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Inmigrantes en Santa Cruz

03 Enero 2016Oscar Díaz Arnau
Inmigrantes en Santa Cruz

Inmigrantes en Santa Cruz

Cuando el presidente Morales, el 15 de agosto de 2012, refirió en un discurso que “…en el oriente boliviano (…) solo por flojos podemos hambrear…”, no tomó en cuenta una apreciación generalizada hace mucho tiempo en el país, la del cruceño propenso al esfuerzo privado, algo que es una virtud incuestionable de trabajo. Pero, ¿habrá algo de verdad en tan controvertida afirmación del mandatario? ¿Cómo se explica que el cruceño haya sido desplazado de los nuevos cultivos en su tierra, en los últimos 40 años?

Por una sonrisa y la desenvoltura local han cambiado muchos de ellos la apocada timidez que les acompañó hasta aquí hace 20, 30 o 40 años, cuando siendo niños llegaron traspirando la mano de sus padres para ayudarles a cosechar la caña de azúcar o a sembrar arroz.

Padecían entonces los calores y los mosquitos, disfrutaban como nadie del agua que tanto piden las sedientas tierras de occidente, alrededor de las casitas de adobe que tuvieron que dejar porque el hambre mandaba buscar progreso.

El calor ya no los espanta. Apenas si notan la presencia de mosquitos, pero, ni esto ni aquello es nada comparado con sus nuevos hábitos.

Antes el cielo servía nada más que para ver las estrellas, en cambio ahora puede estar abierto o cerrado y así como sus ancestros encomendaban toda labor agrícola a la Pachamama, con diferentes rituales para que la tierra diera frutos, ellos han adoptado la tecnológica costumbre del pluviómetro para saber cuánta lluvia ha caído y cuánta será necesaria para optimizar la producción.

Sentirse “con tierras nuestras”
Juan Lomar Quispe se muestra feliz durante el saludo con abrazo. En San Julián, bastión del MAS en Santa Cruz, su casa desde hace más de dos décadas, un tinglado enorme nos sirve de paraguas atajando el sol abrasador de la tarde, que más allá riega de luz el verde interminable de campos en apariencia listos para la campaña veraniega de soya.

“Yo soy de Chuquisaca, de Zudáñez. De allá me vine changuito, pero mi padre se vino primero a buscar trabajo. Después ya nos trajo a toda la familia y yo me quedé”, comienza su relato Juan, tez morena, estatura baja, dientes blanquísimos que enseña sin complejos. “Somos cuatro hermanos: dos hombres, dos mujeres. Yo soy el menor”.

Dice que su padre, “manualmente nomás, no era mecanizado”, sembraba arroz en la Brecha Casarabe, pasando San Julián, la cuarta sección de la provincia Ñuflo de Chávez que está a 170 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, también en la zona Este. “Tenía 11 años y le ayudaba, ahí aprendí el oficio. Después, medio enfermo se puso, ni estudié yo, me he puesto a trabajar nomás ya”.

Hasta que llegó el tiempo de la colonización de tierras, especialmente por chuquisaqueños y potosinos según recuerda él, su padre era “trabajador nomás”: araba el campo que podía alquilar. “En una de esas comunidades logró agarrarse terrenito (50 hectáreas) y ahí nos quedamos a trabajar, nos sentimos con tierras nuestras”.

Están tiernos en la memoria de Juan aquellos viejos cultivos de arroz y maíz, anteriores al surgimiento de la soya, a la postre tabla de salvación de los agricultores del oriente. Hoy, la crisis amenaza con poner un freno a esa prosperidad que comenzó a labrarse a mediados de los años 80 gracias a la visión de un extranjero, el australiano consultor del Banco Mundial David Morawetz, de acuerdo con la versión del gerente general del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), Gary Rodríguez.

Tres décadas más tarde, el ingeniero Richard Paz, otro productor agropecuario del Este, demuestra que tiene los pies sobre la tierra: “En los próximos tres años esperamos precios totalmente deprimidos de los granos; los agricultores nos estamos preparando para eso, estamos ajustando las clavijas de todos lados (…) Tenemos que abaratar nuestros costos y, paradójicamente, producir más. Parece ilógico pero el campo nos da muchas veces satisfacciones y otras nos da lágrimas. Pero esto es un estilo de vida y somos orgullosos de la tarea sublime de producir alimentos”.

Progresar en esta zona
Hugo Flores Porco no siempre presidió la filial Este de la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo). Llegó a Santa Cruz desde su natal municipio de Caiza D, junto a sus dos hermanos, siendo un niño de corta edad. Después de cuatro décadas, ya no puede esconder la tonada cruceña.

