Ecos

NO TIENE MANOS NI PIES PERO ESCRIBE, ELABORA TESIS, PINTA Y COCINA

Juan Carlos Varón, ejemplo de superación

La falta de manos y pies no fue óbice para que Juan Carlos Varón continúe con su vida diaria. Su férrea voluntad de superación hace que este hombre encare la vida como una persona “normal”: atiende a sus hijos

La falta de manos y pies no fue óbice para que Juan Carlos Varón continúe con su vida diaria. Su férrea voluntad de superación hace que este hombre encare la vida como una persona “normal”: atiende a sus hijos, hace las labores de la casa y cocina. Además, se volvió escritor de libros de motivación, elabora tesis, pinta y quiere abrir un centro en el que las personas con discapacidad aprendan a ser independientes.

ECOS lo visitó en su domicilio, ubicado en el pasaje Alarcón, en el barrio Bajo Delicias, de Sucre. Tocamos la puerta y un mecánico que tiene allí mismo su taller nos deja ingresar; él nos indica dónde vive Juan Carlos. Su casa es mediana, de aquellas que están habitadas por varias familias. Subimos unas precarias escaleras sin baranda y llegamos hasta su departamento.

“Un momento por favor”, nos recibe un hombre. Pasan algunos segundos y aparece Juan Carlos, caminando. Viste un buzo negro, zapatillas deportivas azules y una polera manga corta del mismo color. Es de estatura regular, piel morena clara, con pelo lacio y corto. Sorprende verlo caminar de forma tan natural: quien no sabe de su condición, no podría imaginar que usa prótesis en ambos pies.

Su modesto departamento tiene dos dormitorios, una sala, cocina y baño. Comparte el lugar con su esposa Verónica, sus hijos Sebastián (nueve años), Sofía (año y medio) y sus tres cuñados, hermanos de Verónica que, según cuenta él, le apoyan en todo. Están hacinados, muy estrechos.

Juan Carlos es oriundo de Villa Serrano, tiene 31 años y vive en Sucre desde 2006. Estudió en la Universidad San Francisco Xavier y se tituló como técnico superior en Construcción Civil en 2009. Ejerció su carrera durante tres años… hasta que un accidente cambió su vida por completo.

El accidente

El 18 de junio de 2012, alrededor de las 19:00, mientras trabajaba como contratista en la construcción de una vivienda particular, recibió una fuerte descarga eléctrica de más de 20.000 voltios.

Ocurrió, según sus palabras, por azares de la vida, o quizás por la confianza que uno tiene cuando está trabajando. Olvidó tomar las precauciones necesarias mientras manipulaba una regla metálica, herramienta que chocó con un cable de alta tensión que por entonces conducía electricidad al aeropuerto Juana Azurduy de Padilla.

El resultado fue desastroso y le marcó la vida para siempre. Se quemó las manos y los pies; no recuerda casi nada de aquel episodio. “Yo vi los dedos de mis manos rojos y negros, pensé que todo había llegado a su fin, pero no fue así, sigo acá. No me mató, pero sí me quitó mis manos y pies”, expresa.

Las amputaciones de sus manos y pies fueron paulatinas, en el transcurso de seis meses. Un proceso realmente traumático para él: hasta ahora cuando recuerda ese momento, se deprime.

Cómo era antes

Antes del accidente, Juan Carlos era un hombre activo, trabajador, deportista y consciente de todo lo que hacía.

Asegura que desde que llegó a Sucre siempre trabajó, porque su madre no tenía dinero para apoyarle en sus estudios. Ella vendía pan en Villa Serrano para mantener a su familia. Juan Carlos es el antepenúltimo de nueve hermanos.

Como su familia era de escasos recursos económicos empezó a trabajar desde muy chico en el área de la construcción, en su tiempo libre y durante las vacaciones.

“Como cualquier persona tenía mis errores, descuidé a mi familia. Ejercí mi profesión durante tres años y en ese tiempo apenas si veía a mi esposa y a mi hijo”, reconoce.

Salía de su casa a las 6:00, volvía para almorzar y después de nuevo a su fuente laboral para retornar a las 22:00 o 23:00. Así, todos los días. “La construcción es así. Ahora me siento afortunado, pienso que el accidente ocurrió para que esté cerca de mi familia”, comenta a ECOS.

Apoyo recibido

Desde el momento en que lo trasladaron al hospital Santa Bárbara, después de su accidente, y posteriormente al Jaime Mendoza, fue su cuñado Cristian, hermano de su esposa, el que estuvo siempre a su lado.

“Se quedaba a dormir a mi lado, aunque en el suelo, y me acompañó en todo el proceso de mi recuperación. Siempre digo que Cristian es mucho más que mis hermanos de sangre”.

Dice que gracias a Dios está vivo, con una mujer que siempre estuvo a su lado y su hijo mayor que vivió todo lo que le pasó. “A pesar de su edad, siempre me preguntaba cuándo te van a poner tus manos, o cuándo te van a poner tus pies. ¿Por qué te has hecho esto? No entendía lo que me pasó”, relata emocionado.

