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Posverdad

16 Abril 2017Oscar Díaz Arnau ECOS
Posverdad

Posverdad

El fenómeno Trump, el Brexit inglés y el referéndum colombiano por las FARC se circunscriben dentro de lo denominado “posverdad”, la palabra del año pasado según el Diccionario Oxford. Pero, ¿qué significa realmente?, ¿cuánto de mentira hay en ella? ¿Y qué relación tiene con la política y los periodistas?

En busca de absolver estos interrogantes, ECOS acudió a la todavía exigua producción de artículos escritos sobre el tema y, además, entrevistó a dos argentinos, Patricia Nigro Moser y Fernando J. Ruiz, ambos participantes del I Foro Académico Internacional ABOCCS ‘Comunicación Política en América Latina’, que organizó la Asociación Boliviana de Carreras de Comunicación Social y se desarrolló entre el 6 y 7 de abril en Sucre.

¿Qué es la posverdad?

Sobre este término hay una especie de acuerdo en la academia. Los entendidos lo resumen así: “el que algo aparente ser verdad es más importante que la verdad”.

La definición del Diccionario Oxford dice: “Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”.

Algunos, con prestancia y agradecida didáctica, lo comparan con un “virus” que “se contagia” por las redes sociales. Según el antropólogo y sociólogo mexicano Roger Bartra, la comunicación en internet padece el virus de la mentira. Para el argentino Gregorio Caro Figueroa, la posverdad es una nueva forma de la mentira.

Otros, hilando fino, sostienen que “es el fenómeno que sigue a la interpretación emocional inmediata y viralización de una nota falsa o sesgada, que no a la noticia falsa o la mentira en sí”.

Crisis de la información

Se habla de “crisis de la información” porque a nivel global la sociedad está más informada que nunca gracias a las redes sociales pero también cunde la desinformación —precisamente— debido a la viralización de noticias falsas, a veces con mala intención y a veces no.

La posverdad surge de la consecuencia de los acontecimientos que pasan a un segundo plano para dar prioridad a las sensaciones y no a lo objetivo, a lo razonable.

Digno de la ficción

Patricia Nigro Moser, doctora en Comunicación Social de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral de Buenos Aires y especialista en Ciencias del Lenguaje del Instituto Superior del Profesorado “Joaquín V. González”, tituló su ponencia para Sucre: “Posverdad y Comunicación política. Una aproximación desde la nueva Retórica”. En la entrevista con ECOS, ella revela que se estrenó en este tema con la conferencia que dio en Bolivia y cuenta que para el efecto se documentó e investigó mucho durante meses: “Los ingleses y los norteamericanos usan el término como adjetivo, como la política de la posverdad. Una política que se maneja con las emociones, con apelar al corazón de la gente y no a la racionalidad. Si no, no se entiende la vuelta del Ku Klux Klan en EEUU o este invento de hacer una pared con México. ¿A quién se le puede ocurrir semejante disparate? Algunos dicen que, como política, es ficción”.

Por eso también la alusión mundial a “1984”, la novela política de ficción de George Orwell cuya visión distópica, en la que un gobierno manipula la información, renació con el impulso del candidato Donald Trump llegando a la Casa Blanca.

O las referencias a lo ocurrido con la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (el Brexit) o el rechazo al acuerdo de paz sellado por el Gobierno de Colombia con las FARC; dos aparentes absurdos que, sin embargo, fueron decididos por una mayoría de las ciudadanías de ambos países en sendos referendos.

De confusión y confianza

El hecho de que mucha gente se esté informando más y paralelamente recibiendo una menor calidad de información es reconocido como parte de un “proceso confuso de democratización” por Fernando J. Ruiz, profesor e investigador a tiempo completo de Periodismo y Democracia en la Universidad Austral de Buenos Aires, doctor en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra y Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Católica Argentina.