“Me acuerdo cuando era niño hemos sufrido harto, y hemos llegado a adaptarnos. Acá yo me acuerdo que no había ni carretera, había puro camino ‘tronquero’, que le decían; no había agua potable, no había nada. Era ‘curichi’ [humedales en el léxico del camba] nomás, así como lo ven acá; era tomar de ahí el agua. Y los mosquitos, más que todo. ¡Uh!, los mosquitos era grave, yo me acuerdo cuando era niño.
¿Y mi padre qué hacía? Puej, era cubriéndonos con un mosquitero...”.

Aquel niñito ni se imaginaba que llegaría a manejar una de las ramas de la poderosa Anapo en Santa Cruz, hoy con 190 afiliados, la mayoría de occidente. “Hay algunos de Vallegrande pero la mayoría somos de Potosí, Sucre, La Paz, hasta de Tarija hay”, detalla a continuación.

El “nuevo” agro cruceño
En el campo, los cruceños naturales continuaron dedicándose a los cultivos del arroz y la caña de azúcar —no sin sacrificio, machete en mano— y también a la ganadería. Pero decidieron saltarse esta zona por las condiciones dificultosas para el trabajo agrícola.

Los nuevos cultivos de soya, principalmente, fueron asumidos por migrantes nacionales o extranjeros cuando nadie daba un peso por ellos. La tierra es cara en Santa Cruz pero antes, coincidentemente con el aluvión de inmigrantes de las zonas rurales del occidente boliviano, no costaba tanto. Sin nada (no había agua, luz ni caminos) solo los mosquitos se hacían cargo de estos campos, de los que no pocos propietarios fueron desprendiéndose al no ver futuro en ellos.

En silencio, esas tierras empezaron a ser sembradas por morenos occidentales en colaboración con sus hijos, menores de edad como Juan o como Hugo aprendiendo a soñar con una prosperidad imposible en sus deprimidos lugares de origen.

Primero, se alquilaron pedazos de terreno y los surcaron con el “servicio” (alquiler) de máquinas para que produjeran. En la actualidad poseen fácilmente medio centenar de hectáreas por familia y han estabilizado su economía; pero eso no es nada comparando con lo que lograron otros migrantes de su misma zona. El potosino Demetrio Pérez, un pequeño agricultor, hasta hace poco manejó durante seis años la central de Anapo y, como parte de la misma escuela de superación, la mayoría de las instituciones de Santa Cruz, el centro económico de Bolivia, están conducidas por gente del interior.

Claves de la prosperidad
La mejor aliada de los productores en Santa Cruz es, hoy, la tecnología. Richard Paz, cruceño él, admite que “en el último tiempo ha habido un crecimiento exponencial, estamos mejorando en rendimiento. Hoy una máquina cosecha 50-60 hectáreas por día; hace 15 años cosechaba cinco. Adoptar la tecnología ha sido bueno”.

Una sola persona maneja un tractor que jala sembradoras o cosechadoras cuyos precios oscilan entre 22.000 y más de 450 mil dólares. Los medianos y grandes productores, es decir, los más afortunados, se dan el lujo de tener todo controlado desde una cabina computarizada, dejando incluso el tractor en piloto automático con la indicación precisa de cuántas semillas (15 o 16) debe soltar la máquina por cada metro. Pueden controlarlo todo, menos la lluvia. “Si no hay humedad, no se siembra”.

Por eso casi no hay áreas de cultivo convencional (en el que se renueva la tierra), porque han comprobado que no es lo más óptimo en el oriente. El sistema de rotación de los cultivos (en verano, soya; en invierno sorgo, girasol, trigo, maíz o chía, por ejemplo) les deja mejores réditos. Y todos aplican la siembra directa. La tierra no se toca en algunos casos hace más de diez años; no se remueve como en el occidente.

Entre los beneficios de la siembra directa está el hecho de mantiene la humedad del suelo, lo que reduce la dependencia de las lluvias. “Simplemente se hace una rajadurita pa’ poner la semilla, nada más”, nos enseña un lugareño. “Todo esto es rastrojo seco [de trigo, por ejemplo, cuando el cultivo anterior fue trigo, o de maíz que, según Richard Trujillo, gerente técnico de Anapo, es el mejor cultivo para acumular rastrojo y empezar la siembra directa]. Si usted van un poquito más allá va a encontrar humedad, ¿se da cuenta? Por eso es que esta plantita desarrolla y rápido, porque abajo hay agua”.

Mentalidad cruceña
A propósito de que la inmensa mayoría de los caminos de las zonas agroproductoras fueron abiertos por los dueños de las haciendas y sus obreros, “raro va a ser el cruceño que pida una dádiva al Estado, sino que le dejen trabajar, o que haya regulaciones flexibles. Esa es su mentalidad: si el Gobierno no va a ayudar, que no perjudique”, comenta Carlos Paz, asesor de la AB-CREA Santa Cruz Este.

