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Los sin sombra

18 Junio 2018Puño y Letra
Los sin sombra

Los sin sombra

Estábamos bailando y saltando por las calles de la ciudad acompañados por unos “sikuris” que tocaban las canciones de moda adaptadas a sus sonidos autóctonos, cada avenida que tomábamos servía para demostrar que podíamos ser los reyes de las calles y nada ni nadie nos podía decir nada, los automóviles debían esperar mientras hacíamos nuestro paso, finalmente ¡ES CARNAVAL CARAJO!

La “leche de tigre”, bastante cargada de alcohol, abundaba y era servida en pequeños vasos que habíamos llevado, para compartir entre los treinta integrantes de nuestra comparsa, la mayoría varones, que ya estábamos ebrios desde que salimos de la primera casa, después de haber devorado una deliciosa parrillada; bailábamos y tomábamos al son de las quenas y el bombo. Mientras avanzábamos por las calles las personas que nos veían pasar nos mojaban y nos aplaudían, todo esto aumentaba nuestra excitación y alegría. Varias horas estuvimos así recorriendo por muchos lugares sin preocuparnos por nada, la noche cayó sobre nosotros y ya no encontramos a nadie a nuestro paso, nos sentimos más dueños del mundo.

De pronto a lo lejos escuchamos el ritmo de otra banda que avanzaba hacia nosotros, esto no nos preocupó porque la avenida en la que estábamos era lo suficientemente ancha para que pudiéramos pasar las dos comparsas. Sin embargo, una de las jovencitas que bailaban con nosotros se percató que la comparsa que se iba acercando elevaba un estandarte enorme que tenía un dibujo extraño en él; era totalmente negro y en el centro con un color rojo brillante dibujado un esqueleto, empuñando una guadaña, los ojos del esqueleto estaban tan bien pintados que parecían expulsar fuego de verdad, encima de este espeluznante dibujo estaba el nombre de la comparsa “LOS SIN SOMBRA”.

Lo que nos causó mayor asombro a todos fue la vestimenta de los más de cien integrantes, estaban vestidos todos de negro, con la misma imagen del cartel en sus pechos, además llevaban unas caretas de calaveras tan bien hechas que parecían pegadas a sus rostros. Yo comencé a sentir miedo y creo que todo el grupo también al ver que cada uno llevaba en sus manos ya sea un machete, un cuchillo, una macana, un garrote, palos de todos los tamaños o cadenas pesadas.

Las mujeres de nuestro grupo que eran las más conscientes nos rogaron dar media vuelta y retirarnos lo más rápido que pudiéramos en sentido contrario, pero el alcohol en nuestros cerebros y el peso de nuestros testículos nos hicieron creer que solo se trataba de una broma, que todo lo que veíamos era un disfraz bien armado para crear miedo a los ilusos; sin embargo, tampoco avanzamos hacia ellos, decidimos ir lentamente y arrinconarnos para dejarlos pasar.

Ellos al vernos no se inmutaron y siguieron bailando, era difícil distinguir si entre ellos había mujeres, todos parecían iguales, como si de un ejército se tratase, nosotros apuramos nuestras bebidas, creyendo que así aumentaría nuestro coraje, aunque con bastante recato; las mujeres no podían ocultar su espanto, y al acercarse el momento de encontrarnos frente a frente entre grupos ellas salieron corriendo, incluso los “sikuris” nos dejaron sin música.

Creo que fue entonces que el alcohol en todo mi cuerpo desapareció debido al terror que fue apoderándose de mí, me puse a ver a mis compañeros, queriendo encontrar en sus rostros seguridad de que todo saldría bien; sin embargo, en todos ellos encontré el mismo rostro desencajado por el pánico. Incluso los músicos de aquella horrenda comparsa estaban disfrazados y sus instrumentos a pesar de ser los mismos que los de nuestros “sikuris” tenían una apariencia diferente, como si no fueran de este mundo.

