. Figuras, gorras, la cultura de masas devorándola en cada calle. Adolescentes de todo el mundo sacudiéndosela con su imagen mercantilizada. La bonanza del merchandaising. Paparazzis. Expectativas. Luces, cámara…. y poca acción.

El mundo que la vio refulgir contempló cómo a la rutilante estrella se apagaba con la misma velocidad. Otra historia de mala digestión de un éxito instantáneo, otra muñeca rota de Hollywood. Otra mina de talento que se malogra con las drogas y alcohol, otra repetición absurda del síndrome de niña rica. Pero no era así. Carrie no era una pizpireta criatura a la que se le atragantó un (tres) blockbuster. La popularidad la desestabilizó, pero no la rompió. El desgarro era anterior. Sus coqueteos con la droga empiezan con trece años, y cuando llega al set de rodaje su cuerpo ya toleraba cantidades de cocaína que alarmaban al mismísimo John Belushi. Después llegaron los calmantes, los estupefacientes, el ácido y cualquier cosa que atemperara al «monstruo», como lo llamaba. «Disparé mis veinte años como un hilo luminoso a través de una aguja oscura, ardiendo hacia mi destino: ninguna parte». Rechazó papeles de infarto, aceptó otros de ictus y tuvo suerte con Chevy Chase y Granujas a todo ritmo. Se enmarañó con el sexo y las sobredosis. Recibió una llamada de Cary Grant para convencerla de rehabilitarse.

Tenía veinticuatro años cuando le pusieron nombre a ese volcán interior: trastorno bipolar. Confundir la realidad no era un síntoma de una infancia excéntrica, ni una alucinación causada por las drogas. Pero Carrie se resistió a entender. Eso no era la vida real. «Decidí que la razón por la cual el doctor me había dicho que tenía trastorno bipolar era porque quería darme la medicación en vez de tratarme realmente. Así que hice lo único racional que pude hacer frente a tal insulto: dejé de hablar con él, volé de regreso a Nueva York y me casé con Paul Simon una semana después». Las turbulencias de aquello fueron antológicas. Como lo fueron las recuperaciones, las terapias de doce pasos y las de electroshock. Los hospitales mentales. El desorden de la sobriedad intermitente. Los años de despertarse en su propio vómito, de la guerra con las dos realidades. De aceptar que no estaba loca: estaba enferma.

Una con la Fuerza

Saber cómo será tu obituario desde los diecinueve años es una putada y una fortuna. Al principio, a Carrie Fisher le resultó lo primero. Un alivio irónico: daría igual cuán descarriada fuera su existencia, el mundo iba a enterrarla como princesa Leia. Nívea, incorruptible, fresca. Inmortal. Tal y como permanecía en la memoria sentimental de un par o tres de generaciones. Aquella mujer que había aplastado las convenciones de las damiselas en apuros, la perspicaz rebelde de los dardos dialécticos. No tenía que hacer nada más: ya sabía cómo perduraría si alguna vez pasaba a la historia. Así que se concentró en escribir. Publicó novelas autobiográficas, arregló decenas de guiones, adoptó sus propias obras al cine y esporádicamente, actuó. «¿Eres feliz?» le preguntaron en una entrevista. «Entre otras cosas», respondió.

Su legado

Sin darse cuenta, Carrie Fisher empieza a cederle al mundo un legado distinto, basado en dos de las virtudes que derrochaba: la honestidad y la inteligencia. La primera brutal y la segunda, feroz. Carrie Fisher es y será la mejor entrevistada de todo el star system, una auténtica fiera de la ocurrencia. Es magnética, valiente, despatarrante y afilada. Habla sin ambages de sus adicciones, de su enfermedad, de las indecencias de una industria en la que no fue capaz de encajar. De las sádicas manías de un George Lucas al que, sin embargo, admira. En sus libros (y también en el magnífico monólogo ahora rescatado por la HBO) se descubre a la mujer que imprimió carácter a Leia: mordaz hasta orinarse y rebelde hasta el final. Se erige en embajadora de su propio monstruo, y abandera la causa de la salud mental en todos los rincones. «Así que después de haber esperado toda mi vida para obtener un premio por algo, cualquier cosa (vale, no actuar por actuar pero ¿qué pasa con un pequeño premio por escribir? Nope), ahora obtengo premios todo el tiempo por ser enferma mental. Soy aparentemente muy buena en ello y me siento honrada por ello regularmente» llegó a bromear.

Su legado
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