LA LUZ Y EL TÚNEL

¿Quién dijo que todo está perdido?

Lo dijo el presidente, cuando afirmó que “nada puede hacerse”, sino evacuar a los damnificados. Sus ministros y parlamentarios, al señalar que se actuó a tiempo, que se debe felicitar al jefe de Estado por su “valerosa actuación”, la declaración de Leticia al proponer difusos acuerdos, no obligatorios ni perentorios.

Cuando se haga un recuento de quiénes hicieron qué, cómo y cuándo, se verá cristalinamente, sin margen de error, que quienes todo lo entregaron, los que lo siguen haciendo, son los que menos tienen, como Enrique Pablo, nuestro bombero inmolado; las familias que viven y resisten las llamas, sin resignarse; los municipios más pequeños que agotaron sus recursos; los jóvenes que salen a las calles a decir su bronca, sus ganas de que las cosas sean de otra manera; los que están juntando semillas de árboles y refugiando a los animales, heridos, quemados, espantados. 

Contraste brutal con los que más tienen: el Estado, en casi todos sus niveles y especialmente el central, que proclama y se rompe la garganta porque ha gastado ¿qué? 11, 15 millones. ¿Y los 500 millones que cuesta la propaganda oficial?¿Y los palacios de jerarcas, parlamentarios, ministros?

Las cuentas llegarán, sin falta, pero lo que hoy cuenta es enjugar las lágrimas y convertir el dolor en ímpetu de construcción, igual que ahora, es decir desde abajo, del seno mismo de la sociedad, porque sin margen de error: los que tienen el poder y no quieren soltarlo y los que aspiran a desplazarlos empezarán  a darse cuenta de que hay que hacer algo, cuando hayamos empezado a construirlo; antes, seguirán especulando, calculando y jugando como saben hacerlo.

Lo primero es detener todas las incursiones, avasallamientos, vestidos o no de falsa legalidad, que han permitido contrabandear poblaciones en bosques, parques y territorios indígenas. Marcha atrás con todas las triquiñuelas del ministerio de Desarrollo Rural, INRA y sus amistades y parientes. Inmovilización de toda acción que no sea para mitigar y recuperar. Al mismo tiempo, romper con la hipocresía estatal de no declarar desastre “porque se afecta la imagen del país” (les preocupa su imagen, no la de Bolivia).

La ayuda externa que ha llegado hasta ahora merece nuestro respeto y gratitud, permanentes, o totales, como decía Cerati. La que necesitamos es mucho mayor y es parte de la responsabilidad colectiva, mundial, para salvar los pulmones del mundo –la Amazonía–; el punto universal en que Naturaleza y música se han encontrado –la Chiquitanía–; el Pantanal y el Chaco, como depositarios de biodiversidad única. ¡Y para ello no bastan monsieur Macron 22 millones de euros! Necesitamos de un esfuerzo serio y suficiente de la comunidad internacional que reactive economías deprimidas y expulsoras de harapientos que van a buscar desesperadamente su vida al Norte.

Nadie arriesgará un centavo con las administraciones corruptas que se turnan, una tras otra; nuestra interpelación y movilización por ayuda requiere que limpiemos la casa. Esta no es una cruzada por misericordia, es la reformulación completa de cómo hacemos las cosas. Empieza en Santa Cruz, pero abarca la reactivación de la economía del país, fuera de los planes de reforma estructural devaluaciones y desempleo,  en los que caerán todos, incluyendo al MAS, si no cambiamos de esquemas y modelo productivo.

Para ser creíbles, necesitamos hacer de Bolivia la primera bioeconomía que haga de los bosques, de la biodiversidad, de la recuperación de tierras erosionadas y desertificadas la alternativa, a la que impulsan hoy el MAS y sus aliados de los capitales transnacionales de los agronegocios; necesitamos de producción de un millón de toneladas de quinua en tierras áridas, con tecnología nuestra que ya existe, de la investigación pionera en energías limpias, de la ruptura de la dependencia de los combustibles fósiles, empezando ¡ya! Necesitamos de la educación dirigida a una producción renovada, creativa, contraria al calentamiento.

Empezarán a prestarnos atención cuando empecemos a crear empleos para la mitigación, la sanación de los daños que hemos causado, la reconstrucción, rompiendo y corrigiendo todos los programas electorales que nos ofrecen. Poniendo punto final antes de que empiecen obras delirantes y destructivas como el Chepete o la ampliación de cultivos para biocombustibles, o para producir plásticos y seguir asfixiándonos con ellos.

Antes, durante y después de las elecciones, porque nos estamos jugando todo. 


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