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Mi compañero

07 Agosto 2017Patti Smith
Mi compañero

Mi compañero

1 de agosto de 2017

Me llamaba tarde en la noche, desde algún lugar de la carretera, desde un pueblo fantasma de Texas, una parada cerca de Pittsburgh, o desde Santa Fe, donde estaba estacionado en el desierto escuchando aullar a los coyotes. Más a menudo, llamaba desde su hogar en Kentucky, en una noche fría y tranquila, cuando se podía oír a las estrellas respirar. Era sólo una llamada telefónica, de la nada, tan sorprendente como un lienzo de Yves Klein; una nada para perderse, una nada que podría llevar a cualquier parte. Me encantaba despertar, menar un Nescafé y hablar de cualquier cosa. Sobre las esmeraldas de Cortez o las cruces blancas en Flanders Fields, sobre nuestros hijos, o la historia del Kentucky Derby. Pero sobre todo hablamos de escritores y sus libros. Escritores latinos, Rudy Wurlitzer, Nabokov, Bruno Schulz.

"Gogol era ucraniano", me dijo una vez, aparentemente de ninguna parte. No una simple ninguna parte, sino desde una franja de ese multifacético no lugar que, cuando es iluminado bajo cierta luz, se convierte en un lugar. Recogía el hilo de su conversación e improvisábamos hasta el amanecer, como dos saxofones principales intercambiando melodías.

Una vez me envió un mensaje desde las montañas de Bolivia, donde Mateo Gil estaba filmando "Blackthorn." El aire era delgado allí en los Andes, pero él lo navegó bien, seguramente superando a los más jóvenes, cabalgando más que ellos, ensillando nada menos que Cinco caballos diferentes. Dijo que me traería un poncho, un negro con rayas de colores oxidados. Cantó en esas montañas al lado de una hoguera, viejas canciones escritas por hombres rotos enamorados de su pasada gloria. Envuelto en mantas, durmió bajo las estrellas, a la deriva sobre las nubes de Magallanes

A Sam le gustaba estar en movimiento. Tiraría una caña de pescar o una vieja guitarra acústica en el asiento trasero de su camioneta, tal vez llevaría un perro, seguro un cuaderno, una pluma y un montón de libros. Le gustaba empacar y salir así, yendo hacia el oeste. Le gustaba conseguir papeles que lo llevaran a lugares donde realmente no quería estar, pero de los cuales acabaría absorbiendo su extrañeza: forraje solitario para un futuro trabajo.

En el invierno de 2012, nos reunimos en Dublín, donde recibió un Doctorado Honorario de Literatura del Trinity College. A menudo se avergonzaba por los elogios, pero abrazó éste, procedente de la misma institución donde Samuel Beckett había caminó y estudiado. Le encantaba Beckett y poseía unos cuantos de sus manuscritos enmarcados en la cocina, junto a las fotos de sus hijos. Ese día vimos la máquina de escribir de John Millington Synge y las gafas de James Joyce, y en la noche nos reunimos con algunos músicos en el bar favorito de Sam, el Cobblestone, al otro lado del río. Mientras nos tambaleábamos de uno a otro lado del puente, él recitaba las líneas de Beckett de memoria

Sam me prometió que un día me mostraría el paisaje del suroeste, porque, aunque había viajado bastante, yo no había visto mucho de nuestro país. Pero Sam recibió una mano de cartas muy diferente: una enfermedad que lo debilitaba paulatinamente. Finalmente dejó de empacar y de viajar. Desde entonces, lo visité, le leí y conversamos. Sobre todo, trabajamos. Trabajando sobre su último manuscrito, con valentía convocó a un reservorio de resistencia mental, frente a cada desafío que el destino le había asignado. Su mano, con una media luna tatuada entre el pulgar y el índice, descansaba ante él sobre la mesa. El tatuaje era un recuerdo de nuestros días de juventud, yo tenía un rayo dibujado en la rodilla izquierda.

Al repasar un pasaje que describía el paisaje occidental de nuestro país, de repente levantó la vista y me dijo: "Siento no poder llevarte allí." Sólo le sonreí, porque de alguna manera ya lo había hecho. Sin decir palabra, con los ojos cerrados, recorrimos el desierto americano que desplegaba una alfombra de muchos colores: el polvo del azafrán, luego el rojizo, un verde vidrioso, otro dorado, y luego, de repente, un azul casi inhumano. Es la arena azul, dije, llena de asombro. Todo es azul, dijo, y las canciones que cantamos tenían un color propio.

Teníamos nuestra rutina: Despertar. Preparar el café del día. Tomar el café, un poco de comida. Ponerse a trabajar, escribir. Luego, descansar afuera, reclinados en los sillones para mirar la tierra. No teníamos que hablar entonces, y esa es la verdadera amistad. Nunca estar incómodo con el silencio que, de una forma de bienvenida, es todavía una extensión de la conversación.

