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A la esposa del general Custer no le gustaban los indios

27 Agosto 2018JACINTO ANTÓN
A la esposa  del general Custer  no le gustaban los indios

A la esposa del general Custer no le gustaban los indios

A Libbie Custer, la mujer del famoso general George Armstrong Custer, le daban mal rollo los pieles rojas. Incluso ya antes de que los sioux, cheyennes y arapajos mataran en Little Bighorn a su marido y a buena parte del Séptimo de Caballería que comandaba. En sus memorias, en las que relata su vida en Kansas y Dakota junto al célebre y controvertido militar héroe de la Guerra Civil y acreditado luchador contra los indios, narra la aprensión que le producía visitar sus poblados -como el del jefe Perro Loco (!), donde Custer la hizo participar, ellos dos solos, en un consejo de jefes en el que no estaban permitidas las mujeres-, o incluso el mero hecho de estar en presencia de un grupo de prisioneros, incluidos squaws y niños, encerrados en un corral en Fort Hays por el general tras la batalla del Washita: Libbie describe el miedo y la repugnancia que le producen, cree que esconden cuchillos para matarla, su “peculiar olor a indios” la repele y la obliga a ponerse un pañuelo ante la nariz y las pobres ancianas le parecen “encorvadas y repulsivas viejas brujas”.

Esa actitud poco empática, llena de clichés sobre los “salvajes”, tiene explicación si se piensa no solo en el abismo que separaba a una dama del Este de entonces de la cultura nativa de las praderas sino en otras circunstancias como que Custer, en un ejemplo contundente de doble moral pues él tuvo de amante a la hija de un jefe cheyenne, había dado orden a sus soldados de que dispararan inmediatamente contra su esposa en la eventualidad de que pudiera caer prisionera en manos de pieles rojas hostiles.

Lo cuenta ella misma en Boots and saddles (1885), el primer tomo de sus memorias (tengo una maravillosa primera edición regalo de Javier Marías en la que parece que oigas galopar los mustangs, silbar las flechas y sonar Garry Owen), y dice que el pensamiento del “doble peligro” siempre estaba en su cabeza cuando había una amenaza. Ese era, por otro lado el procedimiento estándar de los militares –y de Buffalo Bill- para evitar que las respetables mujeres blancas (sobre todo las suyas) sufrieran outrage, un destino “mil veces peor que la muerte” (que las violaran los guerreros indios y las guardaran cautivas para su recreo). Estamos en territorios, claro, de Centauros del desierto. Es comprensible, pues, que a Libbie se le acelerara el pulso y tuviera ataques de ansiedad cada vez que aparecía un indio en lontananza y observaba cómo el general o cualquier subordinado que le daba escolta echaba mano a la cartuchera. Para ser justos, hay que decir que los soldados veteranos siempre se guardaban una última bala para sí mismos cuando combatían contra los pieles rojas, a los que despertaba lo peor de su tortuosa imaginación coger a un Cuchillo Largo vivo (nadie lo ha recreado mejor que Robert Aldrich en La venganza de Ulzana).

Chica sensible y alma impresionable que se calificaba a sí misma de muy cobarde, Libbie, que perdió a su madre y a sus hermanos de niña, también tenía crisis de ansiedad cuando había tormentas -cosa frecuente, como los indios, en las Grandes Llanuras-, y se metía indefectiblemente debajo de la cama. Hay que reconocerle el valor de, con esos miedos, seguir la bandera de su esposo y el Séptimo por tierras salvajes y afrontar incomodidades y peligros sin cuento.

Elizabeth Bacon Custer (Monroe, Michigan, 1842-Nueva York, 1933) no es una mujer que caiga precisamente simpática, aunque en su vejez llegó a reconocer públicamente que los indios tenían razón en Little Bighorn. La fragilidad y la belleza de la pizpireta y romántica hija del juez Beacon, la más cortejada de Monroe (Michigan), escondían un carácter fuerte y una voluntad y una ambición extraordinarias. También mal genio, como probó al no gustarle la estatua que le dedicaron a Custer en Monroe.

