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Vamos a ver a los cubanos

16 Enero 2017Jeremías Gamboa
Vamos a ver a los cubanos

Vamos a ver a los cubanos

Cuando ya muchos se preguntaban si después de doce años los Rolling Stones volverían a grabar en estudio no sólo lo hicieron, sino que sorprendieron con un gesto inesperado: en su disco número 23 sólo incluyeron versiones de artistas casi desconocidos que protagonizaron el blues de Chicago en los años 50, músicos como Marion Walter Jacobs, Willie Dixon o Eddie Taylor de los que Keith Richards y Mick Jagger eran fans en sus comienzos. Blue & Lonesome es también un regreso a los orígenes, el flashback que nos transporta al instante previo al estallido del rock. Este disco corona un intenso año stone, que en el mes de marzo había llevado a la banda hasta La Habana para tocar por primera vez en la isla como culminación de su gira latinoamericana. Este es un fragmento del libro Cuba Stone, crónica sobre esa visita histórica, que escribe el narrador peruano, Jeremías Gamboa.

“Vamos a ver a los cubanos”. De pronto ese jardín al que todos los vecinos de mi barrio tenían derecho fue ocupado por extraños, y si íbamos hasta él era para observar lánguidamente los juegos que nos estaban vedados y escudriñar las tiendas, las ollas y platos, las ropas de hombres y mujeres muy flacos y de mirada extraviada que parecían haber perdido algo o haberse perdido ellos mismos. Volvíamos a casa luego de verlos y nos imaginábamos qué significaría salir de nuestro país algún día, así como ellos habían dejado el suyo. Todos éramos hijos de profesores o de empleados o de obreros y casi todos íbamos a colegios estatales y éramos igualmente pobres, así que nadie había viajado jamás fuera del Perú. El extranjero era eso que se podía ver en las series que se programaban en alguno de los tres canales nacionales que mirábamos en las pantallas sin color de televisores antiguos que debíamos golpear para que funcionaran. El mundo era El crucero del amor o La isla de Gilligan, o el único programa de rock de la televisión que se llamaba Disco Club y que mis hermanas veían mientras mi madre se persignaba ante los temibles ídolos de la nueva juventud mundial. Esos desarrapados con cortes de pelo raros que se pintaban los rostros se parecían poco a Pedro Infante o a Jorge Negrete. Sobre todo ese tipo flaco que se movía como una serpiente junto a una manga de drogadictos.

Ésa debe de ser la primera imagen que asocio a la existencia de los Rolling Stones: la vieja tele Panasonic –que mi papá descartaría en 1982 por una Sony a colores para ver el Mundial España ‘82 en que jugó Perú–, y en cuya pantalla aparecía Mick Jagger cantando “She’s So Cold”, el tema del álbum Emotional Rescue que sonaba en las radios limeñas en junio y julio de 1980, sólo un par de meses después de que los cubanos aterrizaran en mi barrio. Mis hermanas veían extasiadas los miembros eléctricos de ese cantante que se desplazaba como una víbora y se cogía las pelotas para escándalo de mi mamá. Había algo de promesa y de futuro en su lascivia y su desparpajo. Había algo que no era del Perú. Es curioso que en el mismo álbum, en un tema llamado “Indian Girl”, los mismos músicos ingleses hablaran de una chica que es hija de un padre y una madre que no están a su lado porque luchan en Nicaragua y Angola. “Mr. Gringo, my father he ain’t no Che Guevara”, decía la letra. “They’re fighting for Mr. Castro in the streets of Angola.” Ese tema nunca sonó en nuestras radios.

