Puño y Letra

De lo espiritual en el ajedrez

Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Esta frase tan escépticamente clara hace poca justicia a los canes. Suena y resuena en los confines del hastío cuando uno levanta la cabeza y solo ve muerte...

Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Esta frase tan escépticamente clara hace poca justicia a los canes. Suena y resuena en los confines del hastío cuando uno levanta la cabeza y solo ve muerte, miseria, podredumbre, gente hueca y miserable en un mundo que todavía se asemeja a aquélla metáfora del medioevo, con los reyes como mensajeros de Dios y los peones como carne humana sin más destino que la salvaguarda de la corte. Escribo esto y los trogloditas vuelven a salir de la cueva, esta vez en Manchester y en Londres, y se han puesto a deglutir niños vivos, enteros, para estimular su escasa imaginación australopithecina.

Pero aún hay esperanza y hete aquí que el peoncillo cruza el tablero sigilosamente, como si no fuera la cosa con él y a medida que avanza casilla a casilla, su poder se acrecienta. En la fila cuatro es una gran herramienta, un punto excelente de apoyo para las piezas, sobre todo para el caballo que encuentra donde parapetarse, ayudado y protegido por el paria que ha subido en la escala social desde el ostracismo de la fila dos, donde era un desposeído sin techo, uno más del lumpen proletariat. En la fila cinco, su presencia empieza a preocupar al ejército contrario, es como una cuña que abre el campo enemigo y se adentra entre sus huestes con malas intenciones. Cuando llega a la fila seis suenan todas las alarmas, el ejército contrario intenta emplear todas sus fuerzas para bloquear su avance: se vislumbra la metamorfosis. En la fila siete el peón es más fuerte que la amenaza, cuya consecución ocurrirá en la fila ocho, cuando haya por fin pasado por toda la trama de la vida y elija su nuevo destino: la poderosa dama, la majestuosa torre, el intrépido alfil o la figura ecuestre. Se ha realizado el milagro, el final feliz anhelado, la trascendencia a un destino oscuro y pobre, la gran transformación.

Esta secuencia que ocurre en cada partida (para ser precisos, en aquellas en las que el peón logra promocionar en la última fila) forma parte del uso y abuso del ajedrez por aquellos que, como nosotros, escribimos y nos apasionamos por la cantidad desmesurada de imágenes y metáforas que encontramos en el juego, que se nos antoja arte y se nos antoja ciencia. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo transmitir a un lector que nunca ha jugado al ajedrez la pasión por los trebejos? ¿Cómo explicármela a mí mismo? Cuanto más me relaciono con ajedrecistas profesionales más comprendo que existen diferencias fundamentales en la manera en que estos encaran el propio juego. Estas diferencias vienen dadas por actitudes vitales que reflejan el hecho de que han elegido el ajedrez como profesión, por lo que toda mística o resplandor metafórico ajenos al juego, a la competición y a la imperiosa necesidad de ganar, se convierte en parafernalia superflua. Bonita, sí, pero superflua; el reino de la parafernalia innecesaria es un ámbito en donde, en cambio, se mueven (nos movemos) a sus anchas, los aficionados.

Se me ocurre que nada menos que Vasili Kandinski, el padre del arte abstracto, nos puede ayudar en esta empresa. Kandinski nos dejó un legado impresionante como impulsor del arte moderno, de la abstracción y de la racionalización tanto del arte como del carácter del artista. Hablaba de una «necesidad interior» en el arte. Un impulso que lleva a las personas (a los artistas más concretamente) a llevar a cabo la locura del arte, es decir, la locura de plasmar una acción de búsqueda personal para someterla al escrutinio de los demás. Suena familiar a los ajedrecistas, debería serlo: la partida de ajedrez es un acto público, es un desnudar la mente frente al implacable espectador en el presente y en el futuro. Sin duda el ajedrez es un acto de calculada locura. Mi éxito, mi fracaso, mi concepto acertado, mi jugada brillante, mi ceguera absoluta, mi error de bulto. La agonía de la creación en un marco competitivo, desnuda, para escarnio de cualquiera que quiera, que se atreva, que sepa verlo; abierta de par en par para ser criticada sin remisión: «A ver, dime ¿cómo pudo jugar ese plan tan descabellado? ¡pero si hasta un niño puede ver que está equivocado!». Y el implacable aficionado larga su retahíla de epítetos y adjetivos para dar coherencia a su comentario… y no se da cuenta de la tortura interior del jugador, de sus anhelos, de sus frustraciones, de la voluntad de ganar y del miedo a perder, de su preparación de esa fracción de segundo en que decidió quizás de manera inconsciente que atacaría por el ala de dama y todo comenzó a ir de mal en peor.

