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Antígona, la tragedia persistente

13 Noviembre 2017Alejandra Varela
Antígona, la tragedia persistente

Antígona, la tragedia persistente

Antígona ya no puede ser únicamente ese personaje inquebrantable creado por Sófocles. Søren Kierkegaard afirmaba que una Antígona moderna estaba condenada al sufrimiento y la acción de enterrar al hermano se volvía irrealizable porque la tragedia perdió su dimensión pública y el crimen devino secreto, un hecho inconfesable en el marco del estado.

Esta idea de una tragedia que no puede comunicarse y, de ese modo, alcanzar su impronta política, es la apoyatura que encuentra Slavoj Žižek para pensar una Antígona posmoderna. La excepcionalidad de Antígona, que le otorga su carácter heroico, la convierte en un ser incomprensible que no puede ligar su acto a la sociedad a la que pertenece.

Si enterrar a Polinice, más allá de la prohibición de Creonte, es un gesto simbólico, es justamente esa decisión que no se sostiene en la conveniencia sino en un ideal de justicia la que adquiere una dimensión eterna. Si Antígona desistiera tendría que vivir una existencia indigna. La muerte es necesaria para que su acción tenga sentido.

Žižek enfatiza la insistencia incondicional de Antígona por cumplir su ritual simbólico, esto provocaría la compasión del espectador, como ya lo señaló Aristóteles en su Poética. Pero el filósofo esloveno atenúa el sustento heroico del personaje. Žižek ve en esa Antígona que tiene que enfrentar el castigo después de haber transgredido la prohibición del rey, a una muerta en vida y respalda su lectura a partir de una frase del coro que sería una manifestación del buen gobierno. En la obra de Sófocles el coro, que funciona como un narrador que observa la escena y opina sobre el desempeño de los personajes, siempre hace un llamado a la prudencia ya que la desmesura es la causante de la tragedia. La acción de Antígona tiene ese exceso que perturba la eunomia del estado. Pero hacia el final queda claro que el pueblo comprende y respalda el acto de Antígona. En el drama griego Antígona no es una marginada de la sociedad, como propone Žižek en el libro publicado por Ediciones Akal, sino alguien que está defendiendo las creencias de esa Grecia del siglo V a. C. con valores religiosos por encima de las resoluciones del rey.

La lectura de Žižek entra en sintonía con una mirada contemporánea que no puede integrar ese ir más allá de los límites humanos, ese obedecer más a los muertos que a los vivos, que hace de Antígona un ser imposible de predecir, de acotar como el sujeto maleable que Creonte imagina al momento de dictaminar su prohibición. Este rey supone que la pena de muerte es por sí misma disuasiva de cualquier intento de enterrar a Polinice. Ese “más allá de lo humano” inscribe a Antígona en la historia. Esa posición inhabitable es la que descubre Judith Butler en El grito de Antígona como un espacio en el que ninguna representación traducible es posible. “La huella de una legalidad alternativa que aparece en la consciente esfera pública como su futuro escandaloso”. Antígona funda otras condiciones objetivas, ya nadie va a discutir que a los muertos hay que enterrarlos.

En su reescritura, Žižek sustrae de Antígona el entramado religioso, entonces su acción es una abstracción que se desentiende de un análisis de la realidad. Rompe el texto clásico al despojarlo de la piedad y el temor, los dos componentes que, según Aristóteles, permitían la identificación con el héroe y convertirlo en una suma de contradicciones que abarcan el plano de la estructura. En el texto que el filósofo expone como un ejercicio ético-político, hay un develamiento de aquellas intenciones que en el drama de Sófocles permanecían más ocultas, principalmente porque se trataba de un material pedagógico que debía educar en la buena manera de actuar. Žižek se plantea lo contrario, él aspira a un espectador crítico. Habla de la inmolación de Antígona como un acto individual. Y supone que existía un deseo inconfesable del pueblo de matar a Antígona aunque manifestara lo contrario. La mirada es más compleja porque el anacronismo hace hablar a las distintas formas de gobierno a partir del discurso de Creonte.

Lo que Žižek destruye por completo es la noción de destino como el dominio de los dioses. Su drama es contemporáneo porque no se sostiene en la trascendencia sino en la capacidad de arrepentirse y cambiar los hechos. Busca un punto de reparación de la historia como si la tragedia tuviera que ser superada a partir del protagonismo del coro como una entidad colectiva que deja de ser observadora para trazar una dramaturgia nueva. Pero en su intervención, si bien enuncia una forma de liderazgo más moderna que propicia la participación, instaura una acción que se reduce a la venganza. El coro, que no acepta la rebelión demasiado personalista que encarna Antígona, que apuesta a una política de la presencia sin consentir ser representado, termina asumiendo el mismo desenlace que el texto clásico donde todos mueren. Así como los personajes griegos querían eludir el destino a partir de una serie de acciones que los llevaban a cumplirlo, Žižek no puede quebrar la determinación histórica de la tragedia.

Slavoj Zizek, el filósofo viral

Hilar un discurso lúcido mezclando el porno con el subjetivismo, la escatología con la refundación de la izquierda, o Lacan con Ernst Lubitsch, salpimentado con chistes regionales y referencias a Taylor Swift es algo que está al alcance de pocos. En el caso del filósofo Slavoj Zizek(Liubliana, Eslovenia, 1949), la cuestión se convierte en todo un arte. O en todo un espectáculo, como dicen sus detractores.

Es el pensador esloveno un filósofo controvertido y polémico, un agitador de conciencias afiliado a lo políticamente incorrecto. Su erudición, su solvencia teórica y su vasto abanico cultural le han convertido en una suerte de Sartre de este primer tramo de siglo, al menos, en su capacidad de penetración en la esfera pública, afirman sus defensores. Al tiempo, su capacidad de comunicación (apabullante), su desprejuiciado uso del lenguaje (en las antípodas de la Academia), y su dominio de las referencias de la cultura pop le han ayudado a llevar su mensaje a veinteañeros y treintañeros descontentos con el estado actual de las cosas.

 

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