Es la tarde del viernes 25 de marzo de 2016, viernes de Semana Santa, y estoy echado en el pasto de la explanada de la Ciudad Deportiva de La Habana a la espera de que en unas horas, tres o cuatro, The Rolling Stones, la banda más longeva de toda la historia del rock, cierre una de las semanas más importantes de la historia de Cuba. He sido testigo de unos días marcados por la estela del primer presidente norteamericano que pisó suelo cubano tras cincuenta años de distanciamiento entre la isla y los Estados Unidos, y he comprobado la fiebre que Barack Obama ha despertado en este país y de cómo esa fiebre viró luego hacia este concierto gratuito con el que sus conocidas Satánicas Majestades cerrarán el Olé Tour que los ha llevado por casi toda Latinoamérica, y que de alguna manera parece dar forma al sueño de la apertura que los cubanos esperan del futuro. He pasado la tarde entera aguardando junto a cerca de doscientas mil personas (al final serán unas quinientas mil, aunque los medios oficiales hablarán de un millón trescientas mil) el inicio del concierto. En cierto momento me eché a descansar sobre el pasto. Fue entonces que las pantallas gigantes del escenario proyectaron las imágenes de ese video que los Stones grabaron en 1980 para promocionar la canción “She’s So Cold” y que yo veía en la tele cuando los cubanos llegaron a mi barrio. Veo el video y me pongo de pie y descubro que en él Jagger lleva una camisa roja y que Keith Richards tiene un saco de leopardo. Lo demás es tal como lo recuerdo: la caja blanca, los mismos movimientos de Mick como una serpiente sicalíptica, la misma cara de gárgola de Richards, la sonrisa mínima de Charlie Watts, el ligero disfuerzo de Ronnie Wood, la languidez de Bill Wyman. De pronto, viendo esa imagen, aparecen ante mí, uno tras otro, débilmente al principio y luego rotundos y nítidos, los recuerdos de ese año clave de mi infancia y algunas de las primeras explicaciones para el desasosiego que he sentido los días previos a este viaje a Cuba. En una entrevista que le dio al escritor y periodista mexicano Juan Villoro, Mick Jagger dijo: “A la gente le encanta hablar de cuando era joven y escuchó por primera vez ‘Honky Tonk Women’. ¡Es una carga bastante pesada llevar encima los recuerdos de tanta gente! Me da gusto que esto pase, pero debo cuidarme de que el pasado no me atrape. Por eso tiendo a olvidar mis canciones”. En unas horas, cuando ese mismo hombre salte al escenario y nos entregue el tiempo presente y a la vez la conciencia del tiempo histórico, todos haremos un viaje en el tiempo personal. “Los Rolling Stones son un mecanismo para medir el tiempo”, ha escrito Villoro. “Recordamos nuestra vida a través de sus canciones.” Cada uno tiene su película en la cabeza y en el corazón: en la mía aparece el “She’s So Cold”, mientras mi país entraba en democracia y supuestamente se abriría al mundo; la guitarra de Richards en el arranque de “Paint It, Black”, cuando veíamos la serie NAM y temíamos una guerra fría; la voz melosa de Jagger en “Angie” que nos hacía temblar en las fiestas de adolescentes; el sonido de “Start Me Up” o “Miss You” en un bus interprovincial con rumbo a las playas del sur de Lima cuando era ya un hombre adulto. Son cosas como esas las que aparecen rebotando unas contra otras en mi mente, pero es sobre todo el recuerdo súbito, hasta hace unos segundos remoto, de esos cerca de ochocientos cubanos que se instalaron al lado de las casas uniformes de mi primer barrio mientras todos cerrábamos nuestra primera infancia. Alrededor mío, desperdigados sobre el césped o apretados como sardinas en los primeros cuarenta metros próximos al escenario, hay miles de personas de todos los países que también medirán su memoria y su vida con las canciones de la misma banda que lleva medio siglo haciendo rock. Y cubanos, miles de cubanos como los que vi de niño, que mirarán el concierto sin nada que contrastar, sin recuerdos que confrontar, expuestos como auditores vírgenes a esta música prohibida por el régimen de Fidel Castro durante años, y que se acercan a ella para saber qué cosa ha sucedido más allá del mar que los rodea, cosas que no transmitieron los medios oficiales, como el Granma o Juventud rebelde. He venido precisamente a eso, a registrar el extraño encuentro de dos mundos que apenas se han tocado.

Música propiedad estatal

Mucho ha llovido ya desde que en los años sesenta y setenta fuera imposible escuchar canciones de artistas occidentales en las emisoras de radio cubanas, verdadera referencia para sondear el gusto del público cubano por la música. En Cuba, quizá uno de los pueblos con mayor aprecio sincero por la música y cuna de un puñado de ritmos que salieron a conquistar al mundo, y lo lograron, tampoco era fácil encontrar grabaciones de artistas del otro lado del muro político levantado a partir del 1 de enero de 1959. El día que llegó el comandante y mandó callar. Apenas unos pocos cantantes melódicos y otros artistas que simpatizaron con la Revolución, en especial procedentes de Argentina, tuvieron la suerte de ver aprobada la distribución comercial de sus producciones musicales a través de las disqueras cubanas que, hasta hoy, continúan siendo propiedad única del Estado cubano.

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