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El volcán Robin Williams nunca se apaga

30 Julio 2018GREGORIO BELINCHÓN
El volcán Robin Williams nunca se apaga

El volcán Robin Williams nunca se apaga

Estabainerte, mirandoalsuelo, conlosbrazos colgando, completamente quieto y callado". En 1986 el fotógrafo Arthur Grace recibió el encargo de Newsweek de seguir durante un mes la gira de Robin Williams. El primer día que vio la prepara- ción del cómico minutos antes de un showpen- só que se había quedado dormido: "De repente, cuandolellamaron, estalló". Comounaexplosión, unadinamodecreaciónconstantedeunaenergía brutal. Sin freno, sin límites, sin red, sin censura. Desaforado. Volcánico. Soloasíentendíalacome- dia Robin Williams. Interpretaba a Dios drogado creando al ornitorrinco, se convertía en la vagina hablante de Whoopi Goldberg en un telemaratón benéfico televisado a todo EE UU, se burlaba de sí mismo hasta la autoflagelación más dolorosa. Todo sin dar respiro. E imitaba. Imitaba, saltaba de un personaje a otro en segundos sin parar de correr por el escenario. Durante horas, semanas, meses. "Tengo miedo a ser aburrido, al día en que mi mente no pueda arrancar", contaba. Y cuando intuyó que empezaba a perder el control de su cerebro, Robin Williams se suicidó.

El 11 de agosto se cumplirán cuatro años del fallecimiento de Williams (Chicago, 1951 - Tibu- ron, California, 2014), uno de los cómicos más ta- lentosos del siglo XX. Al menos, seguro, fue el que másenergíaemanódesdeelescenario. Lacadena HBO estrenó ayer Enlamentede Robin Williams, un documental de Marina Zenovich que revisa cronológicamentelavidadelartista. Al filmelefal- ta cierta chispa, justo la que le sobraba a su prota- gonista, yprefieredetenerseenlasadiccionesque marcaron su vida y sus películas más conocidas aunque menos arriesgadas, como El club de los poetas muertos o Good Morning, Vietnam, an- tes que en el proceso de creación de su arte y en sus trabajos fílmicos más arriesgados: Aladdin, El rey pescador, Retratos de una obsesión o Insom- nio. Todo lo contrario que el libro Robin, del pe- riodista de The New York Times Dave Itzkoff,una minuciosa investigaciónsobre alguienque, como defiende el mismo Itzkoff, "estaba igual de increí- blemente dotado para la comedia que para el drama, y por tanto no debería de ser etiquetado". Pero Williams fue ante todo un cómico, y lo mejor de En la mente... es la posibilidad de verle en acción en teatros de todo Estados Unidos. Su verborreagenial, sucapacidadinabarcabledeim- provisar, de crear un personaje y dejarlo atrás por otro en segundos. En agosto de 1986 se encerró dos noches en el Metropolitan Opera House de Nueva York ante 3.800 personas. Él solo, en un escenario desnudo. Y en sendas actuaciones de dos horas, de las que cerca del 25% -cuentan sus amigosadmirados- eramaterialnuevoquenunca le habían escuchado antes. "Los monólogos son un mecanismo de supervivencia", dice en off en pantalla. Como apuntan varios de sus compañe- ros, su exparejas y sus hijos, Williams solo vivió para una cosa: hacer reír. Eric Idle, otro grande y colega de Williams, ilumina su carácter cuando apunta: "Necesitaba transmitir y tener gracia; a la vez eraunaluz quenosabíacómoapagarse". Billy Crystal,su amigo íntimo, lo refrenda: "La risa era sudrogaporquesignificabaaceptación". Siempre en busca de un abrazo, del cariño, procediera de quien procediera.

