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Los escritores y el mar post Haya

08 Octubre 2018Puño y Letra
Virginia Ayllón/Escritora

Virginia Ayllón/Escritora

Los escritores no son entidades ajenas a los sucesos históricos y sociales. Siempre tienen algo que decir al respecto. Pedimos a cinco escritores bolivianos que nos envíen su opinión acerca acerca del último fallo de La Haya y así lo hicieron. Virginia Ayllón comparte con nosotros una pequeña crónica sobre su pedazo de mar, que publicara allá el 2004; en tanto que Homero Carvalho, Oscar Martínez, Rodrigo Urquiola nos envían escritos recientes; y Sergio Gareca nos envía una brevísima opinión y su Croema. Qué lo disfruten.

 

Yo, la boliviana que tengo mar

Virginia Ayllón/Escritora

Junto a Cachín Antezana tropezamos con Pía Barros en un encuentro de literatura en Rosario, Argentina. Y es que con Pía, narradora de la vanguardia literaria chilena, uno se tropieza porque ella arremete con su desafiante y hermosa literatura, su descollante cabellera y su risa.

Mas una no piensa que ese tropezón pudiera concluir en los acontecimientos que hoy me propongo relatar. El primero sucedió cuando en una escapadita de las sesiones de un encuentro de escritoras latinoamericanas en Buenos Aires y en medio de una compra frenética de libros en El Ateneo de la Avenida Santa Fe, Pía me refiere que en el Programa de debate Termómetro de Chile Visión se produjo una acalorada discusión a propósito del apoyo público que a la reivindicación marítima boliviana había dado el grupo chileno Los Prisioneros. En medio del jaleo esta amable loca pide por favor le informen sobre la extensión de costa marítima de Chile y a continuación la cantidad de habitantes chilenos registrados en el último censo. Con papel y lápiz y en un rápido cálculo ella define que, entonces, cada ciudadano chileno poseía algo así como treinta centímetros de costa. Azorados, sus compañeros de debate, ya veían venir lo que muy solemnemente declaró inmediatamente después: “muy bien, como ciudadana chilena y en pleno uso de mis derechos, en este momento y públicamente decido devolver los treinta centímetros de costa que me corresponden a la escritora boliviana Vicky Ayllón…” Pa’ qué!, el azoramiento se torno en descreimiento y crítica y un rollo total!

Pero con Pía jugamos siempre a los sueños y mejor si son grandes y con esto ingreso al segundo episodio. No creo nunca haberle dicho a Pía que sueño con que Bolivia tenga mar, lo más probable es que le haya comentado que Valparaíso es la única ciudad por la que cambiaría a La Paz ya que el puerto castigado en 1900 es La Paz con mar.. y eso sí es un sueño y bien grandote. En cambio para ella uno de sus sueños era venir a La Paz y, por supuesto eso enganchaba con mi sueño de que su literatura se riegue en esta hermosa ciudad. Sueño cumplido cuando Pía vino al Encuentro Latinoamericano de Escritoras en agosto del año pasado. Entre el mirador de Killi Killi, el Wayna Tambo de El Alto o el Coca-bar Bocaisapo, leíamos, reíamos y jugábamos. Tal vez eso sea lo que nos hermana: la risa, el juego y el texto, por supuesto. Cachín sabe lo que es hablar con Pía sobre el internet y la literatura, el sexo virtual, el cuento breve y en medio, su amor a la Castellanos y a Coleridge.

Sabida de mi afición por Valparaíso, en su llegada a La Paz me trajo dos entrañables regalos; el primero un disco sobre Valparaíso donde Osvaldo Rodriguez canta esa nostálgica “… pero este puerto amaba como el hambre, no se puede vivir sin conocerlo…” Y, el otro… el otro!, loca Pía!: una escritura pública con un mapa de Chile en la que sienta y bien sentado su regalo de mar, con su rúbrica de rigor! Y es que Pía, incansable como en la corrección de sus cuentos, no se iba a quedar con la declaración nada más, ella sabe que el texto instituye, plasma, funda, crea e inventa.

Desde entonces, ahí ando con mi pedazo de mar pensando si Pía en realidad quiere que me vaya a Valparaíso o que me quede en La Paz, ahora que mi ciudad tiene su mar.

Vale pues este espacio para alzar la pluma por Pia, por Valparaíso, por La Paz y por nuestro mar… por supuesto!

 

El mar, esa religión

Homero Carvalho Oliva/Escritor

El mar es la verdadera religión de los bolivianos y los sumos sacerdotes son los gobernantes de turno, la reivindicación marítima es un dogma de fe y el que no cree en ella es un hereje. Desde niños nos consagran en su culto de enferma nostalgia.

