Los opositores fracasaron cuando intentaron convertir los actos de homenaje al 6 de Agosto, realizados en Potosí, en una vitrina para su frase, ahora convertida en campaña, de “Bolivia dijo no”.
Lo que habían programado era un escándalo, o más de uno, pero éste no se produjo. Más allá de incidentes y declaraciones aisladas, no ocurrió nada digno de destacar en los titulares. El Gobierno consiguió aplacar las protestas porque desplegó, a lo largo de las bocacalles, las mismas rejas que se usan en las entradas folclóricas de Guadalupe y que fueron suficientes para controlar el ingreso y salida de personas en el trayecto del desfile.
No ocurrió lo mismo en Cochabamba donde los opositores, luego de haber sido echados de la sesión de honor en homenaje a la gesta libertaria del 14 de septiembre, lograron empañar el desfile porque rompieron los cercos policiales y marcharon con sus consignas y pancartas de “Bolivia dijo no”.
Así, lo que no se logró en Potosí se consiguió con creces en Cochabamba, aunque el presidente y vicepresidente del Estado ya no estaban presentes.
Bajo un balance meramente numérico, oficialismo y oposición estarían temporalmente empatados pero, a la luz de un análisis político, la verdad es que el Gobierno está perdiendo por goleada.
Y la razón para su actual derrota es una sola: la intolerancia. Acostumbrado a ejercer el poder desde hace más de 12 años, el Gobierno sólo puede tolerar que se haga su autoritaria voluntad. Si eso no ocurre, entonces entra en crisis.
La derrota en el referéndum del 21 de febrero de 2016 fue tan dolorosa que el Gobierno no puede digerirla. Cuando escucha la frase “Bolivia dijo no”, recuerda su derrota y se enfurece. Y lo peor es que lo demuestra. La oposición se dio cuenta de ello así que, en lugar de refrenarse, decidió insistir. Se dio cuenta que había puesto el dedo en la llaga y siguió apretando.
Por eso, empleó recursos humanos –y, por supuesto, económicos– en reproducir la frase en todos los lugares en los que el Gobierno haga presencia pública.
Y las cosas le están saliendo a pedir de boca.
Cada vez que una persona o grupos de personas gritan “Bolivia dijo no” y el Gobierno les reprime, generalmente expulsándolos de los lugares donde se realizan actos públicos, no está aplacando las protestas sino, por el contrario, las multiplica.
Los expulsados se filman y toman fotos, o alguien más lo hace por ellos, y esas imágenes son distribuidas después en las redes sociales. Son difundidas y, aunque no se hagan virales, alcanzan a importantes cantidades de personas. Se cumple, entonces, el objetivo de la oposición que es desprestigiar al Gobierno.
Si hubiera sido más inteligente, y menos soberbio y hormonal, el Gobierno se habría dado cuenta que lo mejor que podía hacer era ignorar las protestas. Frente a esa indiferencia, los opositores hubieran desistido de emplear recursos en ese fin y habrían dejado de proceder en esa forma.
Pero no. El Gobierno se enojó y apuntó su dedo índice con la soberbia de siempre. Y ordenó reprimir esas manifestaciones. Y la oposición lo notó. Y ahora estamos como estamos.
Entonces, si todavía quedaban argumentos para decir que el triunfo del 21F fue ilegítimo, el Gobierno ha validado el discurso de la oposición mandando a reprimirlo.
Por eso es que la frase se extiende como reguero de pólvora. Y por eso es que podría constituir un factor de desequilibrio, no en las elecciones primarias de enero sino en las otras, en las presidenciales.
El Gobierno ha validado el discurso
de la oposición mandando a reprimirlo.
Por eso es que la frase se extiende como reguero de pólvora. Y por eso
es que podría constituir un factor
de desequilibrio, no en las elecciones primarias de enero sino en las otras,
en las presidenciales