Al tenernos frente a ellos la música paró, uno de ellos que parecía ser su líder se adelantó y se puso frente a nosotros, de pronto toda la humedad de mi ropa y la ligera brisa que se sentía me hicieron temblar como una hoja, no me había dado cuenta hasta ese momento que el cielo estaba completamente encapotado, por lo que no se podía ver ni una sola estrella y menos aún la luna y las luces del alumbrado público parecían velas apagándose. Fue en ese momento en el que como de ultratumba escuchamos la voz del líder que dijo: – ¿Ustedes qué hacen en estas calles que nos pertenecen? – Quise responder a la pregunta, pero las palabras no salían de mi boca, aunque lo intentara con todo mi ser, luego él siguió hablando – Deberemos ejercer todo el peso de la justicia sobre ustedes, por no respetar nuestro territorio; aunque les daremos la oportunidad de que ustedes mismos decidan a quién entregarán como sacrificio por su altanería –.

Entonces hizo una señal con la mano libre que tenía y los cien que lo seguían fueron acercándose lentamente hacia nosotros, su banda empezó a tocar una melodía estruendosa que parecía sacada del mismo infierno, yo solo sentí cómo muchas manos me empujaban hacia ese ser de inframundo y lo siguiente fue su machete sobre mi pierna y la sangre caliente regando el pavimento como el agua con la que nos mojaban unas horas antes, caí tomando mi pierna a la que le faltaba un pedazo de carne y me quedó algo de vida para escuchar los gritos desaforados de mis compañeros corriendo para salvar sus vidas y un poco más para ver a este ser despedazando mi cuerpo poco a poco mientras carcajeaba y silbaba al son de la música; de pronto todo se fue oscureciendo, hasta una profunda negrura en silencio.

Me despertó la música estruendosa de la banda y me vi bailando como uno más del ejército de LOS SIN SOMBRA, desde aquel momento todos los carnavales salimos en búsqueda de más integrantes de la comparsa, que en algunos casos pueden ser muchos desgraciados o apenas uno como lo fui yo hace años. Lo bueno es que por lo menos seguimos bailando, finalmente ¡ES CARNAVAL CARAJO! Estábamos bailando y saltando por las calles de la ciudad acompañados por unos “sikuris” que tocaban las canciones de moda adaptadas a sus sonidos autóctonos, cada avenida que tomábamos servía para demostrar que podíamos ser los reyes de las calles y nada ni nadie nos podía decir nada, los automóviles debían esperar mientras hacíamos nuestro paso, finalmente ¡ES CARNAVAL CARAJO!

La “leche de tigre”, bastante cargada de alcohol, abundaba y era servida en pequeños vasos que habíamos llevado, para compartir entre los treinta integrantes de nuestra comparsa, la mayoría varones, que ya estábamos ebrios desde que salimos de la primera casa, después de haber devorado una deliciosa parrillada; bailábamos y tomábamos al son de las quenas y el bombo. Mientras avanzábamos por las calles las personas que nos veían pasar nos mojaban y nos aplaudían, todo esto aumentaba nuestra excitación y alegría. Varias horas estuvimos así recorriendo por muchos lugares sin preocuparnos por nada, la noche cayó sobre nosotros y ya no encontramos a nadie a nuestro paso, nos sentimos más dueños del mundo.

De pronto a lo lejos escuchamos el ritmo de otra banda que avanzaba hacia nosotros, esto no nos preocupó porque la avenida en la que estábamos era lo suficientemente ancha para que pudiéramos pasar las dos comparsas. Sin embargo, una de las jovencitas que bailaban con nosotros se percató que la comparsa que se iba acercando elevaba un estandarte enorme que tenía un dibujo extraño en él; era totalmente negro y en el centro con un color rojo brillante dibujado un esqueleto, empuñando una guadaña, los ojos del esqueleto estaban tan bien pintados que parecían expulsar fuego de verdad, encima de este espeluznante dibujo estaba el nombre de la comparsa “LOS SIN SOMBRA”.

Lo que nos causó mayor asombro a todos fue la vestimenta de los más de cien integrantes, estaban vestidos todos de negro, con la misma imagen del cartel en sus pechos, además llevaban unas caretas de calaveras tan bien hechas que parecían pegadas a sus rostros. Yo comencé a sentir miedo y creo que todo el grupo también al ver que cada uno llevaba en sus manos ya sea un machete, un cuchillo, una macana, un garrote, palos de todos los tamaños o cadenas pesadas.