Para esta afirmación, él tiene el siguiente argumento: “Hay un momento de gran cantidad de voces que llegan al espacio público, y eso por un lado genera más pluralismo pero por el otro lado genera más confusión, como siempre. Siempre los procesos de democratización han sido confusos, siempre, porque es una cantidad de voces tremenda que de pronto entra, alguien abre la puerta y entra un montón de gente. Por un lado está bueno porque estás ampliando eso, estás democratizando eso, pero por otro lado hay mayor confusión. Lógicamente, eso es un proceso natural”.

Otra cuestión a analizar es la de tendencia a confiar más en los amigos o familiares por la influencia de las redes sociales. La doctora Nigro Moser trae el ejemplo de Facebook o Twitter: “se viraliza lo que el amigo o el conocido dice, cuando este le dice: ‘mira, tal hizo tal cosa’, ¡y a lo mejor no lo hizo!, es una noticia falsa. Pero va con su mundo, con su comunidad de creencias, con la gente que piensa como él o ella”.

Menciona también una interpretación del diario español El País, del 11 de noviembre de 2016, según la cual es una verdad que Trump ganó las elecciones presidenciales en EEUU y es una posverdad también porque ese resultado no se hubiera producido sin las variables de la emoción, la creencia y la superstición.

La posverdad y la mentira

Según la académica, el tema es muy amplio y puede ser estudiado desde lo psicológico —¿por qué nos gusta que nos digan lo que nos gusta a nosotros y no escuchar lo que no nos gusta?— y desde lo filosófico —¿la verdad absoluta existe o no?—.

Esta experta en Lenguaje agrega que “desde la Retórica, para mí, lo de la posverdad empalma perfectamente con lo de las falacias, porque es una forma de apelar a las emociones, a las supersticiones, a las cosas que la gente quiere creer”. Aterriza de este modo sobre una verdad inquietante, casi tanto como peligrosa:→

→“Los que hicieron campaña [por Trump, por el Brexit, por el rechazo al acuerdo de Colombia], hicieron campaña con la emoción y ‘la gente cree lo que quiere creer’”.

Luego, cita al periodista argentino Miguel Wiñazki que con su libro “La noticia deseada” se adelantó al actual tiempo de las redes sociales describiendo casos reales y cómo la gente los alimenta con su particular subjetividad hasta darles una nueva forma; entonces, el hecho informativo adquiere características ficticias. Por ejemplo, en el crimen de una mujer, el público prefería creer que el autor había sido el marido y no un ladrón que pasaba por el lugar y la mató. El “deseo” colectivo era la trama pasional.

La revista New Yorker, continúa Nigro Moser en la entrevista con ECOS, publica un reciente artículo en el que se desvelan los resultados de una investigación con neurólogos y psicólogos acerca de la mente de las personas. “Una de las cosas que veían es que el ser humano, por ejemplo entre una verdad que no le gusta y una mentira que le cae mejor o que va con sus creencias, se queda con la mentira. O sea que no usa la razón”, complementa la profesora argentina.

Cierra este punto con una frase que todos interiormente sabemos pero no siempre la reflexionamos: “Si el político dijera siempre la cruda verdad, lo votan cuatro. A veces el político recurre a la mentira o a mejorar la verdad porque sabe que si dice: ‘el país está devastado, estamos en bancarrota, vamos a tener que sacrificarnos para salir adelante’, la gente dice: ‘¡no, basta de sacrificios!’”.

La falacia en la política

En su conferencia, dirigida especialmente a profesionales y estudiantes de Comunicación Social, Nigro Moser hizo énfasis en que, desde una mirada retórica, se debe estar atento al uso de las falacias en el discurso político. “Estudiar las falacias es relevante por dos razones: por la frecuencia con que aparecen y por su utilidad para develar las argumentaciones erróneas”.

Ya Aristóteles, en la Retórica, advertía del peligro, en el discurso político, de cometer falacias, dijo también. “Estas [las falacias] son modos argumentativos incorrectos o indebidos que demandan nuestra convicción y parecen decisivos de la cuestión tratada, cuando en realidad carecen de perfección y de corrección argumentativa. Las falacias pueden ser intencionales o no. Todos cometemos falacias”.

