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Vísperas venezolanas

04 Febrero 2019JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

Con la mente en los “tiempos aciagos” que atraviesa Venezuela, el escritor y cineasta mexicano Guillermo Arriaga relató el viernes pasado en Twitter cómo descubrió el poema de Eugenio Montejo que puso en boca de Sean Penn en 21 gramos, dirigida en 2003 por Alejando González Iñárritu con guion suyo: “La tierra giró para acercarnos, / giró sobre sí misma y en nosotros, / hasta juntarnos por fin en este sueño”. Fue, dijo, cosa de su editor, que respondió al lamento de que ya no encontraba “poetas poderosos” leyéndole unos versos del venezolano. Fulminado por lo que acaba de oír, Arriaga quiso —“como vil fan”— conocer a Montejo en una visita a Caracas en la que comprobó que sus libros no estaban en las librerías. Aunque el poeta pensó que 21 gramos era un proyecto de universitarios y no una producción de Hollywood, la película corrigió a lo grande —y mundialmente— la desidia editorial que rodeaba su obra. Desidia que, por una vez, ya estaba corregida en España: Renacimiento y Pre-Textos habían publicado títulos como Adiós al siglo XX (1997) y Partitura de la cigarra (1999). Incontestables como Rafael Cadenas, Yolanda Pantin o Igor Barreto tuvieron, para nuestra fortuna, la misma suerte.

Los narradores, sin embargo, no habían tenido tanta. Pese a haber puesto en marcha el galardón más prestigioso de novela en español —el Rómulo Gallegos—, Venezuela estuvo durante mucho tiempo fuera del radar de los cánones oficiales, construidos o por construir: ningún autor en el palmarés del Cervantes —Uslar Pietri se quedó en finalista—, ninguno en la lista Granta. Para empezar a poner las cosas en su sitio por el lado joven, selecciones como Bogotá 39 u Ochenteros de la FIL de Guadalajara llamaron la atención sobre nombres como Enza García Arreaza o Jesús Miguel Soto, que sucedió a Rodrigo Blanco Calderón en la segunda antología bogotana. Blanco publicó en 2016 The Night (Alfaguara), llamada a ser la gran novela de la convulsa Caracas de los últimos años si no fuera por ciertos desvíos metaliterarios que sacan al lector de las calles para meterlo en la biblioteca y, sobre todo, porque ese título se lo llevó meses antes Alberto Barrera Tyszka: tras ganar el premio Herralde con La enfermedad (2006), ganó el Tusquets en 2015 con Patria o muerte, una obra escrita en estado de gracia que narra la agonía de Hugo Chávez —secretísima en su momento— y, en paralelo, el día a día de una ciudad en la que la muerte gratuita ronda a la vuelta de cada esquina.

La misma ciudad y la misma muerte —y de paso el poema de Montejo— reaparecen en La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, que Lumen lanza el próximo 7 de marzo después de triunfar en la feria de Fráncfort: se vendió a 22 países. Madre, casa y Venezuela corren en sus páginas idéntica suerte. Por ahora. Desde hace semanas, cada Telediario le escribe a esa novela un final diferente.

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