Puño y Letra

Dos escritores, dos libros

Dos de los libros más vendidos de la última versión de la Feria del Libro de La Paz fueron: Ser payaso es cosa seria (Editorial El Cuervo), del periodista español boliviano, Alex Ayala Ugarte; y Crónicas del llokalla Jailón

Oscar Martínez, Crónicas del llokalla jailón

Dos de los libros más vendidos de la última versión de la Feria del Libro de La Paz fueron: Ser payaso es cosa seria (Editorial El Cuervo), del periodista español boliviano, Alex Ayala Ugarte; y Crónicas del llokalla Jailón (Sobras Selectas), del escritor y colaborador de este suplemento, el paceño Oscar Martínez. Puño y Letra no ha querido dejar pasar esta ocasión para hablar con ambos sobre su trabajo y sobre lo que les deja esta última experiencia.

 

ÁLEX AYALA, SER PAYASO ES COSA SERIA

P. Álex ¿Te consideras un tipo con sentido del humor? 

R. Me gusta mucho el humor negro, pero lo practico, sobre todo en privado, con mis círculos íntimos. En estos tiempos de redes sociales, cualquiera que se salga un poco de lo políticamente correcto corre el riesgo de ser linchado por hordas de trolls enardecidos dispuestas a todo amparándose en el anonimato. Me río a menudo de la vida y de mi condición de tartamudo. Y a veces, de las desgracias que me pasan. Por contra, no me gusta hacer gracias de las desgracias ajenas.

P. ¿Fue muy difícil seguir un año a más de una veintena de payasos en Bolivia? Sabemos que pueden tener vidas muy agitadas y, contradictoriamente, mal carácter. Al final, son personas como cualquiera. 

R. La verdad: los payasos me pusieron el trabajo fácil. Obviamente, me tocó “llamar” y esperar a que me abrieran la puerta. Pero en cuanto entramos en confianza, todo fluyó. Acompañé a los payasos en sus casas, en desfiles, en cumpleaños. Los pude ver en también las reuniones del gremio, en el circo y en actividades solidarias para ayudar a otros colegas que estaban enfermos. Hablé con un payaso que estaba en un asilo, con otro que se accidentó, con uno que había perdido a su pareja artística. Quise entender cómo nace un artista, cuáles son sus padecimientos o cómo se distrae cuando no trabaja. Los payasos y las payasas no son persona cualquiera. El oficio de hacer reír es uno de los más complicados del mundo. Yo realmente me quito el sombrero ante estos artistas.  

P. Te ha ido muy bien en la última Feria del Libro de La Paz, tu libro Ser payaso es cosa sería ha sido uno, sino el más vendido este año. A qué le atribuyes la buena acogida de tus libros. A Rigor Mortis, y a La vida de las cosas también les fue muy bien. Tus obras son best sellers en las últimas ediciones del circuito de ferias. 

R. A pesar de que las nuevas tecnologías son un arma de distracción masiva, hay algo que no ha cambiado mucho: a la gente le gusta que le cuenten historias que tienen que ver con ellos. Creo que todo se resume en eso.

P. Algunos escritores, entre ellos Coetzee, afirman que un mundo que no ríe y no ve las cosas con humor, es un mundo que cae fácilmente en el fascismo. No existe un mundo tolerante, ni una sociedad democrática posible, si se ha perdido el humor. ¿Estás de acuerdo? Cómo ves el humor de la sociedad española, ¿goza de buena salud? Y, ahora que has vuelto, el humor de la sociedad boliviana.

R. Un mundo que no ve las cosas con humor cae en el fascismo y en la soledad y en la individualidad y en el pesimismo. Para considerarnos realmente tolerantes deberíamos aprender a reírnos más y mejor de nosotros mismos y de lo que nos rodea. La risa es un vehículo que nos ayuda a comprender lo banales que son muchos de nuestros problemas. África es un continente que lo ha pasado francamente mal y allí las personas ríen muy a menudo: no se dejan desbordar por las adversidades. En general, creo que la sociedad española tiene bastante sentido del humor. La justicia española, sin embargo, quizás no tanto. Lo digo porque en más de una ocasión se han abierto procedimientos judiciales relacionados con un chiste o un comentario fuera de tono. Y en cuanto a Bolivia, creo que la gente a ratos es demasiado susceptible ante las críticas, los memes y los chistes. Nadie suele estar en desacuerdo con el humor hasta que le tocan una fibra íntima. ¿Eso qué significa? Que saltamos en cuanto se bromea con algo que tenga que ver con colectivos que nos representan. Y no tengo claro que esa sea la actitud correcta. Aunque soy de los que pienso que el humor, en casos muy concretos, no debería traspasar ciertos límites, también soy consciente de que es casi imposible fijarlos.

P. Ser payaso es cosa seria, como afirmaste en otras entrevistas, viene a desmitificar varios clichés que tenemos en torno al oficio de hacer reír. De todo el proceso y los resultados de tu reportaje lleno de historias, ¿qué es lo que más te conmovió?, ¿qué te deja esta experiencia periodística?