Ayer, en la UTEPSA, nos reunimos varios profesores de Derecho, de Relaciones internacionales y de otras carreras para escuchar las conclusiones de la CIJ de La Haya, a medida que pasaba el tiempo y el juez presidente de la CIJ leía el inapelable fallo, desmontando, uno por uno, nuestros supuestos alegatos, me di cabal cuenta que la mayoría de nuestros argumentos jurídicos en realidad eran emotivos, como cuando, en la segunda fase, hablaron la abogada Monique Chemillier y Antonio Remiro Brotóns y nos hicieron llorar con figuras sensibles antes que jurídicas; por eso nos dolió más, porque para los bolivianos es un tema sensible, es un dogma de fe y los dogmas no se discuten.

Sin embargo, cuando los dioses les fallan a los creyentes, la culpa la tienen otros: El imperialismo norteamericano, el protocolo de los sabios de Sión, los reptilianos, la maldad del mundo capitalista, el odio a nuestro presidente indígena, en fin…todos, todos, menos nosotros. ¿Cómo no íbamos a creer en nuestros dioses del mar si hasta Carlos Mesa, la mente más lúcida de Bolivia, lo creía?

Todos nos engañamos y por tanto somos culpables de pensamiento, palabra y omisión. Pero, no nos preocupemos mucho, de aquí a un tiempo aparecerá otro sumo sacerdote y, como buenos creyentes, volveremos a encender velas a nuestros dioses del mar, como cuando juega la selección nacional de fútbol y pierde, al día siguiente estamos esperando el próximo partido para que Dios nos haga el milagro, sin importar si el técnico planificó una buena estrategia y si los jugadores son los apropiados.

 

Brevísimos apuntes mentales para el posible elogio de una derrota

Oscar Martínez/Escritor

Las abuelas recomiendan sacar lo bueno de lo malo, entonces esperemos que esta amarga experiencia nos prive de:

Eduarditos Avaroas con bigote de betún de zapatos insolándose bajo los temibles soles de mediodía de los veintitrés de marzos.

Marineritos y marineritas ensayando coreografías de Tapa a lo Broadway

La polisémica y polifuncional Miss Litoral

La salteña de atún

Un yate presidencial y un yatecito vicepresidencial

Una playa llena de cáscaras de mandarina y plátano

Paisajes de bolsas plásticas y botellas pet flotando en un azul infinito

Leones marinos con chompa comiendo pasankalla en el zoológico de Oruro

Sopa de mariscos sabor a burro

Y cuadernos de primaria donde lo primero que aprendes a leer es

Muerte al usurpador.

Y que lleguen nuevas ideas, y rehacernos

Sin pausa ni prisa

Como el treinta y cinco

Como el cincuenta y dos

Como el ochenta y dos

Como el dosmil tres

Como poesía mediterránea

Como cholitas y heladeros tirados en la arena

tapados con una manta,

mirando el horizonte

mojándose las patitas

en pleamar

 

Se terminó el sueño

Rodrigo Urquiola/Escritor

La primera vez que tuve consciencia de qué era el mar boliviano fue durante un desfile del 23 de marzo. Yo estaba en segundo básico y nos hicieron desfilar por las entonces empedradas calles de Chasquipampa al son de unos acordeones. En algún momento me cansé de sostener la banderita boliviana y me puse a jugar con el palito que la sostenía. Un coscorrón me sacó de ese momento: era mi profesora Delfina, la misma que me daba reglazos en las manos cada vez que escribía mal una letra y a la que, años después, aunque viviéramos cerca, no me daban ganas de saludar. No se juega con la bandera, me dijo enojada, ¡mire al frente!

Ya después, a veces, cuando con los amigos jugábamos en la cancha de tierra de Cota Cota y soñábamos con llegar a la Selección, de tanta sed que nos daban los entrenamientos y quizás la polera verde que amábamos, nos poníamos a hablar del mar boliviano. Imaginábamos las olas, el frescor del agua, el viento, los animales marinos. Es algo que los jailones de Calacoto nunca van a entender, decíamos, ignorantes quizás, ellos tienen dinero y pueden ver el mar cuando les da la gana, además, no les prohíben entrar a ningún país. Por ese entonces creíamos que solamente los jailones podían llegar a ser presidentes de Bolivia, sí, aquellos bolivianos que para nosotros no parecían bolivianos, y que a ninguno le interesaría recuperar el mar, algo que quizás no sentían suyo, algo que quizás sentían vulgar, ajeno, ellos jamás comprenderían la ingenuidad de nuestros sueños. Éramos muy tontos, tal vez, por pensar así de ellos, y es que a veces no es sencillo comprender las razones de la otra especie que habita tu mismo hogar.

