Ecos

Madidi: Indígenas en el sendero del ecoturismo

Un vistazo al parque nacional más biodiverso del mundo y a la preocupación de emprendedores indígenas por un megaproyecto hidroeléctrico

Una impresionante tela se extiende entre dos árboles. Son las arañas sociales, que trabajan en comunidad para atrapar su alimento y defenderse de las amenazas. Como ellas, desde los 90 los indígenas uchupiamonas han convertido el ecoturismo del Parque Nacional Madidi en una alternativa de desarrollo económico y una manera de defender su territorio y recursos naturales.

La convicción de todos quienes trabajan en Madidi Jungle Ecolodge es casi tan palpable como esa porción de naturaleza que custodian en el área protegida más biodiversa del mundo. Guías, ayudantes, capitanes y dirigentes hablan con el mismo apasionamiento de su entorno natural como de los proyectos que lo amenazan.

Madidi Jungle está ubicado en el parque nacional, a orillas del río Tuichi, famoso por la historia de sobrevivencia del israelita Yossi Ghinsberg plasmada en un best seller y una película. El ecoalbergue es uno de los cinco emprendimientos administrados por indígenas del pueblo quechua tacana San José de Uchupiamonas (norte de La Paz), pionero en el turismo sostenible en la región.

Alex Villca, indígena copropietario de Madidi Jungle y activista ambiental, puede hablar casi sin descanso de ecoturismo y los proyectos extractivistas que amenazan esta reserva y otros territorios.

Está lejos de ser el único. En medio de los paseos, guías, capitanes, ayudantes y hasta turistas le dedican palabras nada amables al Gobierno por su impulso a las represas que inundarán el parque y afectarán a la fauna, flora y pueblos indígenas.

“Hemos venido a conocer el parque antes de que (el presidente) Evo Morales lo destruya”, dice el patriarca de una familia argentina, que se enzarza en conversaciones sobre política con otros visitantes mientras su nieto asiste a la pesca de una piraña —luego devuelta al río— y alimenta a un joven caimán negro, que se ha mostrado pese a la época lluviosa.

Hay un guía para cada grupo de turistas. El nuestro tuvo la suerte de ver un jaguar mientras participábamos de una tarde de pesca. Salió nadando del río, en plena lluvia.

“¡El tigre, el tigre, el tigre!”, alertó el capitán que había bajado de la embarcación para ayudar a nuestro guía Simón Supa, que probaba suerte con la red. Sus colores amarillo y negro, su tamaño y movimientos ya lo habían identificado, aunque inicialmente el resto de la tripulación lo confundió con un tronco y yo, hasta con un perro. A unos 20 metros, me paré para verlo mejor y disfrutar de la experiencia, pero no atiné a sacar la cámara hasta que se perdió en la selva. Nadie lo hizo. En el trayecto de regreso al refugio tuve que escuchar una y otra vez que había perdido una inmejorable oportunidad: es uno de los animales más difíciles de ver, tanto que turistas que caminan hasta 20 días en su búsqueda, a veces se van sin fotografiarlo.

Los jaguares son los protagonistas de las historias más apasionantes. Simón, de origen tacana y guía hace 20 años, recuerda la visita hace 12 años de un joven francés, con quien hizo varios días de senderismo; acampaban donde llegaban y durante varias noches tuvieron compañía: nunca lo vieron ni escucharon, pero un felino rondó sus tiendas; lo supieron por sus huellas, que atemorizaron al turista a tal punto que ya no quería dormir.

Los inicios

Chalalán es la madre de las empresas turísticas indígenas. La iniciativa se remonta a la década del 80, cuando un grupo de jóvenes del pueblo se trasladó a orillas del lago Chalalán con la ilusión de incursionar en la actividad turística, tras prestar su mano de obra a un par de precursores en los 70. En 1992 los uchupiamonas tomaron posesión formal del territorio y en 1995 —cuando el Madidi fue declarado Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado— lograron 1,2 millones de dólares del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), mediado por la organización no gubernamental Conservación Internacional, para ejecutar el proyecto de ecoturismo y desarrollo sostenible.

La consolidación de Chalalán, con el apoyo de actores clave, entre ellos el famoso Yossi, inspiró a otras familias de la comunidad a gestar emprendimientos particulares. Tras obtener el permiso del pueblo en asamblea, en 2007 nació Berraco del Madidi, y entre 2010 y 2011, vieron la luz Sadiri, Corazón del Madidi y Madidi Jungle.

En el caso de Madidi Jungle, Alex y Henry Villca destinaron al proyecto sus beneficios sociales de cinco años de trabajo en Chalalán, y junto con sus tíos Alejandro y Freddy Limaco arrancaron con un capital no mayor a 10.000 dólares.

Construyeron un primer galpón, y luego, de manera progresiva, cabañas. Hicieron mejoras con pequeños préstamos de familiares y bancos, pero sobre todo con los ingresos por la visita de los turistas. Frenaron las inversiones entre 2017 y 2018, porque empezó a generarse una sensación de inseguridad ante el impulso gubernamental al megaproyecto hidroeléctrico Chepete-El Bala.