Nigro Moser señala lo interesante de que, en lugar de verla como una forma de manipulación, los ingleses consideran a la posverdad como una forma de poder de rebelión de pueblo al sentido común.

Y trae a colación un artículo de Daniel Molina («La posverdad es mentira»), en el que cita a Nietzsche en «Verdad y mentira en sentido extramoral» (1880): la verdad es la mentira que la sociedad tolera y se convierte en una no-mentira. En política todas las verdades son creencias ficcionales.

En suma, considera para ECOS que a la posverdad “la puede usar la izquierda, la derecha o cualquiera, porque en realidad es una estrategia manipuladora, es manipular con el lenguaje a la gente. Decirle lo que quiere escuchar…”.

La psicología de la posverdad

“La posverdad es un contexto en el que no importan si los hechos son verdaderos o falsos”, dice Nigro Moser, abordando el tema desde la mirada de la psicología. Luego recuerda a Platón, quien en el Mito de la caverna planteó que la verdad es independiente de nuestras opiniones.

Según León Festinguer, se produce un conflicto interno al chocar la realidad contra con nuestras propias creencias.

De allí la idea de que “la gente cree lo que quiere creer”, porque, de acuerdo con la psicología, muchas veces elegimos manipular la verdad para mantener nuestras creencias. •

“La posverdad es tan vieja como la historia” 

Para todo aquel que opine que el fenómeno de la posverdad es un producto reciente, consecuencia necesaria del actual escenario político, social o periodístico, Montserrat Domínguez, directora de El Huffington Post, lo tiene claro: “La posverdad es tan vieja como la historia”. Así de rotunda se ha mostrado durante la presentación de la última edición de la revista UNO, de Llorente & Cuenca, dedicada por entero a la posverdad y a la que han acudido más voces autorizadas sobre el tema: José Antonio Zarzalejos, exdirector de ABC, Verónica Fumanal, experta en comunicación política e Ignacio Escolar, director y fundador de eldiario.es.

Posverdad, palabra del año 2016 según el Diccionario de Oxford, se refiere a anteponer las creencias o las opiniones a los hechos cuando se habla de moldear la opinión pública. Las mal llamadas verdades alternativas, los bulos o las fake-news se engloban dentro de este término. ¿Pero es la posverdad la verdad? Para Verónica Fumanal, no. “La posverdad para mí es mentira, es demagogia un poco más sofisticada”, ha dicho. Lo que no puede escaparse al análisis es su utilidad, que se bifurca en dos vías: motivos ideológicos y motivos económicos. En cuanto a la vertiente ideológica, la posverdad es útil porque en política mandan los sentimientos. “A la hora de tomar decisiones políticas, diversos estudios científicos concluyen que las creencias pesan más que los hechos”, ha explicado Fumanal.

Y, aparte de los ciudadanos, son los medios de comunicación los más perjudicados por la posverdad, que ha “destruido la credibilidad” y la función intermediadora de los medios de comunicación, ha indicado Montserrat Domínguez. “La gente ya no acude a los medios, se informa mediante las redes sociales”, ha explicado. Ignacio Escolar considera que informarse a través de los timelines de redes sociales es un círculo vicioso, por el fenómeno de las burbujas informativas o túneles: Facebook, por ejemplo, sólo muestra al usuario lo que quiere ver “alimentando sus prejuicios y formando un realidad no real”. Por lo tanto, la tecnología es cooperadora necesaria del fenómeno de la posverdad.

(Fragmento de un texto original tomado de www.prnoticias.com)

 

Foto posverdad.jpgPatricia Nigro Moser, doctora en Comunicación Social.Fernando J. Ruiz, profesor de Periodismo y Democracia.
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  • posverdad, emoción, Trump

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