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Coda al 25 de mayo: ciudad y literatura

04 Junio 2018Alex Salinas
Coda al 25 de mayo: ciudad y literatura

Coda al 25 de mayo: ciudad y literatura

A lo largo del anterior siglo y a principios de este siglo XXI, es común encontrar dos variables en la literatura chuquisaqueña. Primero, el motivo del viaje, el irse y regresar con todo lo que esto implica, algo que se gana y algo que se pierde, como si la ciudad no fuera suficiente para albergar todas las aventuras, para proveer a sus personajes de toda la experiencia. Por otro lado, es posible que el hábito y las exigencias consuetudinarias de residir en esta ciudad, incorporen a otros lugares y ciudades aledañas de forma natural, como espacios que caen dentro de su órbita.

Por supuesto, nos encontramos con personajes que se trasladan a Potosí, todavía en busca de fortuna (Uruchurto, de la Ilustre ciudad; Martín Martínez, de En las Tierras del Potosí). Otras veces, tal es el caso de Adolfo en La Chaskañawi, marchan no muy lejos para experimentar una pasión prohibida o, como el introvertido médico de Retrato de ciudad con calavera en mano, hacia uno de los cerros tutelares, antigua huaca, para transformarse y acceder a un nuevo conocimiento. Se viaja a caballo o en carreta a las haciendas, como lo hace en el siglo XVIII el sacerdote Josep de Suero de la novela del Rosario Barahona; a menudo también al chaco, como Pedro Vidal del Las tierras hechizadas; otras veces un poco más lejos, al oriente a cumplir con el año de provincia, como el personaje de Viajeros al atardecer, reciente libro de Raúl Teixidó. Jorge Verdugo, el joven médico de campaña de Páginas bárbaras, marcha al otrora Territorio de Colonias y el licenciado Pozo, de La noche como un ala, se ve obligado a partir al Cusco del siglo XVI, desde donde rememora y reconstruye a Chuquisaca, su ciudad, añorando un próximo regreso. Todos marchan y casi siempre vuelven. Sorpresivamente, nadie viaja a encontrarse con el mar, quizá porque eso sería rascar donde no pica, diría el cacique indígena citado por Eduardo Galeano, y porque esa exigencia del nacionalismo, por fortuna, es una necesidad que todavía no ha permeado en la experiencia vital y literaria de los habitantes de esta región

La otra gran variable de la literatura chuquisaqueña es el de la culpa, muy relacionada con el asunto del viaje. Por un lado, el narrador o alguno de los personajes siente una inmensa culpa por marcharse, por ser uno más que abandona y le da la espalda a la ciudad de su infancia, sin poder o querer hacer mucho más para transformarla. Por otro lado, también encontramos esta culpa en el hecho de no poder marcharse, como si permanecer en la ciudad fuera una marca del fracaso de la que es necesario sacudirse, en especial cuando muchos otros ya se han ido a perseguir sus sueños y a cumplir sus ambiciones. Alrededor de esta culpa, de esta tensión bidireccional, se tejen las más grandes elucubraciones, justificativos para quedarse o para irse. Estas construcciones verbales ya sea vilipendian o mistifican a la urbe, la humillan o la ennoblecen, la transforman y la deforman a los ojos de los lectores.

Quiero poner este escrito a merced de estas fuerzas para declarar que, después de muchos años de ausencia, me atrae ya muy poco partir, alejarme de esta mi casa natural, donde seguramente un pedazo de tierra abierto ya se me ha sido reservado.

Salir a sus calles es tanto como vestirla como una gabardina, llevarla como una segunda piel elevada hacia la bóveda del cielo. Ingreso entonces a un flujo que transcurre, donde también conviven distintos tiempos, mi historia y la historia de tantos siglos pasados. Aquí converso con mis contemporáneos, pero también con amigos, con mayores que ya se han ido, en un diálogo interminable con mis muertos, que vuelven con su lenguaje y su memoria, que son también mis obsesiones. Pasan los días y con ellos comparto los textos que escribo en la cabeza mientras camino, los sueños y las pesadillas, antes de que se las lleve el olvido.

Hoy aquí veo crecer a mi hija, y ella impregna cada rincón de esta geografía. Una sonrisa, una risa, cada nueva palabra, se graba en mi cerebro como la más intensa alegría, una felicidad que a veces es tan grande que duele. Son sensaciones que se quedarán conmigo aun cuando ella crezca y se marche, si es que decide marcharse. Es en esta ciudad donde seguiré viéndola como ahora la veo, donde ella quizá vuelva a conversar conmigo.

En esta ciudad, como en ningún otro lado, me siento tranquilo transcurriendo, como un árbol, como una piedra, como un accidente más del paisaje, también, sin pena, como una nube arrastrada por el viento, una efímera e infinitesimal parte de su dinámica eternidad. En este lugar, como en ningún otro, puedo caminar sin temor hacia la nada, avanzar, sin reparos, cada día un poco más hacia el vacio, con los ojos bien abiertos, pero nunca en solitario, sino como uno más de una inmensa multitud.

Salinas en breve 

Alex Salinas (Chuquisaca, 1975). Estudió en el colegio Sagrado Corazón de Sucre. Doctor en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de Nueva York en Stony Brook, ha sido Profesor en el Departamento de Lenguas Modernas del Erskine College en Carolina del Sur.  Ha publicado los libros de poesía Oscilacion por el Azero (Quito, 2004) y Postales de Letrazelandia (Nueva York, 2011); el libro de cuentos Justo lugar (Quito, 2006); la novela Antes de las furias (Quito, 2010); y el libro de ensayos Otoño en la isla (Popayán, 2014). Beat, su segunda novela, se publicará en los próximos días.

 

Salinas en breve
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