Y es por eso que es tan triste lo que ha sucedido en La Haya. Se ha terminado el sueño y hay que aceptarlo. Es como haberte pasado toda la vida esperando el retorno de la mujer amada y de pronto te enteras que ha muerto. Hubiera sido genial que un presidente como Evo Morales, que, más allá de afinidades políticas, es un boliviano que por lo menos luce como nosotros, hubiera conseguido sentar a los indiferentes chilenos con una obligación de negociar algo que no deberíamos negociar porque el mar, como el agua, como el alimento, debería ser para todos los seres humanos, qué pena que cada vez la Patria Grande de Bolívar sea imposible. Nos queda Ilo y Puerto Busch, hay que mirar hacia allá, seguir.

 

A llorar al río

Sergio Gareca/Poeta

Ya era hora. A ver si con esto aprendemos a dejar de ser un país de llorones.

Siempre ha sido la culpa del otro. Primero los españoles, luego de la oligarquía. Luego todos los arrebatos históricos que sólo sirven como pretexto para el auto menosprecio, la auto conmiseración, y la auto justificación de todos los fracasos. Porque vivimos adorando falsos héroes, alargando la herencia de un odio absurdo. Ojalá que con esto se acaben los desfiles y la plaza Abaroa de Oruro sea, por fin, lo que siempre ha sido, la plaza del amor. Los que se sientan más patriotas muriéndose, muéranse de una vez. Los demás, a lo nuestro, que mientras hagamos mejor nuestra parte, no tenemos por qué bajar la cabeza.

CONSAGRACIÓN DE LA PEDAGOGÍA NACIONAL

La bolivianidad son:

Las tetas de mayté

La argentinidad de los comentaristas deportivos

La mexicanidad de los llokhallas güeyes

hijos de la chingada

Ellos y sus cuates

Un par de tipos monocromáticos

llamados Negro y Blanco*

que quieren ser pintados

de rojo amarillo y verde

Es el Michael Jackson que todos llevamos dentro

Violeta Parra llegando detrás de un gringo a La Paz

La Suiza de Juan Cutipa y Huallparrimachi enterrado de pie

El cristal cortado y el mármol de Carrara en las casas de Patiño

sin un centímetro de estaño

El cerro desaparecido de Inti Raymi y el oro también

La chicha bailable del Perú

El mar chileno

Melgarejo contra Prusia y por Francia

El cosplay de poncho y chicote, penacho y taparrabo

La fiesta karaoke de iracundo boliviano y noche de clásicos

La biblioteca vacía y una gigantesca estatua llena de gracia

Son las magníficas mujeres creando

Es el futuro a lo Mad Max

llevando miles de retretes al desierto

La máquina contra la naturaleza

Nosiglia barbudo y wirakocha

Es un país ancho y deshabitado

con minibuses para quince

con veinte personas

Es la larga cola que espera para irse

Madrid y Buenos Aires

Río y Gotemburgo

Mi mejor amiga dándole un bebé a Canadá

Es tu país

Su país

Mi país

que jamás jamás jamás

de los jamases

serán lo mismo

La patria del alto nombre

y el gobierno de los pobres

de los pobres cojudos

que somos todos nosotros

Para cualquier circunstancia masiva

¡Use pendón!

 

Un poema de Oscar Cerruto sobre el mar

Nació en La Paz en 1912 y falleció en 1981. Poeta, narrador, periodista y diplomático, es considerado uno de los grandes poetas de Bolivia.

Cantar

Mi patria tiene montañas,

no mar.

Olas de trigo y trigales,

no mar.

Espuma azul los pinares,

no mar.

Cielos de esmalte fundido,

no mar.

Y el coro ronco del viento

sin mar.

 

Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar

 Pedro Lemebel (fragmento)

(...) Aún así, pequeño niño boliviano, te puedo contar cómo conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizás me pertenece de esta larga culebra oceánica. Tanta costa para que unos pocos y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso, al escuchar el verso neo patriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuando hablan del mar ganado por las armas. Sobre todo al oír la soberbia presidencial descalificando el sueño playero de un niño. Pero los presidentes pasan como las olas, y el dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.

Homero Carvalho Oliva/EscritorOscar Martínez/EscritorOscar Cerruto sobre el marRodrigo Urquiola/EscritorSergio Gareca/PoetaPedro Lemebel (fragmento)
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