R. El libro desmitifica varios clichés. Pero no todos. Algunos creo que son más o menos acertados. Como aquel que dice que detrás de un payaso alegre suele haber una historia triste. Por ejemplo, fue duro escuchar cómo Silpanchito me contaba que se “bautizó” con ese nombre porque, cuando era pequeño, a veces comía un silpancho como almuerzo y cena; y también, cómo Nudito tuvo que trabajar de voceador y de lavaplatos para salir adelante antes de consolidarse como payaso. El cómico estadounidense Jango Edwards considera que “hacer el payaso es una forma divertida de ser serio”. Y yo estoy plenamente de acuerdo. Además, los payasos, a pesar de los problemas, son los máximos defensores de la máxima de cualquier artista: “Show must go on” (la función debe continuar). 

 

OSCAR MARTÍNEZ, CRÓNICAS DEL LLOKALLA JAILÓN

P. Tu libro está entre los más vendidos de esta edición de la FIL de La Paz. ¿Será que hay un llokalla jailón en el corazón de gran parte de los paceños, sino es que en el de todos los bolivianos? 

R. Bueno, no soy yo el que va a descubrir los conflictos de identidad en el que anida el cuento del mestizaje, pero según yo, lo que hay en el corazón de gran parte de los paceños y paceñas y todo boliviano/ana en general, es una gran contradicción. Ya ves, hasta hace relativamente poco, la música “nacional” era para indios y ahora se ensaya Caporales en fraternidades bien jailonas en San Miguel. Nos gusta el chairo y la comida nacional, la cual encontramos como muy emocional porque está en este lado cholo y como se ha hecho popular, también se puede presumir y generar esencialismos identitarios contradictorios.

P. “Me interesa lo que pasa todos los días y las cosas que hacen especiales al diario vivir y que no son extraordinarias para otros, excepto para el que las vive. Creerlas extraordinarias y que las crean de esta manera, creo que es el desafío”. Esta es la cita de una entrevista que te hicieron en un periódico nacional. Esta cercanía con lo cotidiano. Este tipo de crónica que ensayas, entre la ficción y la realidad, impregnado de oralidad ¿crees que es un género necesario para atrapar la vitalidad del lenguaje de la calle, para procesar la realidad paceña, en tu caso? Lo digo porque el tono de tus crónicas es un tono de confianza, casi una conversación, algo muy cercano al lector.

R. En principio me gustaría decir que el día a día está muy venido a menos. Todos queremos algo que rompa la rutina y sea una aventura. En una ciudad tan desordenada y caótica como La Paz, aunque hagas cosas más o menos diferentes, siempre haces lo mismo. En el centro siempre hay un lío que o te obliga a quedarte en una trancadera clavado al celular o decides ir a pie y ves en el comedor del “Merlan” (Mercado Lanza para los conocedores) a los mineros y policías que una hora antes estaban sacándose la mierda a gas y dinamitazos, compartiendo la misma mesa, pasándose el salero y la llajua. Eso no me lo contaron, yo lo vi. Entonces así es fácil que la crónica, más que ese apego al dato exacto como en la crónica periodística, explore más bien las posibilidades de lo que es cierto o lo que es una exageración. Para contar las cosas así prefiero que sea de manera directa y que cada crónica encuentre su propia voz o al menos eso intento.

P. En una reseña de tu libro, Quispe Flores afirma que tu obra es como un espejo translúcido en el que “de un lado está el jailón y del otro el llokalla; está el presente y el pasado. Lo paradójico del asunto es que ambos son muy distintos, pero a la vez el mismo: una condición conflictiva que le da sabores singulares a las páginas de este libro”.  Eres, entonces, como diría Bryce Echenique, un observador que se observa a sí mismo, observando. 

R. Raymundo es un tipo generoso y en su reseña quizá pudo ver cosas que yo hago de forma más instintiva. Sí, es un narrador que ve el pasado desde ahora, desde el presente, de ahí viene el juego de la memoria, pero mi interés principal es dar cuenta de las contradicciones, como describí más arriba, que tenemos. Algo así como que lo que era en un cuento de mi otro libro “El cholo burgués” estaba buscando en el llokalla jailón.

P. ¿Qué lecciones nos dejaron los 90s y en qué proyecto literario andas metido ahora, si es que hay alguno? ¿Vienes a Sucre a presentar tu libro?

R. La lección es que todos nos vamos a morir tarde o temprano, entonces hay que olvidarse de eso de la inmortalidad y de estar queriendo ir a boliches donde solo ponen vinilos. En los noventas las cosas duraban, y si pienso eso de repente es que sí. Ya estamos viejos, después de todo.

Justamente, los noventas es un poco el tema de la novela de la que provienen estas crónicas del libro. Escribiendo esta novela, que también tiene que ver con la violencia de grupos juveniles de mediados de los años noventa, escribí varias crónicas para ir armando la historia. Así que espero trabajar en esa novela y a ver si puede acabarse de alguna forma.

Sucre es una de mis ciudades favoritas. De hecho ahí pasé mi último año nuevo y ya me hace falta un mondongo de El cuchillo y que sea como Dios manda. Si aún no lo haremos, espero que hasta antes de fin de año lo podamos lograr.

 

 


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