Hoy, 16 de octubre, es el Día Mundial de la Alimentación. Se trata de una jornada que, como todos los años, es dedicada a este tema desde 1979, cuando la Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) decidió poner especial énfasis en la necesidad de concientizar a los pueblos del mundo, a los gobiernos e instituciones públicas y privadas, sobre el problema alimentario mundial y fortalecer la solidaridad en la lucha contra el hambre, la desnutrición y la pobreza.
Desde entonces, en esta fecha se difunden los informes, análisis y evaluaciones sobre los avances y limitaciones de los esfuerzos que se hacen para aliviar las carencias alimenticias que afectan a una muy alta porción de la humanidad. Y se elige un tema central alrededor del que giran las reflexiones y recomendaciones.
Este año, el lema utilizado es “Una alimentación sana para un mundo hambre cero”. Un eslogan muy optimista, como suelen ser los que se enarbolan todos los años, lo que no sirve para ocultar una realidad poco alentadora. En efecto, la cifra de la población con hambre ya lleva varias décadas sin disminuir. Ha llegado hasta los 920 millones y según algunos al menos 1.200 millones de personas sobreviven con ingresos de 1 dólar diario.
En lo que a Bolivia corresponde, todos los informes coinciden al señalar que nuestro país se destaca por estar en medio de una muy paradójica situación. Es que si bien figura en un lugar privilegiado entre los países con mayor potencial agropecuario, también ocupa los primeros lugares entre los más afectados por la mala alimentación de su población. Está entre los que más rápidamente ve avanzar su frontera agrícola sobre sus bosques y selvas, y al mismo tiempo entre los que año tras año ve crecer su dependencia de la importación de alimentos.
Bolivia se destaca también por ser uno de los países más afectados por el cambio climático. Y, lo peor: figura entre los que más contribuyen al deterioro de la salud ambiental del planeta.
Para afrontar tan complejo panorama, durante los últimos años se han hecho notables esfuerzos entre el sector público y privado para optimizar el aprovechamiento de nuestro privilegiado potencial agrícola. Y aunque se han dado importantes pasos en esa dirección, es evidente que estamos lejos de hallar la fórmula más adecuada para que el desarrollo del sector agropecuario beneficie en primer lugar a la población boliviana y, lo más importante, que eso se logre sin poner en riesgo la preservación a mediano y largo plazo de las condiciones medioambientales necesarias.