Puño y Letra

Se fue el Paolo

Se fue el Paolo, chicos. Pero él no quería irse. Juro que no quería. No quería irse de Bolivia, de sus Andes, su Yotala y sus compañeros, el Gon, el Lucas y la Alice. Su familia. Jamás dejando de lado a la Tere...

Se fue el Paolo
Se fue el Paolo

Se fue el Paolo, chicos. Pero él no quería irse. Juro que no quería.

No quería irse de Bolivia, de sus Andes, su Yotala y sus compañeros, el Gon, el Lucas y la Alice. Su familia. Jamás dejando de lado a la Tere, por su puesto.

Pero su familia era aún más numerosa. Se le creció en este país al que junto a César y el Teatro de Los Andes, cambió un poco el rostro. Porque con su grupo aportó para que las tablas vuelvan a inquietar aquí y para que el teatro boliviano se pasee por el mundo llevando en alto el nombre de este país y, finalmente, para que estemos un poco más orgullosos de nosotros mismos. Eso ni haría falta decirlo, pero sí hace falta.

Hace falta porque el Paolo no quería irse, pero este país ingrato con los artistas y los que producen desde la intelectualidad, al que adoptó con tanto amor Paolo, a él nuestra Bolivia no le dio seguro de salud, por ser extranjero y por ser artista. Porque aquí a los que llegaron de fuera y son bolivianos por elección, les complicamos un poquito la estadía en vez de ayudarlos a querernos. De todas formas, Bolivia no le dio carnet de artista y nuestro deficiente sistema de salud no hubiera podido atenderlo y entonces tuvo que irse a tratarse en su país natal.

Se fue allá el Paolo, pero no quería, no quería que lo tratasen y no quería irse.

Porque así de caprichoso era, sí, pero además porque quería “seguir estando”, siempre incondicional, para sus compañeros, a los que defendió y elevó a ultranza desde su hacer y su carisma. Sí, era caprichoso, no era perfecto ni virtuoso, pero por eso mismo era carismático y humano, y eso lo hacía entrañable e imprescindible.

Pero, como son las cosas en Bolivia, a desgano tuvo que irse el Paolo a tratarse a su Italia amada, la del ristretto, il calcio y la pasta, la de la Lollobrigida, Benigni y la de Ferrari que tanto le gustaban –sí, incluida la Fórmula Uno, que miramos juntos un par de veces y ya no lo haremos más.

A desgano se fue porque Paolo amaba esta Bolivia mágica que él describía en un par de dichos esenciales a nuestra idiosincrasia: “ojalá” y “qué macana”. El “ojalá” con que nos aventuramos de la forma más imprudente y maravillosa al punto de sacar adelante las empresas menos probables –comenzando por el lograr sobrevivir, algunos incluso haciendo teatro, como el Paolo. Y el “qué macana” pues, a pesar de lo fantásticamente imprevisible que es este territorio, su gente y sus ‘haceres’, a veces las cosas no salen bien y, entonces, queda el “qué macana”, que ayuda a esperar que llegue algo mejor.

Y se reía el Paolo de estos detalles que hacen tan surreal este país, y los celebraba. Y le encantaba estar aquí al punto de invitar siempre a todo el que conociera a venir. Y por eso no se iba.

Se hizo querer el gordo y quiso a tantos.

Se fue el Paolo, pero él no quería irse del comer bien, el jazz, un buen vino y “La bámbola”, claro. Porque era una persona viva a la que le gustaba la vida y la alegría. Y, aunque la “nostalgía italiana” fue pudiéndole con los años, seguía lanzando ironías cada que podía y no me cuesta nada imaginar sus ojos brillando al hacer reír y al coquetear con el personal médico incluso hacia el final.

Y se nos fue.

Un cachito al menos.

Parece que es así.

Aunque tampoco quería irse de nosotros.

Porque nos puteaba y renegaba, porque nos miraba como a hijos. Y por eso me putearía por escribir esto y aprovecharía para decirme ‘pelotudo’ por seguir haciendo un teatro tan duro. Y luego se reiría y me daría la espalda para tirarle bola a alguien que valga más la pena, a la Sarita por ejemplo, a quien yo no sabré qué decirle cuando me vuelva a preguntar “¿y el Paolo?”...

Porque la Sarita pregunta siempre por él, porque como alma buena que era, él captaba la atención de los niños. Y eso era el Paolo, un alma buena. Y también un niño.

Y por eso no quería irse.

Y por eso, a pesar de que se fue, se queda con nosotros el Paolo.


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