Esa necesidad de hacer reír venía de su ma- dre. Robin Williams fue criado como hijo único por un viajante de la compañía Ford y una exmo- delo. Años después supo que cada uno de sus progenitoreshabíatenidounhijoenmatrimonios precedentes y apagó así, con su relación fraternal, algo de la soledad que había sufrido de crío. En su primera actuación, en el instituto, imitó en la fiesta de graduación a un profesor, y descubrió el placer de los aplausos. Tras estudiar Interpre- tación en la escuela Marin y representar La fiere- cilla domada en el festival de Edimburgo en 1971, Williams entró en el tercer curso de la prestigiosa escuela Juilliard, en Nueva York, junto a quien se convertiría en la otra gran estrella de esa quinta de la institución: Christopher Reeve. Al finalizar sus estudios se mudó a la otra costa, a San Fran- cisco. Allí encontró su sitio en una hornada inci- piente de nuevos cómicos de la stand-up comedy estadounidense. David Letterman, en sus inicios humorista antes que periodista, rememora el pri- merdíaenqueviounadesusactuaciones:"Porsu energía, pensé que podía hasta volar".

La tele le catapultó a la fama al encarnar al marciano coprotagonista de la serie Mork y Min- dy (1978). Era capaz de grabar un episodio -con público en directo- después actuar en el mítico local angelino The Comedy Store e, incansable, volver a actuar en otro club, The Improv. "Una noche", asegura Idle, "logró ponernos a rezar a todo el público para que muriera un alborotador que gritaba al fondo del local". Llegó el éxito, y con él, la cocaína -"Es la forma que tiene Dios de decirte que ganas demasiado dinero", ironizaba Williams- y el alcohol. El fracaso de Popeye le hundió en las adicciones, y de ellas salió cuando descubrió que había sido la última persona enver con vida a otro genio, John Belushi, que murió de sobredosis.

Siguieron años de éxito en los escenarios, de una fama internacional —aunque ningún dobla- dor puede estar a su altura—. También de divor- cios, de una operación de corazón y de un mal diagnóstico de párkinson. Como cuenta el libro de Itzkoff, en la autopsia se descubrió que en rea- lidad sufría de demencia con cuerpos de Lewy, un síndrome degenerativo del cerebro “que alte- ró la percepción de la realidad de Robin, y proba- blemente le llevó a hacer algo que no quería”. Su cuerpo fue apagándose, su chispa desapareció,  y Williams decidió ahorcarse en su dormitorio. Steve Martin apunta en pantalla: “Robin estaba bastante cómodo en el escenario y bastante incó- modo en la vida”.

LA DEMENCIA CON CUERPOS DE LEWY

“La demencia con cuerpos de Lewy es lo que mató a Robin”, sentencia la ex esposa de Williams, Susan Schneider, que no descubrió que su marido padecía esta enfermedad hasta que le dieron el informe completo de la autopsia tres meses después de su muerte. La enfermedad le causaba al actor “paranoia, alu- cinaciones, insomnio, fallos de memoria” así como “respuestas emocionales que nada tenían que ver con su carácter”, relata en el escrito que ha publicado en la revista oficial de la Academia de Neurología de Estados Unidos. Tanto Williams como Schneider desconocían las causas de esos síntomas, y por eso el último año de vida del oscarizado intérprete vivieron rodeados de frustra- ción. Y, según cuenta Schneider, él solía decir: “Solo quiero rei- niciar mi cerebro”.

En la carta, Schneider, pareja del actor durante siete años, tam- bién aprovecha para descartar que Williams estuviera sufriendo una depresión, como se dijo en el momento de su muerte.

DOS PERSONAJES DE WILLIAMS

De entre los miles de personajes que creó Robin Williams, el cómi- co tenía dos cercanas a su corazón. El documental se detiene en su interpretaciónde Esperandoa Godot juntoa Steve Martin, unaaven- tura teatral en la que se embarcó en otoño de 1988 en Nueva York, di- rigidospor Mike Nichols.“Aprendíaquelaspausassonpartedelaco- media”, cuenta Williams, “porque Martin es el rey del tempo cómico”. La otra llegó de la animación: su Genio de Aladdin aún no ha sido igualado. El español Raúl Garcíafue el responsable de animación del personaje. De viaje en Madrid, reside en Los Ángeles, García recuer- da: “Era el tipo más tímido del mundo, callado... Hasta que se ponía delante del micrófono y parecía que se apretara el interruptor. Era una fuente de ingenio. De cintura para arriba era un luchador de grecorromana y de cintura para abajo una bailarina y lo movía todo a la vez".

 

 

LA DEMENCIA CON CUERPOS DE LEWY
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