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Cuatro postales para Berti

10 Septiembre 2018Alex Aillón Valverde
Cuatro postales para Berti

Cuatro postales para Berti

El extranjero

Alex Aillón Valverde

Apareció un día por las calles de Sucre, como aparecen todos los extranjeros, con las maletas de la memoria cargadas de toda una vida, o debería decir en este caso, de cientos de vidas.

Inmediatamente comenzó a escudriñar la ciudad, a conocerla, a caminarla, a imaginarla, como si fuera una marea blanca, gentil y curiosa.

Berti E. Lemmes era un extranjero, a la vieja usanza de la palabra, porque no estaba de pasada, llegó para quedarse y ahí es cuando la historia, el peso del pasado del que llega se hace presente, cuando se encarna entre los otros, cuando llega para ser contada, para ser compartida y entonces se hace parte del imaginario colectivo, del alma de la ciudad.

Los turistas pasan y no dejan rastro, ajenos, lejanos, casi diluidos, como fantasmas, en su tarea de caminar el mundo como autómatas, solo porque así lo demanda uno de los rituales contemporáneos preferidos del capitalismo tardío.

Siempre he pensado que la ciudad para vivir, para fluir, necesita ser regada, re imaginada, de lo contrario sus calles, sus casas, sus edificios, parques, pasadisos, se transforman en cáscaras inermes, materiales estáticos, monumentos.

Y, esto podría parecer contradictorio, pero ahí es donde necesitamos, muchas veces, la mirada extranjera, la distancia, la perspectiva, el asombro de la otra sensibilidad. Esa que todavía no se adormece. Es ahí, precisamente, donde necesitábamos a Berti y él se dio generosamente a esta tarea de volver a ver Sucre.

Sumidos en el orden de lo cotidiano, los que nacimos aquí, habitualmente, no nos damos cuenta del lenguaje profundo que nos ofrece la ciudad, de su belleza, del extraordinario mecanismo de su espacio, de su organismo.

Este trabajo sin fin, ya lo imaginó Baudaleire en su obra poética, y lo analizó luego Walter Benjamin, está destinado a sus artistas encarnados en la figura del flaneur, ese moderno espectador urbano, esa especie de detective aficionado, ese minucioso investigador de la ciudad.

Yo no dudo en clasificar a mi amigo Berti Lemes dentro de esta hermosa categoría, él pertenecía a la raza de los que habitualmente pierden el tiempo sin que nadie se los pida, sin que nadie se los vaya a pagar, escudriñando la ciudad, sus muros, sus calles, su gente. Ya fuera desde los cafés, desde sus caminatas al y desde el cerro donde vivía, o desde los márgenes.

Sin duda él hacía honor a la definición más precisa del flâneur como lo entendía en su ensayo Sobre la fotografía (1977) Susan Sontag. Ella decía: “El fotógrafo representa una versión armada del paseante solitario que explora, que acecha, que cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre la ciudad como un paisaje de extremos voluptuosos. Maestro en el gozo de observar, avezado en la empatía, el flâneur encuentra el mundo "pintoresco".

Existía pues un destino poético de Berti en esta noble actividad de observar. De jugar al enamoramiento con las ciudades, porque las ciudades jamás se agotan. Son laberintos, al final de los cuales nos espera alguna imagen majestuosa de lo que no se puede pronunciar, la ciudad es, pues, también, al mismo tiempo, nuestro minotauro. 

Berti nos deja un ensayo fotográfico sobre Sucre como una ofrenda a la ciudad que lo acogió y que él hizo suya al re imaginarla.

Quiero recordarlo de esta manera, en una de sus facetas más desprendidas y luminosas. Pero también quiero recordarlo como mi amigo.  Porque ambos nos reconocimos en abrazos, sonrisas y complicidades, como los dos niños viejos o dos viejos niños que somos.

Intentó hacer de su vida un arte, como Oscar Wilde, quien tenía razón cuando dijo que todos vivimos en el fango, pero algunos miran las estrellas.

Berti era de los que miran las estrellas.

 

Mi amigo Berti

Luis Fernando Paz Quiroga

Hace poco más de un mes, en una entrevista grabada donde conversamos por casi cuatro horas, mi amigo Berti y yo de forma increíble decidimos, por propuesta mía, hablar de su testamento espiritual para cuando él ya no esté en este mundo; la idea era comenzar con su testamento, para después, según lo planeado, ir hacia atrás analizando cada uno de los países, culturas, deportes, experiencias, etc., que fueron parte de su vida, en estos sus 73 años tan bien vividos. Lamentablemente, en virtud al penoso accidente sufrido en su última aventura, esa vida, fue segada posiblemente de la única manera que alguien así debe salir de este mundo. En esa entrevista o testamento grabado, le pregunte en algún momento: ¿Quién es Berti? y la respuesta inmediata fue: “Un proyecto”. Creo que ese mismo era Berti, un proyecto en construcción, si bien él manifestaba una y mil veces estar listo en todo momento para partir, a la vez, nunca terminaba de contarte una historia de las muchas que vivió en su paso por este mundo, tampoco te decía que sus días acabaron, sino que lo veías en una constante búsqueda  de nuevas sendas para transitar.

