El desarraigo en el siglo XXI

Cuando el hombre alcanzó a ser sedentario en el Neolítico y a controlar la naturaleza a través de la agricultura, empezó a establecerse en un sitio o territorio que luego llamó hogar, un espacio propio que –entendió– debía cuidar para la extensión y seguridad de su prole.

Desde hace aproximadamente 15.000 años el ser humano ha seguido diversos e increíbles procesos con el afán de sentar raíces y dejar su huella en un lugar. Desde la comarca, región, provincia, departamento, nación, como se la quiera llamar, la humanidad atravesó largas y encarnadas luchas con el fin de afianzar su espacio y territorio para enriquecerlo, engrandecerlo y procurar todo tipo de beneficio y desarrollo en donde sellar su idioma, tradiciones, cultura, economía, producción.

Sin embargo de la dilatada travesía humana por estar, residir, habitar un espacio propio, no siempre fueron las condiciones sencillas o fáciles para quedarse en un mismo sitio y disfrutar de él.

En plena segunda década del siglo XXI podemos constatar que esa larga demanda del ser humano por construir un hogar no ha concluido. Hoy complejas situaciones amenazan la seguridad de quienes intentan mantenerse en el seno de sus países con sus familias, amigos y vecinos.

Según datos de la Agencia ONU para refugiados (Acnur), la guerra, las persecuciones, la violencia, el hambre y la miseria obligaron en 2017 a 68,5 millones a desplazarse de sus hogares, solo por dar unas cifras.

Desde Siria, Yemen, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, millones de personas se dirigen a Europa en condiciones lamentables y desde Centroamérica y México, miles se trasladan en caravanas hacia Estados Unidos en busca de trabajo, mejores condiciones de vida, huyendo de la pobreza y la violencia.

Se trata del fenómeno del desarraigo, un problema acuciante de millones de seres humanos que se ven obligados por las duras condiciones a trasladarse de un país a otro, de un continente a otro.

Desde la sociología, el desarraigo refiere a personas que se mudan de su lugar de origen para ubicarse en uno nuevo, desplazamiento que no es voluntario sino más bien obligado por condiciones y factores de extremo conflicto. Se ven obligados a abandonar su entorno y pierden los lazos que los unen a sus propias raíces. El desarraigo es la pérdida de los vínculos que unen al individuo con su entorno social, familiar, cultural o incluso laboral.

El más tortuoso proceso de desarraigo en el continente se suscita en Venezuela, en donde miles de personas están padeciendo el drama de dejar sus hogares y alcanzar nuevos rumbos en largas caminatas porque no cuentan con recursos para pagar un pasaje.

Esta situación es seguida por organismos internacionales, que intentan revertir las causas del desarraigo originadas en una crisis política sin precedentes y que ha derivado en problemas como la hiperinflación, inseguridad, persecuciones políticas, falta de medicamentos y productos de primera necesidad.

En la mayoría de los hogares bolivianos sufrimos igualmente este fenómeno del desarraigo: la ausencia de seres queridos que tuvieron que desplazarse por motivos laborales a países vecinos.

Pero el desarraigo no es solo externo. En Bolivia el desarraigo es, sobre todo, interno. Cientos de bolivianos dejan sus tierras y territorios agobiados por la pobreza, la inseguridad y la violencia, en busca de mejores opciones de vida. Desplazamientos forzosos del área rural a la ciudad en donde sufren aislamiento, pérdida de su cultura y la destrucción de sus familias.

El desplazamiento forzoso del ámbito rural al urbano genera en los hechos graves problemas sociales como la pobreza y miseria que ocasionan delincuencia, violencia, trata, drogadicción, narcotráfico y discriminación.

El desarraigo es un parámetro que alerta sobre una sociedad sumida en crisis y Bolivia refleja en datos precisamente aquello, aunque desde las esferas oficialistas aseguren que “la clase media creció”, discurso que además repiten los dirigentes de partidos políticos cuando, en los hechos, se trata de pobladores del área rural que subsisten en cordones de miseria en la periferia de las ciudades, sin servicios básicos y con altas tasas de desnutrición, desempleo y analfabetismo, representando cada uno de ellos solo una cifra en las estadísticas del “60% de población urbana”. Falacias, como la bonanza económica que no existe.

 

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