La Asociación Boliviana de los Centros Regionales de Experimentación Agropecuaria (AB-CREA) tiene en Santa Cruz, Beni y Tarija cerca de 200 miembros divididos en 17 grupos (hay ocho en formación) de productores agropecuarios y de otros rubros, como la ganadería porcina y la lechería.

Este modelo nace en Argentina hace 50 años por la necesidad de los productores sudamericanos de trabajar en equipo, según explica el presidente de la Asociación, Fernando Romero. El sistema de los grupos CREA consiste en un intercambio de experiencias asentado en valores como la confianza y la amistad, pero apunta a una mayor productividad, a ser “más competitivos en un mundo cada vez más complicado”.

Porque “tenemos que alimentar no solo a un departamento o a un país, tenemos que alimentar al mundo”, enfatiza Romero en la profundidad de su reflexión, “hay que estar conscientes de la necesidad de ser amigables con la naturaleza y buscar sostenibilidad en el tiempo”.

La “mezcla” y los “flojos”
Tras ponderar la transferencia de management, la solidaridad, la colaboración mutua, el gerente del IBCE, Gary Rodríguez, reconoce como una de las claves de los CREA a la participación de “una mezcla” de productores locales, de otras latitudes del país y del extranjero. Y al intercambio: “cada quién aporta en lo suyo y siempre hay innovación”.

En ese sentido, se puede interpretar que así como los bolivianos se favorecieron con la transmisión de conocimientos de los extranjeros, los inmigrantes occidentales absorbieron lo mejor de los originarios de su nuevo hogar.

Cuando el presidente Evo Morales, el 15 de agosto de 2012, refirió en un discurso que “…en el oriente boliviano (…) solo por flojos podemos hambrear…”, no tomó en cuenta una apreciación generalizada hace mucho tiempo en el país, la del cruceño propenso al esfuerzo privado, algo que es una virtud incuestionable de trabajo.

Pero, ¿habrá algo de verdad en esa controvertida afirmación del mandatario? ¿Cómo se explica que el cruceño haya sido desplazado de los nuevos cultivos en su tierra, en los últimos 40 años?

Rodríguez, un cochabambino que vive en Santa Cruz desde los 12 años, tiene una respuesta: “Evidentemente en las haciendas de la Santa Cruz de antaño había la producción mínima que se necesitaba para el autoconsumo y se vivía en un solaz, o sea, como no había la necesidad de la competitividad porque no se exportaba, mucha gente se quedó con la visión de que el→ →camba estaba echado en su hamaca, y, créame, hoy día hay cambas que se echan en su hamaca, pero trabajan durísimo. Prueba de ello es que, si analizamos las empresas, las exportadoras, etc., hay un fuerte componente privado cruceño; también en el agro existe aquello.

Siendo autocríticos: hay que reconocer que gente que estaba viviendo en condiciones paupérrimas en el interior vino acá a ser propietaria, por ejemplo, de tierras. También los colonos de aquel entonces han vendido, han hecho negocio con la tierra. Y creo que es una injusticia, y es una ignorancia, manifestar que el camba es flojo porque no lo es. Que el migrante del interior y del exterior haya tenido que sacrificarse más que los cruceños, probablemente, pero eso nunca puede llevar a decir que el cruceño sea flojo”.

Para el presidente de Anapo, Reinaldo Díaz, “hay muchos cruceños que siguen produciendo, porque hay muchos otros rubros, no solamente la soya. Pero evidentemente en el tema de la soya este crecimiento y esta expansión que hubo, a 1.250.000 hectáreas que son las que actualmente se siembran, se debe mucho al empuje, al arriesgarse de toda esa gente, de esos migrantes del interior como así también de los extranjeros”.

“La verdad es que nunca me puse a hacer un análisis de por qué ese hueco no lo cubrió el productor cruceño”, admite Díaz, quien no maneja el dato de migrantes que trabajan la tierra en Santa Cruz. “Son muchos, hay bastante gente que llegó de zafrero acá, porque no se olvide que la gente del interior venía en la época de la zafra cañera. Bueno, ya se han quedado, es gente muy pujante, trabajadora, y ha ido adoptando el modelo productivo, la forma de trabajar y ahorita ya siembran, tienen su tierra propia, su maquinaria y, usted ha visto, son progresistas; es otro futuro el que les ha deparado”.

A propósito, sin perjuicio de los naturales que a la par de sus vecinos de occidente continúan reinando en el oriente, Gary Rodríguez se encarga de absorber una duda tangencial: ¿cómo un agricultor del altiplano o del valle, que no tenía nada de experiencia, en relativamente poco tiempo se convierte en empresario y exitoso? La respuesta: Por lo mismo que benefició a los lugareños. “Por la emulación de los ejemplos que han dado los extranjeros”, contesta el ejecutivo del IBCE. “Yo creo que aquí hay que hacer un reconocimiento de ese traspaso de know how, de visión, de escala, de captar tecnología, de buscar mercados, de exportar, no contentarse con lo local”.

