Un milagro a distancia

Retomamos el tiempo ordinario después de haber celebrado las grandes fiestas de nuestra fe: Muerte y Resurrección de Jesús, Pentecostés, Santísima Trinidad y Corpus Christi. Con este domingo noveno del tiempo ordinario, tendremos la guía del evangelista Lucas, es él a quien le corresponde este ciclo C, que finalizará en noviembre en la solemnidad de Cristo Rey, fecha en que se cerrará el Año Jubilar de la Misericordia.

Las tres lecturas de este domingo coinciden en presentarnos la salvación que Dios ofrece a la persona, que es universal. Salomón, al inaugurar el templo de Jerusalén, tiene una visión universal, de apertura para todos aquellos que vayan a orar a ese lugar sagrado: el templo estará no solamente disponible para los israelitas sino también para los extranjeros; “cuando uno de un país extranjero venga a rezar en este templo, escúchale tú desde el cielo y haz, lo que te pide el extranjero”. A Jesús, en el evangelio, lo vemos curando a un extranjero. Pablo, en la segunda lectura, nos presenta la gran tesis de la admisión de los paganos a la Iglesia, en la carta a los gálatas.

El Concilio Vaticano II nos ha enseñado cómo la salvación es para todos, o sea, la salvación es universal y nos invita a descubrir lo bueno que Dios mismo ha puesto en el corazón de todas las personas: “Cuanto de verdad y gracia se encontraba ya entre las naciones paganas, como por una casi secreta presencia de Dios, lo libera de contagios malignos y lo restituye a su Autor”. Nos habla de una gracia presente en los paganos antes del anuncio del evangelio, gracia que es fruto de una presencia secreta de Dios y, a veces, inadvertida. La evangelización no es llenar solamente la persona de una serie de conceptos porque se encuentra vacía en su corazón, sino en hacerle tomar conciencia de la presencia callada de Dios en su vida.

El Centurión es un oficial del ejército romano, pagano, que no estaba dentro de la religión judía. Él manda a unas personas para entrevistarse con Jesús, y pedirle que cure a su sirviente de la enfermedad. Son un grupo de los ancianos de Israel quienes se acercan a Jesús para solicitar la curación porque este hombre era bueno con el pueblo. Jesús alaba la fe de aquel hombre y lo presenta como ejemplo para “quienes están, pero no son”. Aquí podemos incluir a todos los cristianos, llamados a la conversión continua. Sucede en no pocos casos que personas que se creen cristianas no tienen fe. Jesús se queja de la falta de fe de sus paisanos

Jesús y el Centurión no se conocían pero se comunicaron a distancia y a distancia fue el milagro. El Centurión, al oír hablar de Jesús, le envió su petición, a través de los ancianos, pidiéndole que fuera a su casa a curar a su sirviente. Cuando Jesús estaba cerca de la casa, el Centurión mandó una segunda legación por medio de otras personas, diciéndole: “Señor, no te molestes; no soy yo quien para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creo digno de venir personalmente. Dilo sólo de palabra, y mi criado quedará sano”. Jesús quedó admirado y comentó: “Les digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Al llegar a la casa, los enviados encontraron al criado totalmente sano.

Cuando fue escrito el evangelio de Lucas ya la Iglesia admitía en su seno a los paganos, éstos eran todos los que no adoraban al Dios de Israel. A la iglesia naciente le costó aceptar la verdad: “Dios no hace acepción de personas”. Sin duda que el Espíritu es el que guía a la Iglesia. La Iglesia fue dando pasos adelante y pasos atrás. Por eso debemos preguntarnos en este domingo, si somos universales en nuestro corazón, si tenemos un corazón abierto. La actitud del Centurión y la alabanza que hizo Jesús son una lección que nos ayuda a revisar nuestras actitudes mentales. El Concilio Vaticano II nos enseña que los cristianos deben dialogar con los creyentes de las diversas denominaciones y también con los no creyentes.
Jesús alaba la fe del Centurión, “ni en Israel he encontrado tanta fe”. Nuestra actitud de fe y humildad tiene mucho que aprender del Centurión. En cada comunión, antes de recibir el Cuerpo y Sangre de Cristo, decimos: “Señor, no soy digno”. Estas palabras hay que decirlas con profunda humildad y evitando la lacra de la rutina. Decirlas conscientemente conlleva el reconocerse pecadores, pues todos somos pecadores y sólo Dios puede hacernos dignos. Nadie es digno de recibir la comunión, ni el Papa. La humildad del Centurión le mereció el milagro de Jesús. El amor y la salvación son regalos de Dios y no se debe a nuestros propios méritos.

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