Fue una importante fuerza motora tras la exuberante personalidad de George Armstrong Custer, al que consagró con increíble entrega sus 12 años de matrimonio (se habían casado en 1864 tras un impetuoso cortejo por parte de él) y los 57 de viudez. Desde que, con 34 años, se enteró de la muerte de su marido en Little Bighorn (la batalla tuvo lugar el 25 de junio de 1876, pero la funesta noticia, que dejaba 24 viudas en el fuerte y un montón de huérfanos, no llegó a Fort Lincoln hasta el 5 de julio), Libbie se entregó con cuerpo y alma a la defensa de su legado y a la glorificación de Custer como símbolo icónico del gran héroe caído. Lo hizo a través de conferencias y tres libros, recorriendo todo EE UU y convirtiéndose en una especie de viuda de América al estilo de Jacqueline Kennedy, aunque en su caso no hubo un Onassis: no volvió a casarse y permaneció fiel a la memoria de su amado Autie, como familiarmente se conocía a Custer (no los sioux, imagino, que lo denominaban Pelo Largo y, según Libbie en Following the Guidon, Pantera Sigilosa; imagino que también cosas peores). “Una se siente sola”, decía, “pero siempre he pensado que estaría cometiendo adulterio si me levantara una mañana y viera otra cabeza que la de Autie en la almohada a mi lado”.

Para ella, que lo había dado todo por el general, la memoria de este no podía quedar olvidada en un rincón de Montana junto con su cuerpo tendido (desnudo y con una flecha jocosamente clavada por los indios en sus partes, detalle que se obvió en el informe oficial para no herir la sensibilidad de Libbie). Durante más de medio siglo, casi hasta que Hitler llegó al poder, luchó con absoluta devoción para que se recordara a Custer y defendió a brazo partido, ante los muchos custerófobos, su cuestionado papel aquel día en la batalla (cuando el impetuoso general creyó que pillaba a los sioux haciendo la siesta: “Hurrah, boys, we’ave got them!”). Haciéndolo, Libbie adquirió una popularidad y una independencia (ganó mucho dinero) que ella misma, educada en la más pura Victorian fashion (que no Victoria’s secret), hubiera considerado imposibles. Fue recibida por la Reina de Inglaterra, viajó hasta la India (aunque nunca quiso pisar el campo de batalla de Little Bighorn) y se convirtió en neoyorquina de adopción. Custer no le dejó nada más que deudas, recuerdos y un corazón roto (y unas botas que cedió al Museo de Historia de Kansas), pero Elizabeth demostró un enorme coraje reinventándose en aras de su memoria y trascendiendo el simple papel de, como dice otra popular canción del Séptimo de Caballería, “la chica que dejamos atrás”.

Custer y el cine

Gracias a Raoul Walsh, el cine ha inmortalizado la imagen del general Custer, en la película Murieron con las botas puestas, con el rostro de Errol Flynn: un caballero galante, valeroso hasta casi lo irracional, ardoroso, alegre, bromista y un punto indisciplinado, Pero casi todo eso, menos lo de sus cabellos, es pura invención. El historiador Evans S. Connell escribe: "Detrás de sus bromas y de su estrafalario atuendo, cabalgaba un asesino".

Sin embargo, no siempre el cine de Hollywood le ha rendido un homenaje semejante al de Walsh. John Ford, en Fort Apache, se inspiró en su figura para crear el retrato de un vesánico coronel hambriento de gloria, que protagonizó Henry Fonda. Y la narración de su principal hazaña en las guerras indias, la masacre del río Washita, fue el origen del guión de la película Pequeño gran hombre, filmada por Arthur Penn. Pero ni Ford ni Penn quisieron llamar Custer a los militares protagonistas de sus cintas. ¿Temor a dañar la memoria de uno de los grandes mitos de América? Quién sabe.

 

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