El sacrificio del migrante
Juan Lomar, el zudañense, admite que al principio le costó mucho. “Llegar, quedarse, es bien sacrificado. Pero yo dije, yo pensé: ‘Como sea voy a aguantar, como sea voy a trabajar: un día yo quiero tener algo, un día voy a trabajar más liviano’. Y llegué a eso, ahora ya no trabajo manualmente, trabajamos mecanizados”.

Guillermo Rocco, un ingeniero argentino que se casó con una paceña y tiene vastas extensiones de tierra en Santa Cruz, rememora que “hace 20 años no había ni camino, era muy difícil venir cuando uno quería. Todos hemos cambiado, la gente también: era muy duro, durísimo, no había agua, era muy difícil entrar, salir, traer diesel”.

Un cruceño que trabaja a la par de ellos ya nos había dado su versión de lo sucedido en las tierras bajas del Este, tanto con la primera generación de migrantes nacionales como con los extranjeros, sobre todo menonitas provenientes de Alemania, México, Paraguay y Panamá, primero, y japoneses, rusos, brasileños y argentinos, en ese orden, después. “No había camino, era muy sacrificado. Como [el cruceño] no tuvo aspiración de explotar la tierra y la vendió, hubo otro que dijo ‘yo me sacrifico y trabajo’”.

Él lo adjudicó a la “idiosincrasia”. Dijo que el nativo de estos campos prefirió vivir de otra actividad, más cómodamente. Acá hemos visto cambas echados en su hamaca, pero, eso sí, después de haber trabajado duro…

Ahora, por la coyuntura, unos y otros, “mezclados”, se cooperan en los grupos CREA, aunque deben enfrentar una realidad incierta: trabajando fuerte todo el año, se ven obligados muchas veces a acopiar en silos su producción al no poder venderla por la competencia del contrabando o, inclusive, de la importación legal de países vecinos.

Comparando la actualidad con los difíciles años 80, todo cambió con el esfuerzo de los propietarios y la ayuda de los vecinos. Aquí propios y extraños coinciden en que el Estado hizo una mínima parte, o en algunos casos nada; el 99 por ciento se lo deben al sudor privado, la característica nada floja del cruceño.

Vacas flacas del agro
Los tiempos han cambiado. Luis Alberto Alpire, secretario de Desarrollo Productivo de la Gobernación de Santa Cruz, nos había anticipado durante un encuentro con periodistas del interior que se da por hecha la disminución de la superficie cultivada, sobre todo, de arroz, maíz y trigo.

Pero ya es tarde. Los productores que arribaron a la zona desde el occidente para hacerse cargo del trabajo que muchos cruceños descartaron, no son más los humildes colonos de los 70. Encajonadas las chompas y las medias de lana, si bien algunos continúan alquilando (con el servicio de máquinas de última generación), lo hacen para ampliar su producción y, en definitiva, para concretar nuevos negocios; se han vuelto empresarios.

Sus cultivos están en manos de la segunda generación de migrantes, dueños de buenas cantidades de terreno aunque sean pequeños productores como el chuquisaqueño Juan Lomar Quispe o como el potosino Hugo Flores. O como su paisano Nicolás Vásquez Porco, que se casó con una potosina, sus hijos nacieron en Santa Cruz y allí viven hace 30 años. En la comunidad 26 de Agosto, municipio de Cuatro Cañadas, tienen 100 hectáreas propias, pero alquilan hasta 700 para sacarle provecho a la maquinaria.

La despedida
Algunas cosas no han cambiado para el migrante. Él no te enrostra —como el camba “parador”— que en esta tierra se produce el 70% de lo que come el país. El chuquisaqueño, el potosino, el orureño o el paceño de estos lados son el producto de una simbiosis entre el vigoroso emprendedurismo cruceño y el sacrificio y la humildad del llegado del interior. Hoy, a treinta y pico grados de temperatura y en medio de un verde intenso por donde se mire, unos más que otros se muestran abiertos a la conversación. Y si al principio nada era fácil, han aprendido a decir “churrasqueando” y “espantaflojos” (tormenta pasajera, en la jerga local) porque viven en Santa Cruz, en la “Bolivia acrisolada”. Extrañan el picante chuquisaqueño, la kalapurka potosina. Escarbando en su memoria se salvan del olvido unos parientes, mas nunca la fecha cívica departamental. El calendario manda reunirse todos los años con los paisanos, “nuevos” cruceños como ellos, para comer y beber lo típico. Para compartir. Para recordar...

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