Estoy seguro que fueron pocos los que no lo entendieron a cabalidad, fueron pocos los que decidieron no creer todas las historias que contaba una y otra vez, de las cuales una era siempre más fantástica que la anterior. Ciertamente son pocas personas, las que pueden decir que visitaron más de tres decenas de países y no de paso, sino para conocerlos bien, quienes podrán decir que trabajaron en filosofía codo a codo con uno de los mayores exponentes vivos de la filosofía en su momento, o que cruzaron países o continentes enteros ya sea en moto o autos, o que navegaron los mares en su bote de vela, o que fueron cinturón negro en un arte marcial, o que convivieron con monjes por años; es decir, ese era mi amigo Berti… ¿y saben qué?, yo decidí creer todas y cada una de sus maravillosas historias, porque todas y cada una de esas experiencias tan bien contadas, no hacían más que motivarme a disfrutar esta vida que pese a nuestra diferencia grande en edad, a mí a veces, me cuesta vivirla, mientras que a él, le faltaba tiempo para hacer todo lo que pensaba y aparte contarte todo lo que ya había hecho, por muy increíble que aquello te parezca.

Gabriel García Márquez, en una de sus obras biográficas, decía:  "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla."; y pues sí, esas historias tan lindas y a la vez fantásticas que te contaba mi amigo Berti, que te inspiraban a ser alguien más, a vivir la vida hasta tu último minuto, a jamás descansar pese a las adversidades, a buscarte una nueva aventura, por mucho que la anterior no haya salido como la planeaste, y sobre todo a disfrutar de este tu efímero paso por estos lares, eran las que hacían de este eterno joven atrapado en un cuerpo de adulto, alguien especial con quien disfrutar un agradable momento.

Dicen que jamás deberíamos crecer, ya que los niños sueñan en grande, se imaginan siempre con una vida de comic de aventuras, sueñan con historias fantásticas, en fin con una vida llevada al extremo, y mi amigo Berti fue esa persona que te inspiraba contándote esas aventuras, que tú de adulto ya has olvidado, porque te has ocupado de simplemente vivir y no de disfrutar la vida, y pues él estaba a tu lado para recordarte lo hermoso de estar vivo. Berti, fue y es una inspiración para muchos quienes tuvimos la suerte de conocerlo. Hoy puedo afirmar, que la mejor forma de recordarlo, es disfrutando cada día y viviendo las aventuras que posiblemente él hubiera querido vivir contigo, seguro estoy, que ese lamentable accidente en motocicleta en plena carretera, fue una salida digna de este amante de la vida. ¡Adiós mi amigo, sigue abriendo caminos allá donde te encuentres!

 

Como James Dean

Christiam Avilés Vacaflores

No puedo presumir de haber sido el mejor o más cercano amigo de Berti; en verdad, tuvimos contados encuentros durante el casi año y medio que llevábamos de conocernos. Sin embargo, es justo decir que fui cautivado por él. Viví el primer toque de intensidad con la que su manera de ser se impuso en un texto suyo: reflexionaba sobre lo que el ritual espiritual con ayahuasca había significado para él. Esas hojas llegaron a mis manos a través de Diego, mi hermano menor, que, por aquel tiempo, atendía un restaurant que Berti apreciaba mucho. Seguramente, en la cotidianidad del local, surgieron conversaciones entre ellos. Un día, muy emocionado, Diego llegó y me dijo: “conocí a un tipo loquísimo en el restaurante, ¡tienes que leer esto!”. Entonces, leí. Leí a Berti. Cuando lo conocí en persona, intuí lo significativo que podría llegar a ser para mi vida. Y así fue.

Compartimos una ceremonia de búsqueda espiritual, varias conversaciones profundas o charlas triviales, y regularmente coincidíamos en algún café o evento. Gracias a esos encuentros conocí a otras personas, ahora muy queridas, que forman parte de mi vida en esta ciudad. Esto era Berti: lo mejor que sabía hacer era juntar gente a su alrededor, como una fogata que convoca en medio del frío.

Sentado frente al computador, pienso en lo que ha significado su presencia en mi vida. Dos palabras surgen nítidamente: intensidad y paz. Estar cerca de él era experimentar un volumen y un tono de vida equiparables a la irradiación de un fulgor y a esa sensación de que, pasara lo que pasara, todo iba a estar bien. Esto es lo que me viene a la mente y al corazón ahora, mientras armo estas líneas.

Berti fue una especie de James Dean, hizo de su vida un recorrido extraordinario. Vivir intensamente es el legado que arrebato de sus manos. Se fue a los 73 años, pero bien podría pertenecer al “club de los 27”. Y, decir esto, no es poco.