Kandinski lo intuyó, en lo que se refiere a la creación artística, en su libro clásico de 1912: De lo espiritual en el arte. Tres principios rigen según él todo acto creativo, toda necesidad de crear. Son necesidades místicas, es decir, que no se alimentan directamente de la razón sino que se apoyan en un impulso personal de encuentro con uno mismo (y, sin embargo, me consta que la mayoría de los ajedrecistas no son conscientes de ello) pero veamos qué son esos tres impulsos, esas tres necesidades:

1. La personalidad: el artista, como creador, ha de expresar lo que le es propio.

Nosotros leemos: la personalidad del ajedrecista que elegirá unas estructuras y no otras; propondrá unos planes y no otros; hará jugadas más arriesgadas y no otras… y tendremos a un Kárpov que someterá al rival con jugadas calculadamente fuertes pero no espectaculares frente a un Kásparov que destrozará la resistencia del otro jugando con la potencia de lo espectacular. Personalidades distintas, juegos distantes; expresiones dispares de un mismo elemento. El «gélido Tolia» frente al «oso de Bakú»: ¿qué más decir?

2. El estilo: el artista ha de expresar lo que es propio de su época.

Y el ajedrecista sucumbirá a la moda de una apertura y no otra y será romántico o será hipermoderno o dinámico o ecléctico… o no será… Y el jugador romántico ensayará gambito tras gambito y sacrificará sus piezas una y otra vez y no dejará que nadie le diga que su ajedrez no es sólido; y el jugador hipermoderno será más cauto y no abrirá el centro sino que lo controlará desde atrás con sus alfiles situados en las grandes diagonales; y el jugador dinámico dará un impulso a sus piezas fruto de la coordinación excepcional que someterán al valor material; y el ajedrez ecléctico de hoy en día, ayudado por el análisis de las máquinas sabrá utilizar cualquier recurso ganador en el momento adecuado y para cada posición precisa.

Y la tercera necesidad une el arte con el artista, la transcribiré en su totalidad:

3. «El artista, como servidor del arte, ha de expresar lo que es propio del arte en general (elemento de lo pura y eternamente artístico que pervive en todos los hombres, pueblos y épocas, se manifiesta en las obras de arte de cada artista, de cualquier nación y época, y que, como elemento principal del arte, es ajeno al espacio y al tiempo)».

¡Ah! lo puro y eternamente propio del ajedrez, las verdades que se esconden tras las estructuras de peones; el alma del ajedrez, el espiritu de Philidor, la estrategia de Steinitz, la lógica de Capablanca, el empuje de Lasker, el dinamismo de Alekhine y la magia de Tal, la voluntad de Fischer y el rigor de Kárpov, la potencia de Kásparov y la increíble visión de Carlsen….

Sigue Kandinski: «Es suficiente con penetrar en los dos primeros elementos con los ojos del espíritu para que se nos haga patente el tercero. Entonces comprenderemos que una columna toscamente labrada de un templo indio está animada por el mismo espíritu que cualquier obra viva moderna».

Comunión de tiempos; amalgama de espacios; el ritmo y la palabra: las partidas de Ruy López animadas por el mismo espíritu de una partida moderna.

El ajedrez mueve el espíritu; quien nunca haya caído presa de la belleza de sus movimientos, de la armonía que desprende la justa coordinación de las piezas, de la fuerza de un sacrificio inexpugnable, de la inexplicable quietud de una jugada intermedia no podrá entender la pasión que mueve al aficionado. Mientras tanto, los jugadores profesionales nos siguen mirando con cierta condescendencia; ellos son los poseedores del verdadero conocimiento, pero nos dejan que exploremos este otro mundo: el de las metáforas que poco, o quizás nada, tienen que ver con el verdadero ajedrez. Sigamos jugando, antes de que los trogloditas vuelvan a salir de sus cuevas.

Kasparov, la rebeldía en el ajedrez de la URSS

En la época de la Unión Soviética, el ajedrez era algo más que el deporte nacional: era también un símbolo de la superioridad del hombre soviético, de su brillantez intelectual, una medalla que exhibir ante el mundo occidental. Por eso el juego que había practicado el propio Lenin estaba férreamente controlado por el poder del Kremlin y los altos funcionarios del Partido Comunista. Cuando en 1 985 se proclamó campeón del mundo un jugador que, siendo soviético, cuestionaba las decisiones de su propia federación y se presentaba como un rebelde dentro de la propia URSS, los cimientos del Kremlin temblaron.

Él era Garri Kasparov y quizás no por casualidad su coronación tuvo lugar en el mismo año que Mijaíl Gorbachov fue nombrado secretario general del PCUS. Ambos confirmarían que algo profundo estaba comenzando a suceder en las estructuras soviéticas, que empezaban a experimentar el movimiento de placas tectónicas que acabaría por sacudir años después a todo el régimen.

El ajedrez de Borges

I

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas. El tablero

los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores

las formas: torre homérica, ligero

caballo, armada reina, rey postrero,

oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,

cuando el tiempo los haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra

cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra.

Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino

sobre lo negro y blanco del camino

buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino,

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero

(la sentencia es de Omar) de otro tablero

de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?


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