Las mujeres de nuestro grupo que eran las más conscientes nos rogaron dar media vuelta y retirarnos lo más rápido que pudiéramos en sentido contrario, pero el alcohol en nuestros cerebros y el peso de nuestros testículos nos hicieron creer que solo se trataba de una broma, que todo lo que veíamos era un disfraz bien armado para crear miedo a los ilusos; sin embargo, tampoco avanzamos hacia ellos, decidimos ir lentamente y arrinconarnos para dejarlos pasar.

Ellos al vernos no se inmutaron y siguieron bailando, era difícil distinguir si entre ellos había mujeres, todos parecían iguales, como si de un ejército se tratase, nosotros apuramos nuestras bebidas, creyendo que así aumentaría nuestro coraje, aunque con bastante recato; las mujeres no podían ocultar su espanto, y al acercarse el momento de encontrarnos frente a frente entre grupos ellas salieron corriendo, incluso los “sikuris” nos dejaron sin música.

Creo que fue entonces que el alcohol en todo mi cuerpo desapareció debido al terror que fue apoderándose de mí, me puse a ver a mis compañeros, queriendo encontrar en sus rostros seguridad de que todo saldría bien; sin embargo, en todos ellos encontré el mismo rostro desencajado por el pánico. Incluso los músicos de aquella horrenda comparsa estaban disfrazados y sus instrumentos a pesar de ser los mismos que los de nuestros “sikuris” tenían una apariencia diferente, como si no fueran de este mundo.

Al tenernos frente a ellos la música paró, uno de ellos que parecía ser su líder se adelantó y se puso frente a nosotros, de pronto toda la humedad de mi ropa y la ligera brisa que se sentía me hicieron temblar como una hoja, no me había dado cuenta hasta ese momento que el cielo estaba completamente encapotado, por lo que no se podía ver ni una sola estrella y menos aún la luna y las luces del alumbrado público parecían velas apagándose. Fue en ese momento en el que como de ultratumba escuchamos la voz del líder que dijo: – ¿Ustedes qué hacen en estas calles que nos pertenecen? – Quise responder a la pregunta, pero las palabras no salían de mi boca, aunque lo intentara con todo mi ser, luego él siguió hablando – Deberemos ejercer todo el peso de la justicia sobre ustedes, por no respetar nuestro territorio; aunque les daremos la oportunidad de que ustedes mismos decidan a quién entregarán como sacrificio por su altanería –.

Entonces hizo una señal con la mano libre que tenía y los cien que lo seguían fueron acercándose lentamente hacia nosotros, su banda empezó a tocar una melodía estruendosa que parecía sacada del mismo infierno, yo solo sentí cómo muchas manos me empujaban hacia ese ser de inframundo y lo siguiente fue su machete sobre mi pierna y la sangre caliente regando el pavimento como el agua con la que nos mojaban unas horas antes, caí tomando mi pierna a la que le faltaba un pedazo de carne y me quedó algo de vida para escuchar los gritos desaforados de mis compañeros corriendo para salvar sus vidas y un poco más para ver a este ser despedazando mi cuerpo poco a poco mientras carcajeaba y silbaba al son de la música; de pronto todo se fue oscureciendo, hasta una profunda negrura en silencio.

Me despertó la música estruendosa de la banda y me vi bailando como uno más del ejército de LOS SIN SOMBRA, desde aquel momento todos los carnavales salimos en búsqueda de más integrantes de la comparsa, que en algunos casos pueden ser muchos desgraciados o apenas uno como lo fui yo hace años. Lo bueno es que por lo menos seguimos bailando, finalmente ¡ES CARNAVAL CARAJO! 

LUNA PREDADORA

Había intentado todo, desde las dietas más extravagantes hasta los ejercicios más intensos y cuando creía que había alcanzado algún resultado, un centímetro o unos gramos menos, todo volvía a empezar: su hambre descontrolada, o tal vez solo su ansiedad por tener algo en la boca, sentir los sabores inundando sus papilas gustativas, el dulzor de las cremas en los pasteles, los chocolates derritiéndose en su lengua, el picante del ají mezclado con carnes asadas, las crujientes y saladas papas fritas estremeciendo su paladar incluso hasta el éxtasis.