Con Verónica se casó en la cama del hospital porque necesitaba urgentemente el certificado de matrimonio para hacer sus trámites de jubilación. Su padrino fue Marcelo Parrado, quien además le otorgó a su hijo una beca completa de estudios en la Unidad Educativa Nazareno, hasta que salga bachiller.

Su recuperación

Estar postrado en cama y volver a caminar fue un largo y doloroso proceso. Sin embargo, ahora lo hace gracias a las prótesis que tiene en ambos pies. Llegaron de Canadá, pues, según comenta él, las que hay en Bolivia son rudimentarias. Explica que cuando se usa prótesis en un solo pie es fácil de manejar, pero en los dos ya no porque son pesadas.

Además, mantener las prótesis cuesta: cada año hay que hacerles mantenimiento, cambiar algunas piezas que tienen un costo elevado.

“Para mí la silla de ruedas significa discapacidad y estar postrado para siempre. No me gustaba usarla; la tengo ahí, guardada debajo de mi cama. Prefería estar sentado en el piso o sobre mi cama, pero no usarla”, dice Juan Carlos.

Debido a todo lo que le ocurrió, reconoce que tiene carácter fuerte y a veces se vuelve insoportable y no quiere ver ni hablar con nadie. Por ello, su esposa le sugirió que escriba en la computadora para desahogarse. Así, Juan Carlos, con fuerza de voluntad, aprendió a escribir con sus muñones y la ayuda de un lápiz para usar algunos recursos. “No me siento discapacitado, eso me alentó a superar mis propios límites”, agrega él.

“La práctica hace al maestro”, dice, convencido. Se volvió un experto, tanto que ya escribió dos libros que fueron publicados y vendidos: “Sigue mis pasos. Una historia basada en la vida real” y “Mi vida continúa. Paso a paso. Una vida basada en la historia real”.

Una tercera obra

El primer libro nació como terapia, en 2016. Allí cuenta todo lo que vivió desde unos días antes de que le ocurra el accidente hasta que volvió a caminar con prótesis.

Hizo revisar los textos y la Editorial Tupac Katari le ayudó con la impresión gratuita de 500 ejemplares.

En 2017, unos profesores de Santa Cruz le pidieron libros para que los estudiantes de secundaria pudieran leer en la materia de Literatura. Entonces, sacó una segunda edición con 500 ejemplares. La editorial le apoyó con un porcentaje del total y la nueva edición se agotó.

En 2018 publicó 1.000 ejemplares de su segundo libro que fueron vendidos gracias a sus compañeros de promoción, por el lado de la Chiquitanía.

En septiembre de ese mismo año hizo una gira por colegios de los valles cruceños, donde casi se acabaron sus libros. “Para mí, ver que los niños y adolescentes lean mis libros fue una inspiración de vida y de superación”, sostiene.

Ahora está alistando la publicación de su tercer libro. Trata de cómo una persona puede ver la vida de otra manera. “La soledad y la tristeza siempre estarán presentes en la vida de las personas, pero eso se puede sobrellevar con el ‘yo puedo’”, enseña.

Juan Carlos, el polifacético

Juan Carlos no solo escribe libros, sino que también pinta cuadros agarrando el pincel con la boca. Y desde 2014 elabora, corrige y asesora tesis de grado y monografías. Dice que cobra Bs 2.500 por un trabajo completo de cualquier carrera.

No le faltan los clientes gracias a las referencias que pasan de uno a otro. “A todos les ha ido bien, hasta ahora nunca rechazaron un trabajo mío, todos fueron aprobados. Mi esposa me dice que tengo una mente privilegiada pues con solo dar una leída ya se me queda todo en la memoria”, comenta.

Ella trabaja todo el día en un laboratorio clínico: solo va a almorzar a su casa y retorna por la noche. En las mañanas Juan Carlos sirve el desayuno a sus hijos; uno de sus cuñados lleva a la escuela al mayor y él se queda con la niña. Después, se ocupa de asear y ordenar la casa y, finalmente, se pone a cocinar. Nadie cree que lo pueda hacer solo. Dice que lo único que no puede hacer es pelar papas y picar cebolla. Se da modos para tostar el fideo y el arroz. Para demostrarlo, nos invita a entrar a su cocina y, efectivamente, todo lo hace con la boca.

Entre sus deseos, una casa

Asegura que su mayor deseo es ver profesionales a sus hijos. También abrir un centro para personas con discapacidad, donde se les apoye con orientación y motivación para que aprendan a valerse por sí mismas y no sean dependientes de su familia.

“He visto que casi siempre una persona con discapacidad está sujeta al apoyo de una persona de la tercera edad y eso no es bueno, tienen que ser independientes”, aconseja.

Otro anhelo de Juan Carlos es tener una casa propia. Dice que visitó todos los bancos y en todos se niegan a concederle un préstamo por su condición. “No les estoy pidiendo que me regalen, solo pido que sean un poco más flexibles con los requisitos y me otorguen un préstamo a largo plazo que pagaré porque trabajo y gano plata”, concluye.


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