Esa situación no ha afectado el albergue. La inmensidad de la Amazonía que se percibe desde el mirador, es el primer premio luego de navegar por tres horas a lo largo de los ríos Beni y Tuichi, donde ya es posible observar parabas y más aves, aunque otros animales juegan a sorprender.

Cada caminata, de entre dos y tres horas, regala avistamientos de colores y movimientos. Un par de parabas sale de sus nidos hechos en el tronco de un árbol imposiblemente alto, o un poco más visibles, una veintena de monos silbadores cruza entre los árboles, varios cargados de sus crías.

Van sucediéndose tucanes, sereres, tortugas, ranas, hormigas y más animales e insectos que recorren la selva tomada por palmeras caminadoras —se desplazan hasta tres metros durante toda su vida—, mapajos, bibosis y una diversidad de flora. Las cabañas, construidas con hoja de jatata —palmera de la zona—, están integradas a los senderos abiertos para las caminatas, y si hay suerte, hasta ellas llegan ardillas o murciélagos que apenas reparan en los turistas, mimados también desde la cocina.

Los sabores tradicionales, presentes en la comida tanto como los platos internacionales, alcanzan su punto culminante en la cena despedida. Ver servido el “dunucuabi” ya es un placer. El pez gato al horno, sazonado con especies locales y envuelto en hojas de heliconia, es un plato tradicional reservado para ocasiones especiales. Es la manera de decirnos gracias por la visita que aporta al emprendimiento indígena.

De regreso a Rurrenabaque, como lo hicieron en la ida, nos muestran el estrecho de El Bala, donde el Gobierno planea construir una de las dos represas del megaproyecto hidroeléctrico que afectará irremediablemente el Madidi. La discrepancia está en cuánto. •

Emprendimientos ecoturísticos uchupiamonas

Chalalán. Emprendimiento ecoturístico madre de San José de Uchupiamonas. La población indígena detenta el 51% de sus acciones, mientras que el 49% restante quedó en manos de 74 familias que aportaron su mano de obra. Más información en: chalalan.com y facebook.com/chalalan.ecoalbergue/

Madidi Jungle. Emprendimiento ecoturístico de bajo impacto ambiental, gestionado y operado por cuatro familias indígenas uchupiamonas. Revisar madidijungle.com y facebook.com/madidijunglelodge/

Berraco del Madidi. Es el ecocamp que se interna más en el Parque Madidi por iniciativa de familias uchupiamonas. Más información en: berracodelmadidi.com y facebook.com/Berraco-del-Madidi-546260588818071/

Sadiri. Emprendimiento impulsado por dos indígenas uchupiamonas y un externo, enfocado a la conservación de aves endémicas y en peligro de extinción. Son beneficiarios directos 75 socios del pueblo. Más información en: sadirilodge.com y facebook.com/sadiri.lodge

Corazón del Madidi. Empresa ecoturística impulsada por una asociación de guías indígenas comprometidos con el medio ambiente. Más información en: corazondelmadidi.com y facebook.com/corazondelmadidi/

Actividades: Caminatas diurnas y nocturnas para observar fauna y flora, tubing, rafting, pesca deportiva, visita a salitrales, navegación, búsqueda de la anaconda, búsqueda de la tarántula, pesca de la piraña, construcción de balsas y la lista sigue. La programación depende de la cantidad de días del tour.

Los números del Madidi

18.957,5 kilómetros cuadrados de extensión tiene el Parque Nacional Madidi, ubicado al norte del departamento de La Paz.

183 a casi 6.100 metros sobre el nivel del mar abarca, en tierras bajas y picos de montañas.

8.880 especies fueron registradas por la expedición científica Identidad Madidi, entre mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces, plantas y mariposas.

2 años y medio trabajaron los especialistas. Con los datos que recopilaron, en mayo de 2018 declararon que el Parque Nacional Madidi es el área protegida más biodiversa del mundo.

Chepete-El Bala, en breve

El megaproyecto hidroeléctrico Chepete-El Bala tiene una inversión calculada de 7.000 millones de dólares. Las dos represas previstas tienen un potencial cercano a 3.700 megavatios de electricidad, que el Gobierno pretende exportar. La meta es recibir $us 1.200 millones anuales por su venta, según un estudio preliminar de la consultora italiana Geodata. El Ejecutivo sostiene que causará un impacto ambiental del 0.79% en los parques naturales Madidi y Pilón Lajas frente al 18% contemplado en un anteproyecto de 1958, asegura que controlará las inundaciones y se constituirá en una atracción turística.