Su fuente más usada de información era Internet, allí encontró miles de formas para adelgazar algunas tan simples como tener auto control, otras que sugerían un cambio de vida, que para ella era inconcebible, otras más osadas que aconsejaban vomitar o dejar de comer definitivamente, lo había intentado pero no pudo más de tres días, no tenía la voluntad de hacerlo, además que desde pequeña había odiado vomitar.

Hasta que un día en un lugar perdido de Internet encontró una página extraña, que tenía una luna llena enorme en el inicio, al revisar cada una de sus secciones encontró lo que decía ser el máximo secreto para adelgazar, leyó varias veces las instrucciones, no lograba asimilar lo que sugerían, tomar sangre parecía una locura, salió de la página y trató de olvidar lo que había leído; sin embargo, después de unos días, fue de compras al supermercado y cuando vio que en la bandeja de carne quedaron unos mililitros de sangre, recordó lo que leyó y al ver su cuerpo pasado de peso en el espejo se animó a probar aquel líquido rojo vivo, no imaginó que el sabor no fuera tan desagradable, luego de tomarlo enseguida bebió mucha agua para quitarse el sabor de la boca, se sintió muy avergonzada.

Al día siguiente no podía creerlo, notoriamente había bajado de peso y su abdomen no era tan prominente. Decidió revisar la página, advertía que la primera vez era así, pero que cada luna llena debía seguir con el consumo de sangre, pero debía ser fresca; entonces se dio cuenta que debía cazar sus propias presas, viendo la transformación de su cuerpo día a día, valía la pena; además ser depredadora, al principio de animales y luego de presas más grandes había cambiado la forma en la que se veía ella misma, su autoestima aumentaba, además de tener la posibilidad de vivir cada noche de luna una aventura excitante. 

FANTASÍAS

Nunca había preparado con tanto gusto una cena, la mesa arreglada como si fuera un día festivo, mis hijos se asombrarán y quedarán encantados.

Toda mi vida quise complacer a los demás, nada de lo que hacía lo había elegido libremente, ni mi carrera, ni mi esposo, ni siquiera mis amigas. Mi vida entera es una actuación, una mentira escrita y dirigida primero por mis padres, luego por mi marido y ahora puedo sentir que mis hijos también me controlan.

Todo esto me asfixia, en cada cosa que hago siento que se me va la alegría, ya no sé sonreír, siento que vivo en un infierno rodeada de demonios que torturan mi alma. Pensé en el suicidio, pero soy muy cobarde para hacerlo.

Lo único que me queda es buscar esta ansiada libertad en mi mente, en mi imaginación, por ejemplo fantasear en cómo renunciar a mi trabajo y envenenar la comida de la cafetería para ver morir a todos vomitando sus intestinos; visitar por última vez a mis padres y despedirme iniciando un incendio en su casa, finalmente asesinar a mi marido despedazándolo y preparando de su carne y con mucho gusto una rica cena.

Eliana Soza en breve

Eliana Soza Martínez nació en la ciudad que está más cerca del cielo, Potosí. En la universidad conoce a Lidia Valverde que con su pasión por las letras, le abre las puertas hacia el mundo de la literatura. Así empieza a tomar varios cursos donde encuentra su más grande inspiración, el escritor argentino: Julio Cortázar; suficiente motivo para saber que lo que quería era contar historias como él. Después de escribir cuentos breves recibe una invitación para ser parte de la “Antología Iberoamericana de Microcuento” compilada por Homero Carvalho, escritor boliviano en 2017. En abril de 2018 uno de sus manuscritos es publicado en el libro colectivo “Armario de letras” de la Editorial Caza de Versos de México. En mayo de 2018 es parte del Libro colectivo, Cuento y poesía de terror “Sombras en la Obscuridad”. Este mismo mes tres microcuentos son seleccionados para su publicación en la Revista española virtual Historias Pulp "Paradojas". En mayo se publica “Macabro Festín”, antología de cuentos de terror en la que participa con cinco cuentos.

Eliana Soza en breve
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