Diario Digital Correo del Sur

DANIELA

17 Julio 2017Claudio Ferrufino

“Por eso pasé de largo, detenerme para qué, de poco vale un paisano sin caballo y en Montiel”, dice la milonga de Atahualpa Yupanqui. Pasé por Montiel, en un caballo de fierro, cuando el tiempo era de gastados pantalones de mezclilla, y tampoco valía yo mucho, casi nada. Un paisano me dejó una bolsa con milanesas preparadas: tome, amigo, para que le alcance el viaje. Luego amaneció Buenos Aires, un puerto de bruma donde busqué sin encontrarlos, los colores de Benito Quinquela Martín. Europa era una obsesión, Marsella, y la intentamos en El Callao como en el sur, al oriente en Santos de lengua extraña. Era una obsesión y se convirtió en ruina. Retornamos a las ajadas calles de Cochabamba; atravesamos la plaza 14 de Septiembre al amanecer. Estudiantes universitarios caminan en círculos preparando los exámenes; un borracho orina en la columna de los héroes; violáceos policías de civil contaban que en Bolivia la ley era para quien podía; garrote para el resto.

Chino me dijo que G. estaba tirando con Y. La pena se ahogó.

Después USA y las casualidades. Judith y Jennifer, y Karen y Chris. Dos matrimonios, diez abandonos. Bastaría para mandar a la muerte al solitario pero seguí por el camino del coito que es la ruta más simple del amor.

En el lago Balatón, de esa Hungría de poetas menores que amaba Borges, Daniela rema en kayak. Desnuda en el sol y una botella de vino. Budapest es sobria y hasta sombría. El lago, lo opuesto. Baja, descansa, se recuesta. El vino que queda se calienta, hierve, y toma color más oscuro, casi de orín. Entre sus piernas pelos de carmesí furioso, que contrastan con la blancura jwudeolituana que sabe tan antigua como la primera Torá. Transpira. Gotas que si no fuesen cristalinas llamaríamos perladas siguiendo el lugar común. Miro una en particular, que nace en el bosque de corteza roja y desciende buscando la sombra de la caverna. No llega porque la bebo. Tengo sed; la tristeza me produjo sed y la sed deseo y el deseo arenas revolcadas y mi sexo entrelazado al suyo siamés. De nosotros no nacen hijos. Esto viene a ser placer gratuito, pastel de colores sepias mi sangre que llega de la montaña fría, y rojiblanca tú, Daniela, con aroma de entre alerce y abedul. Eyaculo en ti, me muero, me duermo pensando en Esenin. Y te dejo cayéndome por inercia igual a si se hubiese roto un puente colgante y los escombros llenaran el río.

Guerra de dos mundos. Encuentro. Unión y desfase. Remas en el Balatón y revuelves mi café con crema entre las paredes de un cafetín ilusorio de tan hermoso, en Pest. No pareces la misma y sin embargo esas pecas que te crecen justo arriba del matorral en tu vientre abajo me dicen que sí, que no me engañas, que quien cuenta de las desventuras de los rom y canta canciones que solloza la raza, y aquella que pone una rosa ante su vulva, que no lleva calzón pero sí blusa amarilla y corta falda negra, sentada en un hotel de Belgrado, también.

Escribo sobre ti, te digo, y claro que he de cuidarme de un esposo celoso que quiere adueñarse del pretérito y del futuro, lo entiendo. Otras me lo han dicho, me han escrito cartas secretas que borre la memoria suya de mis manos, de mi boca y de mi miembro. Y aunque los lavo, echo jabón, creolina, ácido, alcohol blanco y demás, nada puedo hacer cuando cierro los ojos y recuerdo, y partes de mi cuerpo se activan independientemente de las otras. No soy perfecto, lo sabes. Y lo saben esas que creen que unas letras dibujadas en caligrafía bastan para romper hechizos. Nunca lo nuestro fue objetivo, ni contigo ni con nadie. Rictus de burla hacia el destino, careta de festejo chino, dragón de mil colas y que venga lo que viniere que otra cosa aparte de morir no ha de quedarme ya pronto.

Pero, perdona, te dejé en la silla de Belgrado y no regresé por ti. La rosa se puso mustia y tu sexo rojo. Y me arrepiento de no haberme arrodillado y recitado un ora pro nobis en el altar de la sangre.

 

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