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Quien mucho muerde poco traga

09 Octubre 2017Daniel Averanga Montiel
Quien mucho muerde poco traga

Quien mucho muerde poco traga

Mientras veía “Las malcogidas” (D. Arancibia: 2017), no podía evitar pensar en “¿Quién mató a la llamita blanca?” (R. Bellot: 2006) y “Sena Quina: La inmortalidad del cangrejo” (P. Agazzi: 2005); quizá por las inevitables comparaciones de forma con las que las tres películas intentaban construir un humor digno de recordarse; pero esperen, estas comparaciones no son de fondo, porque “Las malcogidas” intenta, a su modo, construir modelos de apertura temática (amor de familia, reivindicación LGBT, cuestionamiento al amor romántico), y todo, desde su caótica construcción llena de capas y capas de temas transversales que en ciertos momentos no logran resolverse de manera lógica, o si lo logran, lo hacen apresurada y estúpidamente; pero también, y acá anoto un contrapunto de validez universal (pues el humor puede verse aquí y en la China): me hizo pensar en la mítica “Good Bye Lenin!” (W. Becker: 2003) y la serie de televisión “Aida” (N. García: 2005 - 2014).

Y es que cuando una película está tan bien construida, no te la pasas extrañando a otras películas mientras la estás viendo (o si sucede, las comparas con entusiasmo), sino una vez que logras salir de la sala de proyección, dices: “¡Caracho!, pues esto me ha hecho recuerdo a esta película, y...”.

Cosa distinta ocurre cuando uno ve una película que es difícil de analizar en todas sus capas y recuerda a tantas otras producciones; pero que, en el fondo, se nota que tiene una carga de amor no romántico de parte de todo su equipo de producción, aunque su historia se disuelva en el cotidiano; y esto, que debiera ser un punto a favor, termina siendo la estocada que transforma a esta película de un producto ambicioso, en otro pretencioso.

“Las malcogidas” presenta a tres personas llamadas Carmen (uno, el hermano trans, es Karmen), y una temática que si bien es invisible, se percibe desde el principio y acompaña, como el cadáver pudriéndose sobre la espalda del que lo lleva, al inevitable final: la búsqueda de la felicidad. Ese conflicto se dispersa de pronto en las situaciones casi calcadas de series de televisión como la mencionada “Aida”, y de argumentos que recuerdan (perdón) al “Diario de Bridget Jones”.

No me malinterpreten: la felicidad nunca se nombra en la película, pero hay ciertas búsquedas que se dicen desde los personajes: Karmen lucha por ser aceptada y no aceptado, aceptada, así, con a en el final; Carmen, la “mayor” (pero a mí me pareció la más juvenil del trío), quien lucha por olvidar que nunca ha gozado de un orgasmo, y la última Carmen, quien sinceramente hace el esfuerzo para verse gorda, patética, inofensiva y que, ya desde los primeros minutos, pretende ganarse al público con esa su construcción de su búsqueda: luchar contra la tradición familiar carente de placer, contra su cuerpo, contra el poder machista falocéntrico impositor, y hasta contra la individualización de su personaje, pues en ciertos momentos parece que habla por todas las mujeres con sobrepeso que tienen por vecinos a tipos que parecen hermanitos del Alejandro Delius.

Hasta ahí la historia se ve suculenta, interesante, casi incluso, según la lógica de Henry Bergson, cómica; pero hay algo que falla: la historia.

Una referencia más, antes de seguir hablando de los trabajos de Agazzi y Bellot en comparación con la película de Arancibia: la película me hizo suspirar por el recuerdo de “El ladrón de bicicletas” (V. de Sica: 1948); ¿y por qué una película tan dramática como esta última está en mis referencias sobre una comedia “escandalosa”? La historia.

Vittorio de Sica contrató a seis guionistas para construir “El ladrón de bicicletas”, y después de despedir a cinco, se quedó con el que menos lo cuestionó; en cierto momento de Sica le dijo a este guionista: “El guion no importa al final, lo que sí interesa es la historia; si la historia no funciona, ni un guion escrito por Victor Hugo en este tiempo hubiera podido funcionar”.

