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Rodrigo Urquiola, el “coleccionista” de premios

05 Noviembre 2017Oscar Díaz Arnau ECOS
Rodrigo Urquiola, el “coleccionista” de premios

Rodrigo Urquiola, el “coleccionista” de premios

El paceño Rodrigo Urquiola es una de las figuras destacadas que ha dado la literatura boliviana en los últimos tiempos. Su vigorosa narrativa ha merecido elogios de la crítica especializada por mérito propio, a la par que ha ido acumulando una cantidad de premios sorprendente para su juventud.

Prolífico cuentista, novelista y autor de obras de teatro, piensa a los certámenes literarios como una forma de recompensa económica para el escritor. “A los premios los veo como el sueldo que recibe un obrero cualquiera por un trabajo que realiza; quizás es el único sueldo al que pueda aspirar un escritor”, dice en la siguiente entrevista que concedió a ECOS durante la última edición de la Feria del Libro de La Paz.

ECOS. ¿Qué te mueve a participar en concursos literarios?

Rodrigo Urquiola (RU). Yo a los premios los veo como el sueldo que recibe un obrero cualquiera por un trabajo que realiza; quizás es el único sueldo al que pueda aspirar un escritor. Y bueno, uno necesita dinero y ese es el principal motivo.

No es casual que piense así. Con la humildad de siempre, después de que nada le resultara fácil en la vida, Urquiola (1986) alguna vez sugirió la idea de otorgar becas a los escritores —a partir de proyectos de libros y de fondos concursables, tal vez—, así no tendrían la necesidad de salir a buscar otro trabajo para subsistir.

ECOS. ¿Necesitas escribir a diario?

RU. He trabajado continuamente hasta que gané el Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz. Yo trabajaba en la Chocolandia, medio tiempo y, no tenías que usar mucho tu cerebro para vender chocolate... podía pensar, mientras estaba en la tarde, en lo que iba a hacer en la mañana. Eso me sirvió para acabar de escribir (la novela) El sonido de la muralla.

ECOS. A la hora de escribir un cuento, ¿te planteas si será para un concurso o no?

RU. No, no pienso en el premio cuando estoy escribiéndolo, intento pensar en el cuento. Y una vez que ya lo tengo acabado lo mando (al concurso). He mandado varios de mis cuentos a distintos lugares: algunos han tenido suerte, otros no. Pero no pienso en un premio en específico, sino en el desafío que implica cada cuento.

Con él será mejor no competir: a sus 31 años, es un escritor maduro cuyos textos dejan una sensación de absoluta seguridad, de que todo lo tiene controlado. “Intensidad” es una buena palabra para definir su literatura, en la que hilvana cada escena como en una película, o mejor, como en una obra de teatro, subyugando la atención del lector como si fuera un espectador.

Este año obtuvo, finalmente, el Premio Franz Tamayo con “Árbol” (un fascinante cuento en el que reconstruye un mito de Chasquipampa, el sureño barrio de La Paz). “Finalmente” porque lo persiguió hasta que lo consiguió.

ECOS. ¿Cómo recibiste la noticia del Tamayo?

RU. Fue especial por ser el primer concurso que conocí y al que me animé a participar cuando tenía 19 años, y gracias a ese premio publiqué mi primer cuento: ‘Invisible’, en La secta del Félix, cuando ganó Willy Camacho.

Desde entonces me postulé varias veces, algunas saqué menciones y el 2015 un segundo lugar. El 2016 no me presenté porque me lo impedían las bases, pero me hubiera presentado de no ser así.

Cuando tenía 19, 20, 22 años, esperaba la noticia y a veces me entristecía no recibir nada, pero te cuento que este año me olvidé completamente del asunto (se ríe) porque estaba trabajando en La Razón y el trabajo me consumía mucho; renuncié al periódico porque me ponía mal no poder escribir, me empezó a dar una depresión: prefiero morir de hambre que de tristeza, creo que duele menos (vuelve a reírse).

Cuando recibí la noticia estaba en Cochabamba, había participado en el Foro (de Escritores) del (Centro) Patiño y me alegró mucho, era como decir: “Bien renunciado”.

ECOS. ¿Aspiras a vivir de la literatura?

RU. Sí.

ECOS. ¿Crees que es posible en Bolivia?

RU. Bueno, hasta el momento no puedo quejarme, la literatura me ha dado mucho. Yo nunca pensé viajar afuera del país, por ejemplo.

ECOS. Como gran lector que eres, ¿cómo divides tu tiempo entre la lectura y la escritura?

RU. Cuando gané el Quiroga Santa Cruz pude decir: “ahora sí puedo hacer lo que siempre quise”, y me impuse un horario. En las mañanas me levanto y escribo un par de horas, después voy a recoger a las guaguas, hago un poco de ejercicio y en las tardes leo durante una hora. En los minibuses, igual, intento leer; no puedo dejar de leer, es mi droga. Esa es la vida a la que aspiro.

ECOS. ¿Sueles tener anticipadamente la idea completa de lo que vas a desarrollar?

RU. Sí, pero primero la pienso y recién la escribo. “Árbol” lo pensé años, creo, y lo escribí en una o dos semanas. A veces son cosas que te quedan porque ves algo, no lo sé, es muy difícil definir eso.

ECOS. Con la novela, el proceso debe ser más complicado…

RU. Sí, cuando tengo una novela intento trabajarla, trabajarla y, cuando quiero descansar, hago cuento. El cuento me sirve para pensar en otras cosas.

ECOS. ¿Tienes alguna manía u obsesión a la hora de escribir?

