Puño y Letra

Las cumbres

Alex Salinas reflexiona poéticamente sobre los horizontes, la imaginación, y la naturaleza humana, a partir de la sorpresiva visita de la nieve a nuestra ciudad y cordilleras.

Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos, hay un espejo que me ha visto por última vez, hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.

Jorge Luis Borges

Recuerdo que a mi finado suegro le desagradaba escuchar la noticia de la muerte o desaparición de un escalador de alta montaña. Para él, era un incordio ir en su búsqueda o rescate, arriesgando otras vidas y mayores recursos por personas que, muy conscientemente, habían arriesgado su seguridad al internarse en lugares inhóspitos no aptos para el hombre.

No estaba de acuerdo, pero tampoco dejaba de darle algo de razón. Cuando uno se pregunta por los motivos para intentar llegar a la más alta cima, surgen opciones como la de la búsqueda de la fama o la de promover una agenda u orgullo nacionalista. Pienso, sin embargo, que esas son ya motivaciones del pasado, apropiadas sólo para contadas personas.

Hace algunos años, creo que fue en la película Siete años en el Tíbet, el personaje del Dalai Lama le preguntaba al personaje interpretado por Brad Pitt por qué quería escalar la montaña. Brad Pitt simplemente responde: porque está ahí. Creo que esa es la respuesta más sabia, también la más humana. Lanzarse a la cumbre simplemente porque está ahí, tanto como comer de una fruta o abrir una caja porque simplemente se te ha sido prohibido hacerlo, sin saber exactamente los motivos. La cumbre, el árbol, la caja, sin embargo, están allí y no puedes dejar de conocerlos.

He crecido rodeado de montañas, una cordillera azul de picos puntiagudos y, algo más lejos, un gigante de más de 5 mil metros que, en determinados días, brilla blanquecino al caer el sol después de la lluvia. Desde que tengo memoria siempre me había preguntado por lo que uno encontraría en la cima, por cómo se vería el mundo desde allí arriba. Me preguntaba por sus caminos, por el cauce de los ríos que seguramente descendían por sus laderas. Con el tiempo, esas preguntas llegaron a abrumarme, hasta no satisfacerlas, hasta no marchar a darles respuesta. Por eso no comprendo la fascinación de algunas personas por el paisaje monótono del océano, a no ser que uno se convirtiese en explorador de los abismos, pero eso es ya es más difícil. La visión de una montaña, sin embargo, no hace más que despertar la curiosidad innata de la infancia por saber qué valle, rio o cascada se esconde detrás del próximo recodo, que hay más allá de las apachetas. Después, marchar es como escribir, estar en completo trance hasta que llegas a la cima, sintiendo la vida entrar y abandonar tus pulmones, pasar por cada resquicio de tu cuerpo.

Contrariamente a los contados instantes en los que podemos experimentar la eternidad, esos momentos y lugares, decía Borges, que unen idénticos (pues es el mismo), su aparente ayer con su aparente presente (como el segundo cuando alzas la vista y a través del añil intemporal del cielo cruza veloz una bandada de loros bulliciosos), algunas veces, en la cumbre, se llega a una conciencia que sólo se logra también en contadas ocasiones, la completa y clara certidumbre de estar ante un hecho único e irrepetible, el sitio y el momento al que ya no podrás regresar, en el que algo de ti se va y te abandona sin retorno. Después de recuperar el aire y liberarse del cansancio, sabes que tienes que llenarte la vista de todo, de grabar en tu memoria cada ángulo y plano porque, pase lo que pase, lo que sigue te llevará solamente hacia adelante, ya nunca de regreso. No hay lugar ni fuerza para las selfies, sólo para la completa claridad del instante.

Pocas veces he logrado tal clarividencia, como si fueras capaz de viajar en el tiempo para mirarte desde un futuro todavía distante; lo he sentido tal vez al leer las líneas de un libro, al cerrar otro y devolverlo a su estante; sumergido hasta los ojos en las aguas tibias de un lago; junto a miles de personas, al escuchar, detrás del humo, la primera línea de una canción: “Please let me introduce myself, I´m a man of wealth and taste”; en el abrazo, en algún aeropuerto o estación de autobuses; al girar la cabeza y ver a una ciudad desaparecer detrás de las lomas en el camino; quizá una noche de invierno, en un primer beso que bien intuyes también es el último; en los ojos pardos de mi abuelo, que me ven pero que ya están distantes; esta mañana junto a la ventana, al mirar a la ciudad después de la nevada, en el instante justo en que mi pequeña hija me nombra y estira mi mano para ir a jugar.

Alex Salinas en breve

Alex Salinas (Chuquisaca, 1975). Estudió en el colegio Sagrado Corazón de Sucre. Doctor en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad de Nueva York en Stony Brook, ha sido Profesor en el Departamento de Lenguas Modernas del Erskine College en Carolina del Sur.  Ha publicado los libros de poesía Oscilacion por el Azero (Quito, 2004) y Postales de Letrazelandia (Nueva York, 2011); el libro de cuentos Justo lugar (Quito, 2006); la novela Antes de las furias (Quito, 2010); y el libro de ensayos Otoño en la isla (Popayán, 2014). Beat, su segunda novela, se vende en Librería Rayuela del Supermercado SAS; Café La Guarida, Calle Azurduy 118; y en Librería Nao, Calle Calvo 261. 


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