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Un hilo para un collar de perlas cultivadas

04 Diciembre 2017Ezequiel Alemian
Un hilo para un collar de perlas cultivadas

Un hilo para un collar de perlas cultivadas

Gustave Flaubert (1821-1880), escribió Gérard Genette, fue el primer escritor para quien el ejercicio de la literatura se convirtió en una cuestión de naturaleza problemática. Ya no se trata, como podía serlo para Balzac, de un oficio que se ejercita mejor o peor, sin otros problemas que no fueran los de pura ejecución. “De Madame Bovary a Bouvard y Pécuchet”, dice Genette, “Flaubert no deja de escribir novelas en las que rechaza por completo –sin saberlo, pero con todo su ser– las exigencias del discurso novelístico”.

Es quizás en su epistolario, definido por Damián Tabarovsky como un “cruce maravilloso entre literatura y crítica”, donde mejor quedan expresadas las ideas de Flaubert sobre la literatura. De los cinco tomos que ocupan sus cartas completas, Tabarovsky seleccionó y tradujo, en Correspondencia teórica, cuarenta y dos misivas. La escritura como problema, la sintaxis como campo de batalla y la frase como territorio en disputa, señala Tabarovsky, ocupan el centro de las preocupaciones de Flaubert. “Flaubert tiene con la escritura una relación agonística”, sostiene.

El grueso está fechado entre 1851 y 1856 y la principal destinataria es la escritora Louise Colet, su amante. Flaubert reside en Croisset, donde vive de rentas, casi recluido, con su madre. Tiene en marcha versiones preliminares de La educación sentimental (publicará la versión final en 1869) y de La tentación de San Antonio (varias veces revisada, la editará en 1874) y empieza a trabajar en Madame Bovary, que le llevará casi cinco años y será publicada como folletín a partir de 1857.

Flaubert se queja: trabaja despacio, no le gustan los encadenamientos y transiciones de la narración, ni los personajes. Prefiere “el silencio” de los largos pasajes descriptivos, y escribir frases, una debajo de otra. “He mostrado las causas, también los resultados; pero en absoluto el encadenamiento que conduce a los efectos”, escribe sobre La educación sentimental, decepcionado.

“Lo que quisiera escribir es un libro sobre nada, que se sostenga solo por la fuerza de su estilo, un libro que no tuviera tema o que al menos sea casi invisible”, le cuenta a Colet. Y agrega: “No hay temas buenos ni malos, el estilo es en sí mismo una manera absoluta de ver los objetos”.

La frase, para Flaubert, escribió Roland Barthes, es una cosa. A mediados del siglo XIX, señaló, la retórica se retiraba, dejando al desnudo la unidad lingüística fundamental. “Este nuevo objeto, donde desde ahora en adelante se inviste sin intermediarios la libertad del escritor, es descubierto por Flaubert angustiosamente. Es en el nivel de la fabricación de las frases en donde el escritor ha hecho la historia de esta obra: la odisea de la frase es la novela de las novelas de Flaubert”, dice Barthes.

“Nunca me he topado con la locura del estilo como en estos seis largos meses”, le escribe Flaubert a Colet. “¡Tuve que tallar con empeño las perlas de mi collar! Sólo me he olvidado una cosa: el hilo. Las perlas no forman un collar: es el hilo”.

Sumergido en la observación de los detalles triviales, en la “espuma enmohecida del alma”, de Madame Bovary, aconseja: “Nada más equivocado que incluir los sentimientos personales en el arte. El artista (“impasibilidad oculta e infinita”) debe ingeniárselas para hacer creer a la posteridad que no ha vivido. Cuantas menos ideas me hago de él, más grande es”.

Vacío de alegrías exteriores, como se describe, amante de su trabajo “como un asceta ama el cilicio que le corroe el estómago”, no se priva de recordarle a su amiga que la ha tratado virilmente como se lo merece. No considera posible el comercio entre Musa y Mujer. “No puedo llevarme bien con ambas”. Por momentos las ideas que cruzan su mente le provocan tanta emoción que tiene que buscar un pañuelo para secarse las lágrimas. Obedece a una fatalidad superior, hace el Bien, está en lo Justo. “Ha pasado el tiempo de lo bello”, dice, “y cuanto más avance, más científico será el arte”.

Retoma el Diccionario de lugares comunes, que en algún momento pensará en incorporar a Bouvard y Pécuchet aunque finalmente, inconcluso, lo editará recién en 1911. Su objetivo es terminar con todas las excentricidades: que los grandes hombres se vuelvan inútiles, limpiar la lengua de su fraseología. Las palabras de moda (“el problema social”) lo indignan.