Agazzi contó con Juan Pablo Piñeiro para el guion de “Sena Quina: la inmortalidad del cangrejo” y Bellot con Juan Cristóbal Ríos para “¿Quién mató a la llamita blanca?”; para las otras referencias que he mencionado en este artículo, el trabajo de los guionistas se apoyó en la construcción de la historia, y la historia de cada uno estaba centrada en un punto: podemos hablar del capitalismo más ácido y perverso visto desde una familia de la clase media (“Good Bye Lenin!”), el intento por sobrevivir a una inversión para ganarse el amor de una pareja (“Sena Quina: la inmortalidad del cangrejo”) o el accionar de dos malhechores que bien pueden ser súper héroes dentro de su propia y caótica realidad (“¿Quién mató a la llamita blanca?”), o explicar, en ciertos diálogos informativos y secuencias limpias, la necesidad de una bicicleta en el cotidiano de una persona (“El ladrón de bicicletas”)... La cosa no está en morder más de lo que se puede tragar, y “Las malcogidas” trata (e intenta “tragar”) a un sinfín de temáticas que al final se sienten tan dispersas de su historia central (¿La hay?, ¿la debe haber?), que puedo afirmar que si una película es, en metáfora, muy parecida a un árbol, entonces “Las malcogidas” es un arbusto tupido, por no decir estúpido.

No estúpido porque hay ciertas actuaciones que sobresalen de su propia mal construcción “victimista” y “valiente” hasta cierto punto (y sí, hablo de ti, Bernardo, y de ti, Marta), sino estúpido porque a pesar de ser una película hecha con todo corazón, fue diseñada solamente para ese circulito de gente que se sentirá identificada con los personajes y dirá: “Así es mi realidad, también lo quiero al Saxoman y me tomo en la Chopería y también me he sentido gordo y atraído por un imposible”, y la aprobará sin detenerse un momentito en su dispersión argumental.

La historia de la Carmen menor, junto con la del Karmen soñador, tenían sus puntos fuertes, con tanto potencial como puede tener la historia de una mujer en contra del amor romántico y de un varón que desea cambiarse de sexo... pero, ¿qué pasó?

Me imagino el trabajo del guionista tratando de recordar la vez que fue con alguien a farrear y cruzó los cables de su recuerdo para armar una “comedia de escalera”, en la cual se reemplaza la realidad de los protagonistas por una escalera de un edificio sin ascensor, y en donde todos los vecinos se cruzan constantemente y dialogan sobre sus realidades, sus preocupaciones y sus sueños truncos... Ya saben, una comedia en donde también se reemplaza al vecindario creado por Enrique Segoviano y Roberto Gómez Bolaños, por la realidad alejada de sí misma, de la clase media que busca la felicidad vestida de orgasmos y penes quirúrgicamente modificados para que parezcan clítoris.

Al final, la historia de “Las malcogidas” se disuelve en las intenciones por meter todas las referencias posibles de la juventud “responsable” y “madura” y que posee una cosmovisión envidiable por ser individualista, a pesar de hablar y creer que se tiene derecho a hablar por los demás: “Soy de esta zona pero igual me bailo mi cumbia, mi rock argentino, me tomo mi cerveza y canto contra el amor romántico, y hago sincronía cultural porque me visto postpunk pero soy cholo”; esa juventud que cree tener las riendas de los demás en las manos, pues.

Al final, como dije, “Las malcogidas” goza de un guion hecho con amor y con esfuerzo, pero el guion hace lo que puede (y falla) con una historia “malpensada” y “biencogida por los cabellos”, que bien podría haber servido para un capítulo de “Aida” o los primeros veinte (no, quince) minutos de “¿Quién mató a la llamita blanca?”, pero que, al final, no hubiera llegado ni a los talones de ambas.

Esperemos que dentro de siete años (la diferencia de su primera película y esta) Arancibia logre sacar algo que no me haga extrañar a mejores producciones, pero eso sí, inclúyanlo a Américo Saxoman, por favor, que creo que fue lo mejor de ese esfuerzo lleno de corazón y vacío de orgasmos, pero que es tan olvidable como “Casting”.

AVERANGA EN BREVE

Daniel Averanga. Escritor, pedagogo, p'ajpacu erótico. Nacido en Oruro, 1982. Premio plurinacional de novela "Marcelo Quiroga Santa Cruz" 2015. Sabe cocinar, dibujar y corregir los errores de los demás. Co-compilador de Gritos Demenciales (2010), Nuevos Gritos demenciales (2012) y Vèrtigos (2012); eterno mencionado en concursos de cuento, peleador callejero e inspector de aves en la Avenida 6 de marzo. Este año está preparando "Doble filo: antología de cuentos iberoamericanos de terror", con escritores de 11 países, que saldrá por editorial 3600, y una antología sobre la guerra del Chaco con 39 cuentistas, un cronista y dos ilustradores.

«La novela de Daniel Averanga es la obra de un escritor que va entrando a la madurez de su carrera literaria. Buscando más allá de la novedad posmoderna, Daniel logra perturbar en el lector los cimientos de sus creencias acerca de la bondad y la maldad. Si San Agustín de Hipona creía haber logrado resolver el problema del origen del mal sin acudir a la presencia del demonio, Daniel consigue devolvernos a la cuestión de una manera aterradora», dice Gilber Sanabria de su obra.

 

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