RU. En cada libro es distinto. Recuerdo que cuando estaba escribiendo Lluvia de piedra, era una época muy difícil para mí, yo necesitaba el dinero, tenía mi guagua y para escribir esa novela me ponía un abrigo de mi tío; un abrigo viejo que él se compró cuando era chico. Estaba con eso y escribía a mano. Lluvia de piedra y Eva y los espejos (libro de cuentos) los he escrito a mano, en cuadernitos Líder.

Con El sonido de la muralla ya dije: “me acostumbraré a escribir como lo hacen los escritores, a máquina”. Ahí ya me servía mi café con leche y, eso, escribía, escribía, escribía.

Mi abuelita trabajaba como empleada, en la cocina: ella era cocinera, y yo siempre hacía mis tareas en una mesa, cuando era chico, porque vivía con ella cuando estaba en básico, en colegio. En esa mesa, que nos la regaló el jefe de mi abuela, yo escribí Lluvia de piedra y ahora estoy corrigiendo mi última novela. A esa mesa yo la quiero harto.

ECOS. ¿Dejas reposar tus escritos para retomarlos después de un tiempo?

RU. Con esta última novela, sí, la acabé y la dejé reposando, y había muchas cosas que en mi memoria me molestaban. La volvía a hacer, reescribí algunas cosas, quité, puse, y ahora ya me siento un poco más contento, pero siento que en el futuro me va a molestar.

ECOS. ¿Cómo llegaste a la literatura?

RU. Puede sonar un poco pretencioso, pero creo que siempre he sabido que quería dedicarme a esto. En realidad, yo quería ser futbolista, jugué en varios equipos: en (The) Strongest estuve mucho tiempo y me botaban a la piscina por ser bolivarista (se ríe).

Siempre supe que iba a escribir quizás por inutilidad para hacer otras cosas. Mi mamá quería ser escritora; yo pienso que si mi abuelita hubiera tenido más lecturas, ella podría haber sido una muy buena escritora. Esas dos mujeres que me han criado me han dado ese oficio, creo que es un oficio heredado.

Hay cosas que no se pueden explicar con palabras... Cuando era chico recuerdo que mi mamá estaba desempleada y me enseñó a leer y a escribir. Desde entonces me gustaba sobre todo copiar, sentía cierta fascinación por las palabras y devoción por los libros. Yo recuerdo que veía la foto de un escritor y me parecía algo inalcanzable, y pensaba: “¡Cómo lo ha logrado!”.

ECOS. ¿Cuáles fueron los primeros escritores, o los primeros libros, que te han marcado?

RU. Mi mamá tuvo una época muy religiosa y empezó a leer muchos libros de religión; entonces, uno de los primeros libros que leí fue la Biblia; me gustó mucho como ficción. Y el único libro que no era de religión, el que más me llamaba la atención, era Pedro Páramo y El llano en llamas (de Juan Rulfo), los dos en uno, una edición negrita que hasta ahora la tengo; era de mi tío y la guardo con mucho cariño. Yo leí ese libro y no entendí nada, pero me han quedado varias imágenes. Tendría... unos diez años.

ECOS. ¿Crees en el crecimiento, en la superación del escritor?

RU. Yo creo que sí, con el tiempo vas volviéndote más exigente. Ahorita veo mi primer libro Eva y los espejos y me da vergüenza, ya no quiero ni verlo; igual me pasa con Lluvia de piedra un poco, porque ahora lo trabajaría de otra manera. Pero sería falso si me pongo a reescribirla: ese fue un momento espiritual mío, ese Rodrigo murió y, sería como faltarle el respeto al cadáver.

ECOS. ¿Te animas a dar un consejo a alguien que está comenzando a escribir?

RU. Quieras o no quieras ser escritor, leer mucho. Y no solamente se lee cuando agarras un libro, sino también se lee cuando caminas, cuando observas a la gente, cuando tienes amigos. Creo que si no lees, no vives.

En el país, a Rodrigo Urquiola solamente le falta ganar el Premio Nacional de Novela (del que ya obtuvo una Mención de Honor). Pero, exigente consigo mismo como pocos, obrero de la palabra y pertinaz “concursante serial”, no quepa la menor duda de que tarde o temprano lo conquistará. •

Rodrigo Urquiola Flores, sus premios

Rodrigo Urquiola Flores nació el 1 de noviembre de 1986 en La Paz.

Es autor de las novelas “Lluvia de piedra” (Mención de Honor Premio Nacional de Novela, 2010, Bolivia) y “El sonido de la muralla” (Premio Marcelo Quiroga Santa Cruz, 2014, Bolivia; Premio Interamericano Carlos Montemayor, 2016, México), de los libros de cuentos “Eva y los espejos” (2008) y “La memoria invertebrada” (2016) y de las obras de teatro “El bloqueo” (Premio Adolfo Costa du Rels, 2010, Bolivia) y “El retorno” (Premio Municipal de Dramaturgia Cochabamba, 2015).

Es también autor de los cuentos “La caída” (Finalista Premio Copé Internacional, 2010, Perú), “Mariposa nocturna” (Premio Adela Zamudio, 2013, Bolivia), “El pelícano” (Premio Binacional ArBol –Argentina Bolivia–, 2014), “El amante” (2do. Premio Internacional Antonio di Benedetto, 2014, Argentina), “El espantapájaros” (Mención Premio Iberoamericano Julio Cortázar, 2015, Cuba), “Mientras el viento” (2do. Prêmio Cataratas de Foz do Iguaçú, 2015, Brasil), “El cazador” (2do. Premio Franz Tamayo, 2015, Bolivia) y “Árbol” (Premio Franz Tamayo, 2017).

Cuentos suyos fueron traducidos al quechua, al portugués y al bengalí.

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