Escribirá Ezra Pound que el libro que mejor recoge el legado flaubertiano del diccionario es Ulises de Joyce. Flaubert ataca a Dumas: el éxito de sus novelas proviene del hecho de que para leerlas no hace falta saber nada. El, para narrar una fallida operación de pie que hace Charles Bovary, lee libros de medicina, volúmenes sobre cirugía. A Alfred Baudry le envía un detallado cuestionario, cuyas respuestas le servirán de guía para una escena en la catedral. “Los libros por los que fluye la literatura entera, como los de Homero y Rabelais, son verdaderas enciclopedias de su tiempo. Nosotros no sabemos nada. Hay que instruirse en artes y oficios, herreros, orfebres, carpinteros, para tomar metáforas de allí”.

¡65 páginas en 5 meses! ¡Qué lentamente avanza Bovary! Los párrafos lo dejan conforme, pero están tan cerrados en sí mismos que no desembocan unos en otros. Duda: ¿será este estilo el que necesita el tema? “¿Dónde está el estilo? ¿En qué consiste? El significado de estas preguntas lo siento en mi estómago”. Le cuesta grandes esfuerzos imaginar a sus personajes, hacerlos hablar. “Me repugnan profundamente”. Será una biografía más que una peripecia desplegada.

En 1957 comienza Salambó: “la ilusión proviene de la impersonalidad de la obra. El Arte debe elevarse por encima de las afecciones personales y de las susceptibilidades nerviosas”. “El estilo”, le dice a Ernest Feydeau, “no es más que una manera de pensar”.

A Baudelaire, en junio de 1860, le agradece el envío de Los paraísos artificiales y el descubrimiento de De Quincey, y le critica sus vestigios de catolicismo “en un trabajo que es el comienzo de una ciencia, una obra de observación natural e inducción”.

Lamenta que George Sand crea que se pasa la vida intentando escribir frases armoniosas, evitando las cacofonías, sin poseer opiniones sobre las cosas del mundo.

Los libros de viajes le resultan imposibles: o se encuentran en ellos demasiadas ideas en relación con las cosas, o demasiadas cosas en relación con las ideas. Critica a la crítica: “pone al mismo nivel una obra maestra y una bajeza, elogia a los pequeños y denigra a los grandes. Nada es más estúpido y más inmoral”. Le dice a Colet que “hay que dedicarse a la crítica como quien se dedica a la historia natural, sin ideas morales. No se trata de declarar algo sobre tal o cual forma, sino de exponer en qué consiste”.

La última misiva, desde Suiza, es para Iván Turgeniev. Se apena porque el éxito que había alcanzado con Madame Bovary lo ha abandonado desde Salambó (1862). Está por empezar Bouvard y Pécuchet (inconclusa, se publicará en 1881). “Ayer”, le cuenta a Turgeniev, “ por humanidad y deseo de expandirme, tuve la tentación de abrazar a tres vacas que encontré en el camino”.

Correspondencia teórica, Gustave Flaubert. Edic. y traducc. Damián Tabarovsky. Mardulce, 168 págs.

Flaubert en breve

(Ruán, Francia, 1821 - Croisset, id., 1880) Escritor francés. Cronológicamente el tercero de los grandes novelistas del realismo francés (tras Stendhal y Balzac), Gustave Flaubert fue el más exigente y perfeccionista de ellos en materia de objetividad y estilo. Hijo de un médico, la precoz pasión de Flaubert por la literatura queda patente en la pequeña revista literaria Colibrí, que redactaba íntegramente, y en la que de una manera un tanto difusa pero sorprendente se reconocen los temas que desarrollaría el escritor adulto.

Su primera gran novela publicada, y para muchos su obra maestra, es Madame Bovary (1856), cuya protagonista, una mujer mal casada que es víctima de sus propios sueños románticos, representa, a pesar de su propia mediocridad, toda la frustración que, según Flaubert, había producido el siglo XIX, siglo que él odiaba por identificarlo con la mezquindad y la estupidez que a su juicio caracterizaba a la burguesía.

Frases de Flaubert

Gustave Flaubert, considerado uno de los mejores novelistas occidentales y conocido principalmente por su obra Madame Bovary, falleció el 8 de mayo de 1880 en la población francesa de Canteleu.

El novelista francés ocupa una posición clave en la literatura del Siglo XIX. Su largo trabajo de elaboración en cada una de sus obras, se justifica a su preocupación e interés por el realismo y la estética de sus obras, refieren historiadores.

A continuación algunas de sus mejores frases:

"Cuidado con la tristeza. Es un vicio”.

“No lean, como hacen los niños, para divertirse o, como los ambiciosos, para instruirse. No, lean para vivir”.

“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda”.

“No le demos al mundo armas contra nosotros, porque las utilizará”.

"Un amigo que muere, es algo de usted que muere”.

"Las desgracias ajenas me arrancaban lágrimas”.

“La melancolía es un recuerdo que se ignora”.

Flaubert en breveFrases de Flaubert
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