En contra. La Mancomunidad de Comunidades Indígenas de los ríos Beni, Tuichi y Quiquibey y los defensores sociales de Tierra, Territorio y Medio Ambiente denuncian que se deforestarán más de 100 mil hectáreas y las represas inundarán 771 kilómetros cuadrados del Parque Nacional Madidi, la reserva y TCO Pilón Lajas y territorios ancestrales de chimanes, mosetenes, tacanas, lecos y ese ejjas, cinco veces más que la mancha urbana de la ciudad de La Paz. Advierte un impacto negativo para pueblos indígenas, la biodiversidad de la Amazonía, el turismo y la falta de control ante la depredación de fauna y flora.

Estado actual. Desde finales del año pasado se espera la presentación del estudio a diseño final encargado a Geodata.

¿Cómo llegar? 

La puerta de ingreso al Parque Nacional Madidi es Rurrenabaque (Beni), pero la mayor parte del turismo se desarrolla en el norte de La Paz.

Hay dos vuelos diarios de la línea aérea Amaszonas en la ruta La Paz-Rurrenabaque-La Paz con capacidad para 50 pasajeros; el viaje tarda 30 minutos.

En la actualidad, Rurrenabaque tiene una franja corta de aterrizaje a donde los pasajeros acceden en un bus que sale de un aeropuerto pequeño y precario.

El viaje por tierra desde La Paz demora hasta 14 horas por aproximadamente 450 kilómetros; el estado de la carretera no es el ideal.

En Rurrenabaque se ve a más visitantes extranjeros que nacionales; los guías afirman que los bolivianos recién empezaron a llegar al Parque Madidi; lamentan que aún prefieran salir del país.

Indígenas reclaman una difusión más agresiva del Parque Nacional Madidi desde la gestión pública, a la par del destino Uyuni.

Ecoturismo, una opción real para subsistir

“Me gusta, quisiera ser guía, escucharle hablar en inglés a ellos, siento una envidia enorme”, confiesa Wilson, colaborador de emprendimientos ecoturísticos como Madidi Jungle.

De origen tacana, Wilson volvió a la Amazonía después de trabajar en confección en Argentina y Brasil. Extrañaba su tierra. Ahora acompaña las excursiones como ayudante del capitán de las embarcaciones o desempeñando otro tipo de oficios. Revela que no estudió; carisma le sobra y, entre bromas, se anima a completar la información que ofrece el guía Simón Supa.

Simón recuerda que todos empezaron como ayudantes. En el Madidi, el turismo evolucionó desde la aventura con caza y pesca de los 70 hasta el ecoturismo responsable con su entorno. También crecieron los guías formados para estos emprendimientos sostenibles: si hace dos décadas solo proporcionaban los nombres comunes de animales y plantas, ahora conocen datos científicos. Lo mismo pasó con el idioma: cerca de una decena de guías indígenas puede comunicarse en inglés.

Simón es bilingüe, aprendió inglés hace diez años y ahora su meta es dominar el francés; ya conoce los nombres de los animales en ese idioma. Espera tener tiempo: “La preocupación principal es el Chepete y el Bala. Si construyen esto estarían inundando toda nuestra área de operación turística y no solamente a los emprendimientos de San José, sino hay muchas comunidades que viven a lo largo del río”.

Alex Villca, cofundador de Madidi Jungle y vicepresidente de la Cámara Indígena de Turismo Responsable, remarca que han demostrado con creces que esta actividad económica es una opción de subsistencia. La TCO uchupiamona, premiada por sus iniciativas en ecoturismo, recibe un promedio de 2.000 visitantes por año e ingresa más de medio millón de dólares que redistribuye en sueldos, equipamiento, operación, ampliación de servicios, compra de víveres y de combustibles, entre otros; incluso pudo costear la titulación de su TCO con esta actividad.

Los indígenas que no tienen la capacitación para desempeñarse como guías, cocineras o administradores, prestan servicios de capitanes, ayudantes o personal de mantenimiento de los refugios y senderos, mediante sistemas de rotación. Además, la infraestructura de Chalalán en Rurrenabaque está abierta a las familias de San José.

Ahora el reto es incorporar al pueblo en la ruta turística para que todas las familias sientan el beneficio de manera más directa.

Por eso, no entienden el empeño del Gobierno en cambiar la vocación económica de la zona al incursionar en proyectos extractivistas.

Si el megaproyecto hidroeléctrico Chepete-El Bala se concreta, se convertirá en la excusa para abrir caminos a la reserva Pilón Lajas y al Parque Madidi, llevar electricidad y fomentar el extractivismo minero, petrolero, la deforestación y los monocultivos, como ya ocurre con el ingenio azucarero San Buenaventura, enumera Alex, al sostener que también hubo un aumento del tráfico de animales, más visible con el destape del caso de ciudadanos chinos.

La justificación del Ejecutivo es el desarrollo, pero recuerda que en casos similares las poblaciones locales o indígenas no salieron de la pobreza y unos pocos apenas participaron como mano de obra.

“Si los bolivianos no despertamos y no entendemos esta realidad, muy pronto nuestros bosques, nuestros ríos, nuestras áreas protegidas, nuestra biodiversidad, va a ser dañada irreversiblemente”, alerta.


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