 

El poeta obsequioso que fue Berti Lemmes

Oscar Díaz Arnau

El viernes pasado iba a cumplir años. “Cada año, para mi cumpleaños, quiero estar en un lugar extremo”, me había dicho el día que nos conocimos. Ese día me contó que el año anterior, para su cumpleaños, había estado en Cabo Norte, Noruega. Y antes, en un monasterio, en Nepal. Otro de sus cumpleaños lo encontró con beduinos, a camello, en Arabia Saudita. Y otro, atravesando el Atlántico en un barco a vela…

No nos conocíamos pero ese día me recibió con afabilidad y, para realizar la entrevista que habíamos acordado, me invitó a salir a la terraza. Todo vestido de blanco, después de sus ejercicios de meditación, este jubilado de solamente canas y barba candado miraba al horizonte con sus impresionantes ojos celestes mientras se peleaba con el castellano. “El gringuito”, como se decía a sí mismo, me hablaba de Foucault, de Levinas, de Habermas —con los que trabajó—, de Heráclito, de Nietzsche, de Sócrates, de Aristóteles. No nos conocíamos pero yo sabía, ya entonces, que él era un ser adorable.

Pasó el tiempo y muchos cafés y exactamente tres cumpleaños de Berti E.M. Lemmes en Sucre. El doctor en Filosofía, el psicólogo, el abogado, el cientista político y social, el poeta, el fotógrafo profesional, el excorredor de autos era, para nuestra discreta Sucre, todo un ciudadano ilustre.

En uno de esos cafés me concedió el honor de encargarme del prólogo de su libro “Vista de la terraza”, que escribió íntegramente en el café Time & Coffee, de cara al parque Bolívar. Recuerdo cómo se emocionaba al hablar de los propietarios y el personal de ese encantador lugar; más que amigos, los consideraba su familia. Esa familia que no tenía en Sucre.

En sus haikus bilingües, Berti observa lo que ocurre delante de los ojos de todo el mundo pero que nadie advierte por el apuro diario del (mal) vivir. Describe la cotidianidad dando pinceladas; “mini eventos” les decía él a sus tercetos, en los que sublima el deleite por lo breve.

Contrastaba su alegría contagiosa con la dolorosa soledad que sobrevuela algunos de sus poemas, en medio de la austeridad en clave de haikus o de senryus.

Berti, con su aire indescifrable entre académico y bohemio, era uno de esos tipos que andan por la vida livianos de equipaje, de esos que además estudian la manera de viajar sin el peso endiablado de la vida. Te obsequiaba una sonrisa amistosa, estaba abierto a escuchar lo que tenías para decirle y, al despedirse, te daba siempre un abrazo cálido. Era más sencillo de lo que cualquier mortal espera tontamente de un hombre tan interesante.

Amaba esta ciudad, en la que había resignado un pedazo de su espíritu vagabundo: la veía contradictoriamente bella. Te decía “hermano”, o “querido”. Dejamos pendiente una clase personalizada del manejo de mi cámara fotográfica.

Yo sé que ahora está incluso mejor de lo bien que se lo veía en todo momento. Y me tranquiliza saber que ya me reconoció en el rostro de mi padre, así que los veo sentados en un café con terraza, conversando de lo que fueron, riéndose un poco de todos nosotros.

 

Ser gringuito en una ciudad blanca

Cuando mi amigo Alex hablaba de ser "Negro en la ciudad blanca", pensé: "¡De hecho, solo habla de ser diferente!"

Entonces me di cuenta de que esta era la historia de mi vida.

Descubrí en mi juventud que estaba en un país (Bélgica) donde todos son totalmente sedentarios. Incluso tenemos un dicho que dice que “cada niño flamenco nace con un ladrillo en el estómago”. Yo perdí mi ladrillo 60 años antes…

He pasado mi vida en 33 países diferentes y en 33 países era gringo aqui, gaijin en Japon, un extranjero de nariz grande en Tailandia, Laos y Cambodya, un "whitie" en África Negra, un perro no creyente en Arabia Saudita, y  otras cosas más.

Pero tal vez más que eso. Soy plenamente consciente de que solo soy un nómada temporal en esta tierra, en esta vida.

(Fragmento de la introducción de Berti a su ensayo fotográfico sobre Sucre)

 

Haikus de "vista de la terraza"

1. Un pedazo de pan arrojado

de un taxi que pasa

el deleite de una paloma.

2. Una nube blanca

bloquea el sol por un momento

y me hace temblar.

3. Estoy distraído:

el viento continua volteando

las páginas de mi libro.

4. Nubes esponjosas blancas

atrapadas en antenas oxidadas:

“algodón de azúcar”.

5. Lentamente se mueve el perro

siguiendo la sombra de medio día

cae dormido de nuevo.

6. La tarde duerme

ignorando el sonido de la vida:

aquí el pasado se pierde…

 

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