Nos conocimos durante tanto tiempo. Nuestras conductas no podían ser definidas o descartadas con unas pocas palabras que describían nuestra juventud sin preocupaciones. Éramos amigos; buenos o malos, éramos nosotros mismos. El paso del tiempo no hizo más que fortalecernos. Los desafíos se intensificaron, pero seguimos y terminamos la revisión de su manuscrito. Allí estaba sobre la mesa. Nada quedó sin decir. Cuando me fui, Sam estaba leyendo a Proust.

Pasaron largos y lentos días. Era una noche de Kentucky, llena de la luz de las luciérnagas, el sonido de los grillos y el coro de las ranas. Sam se acercó a su cama, se acostó y durmió, un sueño estoico y noble. Un sueño que conducía a un momento sin testigos, mientras el amor lo rodeaba y respiraba el mismo aire. La lluvia cayó cuando él tomó su último aliento, en silencio, tal como hubiera deseado. Sam era un hombre privado. Sé algo de esos hombres. Tienes que dejar que dicten el curso de sus asuntos, incluso hasta el final. La lluvia cayó, lágrimas oscuras. Sus hijos, Jesse, Walker y Hannah se despidieron de su padre. Sus hermanas Roxanne y Sandy se despidieron de su hermano.

Yo me encontraba lejos, de pie bajo la lluvia ante un león dormido de Lucerna, un león colosal, también noble y estoico, tallado en la roca de un acantilado. La lluvia también cayó, lágrimas oscuras. Sabía que volvería a ver a Sam de nuevo en algún paisaje de los sueños, pero en ese momento me imaginaba que estaba de regreso en Kentucky, entre los campos ondulantes y el arroyo que se ensancha en un pequeño río. Imaginé los libros de Sam alineados en los estantes, sus botas alineadas contra la pared, bajo la ventana donde observaba a los caballos pastando junto a la valla de madera. Me imaginé sentado en la mesa de la cocina, buscando su mano tatuada.

Hace mucho tiempo ya, Sam me había enviado una carta muy larga. En ella me hablaba de un sueño que tuvo, uno que esperaba que nunca terminase. Él sueña con caballos", le dije al león. "prepáraselo, ¿lo harás? Ten al Big Red (Gran Rojo) listo para él, un verdadero campeón. No necesitará una silla de montar, no necesitará nada. Me dirigí a la frontera francesa bajo una luna creciente en el cielo negro. Me despedí de mi compañero, llamándolo en medio de noche.

Sam Shepard en breve

Sam Shepard, uno de los dramaturgos estadounidenses más prolíficos e idiosincráticos de la segunda mitad del siglo XX falleció la semana pasada en su casa de Kentucky a los 73 años a causa de complicaciones derivadas de la parálisis lateral amiotrófica (ELA) que padecía desde hacía tiempo. Autor de más de 40 obras de teatro, Shepard obtuvo el Premio Pulitzer en 1979 con El niño enterrado,primera parte de su celebrada Trilogía de la familia.

El cine también desempeñó un papel importante en su vida; fue nominado a un óscar como mejor actor de reparto por su papel en Elegidos para la gloria, de Philip Kaufman, en 1983. También trabajó con Terrence Malick, Volker Schlondorff, y Ridley Scott. Una de sus contribuciones más celebradas fue su trabajo como co-guionista de Paris, Texas, dirigida por Wim Wenders en 1984. “No hay nadie que escriba diálogos como él ni tampoco hay nadie que logre hacer visible como él la América oculta”, afirmó Wenders a propósito de su colaboración. Shepard también trabajó con Antonioni como guionista de Zabriskie Point.

Patti en breve

Patricia Lee "Patti" Smith (nacida el 30 de diciembre de 1946) es una cantante y poetisa estadounidense. Smith saltó a la fama durante el movimiento punk con su álbum de debut Horses (1975). Apodada "la madrina del punk", trajo un punto de vista feminista e intelectual a la música punk y se convirtió en una de las artistas más influyentes de la música rock, integrándola con un estilo de poesía beat. Sus letras introdujeron la poesía francesa del siglo XIX a la juventud norteamericana, mientras que su imagen andrógina y poco femenina desafió a la era de la música disco.

Su canción más conocida, "Because the Night", la coescribió con Bruce Springsteen; llegó al puesto número 13 de la lista Billboard de Estados Unidos en 1978, siendo posteriormente versionada por el propio Springsteen, R.E.M. U2 y recientemente, por Garbage junto a Screaming Females. En 2005, fue nombrada Comendadora de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, y en 2007 entró en el Salón de la Fama del Rock. En 2011 recibió el Premio de Música Polar (conocido popularmente como Nobel de la Música).

 

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