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Reflexiones y alusiones acerca del acuerdo histórico sobre el clima

26 Diciembre 2015Gerd Willy Mielke

"Siempre parece imposible hasta que está hecho“.
Esta frase de Nelson Mandela nos señala algo profundo que tiene relevancia con lo recién acontecido. En situaciones críticas, los seres humanos somos capaces de movilizar energías e ideas inovadoras a niveles inesperados. Cierto es que en la XXI Conferencia sobre Cambio Climático en París, Francia, en su preludio abundaron todavía los críticos y escépticos. La memoria de la fallida conferencia climática de Copenhague del año 2009 estaba aún fresca. Además, qué se podía esperar de un mundo plagado de sucesos alarmantes como las guerras en Siria, en Yemen, etc., la ola de refugiados y migrantes en Europa, los atentados terroristas en Paris y otros lugares, la contaminación atmosférica sin precedentes en Bejing, China, y luego en Nueva Delhi, India...

Por ende, las pretensiones para la Conferencia sobre Cambio Climático de París, llevada a cabo durante dos semanas, desde el 30 del pasado mes de noviembre de 2015, estaban destinadas a dar señales claras y prometedoras para solucionar, hasta donde sea posible, la crisis climática y ecológica. En eso coincidieron políticos y ambientalistas mundialmente. Consecuentemente, los preparativos para esta conferencia fueron gigantescos.

150 jefes de estado y 20.000 delegados de 200 países se congregaron en la monumental conferencia sobre el clima en la capital francesa. Además, 15.000 manifestantes se reunieron en París para hacer valer sus ideas y reivindicaciones.

Los franceses aceptaron el reto en esta cumbre y dirigieron una gran labor diplomática.

Y al final de las dos semanas, con la prolongación de la conferencia por un día hasta el sábado 12 de diciembre, su presidente Fabius finalmente podía anunciar el histórico acuerdo universal y vinculante.

Se trata de un acuerdo internacional de gran envergadura sin precedentes en la historia de la humanidad, hasta me atrevo decir, casi milagroso, tomando en cuenta la multitud de diferentes intereses e idiosincracias nacionales en cuanto al tema climático, a políticas ambientales coherentes y a conceptos de desarrollo.

Emergen entonces nuevas esperanzas de que los seres humanos finalmente estén aptos para captar la crisis ecológica y la amenaza climática –y para actuar decididamente–; es tarde, pero esperemos que no sea demasiado tarde.

Con la inesperada constructiva participación de China, parece que se ha tomado la palabra “crisis“ en su sentido doble, que en chino significa: tanto peligro como oportunidad...

El documento, acordado por 195 países, indica que la temperatura global, que está en constante aumento, no debe llegar a más de 2°C en relación con niveles preindustriales –y que se quede en lo posible en una alza de sólo 1,5°C. Esto constituye nada menos que un golpe para las economías extractivistas, consumistas que se basan en combustibles fósiles prácticamente en todo el mundo.

A partir de 2020 los países más desarrollados aportan la suma de 100.000 millones de dólares anualmente a los países necesitados, una cifra objeto de revisiones. Por supuesto debe de haber un fomento de transferencia de tecnologías limpias, de punta, para que globalmente haya una adopción de energías renovables como solar, eólica (de viento), hídrica, geotérmica, de biogas y otras. Así, las emisiones de los gases de efecto invernadero pueden ser disminuidas hasta llegar a un estado de neutralidad climática a partir del año 2050. Una buena señal para el mundo.

El papel de la delegación boliviana, con su jefe, el ministro de Planificación y Desarrollo, René Orellana, fue constructivo, con sugerencias que se identifican en el documento final, como entre otras: el reconocimiento de las prácticas y tecnologías indígenas, ambientalmente favorables. La propuesta, sin embargo, de crear un llamado Tribunal Internacional de Justicia Climática (TIJC), lamentablemente fue rechazada.

Con todos los elogios esparcidos mundialmente en estos días, hay que recalcar que el verdadero éxito del acuerdo climático se mide finalmente en cuanto los países del mundo adopten y pongan en práctica los compromisos, de hasta qué punto progrese el sentido de responsabilidad y la conciencia ambiental de las poblaciones mundiales.

En resumen, vale hacer hincapié en lo siguiente: A pesar de todo lo catastrófico y terrible en nuestra morada Tierra de lo que nos percatamos diariamente, sobre todo a través de las noticias internacionales, hay que seguir adelante serenamente sin perder las esperanzas en un futuro mejor.
Y como dijo Martin Luther: “Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía plantaría un manzanito“.

¡Que el año venidero sea el inicio de muchos años mejores para la morada Tierra y toda la vida en ella!

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